XXV

La ausencia prolongada de BA tenía preocupado a Ícaro. Por ello volvió a la absenta, aunque no a la taberna del Globo y de los Dos Mundos. Escogía otras y cambiaba cada día. También leía las gacetillas aunque lo que contaban solía resultarle misterioso.

En la taberna de Las Tres Cigüeñas, Ícaro pide la gaceta El Galo, que le traen apresada en una barra de madera como si fuera un estandarte.

La agita y lee en primera plana: CUATRO MOSQUETEROS DEL MUNDO DE LAS LETRAS SE BATEN EN DUELO POR UNA CUESTIÓN DE TÉCNICA. Ése era el titular. No se dan detalles sobre la mencionada cuestión técnica, lo cual aún intriga en mayor medida a Ícaro, que por otra parte se siente muy orgulloso al enterarse de que su promotor descosió a los otros tres.

ÍCARO

¡Qué hombre! ¡Qué espadachín!

Sin embargo, le asombra que no se diga nada de él. Ni una palabra de Ícaro. Se habla de la técnica, pero de manera vaga. Esos señores se pelearon por una cuestión de técnica, de acuerdo, pero acerca de la cuestión se dicen vaguedades, sólo vaguedades.

ÍCARO

Me decepciona un poco.

¿Decepcionado por no ver su nombre en el periódico? ¿Ya? Y sin embargo Ícaro no siente una reverencia especial por las gacetas. Se trata de un sentimiento que se insinúa subrepticia y solapadamente, primero se leen las gacetas con ojos distraídos, muy distraídos, hasta que un buen día desea ver el propio nombre impreso en letra de molde. Tentación. No, no es eso, no es eso lo que ha hecho decir a Ícaro me decepciona. Lo que le decepciona es que Hubert no hable de él. ¡Cómo puede ser! ¿Lo habrá olvidado? ¡Tan pronto! Seguro que la causa del trielo es él, Ícaro, pero Hubert hubiera podido decirlo.

Tal vez sea una artimaña. Tal vez él (Hubert) no quiere que él (Ícaro) sepa que él (Hubert) le (a Ícaro) busca. Tal vez ha sido ese mismo hombre del otro día quien le ha aconsejado el silencio. En efecto. Y la cuestión de técnica es él mismo. Así, se dijo Ícaro, detrás de la cuestión de técnica hay un personaje vivo, él mismo. La cuestión de técnica es una máscara, un cebo para despistar al público, a los periodistas y para confundirle a él mismo (Ícaro). Pero Ícaro no se confunde. De repente a Ícaro le apetece ver el lugar del trielo, es decir, el Bois de Boulogne, en resumen, cometer una imprudencia. En vez de estudiar la mecánica de los cuerpos sólidos, he aquí que se dirige hacia el oeste, de acuerdo con el sol, lo que tiene el riesgo de dirigirlo a Levallois-Perret, pero por suerte ve a un policía y le pregunta el camino. Tome un tranvía, le aconseja el agente. Ícaro prefiere ir a pie. Tiene para una hora larga, le dice el agente.

ÍCARO

No importa. Indíqueme el camino.

AGENTE

Trabajo laborioso y complicado. Siga siempre por ahí (con un gesto). Paso a paso llegará bien.

Ícaro anda por las calles, en medio de peligros constantes. Coches, cocheros, caballos parecen haberse propuesto aplastarlo, por no hablar de los carros empujados por hombres, de los cargadores de planchas y de escaleras, de los distintos carros etcétera etcétera. Hay que mirar constantemente a la derecha, a la izquierda, un peligro constante (ya se ha dicho). Hay quien pinta, hay quien limpia las fachadas: más peligros. Ícaro avanza burlando todos estos peligros. París se ha convertido en una ciudad infernal, el ruido de las ruedas de los omnibuses sobre los adoquines resuena en los oídos como las trompetas del penúltimo juicio. Y los gritos de la gente, los gritos de los vendedores de periódicos, de los vidrieros, de los alcantarilleros, de los floristas, de los mendigos, de los unos, de los otros, ay ay ay qué guirigay.

La cosa se calma un poco al llegar a la plaza de l’Etoile. Un nuevo (otro) agente indica a Ícaro la dirección de la Porte Maillot. En la avenida de la Grande-Armée Ícaro se sienta en un banco y, de repente, ¿qué ve pasar? Un coche sin caballos en el que van sentados dos osos. El coche circula e incluso circula bastante deprisa, haciendo pedorretas odoríferas, y los caballos se encabritan a su paso y los peatones lo admiran o se asustan.

ÍCARO

No habrá sido un día perdido, ya que he visto esto.

Ícaro retoma su camino: ve también a gente con gorra que agita las piernas a horcajadas sobre un cuadro sostenido por dos ruedas y que también circulan, incluso bastante rápido, más rápido a veces que los coches sin caballos, de los que hay varios en este barrio; también hay comerciantes de esos aparatos a lo largo de toda la avenida de la Grande-Armée. Qué interesante encuentra Ícaro todo esto.

Hay un automóvil colocado en un hangar y un hombre que hurga en su vientre. Dicho hangar es un taller y el hombre un mecánico.

Ícaro se acerca.

ÍCARO

Perdón, señor, ¿puedo hablar con usted?

MECÁNICO

Ya lo ha hecho.

ÍCARO

¿Ese coche de ahí anda sin caballos?

MECÁNICO

Sí, claro. Este coche anda sin caballos, por eso se llama automóvil.

ÍCARO

¿Y cómo funciona?

MECÁNICO

Gracias al hada Electricidad.

ÍCARO

Por favor, deme más detalles.

MECÁNICO

Joven, hace bien en interesarse por esto porque Esto es el futuro. Muy pronto alcanzaremos los 40 km por hora, velocidad que será difícil de superar. Se irá a Le Havre en cinco horas, a Marsella en un día. Veo en el futuro postas eléctricas a lo largo de las carreteras donde se recargarán las baterías. Porque yo soy partidario de la Electricidad y del Progreso. No me hable de petróleo. Mire eso.

Pasa un coche haciendo mucho ruido y despidiendo gases fétidos.

MECÁNICO

No, ni hablar del petróleo; arma jaleo, apesta, explota: a los clientes no les va a gustar nunca. Y además, si el número de automóviles aumentara, no habría suficiente petróleo en el mundo, se lo digo yo.

ÍCARO

Todo esto me parece interesantísimo.

MECÁNICO

Créame, el coche eléctrico es el futuro. ¿Quiere dar una vuelta conmigo? Acabo de reparar esta cosita, esta pequeña cabeza de bobina, y ahora va a zumbar. Va a ver qué estupendo.

Ícaro sube, el coche supera los 35 kilómetros por hora.

ÍCARO

¡Parece como si fuéramos a volar!

MECÁNICO

Joven, si le va esto, trabaje en esta rama de la industria, ganará dinero.

ÍCARO

Gracias por el consejo, señor.

MECÁNICO

A menos que lo que quiera es comprar un automóvil.

ÍCARO

No creo que me lo pueda permitir…

MECÁNICO

Entonces cómprese un velocípedo. ¡Sea moderno, qué diablos!

ÍCARO

Lo pensaré, señor, lo pensaré. Muchas gracias.

Se aleja en dirección al Bois de Boulogne.

ÍCARO

Este asunto de la técnica me tiene atormentado. ¿Es de verdad una cuestión de técnica o se trataba en realidad de mi existencia? Lo que entiendo por una verdadera cuestión técnica es, por ejemplo, la división de una novela en libros y en capítulos, el emplazamiento de las descripciones, la elección de los nombres y los patronímicos, el uso de los guiones o de las comillas para indicar los diálogos o, incluso, el uso de las iniciales en mayúsculas para los nombres de los protagonistas como en las obras de teatro impresas o en las obras de la condesa de Ségur. Mira, un pájaro que canta.