CAPÍTULO XXIII

Su única obsesión era completar un interminable viaje hacia las Tierras del Oeste, mientras las brisas del otoño traían ecos de las flores escarchadas del invierno. Para conseguir tan alto fin, es preciso que controle al mono astuto y no le deje escapar. Debe tratar, al mismo tiempo, de que el caballo no se desboque ni se lance a una irrefrenable carrera. Conviene tener bien mezclados y bajo control la madera, el plomo, el metal y el azufre. No existe misterio más profundo que éste: quien consiga abrir con la boca la bola de hierro alcanzará la perfección total y la sabiduría absoluta[1].

El fin primordial de este capítulo es dejar bien patente que la búsqueda de las escrituras es exactamente igual que la necesidad que todos tenemos de volcar nuestras energías sobre los aspectos más esenciales de la vida. Conscientes de la similitud de todo cuanto existe, el maestro y sus cuatro discípulos quebraron los lazos que les ataban al polvo. Atrás dejaron la corriente de arena y prosiguieron su camino hacia el Oeste sin que ningún obstáculo impidiera su imparable progresión hacia las tierras benditas. Escalaron incontables colinas cubiertas de verdor y vadearon infinidad de corrientes de agua azulada. Vieron crecer la hierba silvestre y fueron testigos del mudo madurar de las flores. El tiempo proseguía su marcha implacable y no tardó en hacer su aparición, de nuevo, el otoño. Las hojas del arce teñían de rojo toda la montaña, mientras el canto de la cigarra se tornaba cada vez más lánguido y el lamento del grillo se volvía más triste. Las hojas del loto, rotas como la ilusión del pobre, parecían ábacos de seda verde y su decadencia contrastaba con la plenitud dorada de las naranjas. Las hileras de patos salvajes en la distancia daban la impresión de ser puntitos que se expandían lentamente por el cielo.

—Se está haciendo tarde —dijo Tripitaka, levantando la vista hacia a lo alto—. ¿Dónde podríamos pasar la noche?

—No nos parece muy acertado que preguntéis eso —comentó el Peregrino—. Los que hemos renunciado a la familia cenamos al aire libre, descansamos junto a las aguas, dormimos bajo la luna y yacemos sobre la escarcha. Cualquier lugar es, en suma, nuestro hogar. ¿Cómo es que ahora salís con eso de que dónde vamos a pasar la noche?

—Lo que a ti te pasa —le regañó Ba-Chie en seguida— es que estás obsesionado con avanzar todo lo que puedas y te traen sin cuidado las penalidades de los demás. Después de vadear el Río de Arena, no hemos hecho otra cosa que escalar montaña tras montaña y estoy ya harto de llevar a las espaldas todo este peso. A veces pienso que voy a ser incapaz de dar un solo paso más. ¿Qué hay de malo en buscar una casa y mendigar un poco de té o de arroz? Querámoslo o no, debemos recuperar las fuerzas perdidas.

—Parece como si hubieras aceptado esta empresa de mala gana —le regañó el Peregrino—. Estás muy equivocado, si crees que todavía estás en el pueblo de los Gao, donde gozabas de todas las comodidades sin mover un solo dedo. Olvídate, de una vez, de la vida fácil. Quien ha aceptado la fe budista debe estar dispuesto a sufrir y a padecer. Sólo así logrará convertirse en un discípulo auténtico.

—Tú no sabes lo que pesa este equipaje —protestó Ba-Chie.

—Por supuesto que no —admitió el Peregrino—. Desde que el Bonzo Sha y tú os unisteis al grupo, no he tenido oportunidad de cargar con él.

—Pues echa cuenta de lo que llevamos encima —replicó Ba-Chie—: cuatro esteras de mimbre grueso, ocho cuerdas de distinto tamaño, varias mantas impermeables contra la humedad y la lluvia, el báculo de nueve nudos de nuestro maestro, con sus incrustaciones de cobre y hierro, y la túnica de los bordados. A ello tienes que añadir el peso de la pértiga, tan resbaladiza como el hielo, y el de los clavos que hay en sus dos extremos. En vez de sermonearme, deberías tener un poco de compasión conmigo y darte cuenta de que durante todo el día voy cargado. Tú sólo te preocupas del maestro, mientras los demás trabajamos como esclavos.

—¿Se puede saber a quién estás dirigiendo todas esas quejas? —preguntó el Peregrino, soltando la carcajada.

—¡A ti, por supuesto! —contestó Ba-Chie.

—Pues lamento decirte que te has equivocado de hombre —concluyó el Peregrino—. Como muy bien acabas de afirmar, mi única responsabilidad es la seguridad del maestro, mientras que la tuya y la del Bonzo Sha es cuidar del caballo y el equipaje. Sabed que, si no os mostráis dirigentes con lo que se os ha confiado, podéis recibir unos cuantos golpes de esta barra en la espinilla.

—No hables de golpes, por favor —le pidió Ba-Chie—. Esa forma de expresarse sólo sugiere aprovecharse de los demás, valiéndose simple y llanamente de la fuerza bruta. Soy consciente de que posees un modo de ser orgulloso y travieso que te impide cargar con el equipaje. Pero repara en el caballo que monta el maestro. A pesar de lo fuerte y lustroso que está, sólo lleva a un hombre sobre sus lomos. ¿Qué te cuesta cargarle un poco del equipaje? ¿No te parece que, de esta forma, mostrarías un poco de consideración hacia nosotros?

—¿Así que crees que se trata de un caballo vulgar, eh? —le interrogó el Peregrino—. Pues sábete que estás muy equivocado, pues no es ni más ni menos que el hijo de Ao-Jun, el Rey Dragón del Océano Occidental. Por prender fuego al palacio y destruir no pocas de sus perlas, su padre le acusó de desobediencia grave y fue condenado a muerte por los Cielos. Afortunadamente la Bodhisattva le salvó la vida y le mandó esperar la llegada del maestro en el Torrente del Águila Afligida. En un momento dado la propia Bodhisattva en persona se encargó de quitarle las escamas y los cuernos, transformándole en un caballo que habría de llevar al maestro hasta el Paraíso Occidental. Como puedes apreciar, cada uno de nosotros tenemos nuestra propia historia y no deberíamos, por tanto, entrometernos en las vidas de los demás.

—¿De verdad es un dragón? —exclamó el Bonzo Sha, sorprendido.

—Así es —contestó el Peregrino.

—He oído decir —comentó Ba-Chie— que un dragón es capaz de echar por la boca neblinas y nubes, levantar auténticos remolinos de tierra y polvo, y saltar por encima de las montañas y cumbres. Aparte de eso, posee el divino poder de sacudir los mares y ríos. Si todo esto es cierto, ¿cómo es que ahora se mueve tan despacio?

—¿Quieres que lo haga un poco más deprisa? —preguntó el Peregrino—. Fíjate bien en esto —y sacudió una sola vez la barra de hierro.

Al punto empezó a emitir incontables rayos de luz de colores. En cuanto el caballo lo vio, se puso de manos y escapó corriendo a la velocidad de los dardos. El maestro poseía unos brazos muy débiles y no pudo dominar el natural fogoso del corcel. Despavorido, el animal ascendió al galope la empinada ladera de una montaña. Afortunadamente, en cuanto hubo alcanzado la cumbre, volvió a cabalgar al trote y el maestro respiró más tranquilo. Fue así como descubrió en la distancia un grupo de casas bajo el llamativo verdor de los pinos. Habían sido construidas en un abrigo de incomparable belleza, en el que se entremezclaban las coníferas y los cedros y del que no faltaba el frescor de los bosquecillos de bambú. Las paredes parecían haber sido enjabelgadas no hacía mucho y su blancura contrastaba con el ocre de los ladrillos de las tapias. Junto a ellas se veían crisantemos silvestres cubiertos totalmente de escarcha y un pequeño torrente, en el que se reflejaba el eterno rubor de las orquídeas. Todo el conjunto poseía un aire noble y cargado de paz. Por ninguna parte se apreciaba la presencia de bueyes, ovejas, gallinas o perros. Era claro que después de la cosecha otoñal las tareas del campo se habían tornado más llevaderas.

Mientras el maestro gozaba de la belleza del paisaje, llegaron corriendo sus tres discípulos.

—¡Menos mal que no os habéis caído del caballo! —exclamó el Peregrino, aliviado.

—¡Mono hipócrita! —le regañó Tripitaka—. ¿Cómo puedes decir eso, si fuiste tú el que le asustaste? Ha sido una suerte que haya mantenido el equilibrio todo este tiempo.

—No me culpéis a mí solo de lo ocurrido —trató de disculparse el Peregrino, sonriendo—. Todo empezó cuando a Chu Ba-Chie se le ocurrió decir que vuestro caballo era demasiado lento. Para demostrarle lo equivocado que estaba le hice correr un poco. Eso es todo.

—Estoy que no me tengo —dijo el Idiota al límite de sus fuerzas. Había tratado de dar alcance al caballo y ahora resollaba como un animal herido—. Mirad qué vientre más flácido tengo. Me siento tan débil que ya no puedo ni con esta pértiga. Para colmo, he tenido que salir detrás de esta bestia a toda velocidad. De una cabalgadura desbocada puede esperarse cualquier cosa.

—Mirad allí —terció entonces el maestro—. Si la vista no me engaña, aquello parece un pueblo pequeño y es posible que encontremos algún lugar en el que pasar la noche.

El Peregrino levantó la vista y vio que la alquería estaba cubierta de nubes y neblinas santas. Eso le hizo caer en la cuenta de que se trataba de un pequeño villorrio edificado por inmortales y budas, pero no se atrevió a revelar a los que le acompañaban su origen divino. Fingió estar de acuerdo con el plan del maestro y exclamó, entusiasmado:

—Eso es precisamente lo que andábamos buscando. Vayamos a pedir alojamiento cuanto antes.

Nada más desmontar, el maestro vio que la puerta de entrada estaba decorada con espléndidos lotos cincelados directamente en la madera. Las columnas mostraban, así mismo, llamativos elementos ornamentales que resaltaban el impecable dorado de las vigas. El Bonzo Sha se hizo cargo del equipaje, mientras Ba-Chie tomaba al caballo de las riendas y decía, esperanzado:

—Aquí debe de vivir una familia realmente rica.

El Peregrino hizo ademán de querer entrar en la casa, pero se lo impidió Tripitaka, diciendo:

—Los que hemos entregado nuestras vidas a la búsqueda de la perfección debemos obrar en todo momento con prudencia y no entrar jamás en casa alguna sin permiso. Esperemos, por tanto, a que salga alguien a recibirnos y nos invite a pasar aquí la noche.

Ba-Chie ató el caballo y se sentó apoyando la espalda contra la pared. Tripitaka, por su parte, lo hizo sobre unos dados de piedra, mientras el Peregrino y el Bonzo Sha se acomodaron a los pies mismos de la puerta. Así esperaron durante largo rato a que alguien apareciera, pero nadie salió a darles la bienvenida. Impaciente por naturaleza, el Peregrino se puso de pie y se aventuró en el interior del umbral. A pocos metros de él se abrían tres grandes salones orientados hacia el sur y con las cortinas corridas del todo. El dintel de la puerta estaba adornado con una pintura horizontal en la que abundaban los símbolos de vida y riquezas sin fin. Dos columnas lacadas hacían las veces de jambas. En ellas habían sido pegadas dos tiras de papel rojo con sendos versos en tinta dorada, que decían:

A la hora del crepúsculo los frágiles sauces parecen flotar como telarañas junto al puente. En el recoleto huerto la nieve salpica la fragancia primaveral de los ciruelos.

En el salón del centro había una pequeña mesa lacada en negro, sobre la que descansaba una urna de bronce que representaba a una bestia. Cerca de ella se veían seis sillas con los respaldos totalmente rectos. De las paredes oriental y occidental colgaban pinturas que unían el suelo con el techo. Cuando más embebido estaba el Peregrino en su contemplación, oyó ruido de pasos que parecían provenir de la parte posterior de la casa. Se volvió inmediatamente y vio a una mujer de mediana edad, que le preguntó con una voz extrañamente seductora:

—¿Quién eres tú para osar penetrar en el hogar de una viuda sin permiso?

—Yo, señora —contestó el Gran Sabio, inseguro por la sorpresa— soy un insignificante monje originario del Gran Reino de los Tang, en las Tierras del Este, y me dirijo hacia el Oeste en busca de las escrituras de Buda. En realidad, no he hecho el viaje hasta aquí solo, sino en compañía de otros tres hermanos en religión. Al pasar por aquí, se nos hizo tarde y decidimos llegarnos hasta esta sagrada morada de bodhisattvas con el fin de solicitar cobijo por esta noche.

—¿Dónde están tus otros tres compañeros? —volvió a preguntar la mujer, sonriendo dulcemente—. Diles que entren, por favor.

—Maestro —gritó entonces el Peregrino en voz alta—, podéis pasar.

No tardó en aparecer Tripitaka seguido de Ba-Chie y el Bonzo Sha, que con una mano tiraba del caballo, mientras sostenía el equipaje con la otra. La mujer les dio la bienvenida, bajo la lasciva mirada de Ba-Chie, que no le quitaba la vista de encima. Parecía sentirse particularmente atraído por su túnica de seda verde y totalmente cubierta de bordados. Encima llevaba puesta una vaporosa blusa de color rosa, que hacía juego con el amarillo pálido de una falda profusamente bordada. Entres sus pliegues se apreciaba la delicadeza de dos diminutos zapatos de tacón alto. Un lazo negro coronaba su peinado, resaltando el complicado artificio de sus trenzas, que parecían dos dragones enroscados. Un par de horquillas de oro le sujetaban a la cabeza una artística peineta de marfil, de la que nacía una cascada de cabellos negros que se precipitaban espalda abajo. Sus pendientes estaban hechos de perlas finísimas, que parecían querer competir en delicadeza con el tono rojizo de sus mejillas. Todo su porte poseía una belleza y un atractivo más propios de una doncella que de una mujer madura. Su coquetería era tal que, al ver a los tres viajeros, sonrió con la delicadeza de las flores y les invitó a entrar en el salón principal, donde les fue servido el té. La encargada de hacerlo fue una joven doncella que apareció de improviso por detrás de un biombo con una bandeja de oro y varias tazas de jade blanco. El aire se llenó al instante del cálido aroma del té y de la inesperada fragancia de frutas exóticas.

La mujer se arremangó un poco las mangas, dejando al descubierto unos dedos tan delicados y largos como los tallos de las cebollas en primavera. Después fue llenado las tazas y ofreciéndoselas, con una leve inclinación de cabeza, a cada uno de sus huéspedes. No contenta con eso, impartió las oportunas instrucciones para que les fuera servida una comida vegetariana.

—¿Podéis decirnos cómo os llamáis y cuál es el nombre de esta respetable región? —preguntó Tripitaka, inclinándose con respeto.

—Este lugar —contestó la mujer— pertenece al Continente Occidental de Aparagodaniya. De soltera me llamaba Irreal, aunque ahora llevo con honor el apellido de mi marido, que no es otro que Inexistente. Fue una pena que todos sus familiares murieran al poco de casarnos, con lo que heredamos una fortuna que sobrepasaba las diez mil onzas de plata y los quince mil acres de tierra de primera calidad. Pero semejantes riquezas no bastaron para hacernos felices, porque tuvimos tres hijas y no vimos colmado nuestro sueño de dar a luz a un hijo. Hace justamente dos años la desgracia volvió a abatirse sobre mí. Cuando mejor parecía ir todo, mi marido murió y me convertí en una viuda. Precisamente acabo de terminar el período de luto y he de admitir que me gustaría volver a casarme, pero, al no disponer de herederos, me es extremadamente difícil deshacerme de toda esta riqueza. Es una suerte, por tanto, que hayáis aparecido vosotros, ya que, al ser cuatro, podríais desposaros con mis tres hijas y conmigo. ¿Qué os parece la idea?

Tripitaka se quedó mudo de asombro, al oír semejante proposición. Se sentía tan turbado que todo empezó a dar vueltas a su alrededor. Sin embargo, cerró los ojos y, de esa forma, logró aquietar su mente. Su silencio era tan absoluto que la mujer añadió, un tanto intranquila:

—En concreto, poseemos más de trescientos acres de arrozales, cuatrocientos sesenta dedicados a otros cultivos y alrededor de quinientos de bosques y huertos. Por lo que a ganado respecta, tenemos más de mil cabezas de carabaos, manadas enteras de caballos y mulos, e incontables piaras de cerdos y rebaños de ovejas. Para alimentar a tantos animales, disponemos de más de setenta establos y graneros colocados estratégicamente por toda la hacienda. El grano que almacenamos en nuestros trojes es suficiente para alimentaros a todos durante ocho o nueve años, la seda que guardamos en nuestros armarios bastaría para vestiros durante más de una década, y la plata y el oro que descansa en nuestros arcones podría proporcionaros una existencia de lujo y ocio durante todos los días de vuestra vida. ¿Puede haber algo superior a nuestras cortinas y sábanas de seda, que poseen, dicho sea de paso, la virtud de conservar siempre jóvenes los cuerpos que sobre ellas descansan? Eso es algo esencial, habida cuenta de que tendréis a vuestra disposición incontables esclavas y concubinas. Si os decidís a entrar a formar parte de la familia de vuestras esposas, todo este lujo y esta comodidad serán exclusivamente vuestros. ¿No es eso infinitamente mejor que las calamidades que os aguardan a lo largo de vuestro camino hacia el Oeste?

Tripitaka parecía incapaz de articular una sola palabra, como si hubiera perdido el juicio o se hubiera vuelto mudo. Eso animó a la mujer a seguir diciendo:

—Yo nací a la hora del Gallo el día tres del tercer mes del año Ting-Hai. Eso quiere decir que, teniendo en cuenta que mi marido era tres años mayor que yo, mi edad actual es de cuarenta y cinco años. Por lo que respecta a mi hija mayor, se llama Chen-Chen y acaba de cumplir los veinte. La segunda, Ai-Ai, es dos años más joven que ella, y la última, Lien-Lien, se lleva exactamente cuatro años con la primera. No necesito deciros que ninguna de ellas ha estado jamás prometida a nadie. Su belleza está por encima de la de todas las mujeres de la región. Pero no acaban ahí sus virtudes, ya que dominan a la perfección la aguja de bordar y todas las restantes artes femeninas. Eso no quiere decir que no estén bien instruidas. Al no tener hijos varones, mi marido las educó, de hecho, como si de chicos se tratara, enseñándoles los clásicos confucianos y el dificilísimo arte de la versificación. A pesar, como veis, de habitar en las montañas, no son, en modo alguno, personas vulgares. Es más, las considero a todas capaces de hacer felices a cualquiera de vosotros. No me cabe la menor duda de que, si abandonáis todas vuestras inhibiciones y os dejáis crecer el pelo de nuevo, llegaréis a ser dueños y señores de toda esta casa. ¿Acaso los brocados y la seda que adornarán vuestros cuerpo no son infinitamente superiores a las túnicas de color negro, las sandalias de paja y los sombreros de hierbas que ahora lucís?

Sentado en el lugar de honor, Tripitaka parecía un muchacho sacudido por el rayo o una rana arrastrada por la torrentera. Con sus ojos saltones parecía incapaz de mantenerse un minuto más sobre la silla y daba la impresión de que iba a caerse al suelo de un momento a otro. Ba-Chie, por su parte, al oír hablar de tanta riqueza y de tan inigualable belleza, se mostraba impaciente por aceptar cuanto antes una proposición tan ventajosa. Se movía, de hecho, sin parar sobre la silla, como si alguien estuviera pinchándole en el culo con una aguja. Llegó un momento en que no pudo seguir aguantando y, llegándose hasta donde estaba su maestro, le preguntó, al tiempo que le tiraba de la manga:

—¿Cómo es posible que no hayáis prestado la menor atención a lo que esta dama os ha estado diciendo? Creo que es justo que consideréis su oferta.

—¡Maldita bestia! —bramó Tripitaka con tanta fuerza que Ba-Chie regresó a toda prisa a su antiguo puesto—. ¿No comprendes que nosotros somos personas que hemos abandonado nuestro hogar? ¿Cómo vamos a ceder ante las promesas de riqueza o las tentaciones de la belleza?

—¿Queréis explicarme qué hay de bueno en eso de abandonar el hogar? —preguntó la mujer, soltando la carcajada.

—¿Y vos —replicó Tripitaka— podéis decirme qué es lo que hace tan deseable permanecer en él?

—Puesto que me lo pedís —replicó la mujer—, voy a deciros las ventajas de quien no renuncia a la familia que le vio nacer. Para que no digáis que mis puntos de vista son demasiado arbitrarios, voy a servirme de un poema que dice: «Cuando la primavera florece, me visto de seda. En el verano me adorno con encajes y me complazco en la belleza de los lirios. El otoño trae consigo la fragancia del vino de arroz recién fermentado, y en el invierno mis mejillas se tornan tan rojas como las llamas bajo la influencia del licor. A manos llenas gozo de sus frutos de los cuatro climas y de las incontables delicias de las ocho estaciones. Las sábanas y mantas de seda de mi lecho matrimonial superan con creces los cánticos budistas y la vida mendicante».

—Es cierto —admitió Tripitaka— que quienes no abandonan el hogar. Pueden disfrutar de riquezas y gloria, de manjares sabrosos y vestidos lujosos. Pueden gozar, incluso, de la presencia de los hijos. Nadie niega que se trate de una vida francamente dichosa. Pero, aunque no lo creáis, carece de ciertas ventajas que poseemos los que hemos abandonado el hogar. Como testimonio, yo también aporto un poema que afirma: «No es cosa corriente abandonar el hogar, ya que implica el desmantelamiento de la fortaleza del amor. Pero quien así lo hace encuentra la pared y en el interior de su cuerpo se equilibran de un forma envidiable el yin y el yang. Después, cuando ha logrado acumular el suficiente mérito, puede mirar de frente el Arco de Oro y regresar con la mente iluminada a su auténtico Hogar. Quien, por el contrario, se queda en su casa lleva una vida de avaricia y lujuria viendo cómo su cuerpo se va marchitando con el paso de los años y su carne se va tornando cada vez más fétida».

—¿Cómo te atreves a ser tan insolente? —exclamó la mujer, muy enfadada—. Si no supiera que venís de las lejanas Tierras del Este, ahora mismo os expulsaría de esta casa. Aquí estoy yo pidiéndoos que entréis a formar parte de nuestra familia y, a cambio de tantas comodidades y riquezas, no se os ocurre otra cosa que insultarme con todo el descaro. Reconozco que habéis aceptado los mandamientos y habéis hecho la promesa de no volver jamás a la vida del siglo, pero por lo menos uno de vosotros podría aceptar mi proposición. ¿No os parece? ¿A qué viene mostrarse tan legalista?

—¿Por qué no te quedas tú aquí, Wu-Kung? —preguntó Tripitaka, un tanto intimidado ante la energía desplegada por la mujer.

—Lo lamento —se disculpó el Peregrino—, pero yo de esos temas no sé absolutamente nada. Lo más acertado sería que se quedara Ba-Chie. ¿No os parece?

—No juegues conmigo, por favor —le pidió Ba-Chie—. Si ha de quedarse uno de nosotros, lo más natural es que lo discutamos antes entre todos.

—Si ninguno de los dos quiere hacerlo —concluyó Tripitaka—, que acepte Wu-Ching la proposición de la dama.

—Me extraña que habléis así —protestó el Bonzo Sha—. Tras ser convertido por la Bodhisattva, no he hecho otra cosa que esperaros. ¿Cómo voy a caer ahora en la tentación de las riquezas, si hace escasamente dos meses que os sigo y no he adquirido todavía el menor mérito? Os seguiré al Paraíso Occidental, aunque pierda la vida en el empeño. Estoy decidido a no dedicarme jamás a nada que no sea puro y santo.

Al ver que nadie aceptaba su proposición, la mujer desapareció a toda prisa por detrás del biombo, dando un sonoro portazo. De esta forma el maestro y los discípulos se quedaron totalmente solos, sin nadie que les sirviera más té o arroz. Ba-Chie perdió la paciencia y comenzó a culpar al monje Tang, diciendo:

—Está visto que no sabéis manejar estos asuntos. Con vuestra forma de hablar lo habéis echado todo a perder. Podíais haberos mostrado un poco más comprensivo y haberle ofrecido una respuesta un poco más vaga. Por lo menos ahora tendríamos algo que llevarnos a la boca y pasaríamos una velada agradable. Lo único que habéis conseguido con vuestra intransigencia ha sido cerrar todas las puertas. Tened por seguro que no va a salir nadie más a servirnos. ¿Queréis explicarme cómo vamos a pasar la noche entre estas cenizas y estas estufas apagadas?

—Si eso es lo que opinas —le reconvino Wu-Ching—, ¿por qué no te quedas aquí y te conviertes en el yerno de esa dama?

—No te burles de mí y discutamos el asunto con más atención —replicó Ba-Chie.

—No hay nada que discutir —afirmó el Peregrino—. Si lo que deseas es vivir bien, el maestro y esa mujer quedarán emparentados y tú te convertirás en su yerno. Con tantas riquezas como posee esta familia recibirás una espléndida dote y un banquete nupcial propio de príncipes, del que, por supuesto, participaremos todos nosotros. No cabe la menor duda de que tu vuelta a la vida del siglo resultará beneficiosa para todas las partes implicadas.

—Todo eso que dices está muy bien —contestó Ba-Chie—. Pero me parece ridículo abandonar la vida del siglo para volver otra vez a ella, o dejar a una mujer para tomar al poco tiempo a otra.

—O sea que tienes esposa —dijo el Bonzo Sha, sorprendido.

—¿No lo sabías? —le preguntó el Peregrino—. Era el yerno del señor Gao, un rico terrateniente de la aldea del mismo nombre que se halla enclavada en el Reino del Tíbet. Al ser derrotado por mí, no le quedó más remedio que aceptar los mandamientos y convertirse en discípulo del maestro. Ése es precisamente el motivo por el que abandonó a su mujer, comprometiéndose a venir con nosotros en busca de las escrituras. Me figuro que esa separación no le resultó nada fácil. Es más, creo que ha estado meditando en ella de continuo y ahora que se ha hablado tan a las claras de matrimonio no ha podido por menos que sentirse tentado a aceptar su antiguo modo de vida. ¿Por qué no te casas con una de esas mujeres y asunto concluido? Te prometo que, con tal de que te muestres respetuoso conmigo, no recibirás de mí la menor reprimenda.

—¡Tonterías! —exclamó el Idiota—. Todos hemos experimentado una tentación idéntica. Lo que ocurre es que estás tratando de ponerme a mí solo en evidencia. Al fin y al cabo, no va muy desencaminado el proverbio cuando afirma que los bonzos somos un auténtico saco de pasiones. ¿Quién de nosotros puede afirmar, con el corazón en la mano, que no se ha sentido atraído por la proposición de esa mujer? Ahora, ya veis, por nuestro poco tacto no tenemos a nadie que nos sirva ni nos encienda las lámparas. Nosotros podemos pasarnos una noche sin comer, pero dudo que el caballo sea capaz de resistir tanto tiempo sin probar bocado. Al fin y al cabo, mañana tiene que transportar al maestro a sus espaldas y, si no come, en muy poco tiempo se quedará en los huesos. Así que quedaos aquí, mientras yo lo saco a pastar un poco.

Ni corto ni perezoso, el Idiota desató las riendas y llevó el animal fuera.

—Quédate aquí acompañando al maestro —ordenó el Peregrino al Bonzo Sha—. Voy a ver si es verdad que va a llevar el caballo a pastar.

—Puedes hacer lo que te dé la gana pero, por favor, no le pongas en ridículo —le aconsejó Tripitaka.

—Tened por seguro que no lo haré —contestó el Peregrino y abandonó el salón principal.

En cuanto se hubo encontrado en la oscuridad, el Gran Sabio sacudió ligeramente el cuerpo y se convirtió en una libélula rojiza, que salió volando por la puerta principal. Allí precisamente dio alcance a Ba-Chie, que conducía el caballo hacia un recodo en el que parecía haber gran abundancia de hierba. Sin embargo, no lo dejó pastar allí. Sin dejar de gritar como un arriero, lo llevó hasta la puerta posterior de la mansión, donde encontró a la mujer y a las tres muchachas, que habían salido a disfrutar de la belleza de los crisantemos. En cuanto vieron a Ba-Chie acercarse, las muchachas corrieron a refugiarse al interior de la casa. Sólo la mujer permaneció en pie junto a la puerta y preguntó con sorna al Idiota:

—¿Se puede saber adónde vais?

—¡Oh, hola! —exclamó Ba-Chie, soltando las riendas y acercándose a ella—. He pensado que no estaría de más sacar a pastar un poco el caballo.

—Vuestro maestro parece un poco remilgado —comentó la mujer—. ¿No os parece que, si aceptara formar parte de nuestra familia, saldría mucho mejor parado que llevando a cabo ese viaje ridículo hacia el Oeste?

—Bueno —trató de defenderle Ba-Chie—, debéis comprender que se lo ordenó el mismo Emperador de los Tang en persona. ¿Quién puede oponerse al mandato de un príncipe? Ésa es la razón por la que tanto él como mis otros hermanos están decididos a llevar a término una empresa tan descabellada. Yo no soy como ellos. Por eso han estado burlándose de mí en la parte anterior de la casa. De todas formas, me temo que, teniendo un hocico y unas orejas tan grandes, no me encontraréis lo suficientemente atractivo para aceptarme como esposo.

—Si he de seros sincera —replicó la mujer—, no había reparado en ello. En todo caso, siempre es mejor tener un cabeza de familia que no disponer de ninguno. No obstante, no os garantizo que mis hijas vayan a encontraros tan atractivo como yo.

—Debéis enseñarlas a escoger hombres de auténtica valía —dijo Ba-Chie a toda prisa—. La belleza no es, de hecho, la mejor garantía de fidelidad. No niego que haya hombres mucho más guapos que yo, pero lo que sí puedo afirmar es que muy pocos me aventajan en diligencia y dedicación. Ante todo, señora, soy una persona de principios.

—¿De qué principios habláis? —preguntó la mujer.

—Aunque, ciertamente, no soy muy favorecido —contestó Ba-Chie—, no conozco lo que es la pereza. Yo solo soy capaz de arar mil acres de tierra sin necesidad de animales ni reja. Para ello me sobro y me basto con mi tridente. Lo más asombroso, sin embargo, es que tengo poder para provocar lluvia en tiempos de sequía y hacer soplar el viento cuando sea necesario. Soy tan hacendoso que, si encontráis un poco baja vuestra casa, construiré sobre ella los pisos que sean precisos. Tened la seguridad de que no se me caerán los anillos cuando tenga que desbrozar y limpiar las tierras. No hay tarea, por complicada que sea, que no sepa hacer, ya sea construir acequias o sacar, simplemente, agua.

—Si sois tan habilidoso como decís —concluyó la mujer—, deberías discutir otra vez el asunto con vuestro maestro. Si él no pone ninguna objeción, os aceptaremos como cabeza de este hogar.

—Mi maestro no tiene ni voz ni voto en mis decisiones, ya que no es pariente mío —explicó Ba-Chie—. Puedo hacer, por tanto, lo que mejor me venga en gana.

—Está bien —volvió a decir la mujer—. En ese caso, no me queda más que ir a consultárselo a mis hijas —y al punto se metió en la mansión, dando un sonoro portazo.

Ba-Chie no dejó que el caballo siguiera pastando y lo llevó otra vez hacia la parte delantera de la casa. Ni siquiera sospechaba que el Gran Sabio había oído todo cuanto había dicho a la mujer. Sin abandonar la forma de libélula, el Peregrino extendió las alas y regresó volando junto al monje Tang.

—Maestro —dijo, recobrando la figura que le era habitual—, Wu-Neng está a punto de regresar con el caballo.

—No esperaba menos de él —contestó el monje Tang—. Si hubiera dejado escapar al animal, le daría un castigo que no olvidaría jamás.

El Peregrino soltó entonces la carcajada y relató con todo detalle cuanto habían dicho la mujer y Ba-Chie. Tripitaka no sabía, sin embargo, si creerle o no. Por eso, al ver aparecer al Idiota con el caballo de las riendas, le preguntó:

—¿Ha pacido mucho?

—Me temo que no hay mucha hierba por aquí cerca —contestó Ba-Chie—. Está todo tan desolado que ni siquiera hay lugar para que pazca un animal.

—Vamos —dijo el Peregrino con intención—, por aquí los pastos son pocos, pero las casamenteras[2] abundan como las piedras.

Al oír ese comentario, el Idiota supo en seguida que estaba al tanto de su secreto. Bajó la cabeza, mortificado, y se apartó un poco del grupo. Arrugó después el ceño y no dijo ni una sola palabra más. Afortunadamente al poco rato se oyeron ruidos de cerraduras y apareció un par de lámparas rojas, seguido de otros tantos quemadores de incienso. El perfume se elevaba por el aire en graciosas volutas; sin embargo, lo que más atrajo la atención de los cuatro monjes fue el sonido tintineante del jade. Levantando, desconcertados, la vista, vieron a la mujer con sus tres hijas, que al punto se inclinaron, respetuosamente, ante los cuatro buscadores de escrituras. Chen-Chen, Ai-Ai y Lie Lien eran, en verdad, unas auténticas beldades. Sus cejas recordaban a las mariposas con sus delicados tonos azulados, que mantenían un difícil equilibrio con la suavidad de su maquillaje. ¡Qué seductora belleza la suya, qué encanto el de su porte! Sus afiligranados tocados resaltaban su gracia de una forma tal que las hacía parecer criaturas de otro mundo. Al sonreír, sus labios recordaban las cerezas maduras, y, al moverse con la autocomplaciente lentitud de la luna, esparcían por doquier un fino aroma de orquídeas. Las perlas y el jade de sus tocados parecían brotar de la negrura de sus cabellos, lo mismo que el ligero temblor de sus incontables horquillas de oro. Sus cuerpos exhalaban un aroma delicado que hacía palidecer la elegancia de sus túnicas totalmente confeccionadas con hilos de oro. Su encanto superaba, en definitiva, al de las damas de Chu, incluida la propia Chi-Dhzu[3]. Eran como hadas que hubieran decidido abandonar los cielos o como la misma princesa Chang-Er en el momento exacto de salir de su Palacio Lunar.

Al verlas, Tripitaka inclinó la cabeza y juntó las manos a la altura del pecho. El Gran Sabio, por su parte, se quedó como mudo, mientras el Bonzo Sha se hacía tímidamente a un lado. Sólo Ba-Chie, preso de la pasión y la lujuria, tuvo la suficiente fuerza de ánimo para farfullar:

—¡Qué honor tan grande gozar de la compañía de damas tan distinguidas! Por favor, decid a vuestras hijas que se retiren.

Las tres muchachas desaparecieron al instante detrás del biombo, dejando en el salón las dos lámparas.

—¿Habéis decidido ya quién de vosotros va a desposarse con mis hijas?

—Hemos discutido largamente sobre ese asunto —contestó Wu-Ching— y hemos llegado a la conclusión de que el más indicado para entrar a formar parte de vuestra familia es un tal Chu.

—No te burles de mí, por favor —le pidió Ba-Chie—. Aún no hemos hablado de ello.

—¿Qué más hay que decir? —exclamó el Peregrino—. Tú mismo te has encargado de arreglarlo todo con esta mujer en la puerta de atrás de su casa. ¿Para qué seguir fingiendo? El maestro será el representante del novio, la señora actuará por parte de la novia, yo haré de testigo y el Bonzo Sha será el intermediario. Ni siquiera habrá necesidad de consultar el calendario, ya que precisamente hoy es uno de los días propicios para casarse que hay en todo el año. Así que acércate e inclínate ante el maestro. Después puedes convertirte en el yerno de esta mujer.

—¡Ni hablar! —protestó Ba-Chie—. ¡No comprendo tu interés en que sea yo el que me case!

—¡Deja de fingir de una vez! —le aconsejó el Peregrino—. Te has dirigido a esta mujer como yerno yo qué sé la de veces. ¿Qué quieres decir con eso de que no quieres ni oír hablar del asunto? Acepta de una vez, y así podremos disfrutar de un buen banquete de bodas.

Antes de que pudiera reaccionar, agarró a Ba-Chie y a la mujer y le dijo:

—Llevaos a vuestro yerno, señora.

El Idiota se dirigió con paso indeciso hacia la puerta, mientras la mujer decía a uno de los criados:

—Saca unas mesas y unas sillas, límpialas bien y sirve una cena vegetariana a estos tres parientes nuestros. Yo voy a llevar adentro a nuestro nuevo señor.

Antes de desaparecer por la puerta, ordenó que prepararan un banquete de bodas para la mañana siguiente y los criados corrieron a cumplir puntualmente sus deseos. En cuanto los tres Peregrinos hubieron concluido la colocación, se retiraron a la habitación de los huéspedes.

Ba-Chie, mientras tanto, siguió con paso indeciso a su suegra al interior de la casa. Los escalones y pasillos se sucedían con inesperada frecuencia y Ba-Chie, totalmente desconcertado, perdió más de una vez el equilibrio.

—¿No podríais andar un poco más despacio? —suplicó, nervioso, a su suegra—. No estoy familiarizado con esta mansión y temo que pueda perderme.

—Éstos son los graneros, los almacenes y las despensas —le explicó la mujer—. Debes darte prisa, porque aún no hemos llegado ni siquiera a las cocinas.

—¿De verdad? —exclamó Ba-Chie, asombrado—. Jamás imaginé que fuera tan grande esta casa.

Sin dejar de tropezar aquí y allá, el Idiota continuó caminando durante largo rato, hasta que, por fin, llegaron a una de las habitaciones interiores de la casa.

—Uno de tus hermanos ha dicho que hoy era uno de los días mas propicios para casarse —dijo entonces la mujer—. Precisamente por eso te he aceptado a toda prisa. Sin embargo, no me parece del todo bien que no hayamos consultado a ningún astrólogo, ni hayamos hecho preparativo alguno para la adoración nupcial al Cielo y la Tierra. Incluso hemos pasado por alto la ceremonia de esparcir granos y frutos por todo el lecho conyugal. ¿No crees, pues, que sería conveniente que te inclinaras ocho veces seguida ante el cielo?

—Tenéis razón —contestó Ba-Chie—. Además, es preciso que me incline también ante vos. De esa forma, mi adoración al Cielo y a la Tierra será, igualmente, expresión de mi agradecimiento hacia vos. No quiero que después me pase nada por no cumplir con todo lo que prescribe la tradición.

—Como quieras —respondió la mujer, sonriendo—. Se ve que eres un yerno que conoce bien sus obligaciones. Ahora mismo voy a sentarme para que me presentes tus respetos.

Mientras el Idiota lo hacía, las velas brillaban de una forma muy peculiar en sus candelabros de plata. Una vez terminado el rito, Ba-Chie levantó la cabeza y preguntó a su suegra:

—¿Cuál de vuestras hijas pensáis ofrecerme?

—Esa decisión me está resultando demasiado penosa —contestó la mujer—. En un principio tenía intención de darte a mi hija mayor, pero pronto caí en la cuenta de que, si lo hacía, la segunda se enfadaría mucho. Por otra parte, si a ésta la desposo contigo, es lógico que la tercera se ponga hecha una fiera. Dirás, entonces, que la pequeña es la candidata más aceptable. Pero, al ser la menor, las otras dos protestarán, a mi modo de ver, con toda la razón. Me encuentro, como ves, ante un dilema de muy difícil solución.

—Si tratáis de evitar un enfrentamiento familiar —concluyó Ba-Chie—, lo mejor que podéis hacer es entregarme a todas. De esa forma, os ahorraréis no pocas rencillas, que pueden muy bien dar al traste con la armonía que debe reinar en todo hogar.

—¿Quieres decir que estás dispuesto a casarte con mis tres hijas? —preguntó la mujer.

—¿Quién no tiene actualmente tres o cuatro concubinas? —replicó Ba-Chie—. Con mucho gusto aceptaré a vuestras tres hijas, y a más si las tuvierais. De joven aprendí ciertas técnicas amatorias y os aseguro que estoy capacitado para dejar satisfechas a todas ellas.

—No, no. Eso no estaría bien —opinó la mujer—. Te diré lo que vamos a hacer. Aquí tengo un pañuelo bastante grande. Te cubriré con él la cabeza, después te taparé los ojos y haré desfilar a mis hijas delante de ti. Se casará contigo a la que atrapes antes. ¿De acuerdo? Así será el destino quien decida.

El Idiota aceptó la idea y se dejó cubrir la cabeza con el pañuelo. Referente a ese momento disponemos de un poema que dice:

El tonto desconoce las auténticas causas de cuanto existe. No sabe que la espada de la belleza puede destruir cuanto se proponga. El Señor de Chou fijó hace muchísimo tiempo todos los ritos y ceremonias. Sin embargo, aún hoy el novio sigue tapándose la cabeza.

—Ya podéis mandar salir a vuestras hijas —dijo el Idiota, en cuanto pudo comprobar que no veía nada.

—¡Chen-Chen, Ai-Ai, Lien-Lien —gritó la mujer—, venid aquí inmediatamente! Hemos decidido que sea el destino quien determine la que ha de desposarse con este hombre.

Al punto se oyó el tintineante ruido del jade y un aroma de orquídeas se extendió por toda la habitación. Daba la impresión de que hubiera aparecido de pronto un grupo de hadas. El Idiota estiró las manos tratando de agarrar a una de las muchachas, pero, aunque lo intentó una y otra vez, no pudo atrapar a ninguna. Tenía la impresión de que se movían a su alrededor sin parar y que era justamente la delicadeza de sus gestos lo que las hacía totalmente inaprensibles. Como un loco, se lanzó hacia el este y lo único que consiguió atrapar fue el fuste de una columna. Se lanzó después hacia el oeste y se dio de narices contra una partición de madera. La fogosidad de sus movimientos le hizo perder pronto el equilibrio y dio una vez tras otra con todos sus huesos en el suelo. En una ocasión tropezó con uno de los escalones y fue a parar de cabeza contra un muro de ladrillos. De esta forma, terminó sentado con la cabeza cubierta de moratones y la boca hinchada.

—¡Jamás imaginé que vuestras hijas fueran tan escurridizas! —exclamó por fin Ba-Chie, jadeando—. No he podido agarrar a una sola. ¿Queréis decirme qué voy a hacer ahora?

—No es que sean escurridizas —le corrigió la mujer, quitándole la venda de los ojos—. Lo que ocurre es que son muy tímidas y consideradas y no se atrevían a dejarse atrapar.

—Si no están dispuestas a aceptarme —sugirió Ba-Chie—, ¿por que no me tomáis vos como marido?

—Mi querido yerno —exclamó la mujer, soltando la carcajada—, se ve que no tienes el menor respeto por la edad. ¿A quién se le ocurre querer casarse con su suegra? Mis hijas valen mucho más que yo. Te diré lo que vamos a hacer. Cada una de ellas ha bordado una camisa de seda con perlas. Pruébatelas y elige a la dueña de la que mejor te siente. ¿Te parece bien?

—Por supuesto que sí —reconoció Ba-Chie—. Sacad esas tres camias que decís para que pueda ponérmelas cuanto antes. Pero quiero dejar bien clara una cosa: si todas me valen, me casaré con tus tres hijas, ¿de acuerdo?

La mujer sonrió y fue en busca de las prendas. Apareció al poco rato con una espléndida camisa y se la entregó a Ba-Chie. El Idiota se quitó en seguida la suya, cogió la que le ofrecía la mujer y se la puso sin pensarlo dos veces. Antes de que hubiera terminado de abrocharla, cayó al suelo como si fuera un venado herido. ¡La camisa se había convertido en una auténtica madeja de cuerdas que le sujetaban fuertemente contra el suelo! Le apretaban tanto que apenas sí podía respirar. Sin embargo, poco podía hacer, porque las mujeres desaparecieron de pronto.

Había empezado a clarear por el este y Tripitaka, el Peregrino y el Bonzo Sha se desperezaron pesadamente en sus lechos. Abrieron los ojos y descubrieron con estupor que los salones y edificios se habían desvanecido. Nada quedaba de los dinteles esculpidos ni de las columnas doradas. De hecho, toda la noche la habían pasado en pleno bosque bajo las copas de cedros y pinos. Aterrados, Tripitaka y el Bonzo Sha empezaron a gritar:

—¡Estamos perdidos! ¡Los fantasmas se han burlado de nosotros todo lo que han querido!

—¿Se puede saber de qué estáis hablando? —preguntó el Gran Sabio, dándose cuenta de lo sucedido y sonriendo, comprensivo.

—¿Cómo que de qué estamos hablando? —protestó el monje Tang—. ¿Es que no ves dónde hemos estado durmiendo?

—No hay lugar más apacible que un bosque de pinos —comentó el Peregrino—. Me pregunto qué tal le habrá ido al Idiota en su prueba.

—¿Quieres explicarme quién ha sido sometido a prueba? —inquirió el maestro.

—Las mujeres de esa casa —explicó el Peregrino— eran bodhisattvas que querían darnos una lección. Se deben de haber marchado durante la noche, por lo que veo. Desgraciadamente Chu Ba-Chie cayó en sus redes y ahora debe de estar pagándolo.

Tripitaka juntó las manos a la altura del pecho e hizo una promesa. Fue entonces cuando vio, agitado por el viento, un trozo de papel colgado de un viejo cedro. El Bonzo Sha lo cogió con rapidez y se lo entregó a su maestro. Se trataba de un poema de ocho líneas, que decía:

La dama del Monte Li[4], aunque no deseaba hacerlo, abandonó su morada por invitación expresa de Kwang-Ing. La acompañaron Manjusri y Visvabhadra, que aceptaron de buena gana convertirse en doncellas de edad casadera. Sus tentaciones sólo sirvieron para afianzar la casta virtud del monje santo y mostrar el aspecto profano de la personalidad de Ba-Chie. De ahí que deba aquietar su corazón con el arrepentimiento y dominar su pereza con una vida de total diligencia.

No habían terminado de leerlo, cuando del interior del bosque llegaron unos gritos escalofriantes, que decían:

—¡Estas cuerdas me están matando! ¡Por favor, maestro, salvadme! ¡Os prometo que no volveré a hacerlo nunca más!

—¿No es ésa la voz de Wu-Neng? —preguntó Tripitaka, sorprendido.

—Así es —confirmó el Bonzo Sha.

—No os preocupéis por él y sigamos nuestro camino —sugirió el Peregrino.

—Aunque he de reconocer que el Idiota posee un natural sensual —admitió Tripitaka—, es bastante sincero y además tiene unos brazos muy fuertes. Sin él seríamos incapaces de transportar todo el equipaje. Liberémosle para que pueda continuar el viaje con nosotros y, así, llegue a buen término el destino que en un principio le asignó la Bodhisattva. Estoy seguro de que nunca más volverá a caer en tentaciones de este tipo.

El Bonzo Sha recogió las esteras sobre las que habían dormido y arregló un poco el equipaje. El Gran Sabio, por su parte, desató el caballo y condujo al monje Tang al corazón del bosque para ver lo que realmente había pasado. Este incidente muestra bien a las claras que quien quiera entrar en el Mundo del Espíritu debe poner especial cuidado en la adquisición de la Verdad y en la purificación de todos sus deseos.

De momento no sabemos qué destino aguardaba al Idiota. Quien desee descubrirlo tendrá que escuchar la explicación que se brinda en el próximo capítulo.