CAPÍTULO LXVI
Decíamos que el Gran Sabio no tuvo más remedio que montar en una nube y dirigirse hacia el Monte Wu-Tang, en el Continente Austral de Jambudvipa, para solicitar la ayuda del Honorable Conquistador de Demonios y liberar de su tormento a Tripitaka, a Ba-Chie, al Bonzo Sha y a los demás guerreros celestes. Sin detener un solo segundo su vuelo, avistó, por fin, el maravilloso reino del inmortal. Mientras descendía de la nube, miró a su alrededor y vio que se trataba de un lugar francamente extraordinario, una montaña sagrada que protegía toda la región del sudeste. Era tan alto, que se perdía entre las nubes y su cumbre aparecía teñida de la luz rojiza del atardecer. En ella nacían nueve cursos de agua[1] que regaban las lejanas tierras de Ching y Yang[2]. Lo más sobresaliente, no obstante, era que servía de punto de unión entre los montes de Yüe y el reino de Chu. En su cumbre se abría la Caverna del Gran Vacío, donde se impartían las enseñanzas de Chu y Lu[3]. Sus treinta y seis salones, a los que habían acudido a ofrecer incienso más de diez mil viajeros, estaban recubiertos de placas de oro. A este lugar había acudido en peregrinación el rey Shuen y había orado el piadoso rey Yü[4]. Por doquier se veían placas de jade con textos escritos en letras de oro. Por encima de sus torres revoloteaban pájaros de plumajes azulados, cuyos caprichosos vuelos parecían competir con los de los estandartes de color rojo que adornaban las murallas. La fama de aquella montaña llegaba hasta el último rincón del mundo, pues su cumbre se adentraba en el vacío. Eso no impedía que los ciruelos mostraran, orgullosos, la delicadeza de sus capullos y que todas sus laderas aparecieran cubiertas de un manto de plantas exóticas. En el lecho de cada arroyo había establecido un dragón su morada, mientras familias enteras de tigres se agazapaban entre los acantilados. Los cantos de los pájaros eran tan melodiosos y persistentes, que parecían mantener entre sí extrañas conversaciones musicales. Los ciervos se acercaban a los caminantes, como si estuvieran domesticados. Bandadas de garzas blancas se posaban sobre los viejos enebros, como si fueran nubes atraídas por la fresca humedad de sus copas. Más orgullosos, fénix de plumajes rojizos y azulados dejaban escapar su canto, mirando de frente el sol. Bastaba con echar una mirada para comprobar que aquélla era la morada de un inmortal, cuya misericordia se dejaba sentir hasta en los lugares más apartados de la tierra. No en balde era hijo del Rey de la Perfecta Alegría y de la Reina de la Virtud Victoriosa, que le concibió después de soñar que se había tragado el sol. Tras una gestación de catorce meses le dio a luz en el mediodía del día primero del tercer mes del año «chia-chen», que correspondía al inicio del reinado de Kai-Huang. El ahora patriarca había sido en su juventud muy valiente, trocando su fiereza en astucia a medida que iba avanzando en años. Pronto renunció al trono de sus mayores y se entregó por entero a una vida de sacrificios y privaciones. Sus padres no pudieron impedir que abandonara el palacio real. En la montaña que ahora habitaba se había entregado con tanto entusiasmo a la meditación, que no tardó en alcanzar la perfección y en ser arrebatado a los Cielos a plena luz del día. El Emperador de Jade le cambió su antiguo nombre por el de Chen-Wu, haciéndole sentar sobre una serpiente y una tortuga[5] y colocando el vacío sobre su cabeza. Todos los seres del Cielo y de la Tierra le llaman el Supremo Eficiente, porque conoce todos los secretos y cuanto emprende siempre tiene buen fin. No en balde ha acabado con millares de monstruos en cada kalpa.
Gozando del maravilloso espectáculo que le ofrecía la montaña, el Gran Sabio no tardó en llegar al Palacio de la Gran Armonía. Después de dejar atrás tres puertas, entró en un salón en el que había no menos de quinientos ministros, envueltos en una atmósfera de santidad, que le preguntaron con actitud solemne:
—¿Quién eres?
—Sun Wu-Kung, el Gran Sabio, Sosia del Cielo —respondió el Peregrino en seguida—. Quisiera tener una entrevista con el patriarca.
En cuanto los ministros le hubieron informado de tan inesperada visita, el inmortal en persona salió a dar la bienvenida al Peregrino y le condujo al interior del Palacio de la Gran Armonía.
—Lamento importunaros con un asunto como éste, pero no había nadie más a quien poder acudir —confesó el Peregrino.
—¿De qué se trata? —preguntó el patriarca.
—Como quizás sepáis —contestó el Peregrino—, me encuentro de camino hacia el Paraíso Occidental, acompañando al monje Tang en su intento de hacerse con las escrituras sagradas. En el Continente Occidental de Aparagodaniya se levanta una montaña llamada el Pequeño Paraíso Occidental, en la que vive un monstruo, que ha erigido lo que él mismo denomina el Pequeño Monasterio del Trueno. No es extraño pues, que, al ver las largas filas de arhats, protectores y monjes sabios que se hallaban reunidos en el salón principal, mi maestro pensara que, por fin, había llegado al palacio de Buda. Incluso se arrodilló ante él y le rindió pleitesía. El monstruo aprovechó ese momento para capturarle. Yo mismo caí en sus garras, al ser atrapado por dos címbalos de oro, que me cayeron, de improviso, de lo alto. Se fundieron de tal forma, que no dejaron el menor resquicio por el que poder escapar. Fue una suerte que el Guardián de la Cabeza de Oro acudiera en busca de ayuda al Emperador de Jade, que puso inmediatamente a su disposición a las Veintiocho Constelaciones. Ni siquiera ellas lograron separar los dos címbalos. Afortunadamente, el Dragón de Oro consiguió introducir el cuerno por su punto de unión y pude, finalmente, salir de aquel horno de oro. Lo hice añicos con mi barra, pero el ruido despertó a la bestia, que midió valerosamente sus armas con las nuestras. Pronto empezaron, sin embargo, a flaquearle las fuerzas y, sacando una tira de tejido blanco, nos atrapó a todos entre sus pliegues, como si fuéramos unos vulgares insectos. Ni las Veintiocho Constelaciones consiguieron escapar. No contento con eso, nos pasó por el cuerpo unas sogas que escocían como el fuego; pero, al caer la noche conseguí escaparme y liberé a todos. Desgraciadamente, nos olvidamos de coger el equipaje y hube de volver sobre mis pasos. El monstruo salió, una vez más, en nuestra persecución, dándonos alcance en las últimas estribaciones de la montaña. Los guerreros celestes se enfrentaron a él con la bravura que los caracteriza. La bestia decidió hacer uso de su tejido mágico y lo sacudió con fuerza en el aire. Sólo yo logré escapar a tiempo. Los demás siguen padeciendo el suplicio de las cuerdas. Por eso, he decidido acudir a vos. Sé que, sin vuestra ayuda, jamás lograré liberar definitivamente a mi maestro y a los otros dioses.
—Hace años —respondió el patriarca— dominé todo el norte, liberándolo de monstruos y poniendo fin al imperio de los demonios. Por ello el Emperador de Jade me concedió el nombre de Chen-Wu. Posteriormente hice otro tanto en las regiones del nordeste, por encargo expreso del Honorable de los Primeros Orígenes, que puso bajo mis órdenes a los Quinientos Dioses, al León de la Melena Larga, a varias bestias feroces y a un gran número de dragones venenosos. Para entonces mi aspecto había cambiado totalmente. Llevaba el pelo suelto y mis pies, descalzos como los de un niño, descansaban sobre una serpiente sagrada y una tortuga divina. Si ahora habito en el monte Wu-Tang, gozando de la paz que reina en este Palacio de la Gran Armonía, de la calma que impera sobre los mares y de la serena pureza que se respira en el universo, es porque los demonios y espíritus malignos han desaparecido totalmente del Continente Austral de Jambudvipa y del Continente Septentrional de Uttarakuru. De todas formas, no puedo coger mis armas sin una orden de las Regiones Superiores. Si lo hago, el Emperador de Jade lo tomará como una descortesía, pero, si no lo hago, parecerá como si no me preocupara ya de los asuntos humanos. Supongo que los monstruos que jalonan la ruta del Oeste no son tan poderosos como los de otras regiones, por lo que creo que te bastará con la ayuda de mis dos generales, la Tortuga y la Serpiente, y de los Cinco Dragones Celestes. Con ellos capturarás a ese monstruo y librarás a tu maestro de esa terrible prueba que está padeciendo.
Tras dar las gracias al patriarca, el Peregrino regresó a toda prisa al Occidente, acompañado por la Serpiente, la Tortuga y los dragones, todos ellos armados hasta los dientes. No tardaron en llegar al Pequeño Monasterio del Trueno, donde incitaron al monstruo, para que saliera a pelear contra ellos. En aquel mismo momento el Rey de las Cejas Amarillas estaba reunido con sus capitanes en una de las torres, comentando, sorprendido:
—Es extraño que el Peregrino no haya dado señales de vida durante estos dos últimos días. Me pregunto adónde habrá ido en busca de ayuda.
No había acabado de decirlo, cuando se presentó uno de los diablillos encargados de proteger la puerta y dijo, muy excitado:
—Acaba de llegar el Peregrino con unos tipos que se parecen mucho a un dragón, a una serpiente y a una tortuga.
—¿De dónde habrá sacado ese mono a unos luchadores tan extraños? —exclamó el monstruo—. ¿Sabes de qué lugar proceden?
Antes de que el diablillo pudiera responder, se puso la armadura y salió del monasterio, gritando:
—¿Qué clase de dragones sois vosotros para atreveros a venir a romper la paz de un inmortal?
—¡Maldita bestia! —contestaron al mismo tiempo los cinco dragones y los dos generales, furiosos—. Por si no lo sabes, te diremos que estamos a las órdenes del Honorable Conquistador de Demonios, que tiene su morada en el Palacio de la Gran Armonía, en el Monte Wu-Tang. Él mismo nos ha hecho venir a detenerte, si no dejas inmediatamente en libertad al monje Tang y a las Constelaciones. Si lo haces, conservarás la vida; de lo contrario, convertiremos en picadillo a todos tus súbditos, allanaremos tu montaña y reduciremos a cenizas estos edificios, de los que tan orgullosos te muestras.
—¡Bestias inmundas! —bramó el monstruo, furioso—. ¿Qué clase de magia poseéis, para atreveros a hablarme de esta forma? ¡No huyáis y probad el sabor de mi maza! Los cinco dragones y los dos generales se lanzaron al ataque, blandiendo sus espadas, sus cimitarras y sus lanzas y levantando una espesa nube de polvo y barro. El Gran Sabio se les unió en seguida con su barra de hierro. Dio, así, comienzo otro extraordinario combate, en el que todos los contendientes se esforzaron por dar lo mejor de sí mismos.
La Tortuga y la Serpiente desplegaron contra el monstruo una fuerza tan incontenible como el fuego y el agua. Los cinco dragones, por su parte, obligados a desplazarse hasta aquel punto tan occidental para lograr la liberación del maestro, descargaron sobre la bestia sus hachas, sus espadas y sus lanzas. Los golpes eran tan rápidos y continuos, que parecían rayos dibujados en el aire, sensación que acentuaba el frío brillo del acero. A todos ellos se enfrentaba la maza de los dientes de lobo, cuyos poderes mágicos nada tenían que envidiar a los de la barra de los extremos de oro. El entrechocar de las armas producía un ruido tan seco como los estampidos de la pólvora, mientras los gritos de los combatientes superaban en fiereza los rugidos de los tigres y los aullidos de los lobos.
Al oírlos, los espíritus y los dioses se echaban a temblar de espanto. Pero, a pesar de tanta bravura, ninguno de los bandos obtuvo sobre el otro una ventaja significativa. Más de media hora llevaban peleando el Peregrino, los cinco dragones y los dos generales, cuando el monstruo sacó la tira de tejido blanco. Al verla, el Peregrino gritó, alarmado:
—¡Cuidado!
Los dragones, la tortuga y la serpiente no sabían a qué venía tanto nerviosismo y bajaron imprudentes la guardia, dando un paso hacia delante, para ver de qué se trataba. En ese mismo instante se escuchó una especie de zumbido muy intenso.
Comprendiendo que no había nada que hacer, el Gran Sabio se elevó hasta el Noveno Cielo, logrando escapar ileso. Los dragones, la tortuga y la serpiente quedaron atrapados entre los pliegues del tejido, sin saber explicarse lo que realmente había ocurrido. El monstruo regresó con ellos al monasterio, donde fueron atados con cuerdas y arrojados a una mazmorra que había hecho construir bajo tierra. De momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, quien se dejó caer sobre la ladera de la montaña y se dijo, desalentado:
—¡No hay manera de acabar con ese monstruo!
Poco a poco se le fueron cerrando los ojos y durante un momento pareció como si se hubiera quedado dormido. Pero casi inmediatamente se oyó una voz, que decía:
—¡No te duermas, Gran Sabio! ¡Levántate y vete a ayudar al maestro! Si no lo haces, es posible que muera muy pronto.
El Peregrino abrió perezosamente los ojos y, al ver que se trataba del Centinela del Día, se puso en pie de un salto y gritó, enfurecido:
—¿Se puede saber dónde has estado todo este tiempo? ¡Seguro que disfrutando de la sangre de los sacrificios que te han ofrecido tus fieles! ¿Cómo te atreves a venirme con prisas, cuando has estado haraganeando por ahí todo el día? Muéstrame las nalgas, para que pueda darte un par de golpes con mi barra. Por lo menos me servirá para mitigar este aburrimiento que me está corroyendo el espíritu.
—¿Cómo puedes decir semejante cosa? —le recriminó el centinela, inclinándose a toda prisa—. Eres una especie de inmortal entre los hombres y de todos es conocido que los inmortales jamás se aburren. Todos estamos, además, embarcados en la misma misión por orden expresa de la Bodhisattva. ¿A quién no le preocupa la protección del monje Tang? Si no me has visto en todo el día, ha sido porque he estado tratando de ella con el espíritu de esta montaña y otros dioses de menor entidad. ¿Desde cuándo una dedicación semejante es merecedora de un castigo ejemplar?
—Si es verdad que has estado protegiendo al maestro —replicó el peregrino—, dime dónde le tiene encerrado ese monstruo y el lugar en el que ha metido a las Constelaciones, a los Guardianes, a los Protectores de los Monasterios y a todos los demás. ¿Sabes a qué clase de tortura han sido sometidos?
—El maestro y tus hermanos están colgados en el pasillo que hay al lado del salón principal del monasterio —respondió el centinela—. Por lo que respecta a las Constelaciones, habíamos oído decir que se encontraban encerradas en unas mazmorras que hay bajo tierra, pero no hemos podido cerciorarnos, hasta que no hemos visto meter en ellas a los dragones, a la serpiente y a la tortuga que fuiste a buscar. Nos extrañaba no verte por aquí. De todas formas, no es el momento de descansar. Es preciso que vayas, cuanto antes, en busca de ayuda.
—¿Adónde puedo ir? —preguntó el Peregrino, al tiempo que las lágrimas acudían, copiosas, a sus ojos—. Me da vergüenza recurrir tanto al Cielo como al fondo de los mares. No sé qué responder a la Bodhisattva, cuando me pregunte por lo ocurrido. ¿Cómo voy a atreverme a mirar a Buda a la cara? Esos que acabas de ver encerrar eran la Tortuga, la Serpiente y los Cinco Dragones del patriarca Chen-Wu. ¿No comprendes que ya no me queda ningún sitio al que acudir?
—¿A qué viene preocuparte tanto? —replicó el centinela, sonriendo—. Conozco un ejército que puede derrotar a este monstruo, si consigues traerlo hasta aquí. Se encuentra estacionado en el mismo Continente Austral de Jambudvipa que acabas de mencionar, concretamente en la ciudad de Pin-Chang, en el Monte Hsü-I, también conocido por el nombre de Su-Chou. En ella tiene establecida su morada el Bodhisattva Consejero Real, que posee unos poderes mágicos francamente extraordinarios. Entre sus discípulos se encuentra un tal Príncipe Chang. Tiene a sus órdenes a cuatro guerreros celestes, que hace tiempo consiguieron doblegar a la Madre del Agua. Estoy seguro de que, si vas a pedirle su ayuda, no se atreverá a negártela y podrás liberar finalmente al maestro.
—De acuerdo —concluyó el Peregrino, más animado—. Vete dentro y no dejes que ese monstruo haga algún daño al monje Tang, mientras estoy fuera.
De un salto, el Peregrino montó en una nube y se dirigió directamente al Monte Hsü-I, adónde llegó al cabo de poco menos de un día de viaje. Se trataba de un lugar realmente extraordinario. Al sur se veían varias cuencas fluviales de no muy difícil vadeo, cosa que no ocurría hacia el norte, por donde fluía, majestuoso, el río Huai. Por el este la montaña llegaba hasta el mismo mar, mientras que por el oeste sus estribaciones se extendían hasta Feng-Fou. En su cumbre se levantaban unos edificios de imponente factura, muy cerca de los cuales tenían su nacimiento incontables arroyos. Las rocas presentaban unas formas tan retorcidas y caprichosas, que no desdecían en nada de los pinos centenarios que crecían junto a ellas. Los árboles frutales estaban en sazón y emitían un aroma tan penetrante, que parecían competir con los miles de flores que brillaban, como gemas, a la luz del sol. Los habitantes de tan paradisíaco lugar eran tantos, que su continuo ir y venir recordaba el ajetreo que reina en un hormiguero.
Desde la distancia los barcos que se acercaban a la orilla parecían patos salvajes en busca de comida. Dominando todo aquel paisaje, se elevaban majestuosos, en la misma cumbre del monte, el Templo del Acantilado Benéfico, el Palacio de la Montaña Oriental, el Santuario de los Cinco Milagros y el Monasterio de la Montaña de la Tortuga, donde el incienso y el tañer de las campanas ascendían, sin cesar, a los cielos.
Por encima de la ciudad, dominándola con su inenarrable belleza, podían verse el Arroyo de Cristal, el Valle de las Cinco Pagodas, la Terraza de los Inmortales y el Jardín de los Melocotoneros. Las nubes pasaban por encima con la languidez de quien no quiere proseguir su camino, mientras los pájaros no dejaban de cantar, escondidos entre las copas de los árboles. ¿Para qué hablar de la belleza que rodeaba los montes Tai, Sung, Hang y Hua?[6]. La morada de aquel inmortal no tenía nada que envidiar a las de los que habitan en Peng y en Ying.
Era tal la serenidad que manaba de aquel paisaje, que el Gran Sabio no podía apartar, embelesado, los ojos de él. Tras cruzar el río Huai, entró en la ciudad de Pin-Chang y se dirigió al monasterio en el que vivía el gran sabio budista. Sus salones poseían la magnificencia de los de un palacio y sus corredores parecían la encarnación misma de la elegancia. Junto al edificio principal se elevaba una torre tan alta, que se perdía entre las nubes, llegando, incluso, a horadar con su punta de oro el jade verdoso del vacío. No podía ser de otra forma, porque el universo se apoyaba sobre ella. Eso explicaba por qué ninguna sombra mancillaba ni su caída oriental ni su vertiente occidental. Al soplar el aire, todas sus campanas emitían un sonido tan puro como el de los carillones celestes.
Delante del salón principal se erguían, bañadas totalmente por el sol, las formas rugosas de un grupo de pinos centenarios, en los que anidaban pájaros que no dejaban de lanzar su melodioso canto hacia las aguas, siempre fluyentes, del río Huai. Sin dejar de gozar de tanta belleza, el Peregrino se dirigió directamente hacia la segunda puerta. El Bodhisattva Consejero Real había sido informado ya de su llegada y salió a darle la bienvenida, acompañado por el Príncipe Chang. Después de saludarle con la solemnidad que la situación requería, dijo el Peregrino:
—Me he comprometido a acompañar al monje Tang hasta el Paraíso Occidental, con el fin de conseguir las escrituras sagradas. Al pasar por el Pequeño Monasterio del Trueno, el monstruo de las Cejas Amarillas tomó la personalidad del Patriarca Budista y capturó a mi maestro, que se había arrodillado, respetuoso, ante él. Yo mismo caí en su trampa y fui encerrado en el interior de dos címbalos de oro, de los que me sacaron las Constelaciones, que acudieron, solícitas, en nuestro auxilio. Tras reducir a añicos tan extraña prisión, luché bravamente contra él, pero sacó una tira de tejido mágico y atrapó con ella a los dioses, a los guardianes, a mi maestro y a mis dos hermanos. Volé, entonces, al Monte Wu-Tang y solicité la ayuda del Respetable del Cielo Misterioso, que puso en seguida a mi disposición a los Cinco Dragones, a la Tortuga y a la Serpiente. Pese a su indiscutible pericia con las armas, también ellos cayeron en poder de esa bestia. Eso me ha hecho sentirme como un huérfano y, sin tener adónde acudir, he decidido venir a suplicaros que, haciendo uso del extraordinario poder con el que un día dominasteis a la Madre del Agua y salvasteis la vida a incontables muchedumbres de personas, liberéis a mi maestro de la prueba terrible por la que está pasando. Os prometo que, en cuanto regresemos con las escrituras y hayamos implantado su doctrina en las Tierras del Este, proclamaremos a los cuatro vientos vuestra profunda sabiduría y vuestro recuerdo durará para siempre.
—El asunto que acabas de exponerme —concluyó el Consejero Real— está relacionado íntimamente, como tú mismo has afirmado, con el futuro de la religión budista. Debería ir, pues, yo mismo a solventarlo. Desgraciadamente estamos al principio del verano, una época en la que suele desbordarse el río Huai, y hace muy poco que he dominado al Gran Simio del Agua, una criatura que parece volverse loca, en cuanto entra en contacto con el elemento que le da el nombre. Es muy posible, por tanto, que, si abandono el palacio, se vuelva a levantar en armas y, como tú sabes muy bien, nadie, salvo yo, es capaz de hacerle frente. Lo más prudente será, por consiguiente, que pida a mi discípulo y a los otros cuatro guerreros celestiales que vayan contigo y te ayuden a capturar a ese monstruo del que hablas.
Tras darle las gracias, el Peregrino montó en una nube y se dirigió hacia el Pequeño Monasterio del Trueno, acompañado por el Príncipe Chang y los cuatro soldados celestes. El primero usaba en el combate una lanza de morera blanca, mientras que los otros eran unos auténticos maestros blandiendo unas terribles espadas de hoja rojiza. En cuanto llegaron a su destino, retaron al monstruo y los diablillos que guardaban la puerta corrieron a informar a su señor. La bestia no tardó en aparecer, rodeada de toda su cohorte de demonios.
—¿A quién has ido a buscar esta vez, mono estúpido? —bramó, despectivo.
—¡Maldito monstruo sin entrañas! —gritó el Príncipe Chang, mandando avanzar a los cuatro guerreros—. Se nota que tus ojos carecen de pupilas y que en la cara no tienes carne. Por eso no nos reconoces.
—¿Quién eres, para atreverte a venir hasta aquí, acompañando a ese inútil? —volvió a preguntar el monstruo en el mismo tono.
—Soy el discípulo del Bodhisattva Consejero Real, Gran Sabio de Su-Chou —contestó el príncipe—, y éstos que me acompañan, los cuatro guerreros celestes que mi señor ha puesto a mis órdenes para capturarte.
—¿Quieres explicarme qué clase de poderes tiene un muchacho tan insignificante como tú, para atreverse a venir a insultarme ante mi propia puerta? —exclamó el monstruo, soltando una hiriente carcajada.
—Ya que te empeñas, te lo voy a decir —contestó el príncipe—. Soy originario del país de la Arena que Fluye. Mi padre era el rey de aquella tierra, pero no pudo evitar que yo cayera gravemente enfermo, debido a la maléfica influencia de una estrella. Eso me llevó a buscar a alguien que pusiera fin a mi mal en lugares cada vez más alejados de la patria que me vio nacer. Tuve la suerte de dar finalmente con él. Le bastó la mitad de una píldora pequeñita para hacer desaparecer la enfermedad que me tenía esclavizado desde mi primera juventud. Agradecido, renuncié a mis prerrogativas de príncipe y me convertí en discípulo suyo, asimilando las enseñanzas que conducen a la eterna juventud. Por eso, mis rasgos son los de un muchacho. Pero más importante que eso es haber tenido el honor de asistir al banquete de cumpleaños de Buda, recorriendo su santa morada a lomos de una nube. Comparado con ello, carece totalmente de valor haber dominado al monstruo del agua con la ayuda del viento y las nubes y haber domesticado a los tigres y dragones de una montaña. En agradecimiento, varios pueblos han erigido templos en mi honor, haciendo llegar mi fama hasta el último rincón bañado por los mares. No existen armas más poderosas para capturar bestias que mi lanza de morera y mis anchas mangas de monje. Prefiero, de todas formas, llevar una vida tranquila en la ciudad de Pin-Chang, en la que habito, y gozar de los placeres a los que me han hecho merecedor mis hazañas. No en balde es conocido en toda la tierra el nombre de Chang.
—¿Quieres explicarme qué método de inmortalidad puede aprender quien ha renunciado a su patria para seguir las enseñanzas de ese Bodhisattva Consejero Real? —preguntó el monstruo, sonriendo con desprecio—. Supongo que te habrán bastado para dominar al monstruo del río Huai y recorrer, en un abrir y cerrar de ojos, las mil cordilleras y los diez mil cauces de agua que separan este lugar de la ciudad en la que ahora habitas. Pero ten la seguridad de que no te servirán a la hora de medir tus armas con las mías. ¿Por qué has tenido que prestar oído a las falsas razones del Peregrino y venir a morir ante la puerta de este monasterio?
Enfurecido por tales razones, el Príncipe Chang descargó un terrible lanzazo contra el rostro de su oponente. Los cuatro guerreros se lanzaron, igualmente, al ataque, mientras el Gran Sabio blandía su terrible barra de hierro. El monstruo no retrocedió ante tantos adversarios. Al contrario, con inigualable bravura se enfrentó a todos ellos, devolviendo los golpes con su temible maza de los dientes de lobo. Dio, así, comienzo una batalla feroz, en la que el príncipe, los guerreros y Wu-Kung trataron de dominar con su lanza de morera blanca, sus espadas de hojas rojizas y su barra de los extremos de oro al monstruo que se había hecho pasar por Buda. Su maza era tan especial, que ni el hierro de la lanza ni el acero de las espadas conseguían hacer la menor mella en ella. El fragor de la batalla era tal, que parecía como si estuviera pasando un ciclón o fuera aquél el país de las tormentas. Todos los luchadores daban lo mejor de sí, buscando la gloria del triunfo y el restablecimiento del honor del buda ultrajado. Sus continuos avances y retrocesos levantaban espesas nubes de tierra y polvo, que oscurecieron por completo las Tres Luminarias. Jamás se había visto tanto odio anidar en pecho alguno. No en balde estaba en juego la pureza de principios de los Tres Vehículos. Tan terrible lucha se prolongó durante horas, pero ninguno de los bandos pudo conseguir una ventaja apreciable. El monstruo decidió, entonces, recurrir a su trozo de tela blanca. Al vérselo sacar, el Peregrino gritó, alarmado:
—¡Cuidado! ¡Haceos a un lado!
El príncipe y los guerreros no sabían a qué se refería y le miraron, asombrados. Antes de que pudieran reaccionar, se oyó una especie de silbido muy penetrante y fueron atrapados por el tejido, como si fueran vulgares insectos. Sólo logró escapar el Peregrino. Como había ocurrido la vez anterior, el monstruo cargó con ellos, como si de un fardo se tratara, y regresó, triunfante, al monasterio, atándolos con sogas y encerrándolos en una de sus mazmorras. De momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que se elevó por los aires y no descendió de su nube, hasta que no vio al monstruo y a sus seguidores cerrar las puertas de su palacio.
Descendió después sobre la ladera occidental de la montaña y lloró, desconsolado, diciendo:
—Desde el momento mismo en que la Bodhisattva Kwang-Ing me liberó del tormento y abracé la fe del Zen, me he entregado por completo a vuestra noble misión de alcanzar las Tierras del Oeste. No he tenido sueño mayor que entrar junto a vos en el Monasterio del Trueno. Después de pasar por tantas pruebas, pensábamos que nuestro camino iba a encontrar, por fin, la calma. ¡Qué poco sospechábamos que estábamos a punto de toparnos con el monstruo más poderoso y cruel de cuantos existen! Todos mis planes para rescataros de sus garras han fracasado estrepitosamente, tornando inútiles mis continuas idas y venidas al este y al oeste en busca de ayuda.
Cuando más desesperados eran sus lamentos, vio aparecer por el sudoeste una nube multicolor, que descendió a la Tierra en forma de una lluvia torrencial que anegó toda la montaña. Casi inmediatamente se oyó una voz que decía:
—¿No me reconoces, Wu-Kung?
El Peregrino se dio la vuelta y vio a un hombre de orejas grandes, mentón prominente, rostro más bien cuadrado, hombros anchos, panza descomunal y extremadamente gordo.
Toda su figura desprendía un aire de incontenible felicidad, haciendo que sus ojos brillaran como dos lagos bajo la cenicienta luz del otoño. Las amplias mangas de su túnica repartían por doquier, al moverse, buena fortuna y riquezas sin cuento. Traía los pies embutidos en unas sandalias de esparto, que realzaban aún más su aspecto fornido y tierno a la vez. Se trataba, en efecto, de Maitreya, el monje sonriente, a quien celebran todos los honorables que moran en el paraíso. El Peregrino se echó en seguida rostro en tierra y empezó a golpear el suelo con la frente, diciendo, respetuoso:
—¿Hacia dónde se dirige el Gran Patriarca Budista del Viaje Oriental? ¡Merezco diez mil veces la muerte, por haber osado cortaros el camino!
—He venido por ese monstruo del Pequeño Monasterio del Trueno —contestó Maitreya.
—Jamás podré agradeceros tanta delicadeza —respondió el Peregrino—. ¿Sería mucho preguntaros de dónde procede esa bestia y qué clase de arma es ese trozo de tela que maneja con tanta maestría? Os suplico que no echéis en saco roto mis deseos.
—Da la casualidad de que ese monstruo no es otro que el joven de cejas amarillas encargado de hacer sonar las tablillas en mi presencia —explicó el patriarca—. El día tres del tercer mes hube de asistir a la Fiesta de los Primeros Orígenes y le dejé al cargo de mi palacio. El muy desalmado aprovechó la ocasión para robarme algunos de mis tesoros y conseguir cierta prominencia espiritual, haciéndose pasar por Buda. La tela a la que has hecho alusión es, en realidad, mi bolsa de la fertilidad, también conocida por el nombre de Saco de las Semillas Humanas. Por lo que respecta a esa maza de los dientes de lobo, te diré que se trata del martillito que usaba para golpear las tablillas.
—¿Cómo pudisteis dejar escapar a ese muchacho y permitirle que se arrogara el nombre del Patriarca Budista para confusión de tantos creyentes, entre los que me encuentro yo mismo? —replicó el Peregrino—. ¿No creéis que se os debería acusar de no saber dirigir vuestros propios asuntos?
—Por supuesto que sí —reconoció Maitreya—. Pero era preciso que tanto tu maestro como tú pasarais por esta nueva prueba para alcanzar una mayor perfección. Eso explica que os estén asediando de continuo los monstruos, transformando en méritos los sufrimientos que os hacen padecer. Para ayudaros a conseguir uno más, he venido yo aquí.
—Pero ese monstruo posee poderes francamente extraordinarios —objetó el Peregrino—. ¿Cómo vais a dominarle, si vos no sois un hombre de armas?
—Voy a construir en esta misma ladera una choza de ramas con su correspondiente huerto de melones —contestó Maitreya, sonriendo—. Mientras tanto, tú vete a luchar contra él. No te emplees a fondo. Limítate a atraerle hasta el huerto. Todos los melones estarán verdes menos uno, grande y bien madurito, que serás, en realidad, tú. Estoy seguro de que, en cuanto te vea, querrá saciar su sed contigo y yo, por supuesto, no pondré ningún reparo a sus deseos. Cuando te halles en el interior de su estómago, puedes hacer con él lo que te dé la gana. Yo aprovecharé la ocasión para quitarle la tira de tela y atraparle de la misma forma que ha hecho él con tu maestro y los demás.
—El plan es, francamente, espléndido —reconoció el Peregrino—. De todas formas, ¿cómo estáis tan seguro de que vaya a perseguirme hasta aquí y de que vos mismo no vayáis a confundirme con otro melón?
—¿Cómo no voy a distinguirte, si soy el Honorable-que-gobierna-el-universo? —respondió Maitreya, soltando la carcajada—. Puedes metamorfosearte en lo que quieras, que jamás lograrás escapar a la luz penetrante de mis ojos. Caso de que el monstruo se niegue a seguirte, aplícale la fórmula mágica que ahora voy a enseñarte y se doblegará por completo a tus deseos.
—Todo eso está muy bien —replicó el Peregrino—. Pero ¿qué sucederá, si me atrapa con su tela? No habrá magia, entonces, capaz de traerle hasta aquí.
—Estira la mano —le ordenó Maitreya, sonriendo.
El Peregrino extendió en seguida su mano izquierda. Maitreya se metió el dedo en la boca y escribió sobre su palma la palabra «contención» con un poco de su saliva sagrada.
—Caso de que el monstruo se resista a seguirte —concluyó sin dejar de sonreír—, abre la mano y muéstrale lo que hay escrito en ella. Ten la seguridad de que te obedecerá, como si fuera un niño.
El Peregrino cerró el puño y, agarrando la barra de los extremos de oro, se dirigió hacia la puerta del monasterio, donde gritó con potente voz:
—¡Monstruo despreciable, aquí está otra vez el Sabio Sun! ¡Sal inmediatamente y decidamos, de una vez, quién es el más fuerte!
Los diablillos que guardaban la puerta corrieron a informar a su señor de su llegada.
—¿Cuántos guerreros ha traído consigo en esta ocasión? —preguntó el monstruo.
—A ninguno —respondió uno de los diablillos—. Ha venido él solo.
—A ese mono se le han acabado las ideas y no le queda ya ni una pizca de fuerza en el cuerpo —comentó el monstruo, soltando la carcajada—. No tiene ningún lugar al que acudir en busca de ayuda. Por eso, ha decidido arriesgar su vida de una vez por todas.
Tras ponerse la armadura, cogió su tela mágica y se dirigió hacia la puerta, blandiendo, arrogante, la maza de los dientes de lobo.
—¡No puedes seguir luchando, Sun Wu-Kung! —gritó con voz potente—. ¿No comprendes que tus fuerzas han llegado ya al límite?
—¿Qué quieres decir con eso, bestia maldita? —replicó el Peregrino.
—Que no tienes adónde acudir y que has gastado en balde toda tu energía —respondió el monstruo, despectivo—. Se nota que estás tan desesperado, que has decidido jugártelo todo a una sola carta. La prueba está en que esta vez no te acompaña ni un solo guerrero. Eso es lo que quiero decir, cuando afirmo que no puedes seguir luchando.
—Está visto que no sabes distinguir el bien del mal —exclamó el Peregrino, burlón—. ¡Deja de proferir bravuconadas y prepárate a probar el sabor de mi barra!
Al ver que la blandía con una sola mano, el monstruo no pudo por menos de gritar, soltando la carcajada:
—¡Estás mal de la cabeza, mono pulgoso! ¿Quieres explicarme por qué vas a pelear nada más con una mano?
—¿Cómo que por qué? —repitió el Peregrino, riéndose—. La cosa está clara. Porque me sobra y me basta para acabar contigo. Te aseguro que, si no usaras tu maldita tela, te derrotaría en un abrir y cerrar de ojos. Y no sólo a ti, sino a cinco o seis como tú.
—Está bien —concluyó el monstruo—. Te prometo que esta vez no recurriré a mi tesoro. Veremos quién es el más fuerte —y se lanzó a la batalla, blandiendo su terrible maza de los dientes de lobo.
El Peregrino no perdió el tiempo. Volvió hacia el monstruo el puño que escondía la palabra mágica y lo abrió delante de sus mismas narices. El falso Buda cayó inmediatamente presa del embrujo. Pareció como si su única obsesión fuera golpear a su adversario con la maza, olvidando por completo el tejido mágico o la vuelta al monasterio. Aunque el Peregrino agarró la barra de hierro con las dos manos, sus golpes se tornaron excesivamente débiles, retrocediendo como si se hallara, en efecto, al límite de sus fuerzas. El monstruo le persiguió sin ninguna compasión hasta la ladera oeste de la montaña. El Peregrino no tardó en fijarse en el huerto de melones. Sin pensarlo dos veces, se lanzó hacia él y se metamorfoseó en un espléndido melón, dulce y totalmente maduro. El monstruo se quedó desconcertado, mirando hacia todas partes, pero no supo decir qué había sido de su oponente. En dos zancadas se llegó hasta la caseta de ramas y preguntó, autoritario:
—¿Quién ha plantado aquí estos melones?
—Yo, gran señor —respondió Maitreya, haciéndose pasar por un hortelano y saliendo a darle la bienvenida.
—¿Están ya maduros? —volvió a preguntar el monstruo.
—Algunos sí —contestó Maitreya.
—En ese caso —concluyó el monstruo en el mismo tono que antes—, cógeme uno, para que pueda aliviar la sed.
Maitreya le ofreció en seguida el melón en el que se había metamorfoseado el Peregrino. Sin mirarlo siquiera, el monstruo empezó a comerlo con la fruición propia de un animal. El Peregrino se coló por su garganta y empezó a doblarle las costillas. No contento con eso, le dobló el estómago, tiró de sus intestinos e hizo con ellos toda clase de diabluras. El dolor era tan intenso, que el monstruo no dejaba de apretar los dientes ni de hacer cosas extrañas con la boca, mientras las lágrimas fluían, copiosas, de sus ojos. Se dejó caer al suelo, revolcándose por la tierra con tal desesperación, que el huerto de melones quedó reducido en seguida a pura pulpa.
—¡Esto es el fin! —gritó, desalentada, la bestia—. ¿Es que nadie va a librarme de este tormento?
—¡Maldito monstruo! —gritó Maitreya, recobrando la forma que le era habitual—. ¿Te acuerdas de mí?
La bestia levantó la cabeza y, al ver de quién se trataba, corrió hacia él y se hincó de hinojos con las manos firmemente apretadas contra el estómago.
—¡Perdonadme la vida, señor! —suplicó, al tiempo que golpeaba el suelo con la frente—. ¡Os prometo que no volveré a hacer el mal!
Maitreya estiró el brazo y le quitó la bolsa de la fertilidad y el martillito para golpear las tablillas. En cuanto los tuvo en su poder, dijo, levantando la voz:
—Deja de atormentarle, Sun Wu-Kung.
El Peregrino estaba tan furioso, que no prestó oídos a sus palabras y continuó lanzando puñetazos a derecha e izquierda y arañando, como si fuera una bestia, las entrañas de su víctima. El dolor era tan insoportable, que el monstruo se dejó caer al suelo cuan largo era.
—¡Ya es suficiente, Wu-Kung! —volvió a gritar Maitreya—. ¡Déjale en paz, de una vez!
Sólo entonces se avino el Peregrino a sus deseos, diciendo a regañadientes:
—¡Abre la boca y déjame salir!
Aunque el sufrimiento era tan intenso que por poco no pierde el juicio, el monstruo aún conservaba sano el corazón e hizo lo que se le ordenaba. No en balde, como afirma el proverbio, «nadie fenece hasta que no se le quiebra el corazón, de la misma forma que, cuando se secan las raíces, las flores se marchitan y se caen las hojas». El Peregrino abandonó sin ninguna dificultad el vientre de la bestia y recobró la forma que le era habitual. En seguida trató de acabar con el monstruo, pero Maitreya le había enrollado ya en el saco de la fertilidad y se lo había colgado de la cintura. Pese a todo, tomó el martillito y le preguntó en tono severo:
—¿Dónde has guardado los címbalos que me robaste?
—Los hizo añicos Sun Wu-Kung —contestó el monstruo con voz lastimera desde el interior del saco de la fertilidad. Lo único que le Preocupaba ahora era su vida.
—Si es verdad lo que dices —insistió Maitreya—, devuélveme, por lo menos, el oro del que estaban hechos.
—Lo que queda de ellos se encuentra encima del trono de loto que se levanta en el salón principal del monasterio —confesó el monstruo.
—Creo que voy a ir contigo a por el oro —dijo Maitreya, sonriente, dirigiéndose a Wu-Kung y sin soltar en ningún momento el saco y el martillito.
Al ver el tremendo poder de su dharma, el Peregrino no se atrevió a demorar por más tiempo la vuelta al monasterio, donde encontraron las puertas firmemente cerradas.
Maitreya volvió hacia ellas el martillito y se abrieron por sí solas. En el interior reinaba el más absoluto de los desórdenes. Los diablillos habían tenido ya noticia de la derrota infligida a su señor y estaban preparando apresuradamente sus cosas para escapar. Sin poder contenerse, el Peregrino se lanzó contra ellos y, en un abrir y cerrar de ojos, acabó con más de setecientos. A medida que iban muriendo, iban manifestando la forma que les era habitual. La mayoría habían sido espíritus de árboles, bestias y aves. Maitreya, por su parte, reunió todos los trozos de oro y, lanzando sobre ellos su aliento sagrado, volvió a unirlos con tal perfección, que no se notaba ninguna diferencia entre ellos y los címbalos originales. En cuanto hubo concluido su misión, se despidió del Peregrino y regresó en una nube al reino de la felicidad suprema.
El Gran Sabio corrió, entonces, a desatar al monje Tang, a Ba-Chie y al Bonzo Sha, que permanecían suspendidos de una viga. Después de llevar tantos días sin probar bocado, el Idiota tenía un hambre tan feroz, que no se preocupó de dar las gracias al Peregrino por lo que acababa de hacer. Como un loco, corrió hacia la cocina en busca de algo que llevarse a la boca. La suerte le acompañó, porque, cuando el Peregrino le lanzó su último reto, el monstruo se disponía a celebrar un opíparo banquete. El Idiota se abalanzó sobre el arroz y, de un bocado, acabó con más de la mitad de una cazuela. Sólo entonces se acordó del maestro y regresó a su lado con tres cuencos llenos hasta arriba.
En cuanto hubieron saciado el hambre, agradecieron al Peregrino cuanto había hecho por ellos y le preguntaron cómo había derrotado, finalmente, a la bestia. El Peregrino relató, entonces, su visita al patriarca taoísta, que había puesto a su disposición a la Tortuga y a la Serpiente, su solicitud de ayuda al Príncipe Chang y su encuentro con Maitreya, que había terminado dominando al monstruo. Al oírlo, el corazón de Tripitaka se llenó de un profundo agradecimiento, al tiempo que preguntaba, emocionado:
—¿Dónde se encuentran encerrados todos esos dioses y sabios?
—El Centinela del Día me dijo ayer que estaban en una mazmorra muy húmeda —respondió el Peregrino—. Lo mejor será que vayamos Ba-Chie y yo a liberarlos cuanto antes.
La comida había devuelto al Idiota sus fuerzas y, cogiendo su rastrillo, se dirigió a la parte posterior del monasterio, acompañando al Gran Sabio. Tras reducir a añicos la puerta de la mazmorra, liberó a todos los prisioneros, que regresaron, gozosos, al salón principal. Tripitaka se había puesto su espléndida túnica de los bordados y se fue inclinando respetuosamente ante cada uno de ellos, en prueba de agradecimiento y sumisión. Los primeros en marcharse fueron los cinco dragones y los dos guerreros, que se dirigieron a toda prisa hacia Wu-Tang. Lo hicieron a continuación el Príncipe Chang y sus cuatro generales, que no tardaron en enfilar el camino de la ciudad de Pin-Chang.
Los últimos en remontar el vuelo fueron las Veintiocho Constelaciones, que regresaron a sus moradas celestes, lo mismo que los Guardianes y los Protectores de los Monasterios.
Los peregrinos permanecieron medio día descansando en aquel lugar. A la mañana siguiente, tras dar de comer al caballo y asegurar bien el equipaje, reanudaron la marcha. Antes de lanzarse a los caminos, prendieron fuego a aquel falso monasterio y no pasó mucho tiempo sin que quedaran reducidos a cenizas sus valiosísimos tronos, sus torres cubiertas de joyas, sus espléndidos salones y sus altas torretas. Fue así como lograron escapar de una prueba terrible, prosiguiendo su viaje, en cuanto todos los obstáculos y dificultades quedaron definitivamente allanados.
Todavía no sabemos cuánto tiempo había de pasar antes de alcanzar el Gran Monasterio del Trueno. Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente.