XXXVIII
En casa de Hubert, en su ausencia.
MAÎTRETOUT
No llores así. El muchacho está haciendo su servicio militar. Todo el mundo en Francia lo hace. Es un deber. Evidentemente, un deber es un deber, pero el servicio militar tiene cosas buenas, uno se ventila, hace ejercicio, hace amigos, e incluso se puede ascender de rango.
ADÉLAÏDE (sorbiéndose)
Eso no quita que haya sido muy imprevisto. ¿Quién podía esperarlo? Ni el Sr. Lubert se lo esperaba. Nos iba a casar en un mes. Si hubiera previsto el servicio militar no lo hubiera dispuesto todo para casarnos en un mes.
MAÎTRETOUT
El Sr. Lubert sabe más cosas que nosotros.
ADÉLAÏDE
Ya, ya.
MAÎTRETOUT
Venga, venga, hija mía, consuélate y confía en el Sr. Lubert.
ADÉLAÏDE
Me ha destrozado el corazón. Tres años es mucho, Ícaro me olvidará, preferirá a una camarera o a una disoluta.
MAÎTRETOUT
¿Por qué le supones esos sentimientos de alcaucil?
ADÉLAÏDE
Los hombres son veleidosos, hay que estar loca para fiarse de ellos.
MAÎTRETOUT
Qué sabrás tú, mi pobre criatura, si apenas tienes veinte páginas de existencia.
ADÉLAÏDE
Pero a falta de la experiencia, tengo la sabiduría del corazón.
MAÎTRETOUT
Para ocupar este tiempo muerto mientras esperamos, hagamos una partida de chaquete, aunque siempre ganas tú.
ADÉLAÏDE
Porque soy desdichada en amores, querido papá.