CAPÍTULO VII
Siempre debe huirse de la astucia, porque la fortuna y la fama están prefijadas de antemano. La verdad y un obrar recto son producto de la virtud y a veces llegan a alcanzar la edad misma el cosmos. La arrogancia, por el contrario, atrae la cólera del Cielo. Lo importa que su reacción parezca tarda en producirse; siempre termina dándose. Su implacabilidad es tan cierta como la de la venganza. Si preguntáramos al Señor del Este por qué existen tantas tribulaciones y dolores, nos respondería que porque el orgullo no encuentra límites a sus ambiciones y, de esta forma, subvierte el orden del mundo y se mofa de la Ley.
Hablábamos de cómo el Gran Sabio, Sosia del Cielo, fue conducido por los guardias celestes a los barracones de ejecutar monstruos, donde fue atado a una columna que se usaba precisamente para torturarlos. Allí le sajaron con una cimitarra, le descuartizaron con un hacha, le travesaron con una lanza y le estoquearon con una espada, pero no lograron hacerle el menor daño. Su cuerpo continuó tan incólume como si acabara de levantarse del lecho. Al ver que el acero no podía nada contra él, el Espíritu del Polo Sur pidió a los dioses de la Sección el Fuego que le redujeran a cenizas, pero, pese a sus esfuerzos, no obtuvieron mejores resultados. Se ordenó entonces a las deidades de la Sección del Trueno que lanzaran contra él sus rayos, pero no resultó chamuscado ni uno solo de sus cabellos. Desesperados, los guardias y el Demonio Mahabali corrieron a informar al Emperador de Jade, diciendo:
—No sabemos, majestad, dónde ha podido el Gran Sabio obtener ese poder para proteger su cuerpo. El caso es que le hemos sajado con una cimitarra, descuartizado con un hacha, entregado al fuego y sometido al castigo de los rayos, y no hemos logrado destruir ni uno solo de sus cabellos. ¿Qué podemos hacer?
—Éste es, ciertamente, un problema de muy difícil solución —exclamó el Emperador de Jade, visiblemente preocupado—. ¿Qué medida puede tomarse contra una criatura de esa especie?
Lao-Tse se acercó entonces a él y dijo:
—Era de esperarse que eso ocurriera. Al fin y al cabo, ese mono se comió los melocotones de la inmortalidad y se bebió todo el vino imperial. Robó, además, el elixir divino, del que tomó cuantas píldoras quiso, tanto en estado bruto como elaboradas. Probablemente todo ello fue refinado en su estómago por el fuego de Samadhi[1], formando una masa única. Al ser, posteriormente, digerida y asimilada por su organismo, adquirió una constitución diamantina, que no puede ser destruida con facilidad. Lo más aconsejable, pues, en este caso es que me permitáis llevármele y meterle en el Brasero de los Ocho Triagramas, donde le someteré a todo tipo de fuego. Eso le hará destilar el elixir que lleva dentro y su cuerpo podrá ser, entonces, reducido a cenizas y fundido como un simple trozo de metal.
En cuanto el Emperador de Jade lo hubo oído, ordenó a los Seis Dioses de las Tinieblas y a los Seis Dioses de la Luz que soltaran al prisionero y se lo entregaran a Lao-Tse, quien se retiró inmediatamente a satisfacer los deseos imperiales. Al respetable Sabio Er-Lang, mientras tanto, se le recompensó con un centenar de capullos de oro, cien botellas de vino celeste, diez docenas de píldoras de elixir y un elevado número de valiosísimos tesoros, tales como perlas finísimas y bordados delicados, que él compartió generosamente con sus hermanos. Tras expresar su profundo agradecimiento, el Maestro Inmortal regresó a la desembocadura del Río de las Libaciones, por lo que, de momento, no volveremos a hablar más de él.
Apenas hubo llegado al Palacio Tushita, Lao-Tse desató al Gran Sabio, le quitó el arma que llevaba clavada en el esternón y le obligó a meterse en el Brasero de los Ocho Triagramas. Se volvió entonces hacia los sirvientes que cuidaban de él y hacia el joven encargado de mantener viva la llama y les ordenó hacer un fuego gigantesco para dar, así, comienzo al proceso de fusión. En el interior del brasero había ocho compartimentos que correspondían exactamente a los ochos diagramas de Chien, Kan, Ken, Chen, Sun, Li, Kuen y Tuei. Astutamente el Gran Sabio se metió como pudo en el compartimiento correspondiente al triagrama Sun, que simboliza el viento. De todos es sabido que, cuando la brisa sopla, el fuego no termina de cuajar, levantando un humo denso que enrojece los ojos y termina por darles un aspecto que, de alguna manera, recuerda a las llamas. De ahí que algunas veces se les aplique el calificativo de ojos de fuego y pupilas de diamante.
De esta forma, fue pasando el tiempo y, sin que nadie se diera cuenta, llegó el día cuadragésimo noveno[2], que marcaba el final de todo el proceso alquímico. Lao-Tse se llegó, pues, hasta el brasero y lo abrió para sacar un poco de elixir. En aquel momento el Gran Sabio se estaba tapando los ojos con las manos y derramando lágrimas sin parar. Al oír ruidos, levantó la vista y vio luz. Sin poderse contener, dio un tremendo salto, que acabó con el brasero por tierra, produciendo un ruido ensordecedor. Libre del suplicio, el Gran Sabio se dirigió hacia la puerta de la habitación, mientras los desconcertados encargados de avivar el fuego trataban inútilmente de retenerle. Uno tras otro fueron apartados de la manera más brutal de su camino. Parecía tan fiero y salvaje como un tigre preso de un ataque, o un dragón de un solo cuerno con fiebre. Lao-Tse corrió también a detenerle, pero lo único que consiguió fue un empujón que le lanzó patas arriba contra el suelo, mientras el Gran Sabio escapaba tranquilamente. Se sacó a continuación la barra de la oreja, la sacudió con fuerza una sola vez y al poco rato adquirió el grosor de un cuenco de arroz. Con ella en las manos se lanzó, una vez más, contra el Palacio Celeste, luchando con tal fiereza que los Nueve Planetas corrieron a esconderse, mientras los Cuatro Devarajas desaparecían prudentemente de la circulación. Con razón el poema ensalza al Rey de los Monos, diciendo:
Este ser cósmico posee en tal grado de perfección todos los dones de la naturaleza que pasa sin dificultad alguna por diez mil trabajos y fatigas. Inmenso e inmóvil como el Vacío Absoluto, a la vez perfecto e inmutable, recibe el nombre de Abismo Primigenio. Pese a no poseer un cuerpo de mercurio, fue refinado durante mucho tiempo en un brasero, demostrando así su naturaleza inmortal, muy superior al resto de todas las criaturas vivientes. Aunque es capaz de metamorfosis infinitas, prefiere transformarse en quietud. Por igual rechaza los tres refugios[3] y los cinco mandamientos[4].
Un segundo poema afirma:
De la misma manera que la luz de lo alto llena toda la amplitud del espacio inabarcable, así su arma se ajusta a su mano poderosa. Se alarga o se acorta siguiendo los deseos de su dueño, crece o se encoge obedeciendo las órdenes de su voluntad.
Uno más dice lo siguiente:
El cuerpo metamorfoseado de un mono se desposa con la mente humana. La inteligencia es un mono; no hay verdad más profunda que ésta. El Gran Sabio, Sosia del Cielo, no es una quimera. ¿Cómo iba a ayudarle el puesto de «pi-ma-wen» a expresar sus inigualables dones? El Caballo trabaja en compañía del Mono: la Inteligencia y la Voluntad deben estar firmemente enjaezadas; la una jamás debe excluir a la otra. Para entrar en el Nirvana, todo cuanto existe ha de seguir este camino: vivir bajo dos árboles idénticos[5] en compañía de Tathagata[6].
Esta vez el Rey de los Monos no mostró respeto alguno por la posición que pudieran ocupar las personas con las que se topaba. A fuerza de golpes se fue abriendo camino, sin que ningún dios fuera capaz de detenerle. Así logró llegar hasta el Salón de la Luz Perfecta. Al aproximarse al de la Niebla Divina, le salió al encuentro Wang Ling-Kwan, ayudante del Maestro de Cámara, que afortunadamente se encontraba en aquellos instantes de servicio. Al ver acercarse al Gran Sabio, le salió al paso tratando de detener su camino con su impresionante látigo dorado.
—¿Se puede saber adónde vas, mono travieso? —le gritó, retante—. Aquí estoy yo para evitar que seas tan insolente.
El Gran Sabio no le dejó decir una sola palabra más. Levantó la barra de hierro y descargó sobre él un tremendo golpe, que Ling-Kwan esquivó con la ayuda de su látigo. Así iniciaron una lucha salvaje que estremeció hasta los mismísimos cimientos del Salón de la Niebla Divina. Fue un encuentro a muerte entre un patriota con fama de grande y un rebelde de nombre no menos notorio. Tanto el pecador como el justo se enzarzaron en un duelo sangriento, ansiosos por mostrar sus dotes de guerreros que a nada temían. Pese a la rapidez de su látigo, el paladín celeste se encontraba en desventaja con respecto a la contundencia de la barra de hierro. Pero era un dios de venganza y no dudó en enfrentarse con su voz de trueno al mono conocido por el Gran Sabio, Sosia del Cielo. Ambas armas, por otra parte, habían sido forjadas en la mismísima casa de Dios y poseían una fuerza superior a la de diez mil ejércitos. Bien lo demostraron aquel día ante las aterrorizadas puertas del Salón del Tesoro de la Niebla Divina. Los dos contendientes se habían fijado una meta y estaban dispuestos a sacrificarlo todo por conseguirla. Uno se había propuesto tomar al asalto el Palacio Celeste, mientras que el otro hizo suya la responsabilidad de defender tan sagrado lugar. Por eso luchaban con desaforada saña, dando dos pasos hacia delante y otros dos hacia atrás, sin dejar de blandir con inigualable destreza sus armas.
Los dos contendientes estuvieron guerreando durante largo tiempo, pero ninguno fue capaz de obtener una clara ventaja sobre el otro. El ayudante del Maestro de Cámara, sin embargo, había logrado dar cuenta de lo que estaba ocurriendo a la Sección de Truenos, que en seguida envió a treinta y seis dioses del rayo a ayudarle. Sin pérdida de tiempo rodearon al Gran Sabio y empezaron a acosarle con todos sus efectivos. Pero el Rey de los Monos no se arredró. Agarrando con más fuerza aún su barra, repartió golpes sin cesar en todas las direcciones, incluida su espalda. Pero los atacantes eran muchos y el acoso de sus cimitarras, lanzas, espadas, hachas de guerra, látigos, mazas y flechas se hacía cada vez más intenso y difícil de sostener. Ante tan comprometida situación, el Gran Sabio sacudió una sola vez su cuerpo Y se convirtió en una criatura de seis brazos y tres cabezas. Hizo otro tanto con la barra de hierro y al instante se multiplicó por tres, haciéndolas girar con tanta rapidez que los dioses del rayo hubieron de renunciar a su ataque. Las tres barras hacían, de hecho, las veces de impenetrables escudos. La velocidad de los giros las habían tornado tan sólidas que hasta la luz se reflejaba en ellas como si, en realidad, forjaran un todo continuo. No podía esperarse táctica menor de un guerrero al que el fuego era incapaz de quemar y el agua de ahogar. Era, en verdad, como una deslumbrante perla sagrada[7], contra la que las lanzas y espadas no tenían el menor poder. Sin embargo, en sus manos estaba obrar el bien o abandonarse al mal. Si se decidía por lo primero, muy bien podía llegar a ser un buda; si, por el contrario, elegía lo segundo, corría el peligro de convertirse en un ser con cuernos y totalmente cubierto de pelo. Metamorfoseándose continuamente, atacó a cuantos se le pusieron por delante, sin que ninguno de los guerreros celestes o los dioses del rayo pudieran echarle mano.
Todo el fragor de la batalla llegó pronto a oídos del Emperador de Jade, quien sin pérdida de tiempo ordenó al Ministro Errante de Inspección y al Maestro Inmortal de las Alas Sagradas ir a la Región del Oeste e invitar al anciano Buda a venir a dominar al monstruo. En cuanto recibieron la orden, los dos sabios se dirigieron directamente a la Montaña del Espíritu. Tras saludar a los Cuatro Budas Vajra y a los Ocho Bodhisattvas delante justamente del Templo del Tesoro del Trueno, les suplicaron que tuvieran la delicadeza de anunciar su llegada. Sin perder un solo minuto, los dioses se presentaron en el Estrado del Tesoro del Loto e informaron de todo a su señor. Tathagata les invitó a presentarse ante él, y los dos sabios se inclinaron tres veces seguidas ante Buda.
—¿Queréis explicarme qué es lo que ha movido al Emperador de Jade a enviaros hasta aquí?
—Hace muchísimo tiempo —contestaron los dos sabios— en la Montaña de las Flores y Frutos nació un mono, que con el paso de los días llegó a poseer una gran cantidad de poderes mágicos. Sintiéndose seguro, reclutó un enorme ejército de monos, que sumieron al mundo en un perfecto caos. El Emperador de Jade le ofreció entonces un acta de reconciliación y le nombró «pi-ma» de sus establos. Pero él pensó que éste era un puesto demasiado bajo para sus muchas cualidades y abandonó el cielo en un acto de indiscutible rebeldía. Sin pérdida de tiempo fueron enviados a capturarle el Devaraja Li-Ching y el Príncipe Nata, pero no lograron su objetivo y hubo de proclamarse de nuevo una segunda amnistía, a consecuencia de la cual le fue concedido el título de Gran Sabio, Sosia del Cielo, grado que no llevaba aparejada ninguna responsabilidad. Al poco tiempo, no obstante, se le confió el cuidado del Jardín de los Melocotones Inmortales, pero terminó con casi todos. No contento con eso, se dirigió al Estanque de Jaspe, donde dio buena cuenta de la comida y el vino del festival, haciendo imposible su celebración. Medio borracho, logró introducirse en el Palacio Tushita y, sin que nadie le viera, robó el elixir de Lao-Tse, abandonando al poco tiempo por segunda vez el cielo. De nuevo el Emperador de Jade se vio en la necesidad de enviar contra él a más de cien mil guerreros celestes, que, pese a lo elevado de su número, no lograron dominarle. Afortunadamente Kwang-Ing sugirió el envío inmediato de Er-Lang y sus seis hermanos al campo de batalla. Luchando con indescriptible bravura consiguieron rodearle, pero sus poderes metamórficos eran tantos que se les escapaba una y otra vez. Sólo cuando Lao-Tse dejó caer sobre su cabeza su trampa de diamantes, logró por fin Er-Lang capturarle y llevarle ante el Emperador, que le condenó a ser descuartizado. Sin embargo, aunque fue estoqueado con una cimitarra, golpeado con un hacha, entregado al fuego y sometido a la acción del rayo, no sufrió el menor rasguño. Lao-Tse obtuvo entonces permiso para llevársele y refinarle como al oro. El brasero estuvo, de hecho, cerrado durante cuarenta y nueve días, pero no consiguió nada contra el mono rebelde. En cuanto fue levantada su tapa, abandonó de un salto el horno de los Ocho Triagramas y empezó a aporrear a los guardas celestes, llegando hasta el Salón de la Luz Perfecta. Al ir a entrar en el de la Niebla Divina, le salió al encuentro Wang Ling-Kwan, ayudante del Maestro de Cámara, enzarzándose con él en una lucha terrible en la que también participaron los treinta y seis generales del rayo. Con indudable sentido militar se replegaron a su alrededor, pero hasta este momento no han logrado avanzar ni un solo paso. La situación se ha tornado tan desesperada que el Emperador de Jade ha optado por suplicaros que acudáis en defensa de su trono.
Cuando Tathagata lo oyó, se volvió hacia los bodhisattvas y les dijo:
—Quedaos aquí en el templo principal y que ninguno abandone su postura contemplativa. Mi obligación es ir a hacer frente a ese demonio y, así, salvar al emperador.
Pidió a Ananda y a Kasyapa que le acompañaran y partió al punto hacia el Palacio Celeste. Nada más trasponer las puertas del Salón de la Niebla Divina, llegó hasta sus oídos el ensordecedor fragor de la lucha. Por doquier se oían juramentos y gritos. El Gran Sabio continuaba manteniendo en jaque a los treinta y seis dioses del rayo. El Patriarca Budista lanzó entonces una orden dharma, diciendo:
—Que los dioses del rayo dejen de luchar al instante y que el Gran Sabio se acerque hasta mí, para que pueda preguntarle sobre la clase de poderes divinos que le asisten.
Los luchadores bajaron en seguida las armas, rompiendo el orden de batalla que habían mantenido hasta entonces. El Gran Sabio volvió a adquirir la forma que le era habitual y, acercándose furioso al anciano, le preguntó de malos modales:
—¿Se puede saber quién eres tú, para que, sin más ni más, te atrevas a detener la batalla con el fin de interrogarme?
—Yo soy Sakyamuni —respondió Tathagata, sonriendo—, el Venerable de la Región Occidental de la Suprema Felicidad. Si ahora me encuentro aquí, es porque he oído hablar de tu atrevimiento, de tu falta absoluta de respeto y de tus continuos actos de rebelión contra el Cielo. Así pues, respóndeme sin tardanza a las siguientes preguntas: ¿Dónde naciste? ¿En qué lugar aprendiste el Gran Arte? ¿Por qué te muestras tan violento y contrario a las normas?
—Yo —contestó el Gran Sabio, extrañamente calmado— fui engendrado por el Cielo y la Tierra, mágicamente unidos para darme el ser, y vi la luz en la Montaña de las Flores y Frutos. En la Caverna de la Cortina de Agua establecí mi hogar, pero busqué después la amistad y los conocimientos de un gran maestro, que tuvo a bien iniciarme en las enseñanzas del Misterio. Con él aprendí a hacer eterna mi vida, a metamorfosearme y a convertirme en el ser que me viniera en gana. Por eso, encontré demasiado estrechos los caminos de la vida mortal en la tierra y me propuse habitar en el cielo de jade verde. Sin embargo, descubrí con amargura que no me estaba permitido morar en el Salón de la Niebla Divina, ya que, como ocurre entre los hombres, a un rey le sucede otro y sólo a él le está permitido residir en tal palacio. ¡Pero yo no acepto normas semejantes! El honor está íntimamente ligado al poder y únicamente debería ser rey quien es capaz de guerrear y obtener la victoria.
—¡Tú no eres más que un mono con espíritu! —exclamó, despectivo, el Patriarca Budista, soltando la carcajada—. ¿Cómo puedes ser tan presuntuoso y aspirar a hacerte con el respetable trono del muy honorable Emperador de Jade? Desde su más tierna juventud empezó a practicar actos de piedad, pasando después por la amarga experiencia de mil setecientas cincuenta kalpas[8], cada una de las cuales posee una duración de ciento veintinueve mil seiscientos años. Puedes calcular tú mismo los siglos que tardó en alcanzar la altísima posición de la que ahora goza. Tú no eres más que una bestia, que ha obtenido en esta reencarnación un envoltorio humano. ¿Cómo te atreves, entonces, a aspirar a lo que nunca podrás alcanzar y está totalmente por encima de tus posibilidades? Tu actitud constituye una pura blasfemia y, consecuentemente, terminará acortando significativamente tu vida. Arrepiéntete, ahora que todavía tienes tiempo, y deja de decir tonterías. Date cuenta de que tu lengua puede conducirte a la ruina y hacer que tus muchas cualidades se esfumen como la neblina.
—Aunque el Emperador de Jade se haya dedicado a la ascesis desde su más tierna edad —replicó el Gran Sabio—, no le debería estar permitido permanecer aquí para siempre. Como muy bien reza el dicho, «muchas son las vueltas que da la realeza y nadie me asegura que el año próximo no vaya a tocarme a mí». Así que lo que puedes hacer es decirle que abandone cuanto antes su trono y me entregue a mí el Palacio Celeste. Eso pondrá fin a todo el conflicto. De lo contrario, continuaré luchando y no habrá paz jamás.
—Aparte de la inmortalidad y de tu capacidad metamórfica, ¿qué otros poderes posees para osar usurpar el trono de esta región santa? —preguntó el Patriarca Budista.
—¡Muchísimos! —contestó el Gran Sabio con rapidez—. Domino setenta y dos transformaciones y poseo una vida que se mantendrá inmutable durante más de diez mil kalpas. Sé, además, andar por las nubes y con un solo salto soy capaz de desplazarme a una distancia de ciento ocho mil kilómetros. ¿Te parece poco para que pueda ocupar el trono del cielo?
—Hagamos una apuesta —replicó el Patriarca Budista—. Si eres capaz de caer de mi mano derecha de un solo salto, te consideraremos todos el vencedor. No tendrás que seguir guerreando, porque yo mismo pediré al Emperador de Jade que se venga a vivir conmigo al oeste y te deje a ti el Palacio Celeste. Si, por el contrario, eres incapaz de abandonar mi mano, regresarás a las Regiones Inferiores, donde deberás someterte a unas cuantas kalpas más, antes de volver a causar problemas.
—¡Qué tonto es este Tathagata! —se dijo el Gran Sabio, al oírlo—. Una sola de mis volteretas puede transportarme a más de ciento ocho mil kilómetros y su mano sólo se encuentra a un pie de distancia. ¿Cómo no voy a poder salir de ella? ¡Es ridículo! —levantó la voz y Preguntó con ansiedad—: ¿Te atendrás después a lo convenido?
—Por mi parte no habrá ningún problema —contestó Tathagata y extendió su mano derecha, que poseía aproximadamente el tamaño de una hoja de loto.
El Gran Sabio, por su parte, dejó a un lado la barra de hierro y, tras hacer acopio de todas sus fuerzas, dio un salto que le llevó justamente al centro de la mano del Patriarca.
—La primera parte ya está cumplida —dijo—. Ahora sólo queda la segunda —y de nuevo volvió a elevarse por los aires.
Su velocidad era tanta que parecía una banda de luz surcando las nubes. El mismo Patriarca Budista tuvo que aguzar la vista cuanto pudo para verle desplazarse como un torbellino. Su fantástico salto condujo al Gran Sabio hasta una región de aire verdoso sostenida por cinco enormes columnas de un color rosáceo como la piel. Cuando se acercaba hacia ellas, se dijo, alborozado:
—Éste debe de ser el fin del mundo. Regresaré junto a Tathagata y le obligaré a cumplir lo acordado, permitiéndome habitar para siempre en el Palacio de la Niebla Divina.
Pero, cuando se disponía a iniciar el camino de vuelta, se detuvo de pronto y exclamó:
—¡Un momento! Si he de negociar con Tathagata, lo mejor es que deje aquí una prueba de que he llegado hasta este lugar.
Sin pérdida de tiempo se arrancó un pelo y, tras echarle una bocanada de aire mágico, gritó:
—¡Transfórmate! —y se convirtió en un pincel de escribir mojado en tinta, con el que escribió en grandes letras en la columna del centro: «El Gran Sabio, Sosia del Cielo, ha llegado hasta este lugar».
Una vez que hubo acabado de escribirlo, recuperó el pelo y con una falta de respeto total dejó un charco de espumeante orina de mono en la base de la primera columna. Después dio un salto hacia atrás y fue a parar al lugar del que había partido. Sin bajarse de la mano de Tathagata, levantó la voz y dijo:
—Como puedes apreciar, he ido y he vuelto. Así que dile al Emperador de Jade que me entregue el Palacio Celeste cuanto antes.
—¡Maldito mono meón! —le regañó Tathagata—. ¿Quieres decirme cuándo has abandonado la palma de mi mano?
—¡Cómo puedes ser tan ignorante! —replicó el Gran Sabio, sorprendido—. He ido hasta el mismísimo fin de los cielos, donde he encontrado cinco columnas del color rosáceo de la piel, que sostenían una masa de aire verdoso. Por cierto, para que no hubiera dudas sobre la veracidad de lo que afirmo, he dejado allí una prueba irrefutable de mi visita. ¿Te atreves a ir conmigo a verlo?
—No hay necesidad de ir a ninguna parte —contestó Tathagata, burlón—. Baja un poco la cabeza y mira.
El Gran Sabio así lo hizo y, tras aguzar cuanto pudo sus ojos de fuego y sus pupilas de diamante, vio que en el dedo medio de la mano derecha del Patriarca Budista había sido escrito: «El Gran Sabio, Sosia del Cielo, ha llegado hasta este lugar».
Al mismo tiempo, llegó hasta sus narices un olorcillo acre a orina de mono procedente de la conjunción entre los dedos pulgar e índice. Desconcertado, el Gran Sabio exclamó:
—¿Cómo es posible? Yo mismo escribí esas palabras en las columnas sobre las que el cielo se apoya. ¿Cómo es que ahora aparecen en uno de tus dedos? Lo más seguro es que hayas utilizado conmigo poderes de adivinación. La verdad es que, si no lo veo, no lo creo. Déjame volver otra vez allá a comprobarlo.
Sin pérdida de tiempo, se agachó para coger impulso, pero, cuando estaba a punto de iniciar el salto, el Patriarca Budista le dio un capirotazo que le lanzó fuera de la Puerta Oeste. Sus cinco dedos se convirtieron, al mismo tiempo, en las Cinco Fases del metal, la madera, el agua, el fuego y la tierra. Se transformaron, de hecho, en una cordillera de Cinco Picos, llamada la Montaña de las Cinco Fases, que cayeron sobre él y le aprisionaron con fuerza, haciendo imposible su huida. Ananda, Kasyapa y los dioses del rayo juntaron las manos y exclamaron, aliviados:
—¡Maravilloso! ¡Fantástico!
Desde que surgió de un huevo de piedra se empeñó en adquirir hábitos humanos, proponiéndose como meta el aprendizaje del Camino de la Verdad. Durante más de diez mil kalpas habitó en un lugar donde por doquier florecían el quietismo y la paz. Pero un día cambió de pronto y empezó a derrochar vigor y fuerza. Su afán era alcanzar la más alta de las posiciones y ascendió hasta el mismísimo corazón del Cielo, donde se burló de los sabios, robó las píldoras de la inmortalidad y destruyó las relaciones que mantenían en orden el cosmos. Esclavo del mal, encuentra Por fin su castigo, del que nadie sabe cuándo podrá escapar.
Una vez libre del Rey de los Monos, el Patriarca Budista Tathagata se volvió hacia Ananda y Kasyapa y les ordenó volver con él al Paraíso Occidental. En ese mismo momento acudieron corriendo a su encuentro Tian-Pang y Tian-Yu, dos enviados del Salón de la Niebla Divina, que le dijeron:
—Tened la amabilidad de esperar un momento, por favor. La carroza de nuestro señor está a punto de llegar.
Al oírlo, el Patriarca Budista se dio media vuelta y adoptó una postura de reverente espera. Al poco rato apareció una carroza tirada por ocho fénix multicolores y cubierta por un dosel en el que resaltaban nueve gemas brillantes. Del cortejo que le acompañaba surgían himnos majestuosos cantados por las incontables gargantas del coro celestial. Una lluvia de capullos caía sobre él. Entre nubes de incienso se llegó hasta donde se encontraba Buda y el Emperador de Jade pudo, por fin, darle las gracias, diciendo:
—Estamos en deuda con vos por haber hecho desaparecer al monstruo con la fuerza de vuestro poderoso dharma. Permitidnos gozar del placer de vuestra presencia un días más y así podremos invitar a los otros inmortales al banquete que pensamos dar en vuestro honor.
No atreviéndose a rechazar tan galante ofrecimiento, Tathagata dobló las manos a la altura del pecho y dio las gracias al Emperador de Jade con estas palabras:
—Acudí aquí en respuesta a vuestra orden, Respetable Veda, no por voluntad propia. El éxito de la operación, por otra parte, se debe a vuestra buena fortuna y a la cooperación de los otros dioses. No hay nada de lo que yo pueda alardear. ¿Cómo voy a ser digno de vuestra gratitud?
El Emperador de Jade se volvió a los dioses del rayo y les ordenó que, sin pérdida de tiempo, hicieran llegar invitaciones para el banquete de acción de gracias a los Tres Puros, a los Cuatro Ministros, a los Cinco Ancianos, a las Seis Mujeres Funcionarios[9], a las Siete Estrellas, a los Ocho Polos, a los Nueve Planetas y a las Diez Capitales, así como a los mil inmortales y a los diez mil sabios que tenían fijada en el cielo su residencia. Al mismo tiempo, se pidió a los Cuatro Grandes Preceptores Imperiales y a las Divinas Doncellas de los Nueve Cielos que abrieran las puertas de oro de la Capital de Jade, el Palacio del Secreto Primigenio y las Cinco Moradas de la Luminosidad Sempiterna. Tathagata ocupó el sitio más elevado del Estrado Espiritual de los Siete Tesoros, mientras que los demás dioses se fueron sentando, según su posición y edad, alrededor de una espléndida mesa, en la que se sirvieron hígados de dragón, médula de fénix, zumo de jade y melocotones inmortales.
Al poco rato hicieron su aparición, entre un mar de banderas y estandartes, y bajo dosel, el Respetable Puro de los Orígenes, el Honorable Puro de los Tesoros Espirituales, el Exaltado Puro de la Virtud Mortal los Maestros Inmortales de las Cinco Influencias, los Espíritus Estrella de las Cinco Constelaciones, los Tres Ministros, los Cuatro Sabios, los Nueve Planetas, los Consejeros de la Derecha y de la Izquierda, el Devaraja y el Príncipe Nata. Todos portaban en sus manos espléndidos tesoros, perlas magníficas, frutos de la longevidad y exóticas flores, que regalaron agradecidos a Buda, inclinándose ante él y diciendo:
—Reverenciamos, Tathagata, vuestro insondable poder, que ha sido capaz de dominar al Rey de los monos. Agradecemos, al mismo tiempo, al Muy Digno y Respetable Veda la amabilidad que ha tenido al invitarnos a un banquete tan espléndido como éste. ¿Sería mucho pedir al Honorable Tathagata que diera un nombre a este convite?
—Si es eso lo que deseáis —respondió Tathagata, condescendiente—, que esta comida sea recordada como el «Gran Banquete de la Paz Celestial».
—¡Qué nombre tan espléndido! —exclamaron a coro los inmortales—. Éste es, en verdad, el Gran Banquete de la Paz Celestial.
A continuación tomaron asiento y se sirvió el vino. Tras los brindis se procedió al reparto de ramos de flores, entre el sonar de instrumentos y el tañir de cítaras. Aquél fue, en verdad, un espléndido banquete, del que un viejo poema dice:
Si a causa de un mono fue suspendida la celebración del Festival de los Melocotones Inmortales, la del Banquete de la Paz Celestial superó con mucho las expectativas que aquél había levantado. Rodeados de halos brillantes, flameaban sin cesar las banderas de dragones y las carrozas de fénix, inmersas en el torbellino de indescriptibles luces sagradas. De las bocas de los inmortales salían ritmos preñados de dulzor, que resaltaban, punteándolos, los nobles sones de flautas de jade. Una nube de incienso ambrosíaco se cernía sobre reunión tan divina. ¡Bendita sea la corte celestial por la paz que anega al mundo!
Cuando más entretenidos estaban comiendo y bebiendo, se presentó la Reina Madre a la cabeza de una auténtica legión de doncellas celestes. Sin dejar de cantar ni bailar, se inclinaron respetuosamente ante Buda y dijeron:
—El mono echó a perder la celebración del Festival de los Melocotones Inmortales. Nos sentimos, pues, en deuda con vos por haberle dominado y castigado como se merecía. Es poco lo que podemos ofreceros como muestra de agradecimiento en una ocasión tan festiva como la celebración del Banquete de la Paz Celestial. Aceptad, por lo tanto, estos pocos melocotones inmortales, que nosotras mismas hemos arrancado con nuestras propias manos de los árboles que los alimentaron durante milenios.
Los frutos que le ofrecieron, mitad rojos y mitad verdes, despedían un atractivo aroma dulzón, que no dejaba duda alguna sobre su origen. Pese a poseer una edad que superaba con mucho los diez mil años, aventajaban en todos los órdenes a los que crecen junto al Arroyo de Wu-Ling[10]. Incomparable era su dulzura, inimitable su color, irrepetible su delicadeza de venillas cárdenas y su piel de inmarcesible terciopelo. ¿Cómo podía ser de otra forma, si eran capaces de prolongar la vida y hacer que una edad se identificara con la del cielo? ¡Feliz quien se los llevara a la boca, porque jamás experimentaría el sabor de la muerte!
El Patriarca Budista agradeció a la Reina Madre su regalo, juntando las manos e inclinando respetuosamente la cabeza. Emocionada, se volvió hacia las doncellas celestes y las animó a seguir cantando y bailando. Todos los inmortales presentes en el banquete aplaudieron entusiasmados. Remolinos de incienso llenaban los espacios que separaban las mesas, compitiendo su aroma con el de las flores y pétalos que sin cesar caían sobre las cabezas de los comensales. ¡Qué esplendorosa se mostraba la Capital de Jade con sus arcadas doradas y los valiosísimos regalos que albergaba! Todos los invitados poseían la misma edad de los cielos; algunos, incluso, la superaban en más de diez mil kalpas. ¿Cómo iban a saber de tribulaciones y penas?
La Reina Madre pidió a las doncellas que siguieran cantando y bailando, mientras los vasos de vino se alzaban en brindis y las copas tintineaban como campanas. Poco a poco empezó a expandirse un aroma tan embriagador que las Estrellas y Planetas se pusieron de pie, los dioses y Buda se olvidaron del licor y todos levantaron, asombrados, la vista. En el aire apareció de improviso la figura venerable de un anciano que sostenía en sus manos la planta exuberante de una vida imperecedera. En su calabaza guardaba el elixir de los diez mil años y en su libro aparecían listas de nombres con más de doce milenios de existencia. El cielo y la tierra mostraban toda su fuerza en el interior de su caverna, mientras el sol y la luna alcanzaban su perfección en sus crisoles y retortas. Podía recorrer los Cuatro Mares y hacer de las Diez Islas su hogar. A menudo se emborrachaba durante la celebración del Festival de los Melocotones, pero, cuando se despertaba, la luna seguía luciendo tan brillante como siempre. Tenía una cabeza alargada, constitución débil y unas orejas muy grandes. Se llamaba la Estrella de la Vida Perdurable del Polo Sur. Tras saludar al Emperador de Jade, se llegó hasta donde estaba Tathagata y le mostró su gratitud, diciendo:
—Cuando supe que Lao-Tse se había llevado consigo a ese mono engreído al Palacio Tushita para refinarle como al oro, pensé que todo había terminado. Jamás imaginé que pudiera escaparse y que fuerais precisamente vos el que terminara sometiéndole con vuestra bondad. He venido a congratularos, en cuanto he tenido noticia de la celebración de este banquete. Mis regalos son, ciertamente, pobres para vuestros méritos, pero os suplico tengáis a bien aceptar esta planta de jaspe, esta raíz de loto de jade verde y este elixir de oro.
Con razón el poema dice:
Sakya recibió el loto de jade verde y la medicina de oro. Su edad es la misma que la de las arenas del Ganges. El brocado de los tres carromatos que conducen a los seres vivos por el penoso camino de la reencarnación[11] está lleno de alusiones a la felicidad eterna. Las guirnaldas de los nueve grados de recompensa celeste expelen un aroma de vida sin fin. Él es el auténtico maestro de la Escuela San-Lung[12] y su morada está en el cielo del vacío y de la forma. No en balde el universo y la tierra le consideran su señor. De su cuerpo de diamante fluyen la felicidad y la vida.
Tathagata aceptó, complacido, su agradecimiento y la Estrella de la Vida Perdurable fue a ocupar el asiento que tenía reservado. De nuevo corrieron arroyos de vino y se repitieron los brindis, interrumpidos momentáneamente por la llegada del Gran Inmortal de los Pies Descalzos. Tras presentar sus respetos al Emperador de Jade, se llegó hasta donde se encontraba el Patriarca Budista y dijo:
—Es inexpresable el agradecimiento que siento por vuestro dharma, por haber dominado a la bestia. Para mostraros mi reconocimiento no dispongo de otra cosa que de dos peras mágicas y de algunos dátiles de fuego, que os ruego aceptéis.
De ahí que afirme el poema:
Fragantes son, en verdad, las peras y los dátiles que el Inmortal de los Pies Descalzos ofrendó a Amitabha, el de los años sin fin. El Estrado de Loto de los Siete Tesoros posee la seguridad de las montañas y su Trono de Flores está totalmente recamado en oro. La edad de quien sobre él se sienta aventaja a la del cielo y la tierra, y su buena fortuna es tan inmensa como el océano. En esto no hay falsedad ni engaño. En él alcanzan el culmen de su plenitud la felicidad y la larga vida. Su morada de eterna dicha se asienta en las Regiones del Oeste.
Tathagata agradeció al Inmortal sus presentes y pidió a Ananda y a Kasyapa que los pusieran con los otros. Se llegó después hasta donde estaba el Emperador de Jade y le expresó su gratitud por el espléndido banquete que había dado en su honor. Para entonces todos los invitados estaban ya un poco borrachos. En esto llegó uno de los Espíritus de la Inspección Universal y anunció, muy excitado:
—¡El Gran Sabio acaba de sacar la cabeza!
—No hay por qué preocuparse —le tranquilizó el Patriarca Budista.
Sacó a continuación de sus mangas un rollo en el que habían sido escritas con letras de oro las siguientes palabras, «Om mani padme hum»[13], y se lo entregó a Ananda, ordenándole que lo colocara en la cumbre de la montaña bajo la que se hallaba enterrado el Gran Sabio. El deva cogió el rollo y lo llevó a la Montaña de las Cinco Fases, donde lo ató con fuerza a una roca cuadrangular que había justamente en su cima. Al punto echó nuevas raíces y tapó todas sus grietas, aunque dejó libre el espacio suficiente para que su prisionero pudiera respirar y moverse un poco. Una vez cumplida su misión, Ananda regresó al palacio imperial e informó a su señor, diciendo:
—El rollo ha sido atado fuertemente en el lugar que me indicasteis.
Tathagata se despidió entonces del Emperador de Jade y de los otros dioses y abandonó la Puerta Celeste, seguido de los dos devas. Compadecido, no obstante, de la suerte del Gran Sabio, pronunció una fórmula mágica y al punto acudieron a su presencia el espíritu del lugar y los Intrépidos Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales, a los que mandó vigilar día y noche la Montaña de las Cinco Fases. Les ordenó, al mismo tiempo, que alimentaran al prisionero con bolas de hierro, cuando tuviera hambre, y le dieran a beber cobre fundido, cuando le atacara la sed. Una vez que se hubiera cumplido el tiempo de su castigo, acudiría a liberarle un enviado del cielo y ellos habrían de acatar la orden sin rechistar.
El mono rebelde sufrió, de esta forma, el castigo debido a su rebelión. Fue precisamente Tathagata quien doblegó su blasfemo orgullo, encerrándole bajo el peso de una montaña. Para hacer frente a las inclemencias del cielo, se alimenta con bolas de hierro y se moja los labios en cobre fundido. Duro y amargo es el castigo, pero él se siente feliz de estar aún vivo. Si algún día logra obtener la libertad, se pondrá al servicio de Buda y emprenderá un larguísimo viaje hacia el Oeste.
Orgulloso de sus extraordinarios poderes, dominó al dragón y domesticó a los tigres. No es extraño que encontrara favor y respeto en la Capital de Jade. Pero él destrozó tan envidiable confianza, robando los melocotones y el vino sagrados y sumiendo a los cielos en un insoportable desorden. Por eso, ahora purga sus culpas en la lobreguez de una cárcel de rocas. Sólo sus buenas obras podrán liberarle de tan extremo castigo, haciendo que sus ojos vuelvan a contemplar de nuevo la luz. Para eso, sin embargo, habrá de esperar la llegada de un monje santo procedente de la ilustre corte de los Tang.
No sabemos ni el mes ni el año en que su culpa se vio, por fin, expiada. Quien quiera descubrirlo, tendrá que escuchar con atención lo que se dice en el próximo capítulo.