XVI

MORCOL

Resumamos la situación y, cual capitán en una larga travesía, veamos en qué punto nos encontramos. En primer lugar constataré primero una cosa: me he dado una comilona en el Café Inglés, por primera vez en mi vida. El señor Lubert empieza a tratarme con familiaridad ¡me ha invitado a cenar con él! A lo mejor ha olvidado mi condición subalterna, o quizás he ascendido. En cualquier caso, me he puesto las botas. La ostra de Ostende es un animal magnífico, el pavo relleno tampoco estaba nada mal, el pastel de ptarmigan con trufas era considerablemente delicado y los soufflés de nuez de coco a la vainilla no me han disgustado. En segundo lugar constataré una segunda cosa, la presencia en el Café Inglés de la joven casquivana de la taberna del Globo y de los Dos Mundos acompañada de esa especie de joven de 1 metro 77, que interrogué de la forma adecuada y que no era Haropronto. Ambos frecuentan el Café Inglés, lo cual es una sorpresa, pero por el momento no veo qué conclusión puede extraerse de ello. En tercer lugar, con el sextante, el compás y la brújula en mano —metáfora arriesgada, porque ignoro si son éstos los instrumentos que sirven para mis propósitos, quiero decir, para determinar la posición— sólo me queda por hacer un trabajo rutinario: visitar sucesivamente a todos los colegas del Sr. Lubert, que son muchos, pero no me falta paciencia ni al Sr. Lubert los cuartos necesarios para costear semejante investigación. Y finalmente, en cuarto lugar, habiendo establecido exactamente nuestra posición, sólo me falta la latitud de ir a acostarme sobre la longitud de mi catre, lo que haremos no sin gran placer.