CAPÍTULO XIX

La persecución llevó al Gran Sabio y a su enemigo hasta una montaña muy alta, donde el monstruo volvió a juntar las lenguas de fuego y recobró su forma original. Se metió a toda prisa en una caverna y cogió una especie de tridente de nueve puntas.

—¡Maldito monstruo! —exclamó el Peregrino—. ¿De dónde eres y cómo es que conoces tan bien mi historia? ¿Qué clase de poderes posees tú? Dímelo en seguida y te perdonaré la vida.

—¡Así que desconoces mis poderes!, ¿eh? —repitió el monstruo—. Sube hasta aquí y te lo diré. Siempre he poseído una mente lenta y he valorado por encima de todo la indolencia. Jamás me he preocupado de cultivarme ni de practicar la Verdad. En mi juventud mi vida era una continua sucesión de días confusos, hasta que me topé con un inmortal auténtico, que me habló del calor y del frío, para terminar diciéndome: «Arrepiéntete y abandona tu modo de obrar despreocupado. De lo contrario, conocerás lo que es el dolor y, cuando llegues al final de tus días, no podrás escapar a las ocho pruebas[1] y a las tres penas»[2]. Le hice caso y acepté lo que me proponía. Me arrepentí de mi anterior modo de obrar y busqué con decisión el camino de la virtud. Mi maestro me desveló los secretos del Cielo y la Tierra, siéndome concedido probar las Píldoras Maravillosas de las Nueve Transformaciones. Día y noche me dediqué a tan alto empeño. La Verdad se apoderó de mí, alcanzando desde la Mansión de Barro[3] de mi coronilla hasta los Puntos Productores de Primavera[4], que se hallan en las plantas de los pies. El jugo renal fluyó libremente en el Estanque de Flores[5], reavivando, así, mi Campo de Mercurio[6]. La energía del corazón y los riñones se aparearon como el yin y el yang, mientras el plomo y el cinabrio se mezclaron como el sol y la luna[7]. El Dragón Li y el Tigre Kan firmaron dentro de mí una alianza matrimonial y la tortuga espiritual absorbió toda la sangre del gallo de oro[8]. En mi cabeza se fundieron las tres flores[9] y retornaron a su primigenio estado de raíz. Las cinco energías se hicieron una sola. Cuando hubieron concluido todos estos trabajos, ascendí a lo alto, donde fui recibido por las parejas de inmortales que habitan en lo alto. El viaje lo hice a bordo de unas nubes rosadas que expelían una luz muy brillante. Así pude mirar de frente el Arco de Oro. El Emperador de Jade ofreció un banquete a todos los dioses, que se fueron sentando según su rango y dignidad. Al finalizar el convite, me nombró mariscal del Río Celeste y tomé bajo mi mando todas las fuerzas navales. Pero cometí al poco tiempo una tremenda imprudencia. Wang-Mu ofreció el Banquete de los Melocotones y yo tuve la suerte de contarme entre los invitados que le presentaron sus respetos en el Estanque de Jaspe. Desgraciadamente bebí más de la cuenta y vagué, borracho del todo, de un salón a otro. Así llegué hasta el Palacio Lunar, donde me encontré con una dama extremadamente bella y delicada. En cuanto contemplé la finura de su rostro, caí preso de una pasión irresistible. Sin preocuparme para nada de la etiqueta o el rango, agarré a Chang-Er y le pedí que se acostara conmigo. Tres o cuatro veces me rechazó, escondiéndose donde buenamente podía. Se notaba que estaba furiosa, pero mi pasión era tan inmensa como el cielo y por poco no echo abajo las puertas del Palacio Celeste. El Inspector General[10] informó de todo ello al Emperador de Jade y la desgracia se abatió sobre mi cabeza. La huida me era totalmente imposible, porque el Palacio Lunar fue rodeado por los guardias imperiales. Cuando los dioses lograron arrestarme, aun no me había desaparecido la borrachera y todo parecía dar vueltas a mi alrededor. El Emperador de Jade, ante quien fui conducido cargado de cadenas, determinó mi inmediata ejecución. Pero la Estrella de Oro del Planeta Venus, el Venerable Li, se arrodilló ante su majestad y suplicó que me fuera conmutada la pena. En vez de morir ajusticiado, me aplicaron dos mil azotes, que me rasgaron la carne y a punto estuvieron de quebrarme los huesos. Pero estaba vivo y en seguida abandoné el Cielo, viniendo a refugiarme a la montaña de Fu-Ling. Me perdió mi mal obrar. Como habrás averiguado, mi nombre completo es Chu Kang-Lier.

—Así que tú eres el Dios del Agua de los Juncales Celestes! —concluyó el Peregrino—. No me extraña que conocieras mi nombre.

—¡Maldito rebelde «pi-ma-wen»! —gritó el monstruo—. No sabes que nos hiciste, al levantarte contra el Cielo. Se ve que no tienes remedio y estás tratando otra vez de arruinar mi vida. Pero no os creas que voy a estarme quieto. ¡Antes tienes que probar el sabor de tridente!

El Peregrino esquivó el golpe, levantando la barra de hierro y dejándola caer sobre la cabeza de su adversario. De esta forma, dio comienzo una batalla increíble en el corazón mismo de la montaña. Aunque era noche cerrada, las pupilas del Peregrino brillaban como ascuas encendidas y de los redondeados ojos del monstruo surgían unos rayos, que, de alguna forma, recordaban el fulgor de la plata. Moviéndose con sorprendente agilidad, uno levantaba oleadas de neblina de mil colores, mientras el otro agitaba las nubes rojizas que envuelven a los inmortales. La barra de los extremos de oro y el tridente de las nueve puntas se entrechocaban una y otra vez, produciendo una cascada de chispas que iluminaban la noche. Los dos contendientes eran héroes de reconocida y respetada destreza. Uno era el Gran Sabio, desterrado de los cielos, y el otro, un afamado mariscal obligado a habitar en la tierra. Por su lascivia éste se convirtió en monstruo, mientras que aquél escapó al castigo divino por someterse a los consejos de un monje. El tridente parecía un dragón con las zarpas abiertas; la barra de hierro, por el contrario, se movía con la agilidad de un fénix volando por encima de las flores. Sin dejar de intercambiar golpes, el monstruo gritaba:

—Quien destroza un matrimonio es un auténtico parricida.

A lo que contestaba el Peregrino:

—Quien trata de violar a una doncella no debería gozar de libertad.

Inútil palabrería, porque en aquel momento las que hablaban eran las armas. Empezaba a clarear por el este y el monstruo comenzó a sentir un extraño cansancio en los brazos. La lucha había comenzado a la hora de la segunda vigilia y se prolongó hasta el amanecer. En ese momento el monstruo no pudo aguantar más y huyó a toda prisa. Volvió a transformarse en un viento huracanado, que penetró en la caverna, de donde se negó a salir. El Peregrino le persiguió hasta la misma puerta, encima de la cual podía verse una inscripción que decía: «Caverna de los Senderos de Nubes».

Para entonces se había hecho ya de día y, comprendiendo que el monstruo no iba a salir, el Peregrino se dijo:

—Lo más seguro es que mi maestro me esté esperando y no sepa qué ha sido de mí. Lo mejor es que vuelva cuanto antes a informarle. Ya tendré tiempo después de atrapar al monstruo.

Se montó en la nube y no tardó en llegar a la aldea del señor Gao Tripitaka no había dormido en toda la noche, charlando amigablemente con los amigos y deudos de su anfitrión. Estaba, de todas formas, preguntándose qué habría sido de su discípulo, cuando apareció el Peregrino, arreglándose las ropas y guardando la barra en la oreja.

—Ahora mismo acabo de llegar, maestro —dijo, a manera de saludo.

—Gracias por las molestias que os habéis tomado con nuestra familia —exclamaron los allí reunidos, inclinándose respetuosamente.

—Suponemos que, después de haber pasado toda la noche fuera, habrás capturado al monstruo —dijo Tripitaka—. ¿Se puede saber dónde le has metido?

—Ese monstruo —explicó el Peregrino— no es un demonio de este mundo ni una bestia de las montañas, sino la encarnación del Mariscal de los Juncales Celestes. A la hora de reencarnarse, siguió un camino equivocado y adoptó la forma de un cerdo. Pero no por eso ha desaparecido todo su poderío de ser espiritual. Si obedece al nombre de Chu Kang-Lier, es por la apariencia que ahora tiene, no porque sea una especie de puerco salvaje. Cuando me lancé sobre él con la barra de hierro, trató de escapar convirtiéndose en un viento huracanado, pero descargué sobre él toda mi furia y se transformó en unas lenguas de fuego, que buscaron refugio en la caverna de la que es originario. Allí se hizo con un tridente de nueve puntas y guerreó conmigo durante toda la noche. Al amanecer, empezaron a fallarle las fuerzas y huyó al interior de la cueva, de donde rehusó volver a salir. Quise derribar la puerta y acabar con él, pero pensé que podíais estar preocupado por mi tardanza y opté por venir a daros cuenta de lo ocurrido.

—Venerable monje —dijo el señor Gao arrodillándose ante él—, me temo que no me queda más remedio que suplicaros que terminéis vuestra labor. Aunque le habéis alejado de aquí, lo más seguro es que regrese en cuanto os hayáis marchado. ¿Qué podremos hacer entonces contra él? Apresadlo y, así, terminarán para siempre nuestros problemas. Os aseguro que sabré recompensar con largueza vuestros esfuerzos. Todo el mundo sabe que soy una persona generosa. Estoy dispuesto a redactar ahora mismo, delante de todos estos parientes y amigos, un documento comprometiéndome formalmente a dividir con vos todas mis posesiones. Lo único que deseo es arrancar el mal de raíz, para que no vuelva a ser empañado jamás el buen nombre de la familia Gao.

—¿No te parece que eres demasiado exigente? —replicó el Peregrino, sonriendo—. El monstruo me contó que, aunque su apetito es, ciertamente, enorme y ha consumido grandes cantidades de comida, ha hecho mucho por tu familia. Tanto que el progreso que has experimentado durante estos últimos años es, en realidad, obra suya. Vamos, que no todo lo que come es de balde. No comprendo por qué quieres deshacerte de él. Según su propio testimonio, se trata de un dios, que lo único que ha hecho desde su llegada a la tierra ha sido aumentar las riquezas de tu familia. Es más, a tu hija no le ha hecho el menor daño y te aseguro que hay muy pocos yernos como él. ¿A qué tiene toda esa cháchara de que ha estropeado el buen nombre de los tuyos y de toda la comunidad en la que vives? Opino que deberías aceptarle tal cual es y asunto concluido.

—Aunque este asunto no va, es verdad, en contra de las normas morales aceptadas por doquier —reconoció el anciano señor Gao—, sus repercusiones sobre nuestro buen nombre han sido desastrosas. Nos guste o no, la gente suele decir: «Los Gao han aceptado a un monstruo como yerno». Son esos comentarios los que, poco a poco, van minando nuestra seguridad. ¿No lo comprendéis?

—Wu-Kung, si te has tomado hasta ahora tantas molestias con este nombre —dijo Tripitaka, compadecido del anciano—, lo normal es que no dejes tu trabajo a medio hacer. ¿No te parece?

—Estoy totalmente de acuerdo con vos —respondió el Peregrino. Sólo le estaba probando un poco. Ya sabéis cuánto me gusta divertirme. Ahora mismo voy a ir a apresar a esa bestia y tened la seguridad de que la traeré ante vosotros, cueste lo que cueste. No te preocupes, señor Gao. Cuida de mi maestro, mientras esté fuera.

No había acabado de decirlo, cuando desapareció de la vista de todos los presentes. Tras rodear la montaña, se llegó hasta la puerta de caverna. La hizo añicos de un golpe y gritó:

—¿Se puede saber en dónde te has metido, gordinflón? Sal de tu escondite y enfréntate a mí.

El monstruo estaba tumbado en la caverna, jadeando como una parturienta, tratando de recobrar el aliento. Pero, al oírse llamar gordinflón y ver que su hogar era allanado de aquella forma, sacó fuerza de la flaqueza y, echando mano del tridente, salió corriendo, sin dejar de gritar:

—¡No hay quien aguante a los «pi-ma-wen» como tú! ¿Se puede saber qué es lo que te he hecho yo para que hayas destrozado, así, las puertas de mi hogar? Quien hace una cosa semejante es culpable de invadir la propiedad privada y debe ser castigado con la muerte.

—¡Qué estúpido eres! —le regañó el Peregrino, riendo—. Es posible que haya echado abajo la puerta, pero lo he hecho en defensa de la justicia. Tomaste a la fuerza a una mujer por esposa, renunciando a las casamenteras, a los testigos, a los regalos y al licor. Tú eres el único merecedor de la pena de muerte.

—¡Basta de palabrería! —rugió el monstruo—. Ha llegado el momento de probar el sabor de mi tridente.

—¿No es ése el tridente que usabas para plantar verduras y arar los campos de la familia Gao? —preguntó, guasón, el Peregrino, deteniendo el golpe con su barra—. ¿Cómo piensas que voy a tenerte miedo?

—Estás muy equivocado —le corrigió el monstruo—. Este tridente está por encima de este mundo. Si no me crees, escucha lo que voy a decirte: está hecho de un acero finísimo y ha sido bruñido con tal maestría que emite luz propia. El mismo Lao-Tse lo templó con un mazo enorme, mientras Marte avivaba el fuego de la fragua. Los Cinco Reyes de los Puntos Cardinales imprimieron en él su poder, siguiendo el ejemplo de los Seis Dioses de la Oscuridad y los Seis Dioses de la Luz. Fueron ellos los que diseñaron sus nueve puntas, afiladas y perfectas como dientes de jade, y lo adornaron con estas bandas de oro, en las que aparecen incrustadas cinco estrellas. Su longitud y todas sus otras medidas guardan proporción con el yin y el yang, el sol y la luna, y el interminable fluir de las estaciones. Los Seis Diagramas y las Estrellas de los Ocho Trigramas[11], celosos guardianes de las normas celestes, le otorgaron el nombre de Tridente de Oro del Tesoro Imperial y se lo regalaron al Emperador de Jade. Posteriormente, cuando me convertí en inmortal y fui nombrado Mariscal de sus juncales Celestes, me fue confiada tan valiosa arma como prueba de favor real. Si se la mantiene en posición vertical, emite llamas y luz; si, por el contrario, se la deja tumbada, levanta huracanes contra los que nada puede el afán del hombre. La temen los guerreros celestes y los Diez Reyes del Abismo se acobardan ante ella. ¿Existen, entre los hombres otras armas como ella? No puede encontrarse como el suyo en toda la amplitud de este mundo. Por si esto fuera poco, cambia de forma a voluntad, alargándose o encogiéndose según yo se lo ordene. Durante muchos años la he tenido junto a mí, como si fuera un amigo íntimo del que es imposible separarse. A mi lado ha estado mientras comía y no me he apartado de ella ni siquiera para dormir. Me acompañó al Festival de los Melocotones y a las audiencias imperiales. Ahora que el Cielo me ha enviado a este mundo de sombra y polvo como castigo a mi mal obrar, se ha convertido en una compañera inseparable. Sin ella no hubiera podido entregarme a una vida de desenfreno total, porque no sé si sabrás que en esta cueva he devorado a infinidad de hombres. Por eso precisamente decidí casarme con la hija del señor Gao y llevar una vida honrada. Sin embargo, ni siquiera entonces pude separarme de mi tridente. Es tan poderoso que los dragones y tortugas marinos se encuentran indefensos ante él y los tigres y lobos se ponen a temblar en su presencia. Todas las otras armas son como un grano de arena ante una jarra de oro. Jamás ha perdido, de hecho, una sola batalla. Aunque tu cabeza sea de bronce, tus sesos de hierro, y de acero todo tu cuerpo, mi tridente reducirá tu espíritu a agua y tendrás más goteras que una casa en ruinas.

—¿A qué viene tanto hablar? —exclamó el Peregrino, poniendo a un lado la barra de hierro—. Ahora mismo voy a agachar un poco la cabeza, a ver si es verdad que tu tridente es capaz de reducir a agua mi espíritu. Me figuro que con un golpe bastará, ¿no?

El monstruo levantó el tridente cuanto pudo y lo dejó caer con todas sus fuerzas sobre la cabeza de su adversario. Se oyó un ruido tremendo y salió disparado hacia atrás entre un auténtico mar de chispas. ¡El Peregrino no sufrió, sin embargo, el menor rasguño! El Monstruo se sintió tan sorprendido que le abandonaron las fuerzas y a punto estuvo de caerse al suelo. En su desconcierto, sólo era capaz de farfullar:

—¡Qué cabeza! ¡Santo cielo, qué cráneo!

—¿Así que no sabías que soy indestructible, eh? —replicó, triunfante, el Peregrino—. Tras sumir al Cielo en un caos total y haber robado las píldoras mágicas, los melocotones inmortales y el vino imperial, fui atrapado por el Sabio Er-Lang y conducido al Palacio de la Estrella Polar. Allí trataron de descuartizarme con un hacha, apalearme con mil vergajos, partirme en dos con una cimitarra, atravesarme con una espada, quemarme a fuego lento y someterme a la acción del rayo, pero todo resultó inútil. Nadie logró hacerme el menor daño. Lao-Tse decidió entonces llevarme a su palacio y meterme en el Brasero de los Ocho Trigramas, donde fui refinado por un fuego divino hasta que adquirí unos ojos fulgurantes, unas pupilas de diamante, una cabeza de bronce y unos brazos de hierro. Si no quieres creerme, puedes darme unos cuantos golpes más, para que te convenzas.

—No, no. Si convencido estoy —reconoció el monstruo—. Por cierto, recuerdo que en la época de tu rebelión contra el Cielo, morabas en la Cortina de Agua de la Montaña de las Flores y Frutos, que, según tengo entendido, se halla en el país de Ao-Lai del Continente de Purvavideha. Se habló mucho de ti y después sobrevino un largo silencio. ¿Cómo es que, de pronto, te da por aparecer por aquí, empeñado en arrestarme a toda costa? ¿No me irás a decir que has hecho un viaje tan largo sólo porque mi suegro te lo pidió?

—¡Por supuesto que no! —respondió el Peregrino—. Tu suegro ni siquiera sabía que existía. Todo comenzó con mi abandono del taoísmo y mi posterior conversión al budismo. Eso me llevó a aceptar como maestro a un hermano del Emperador de los Tang, llamado Tripitaka. A él debo precisamente que me encuentre hoy aquí, ya que nos dirigimos hacia el Paraíso Occidental en busca de las escrituras de Buda. Al pasar por el pueblo en el que vive tu suegro, decidimos pedir alojamiento y el señor Gao sacó a relucir la triste historia de su hija, suplicándonos que la liberáramos de tus garras y te arrestáramos sin demora.

—¿Dónde está ese Peregrino del que hablas? —preguntó vivamente interesado el monstruo, arrojando a un lado el tridente—. Llévame inmediatamente ante él, te lo suplico.

—¿Para qué quieres verle? —preguntó el Peregrino.

—También yo soy un converso —explicó el monstruo—. La Bodhisattva Kwang Shr-Ing me recomendó que siguiera una dieta vegetariana y me ordenó que esperara aquí a un hombre que habría de pasar en busca de las escrituras sagradas. Me aconsejó, al mismo tiempo, que, si quería que me fueran perdonadas mis culpas y, así, alcanzar los frutos de la Verdad, debía convertirme en discípulo suyo y seguirle hasta el Paraíso Occidental. ¡Yo qué sé la de años que llevo esperándole! También tú podías haber dicho que ibas en busca de los escritos de Buda, en vez de lanzarte como un loco contra mí. ¿A qué viene tanta violencia en un servidor de la Verdad?

—No trates de engañarme, pensando que, de esa forma, puedes escapar —le aconsejó el Peregrino—. Si, como dices, estás decidido a acompañar en su viaje al monje Tang, vuélvete hacia el Cielo y jura que es verdad cuanto afirmas. Si lo haces, te llevaré inmediatamente ante mi maestro.

El monstruo se arrodilló al instante y, golpeando el suelo con la cabeza, como si estuviera machacando arroz, dijo, solemne:

—¡Pongo por testigo a Amitabha, Namo Buda! Si no es verdad lo que digo, que sea castigado como quien se ha levantado contra el Cielo y mi cuerpo sea reducido a cachitos diminutos.

—Está bien —concluyó el Peregrino, al oír el juramento—. Haz una hoguera y reduce todo esto a cenizas. En cuanto hayas acabado, te llevaré conmigo.

El monstruo trajo unos cuantos manojos de zarzas y les prendió fuego. Al poco rato la Caverna de los Senderos de Nubes parecía el horno abandonado de un alfarero.

—Ya no hay nada que me ate aquí —dijo después al Peregrino—. Estoy dispuesto a seguirte adondequiera que desees llevarme.

—Dame el tridente —ordenó el Peregrino.

El monstruo así lo hizo. Wu-Kung se arrancó entonces un pelo y gritó:

—¡Transfórmate! —y al instante se convirtió en una soga de cáñamo de tres cordones, con la que se dispuso a atar las manos del monstruo.

La bestia no opuso la menor resistencia. El Peregrino le agarró entonces de la oreja y tiró de él, diciendo:

—Vamos, deprisa. Ya hemos perdido bastante tiempo.

—¿No podías tener un poco más de cuidado? —le sugirió el monstruo—. Me estás haciendo un daño horroroso en la oreja.

—Lo siento, pero me es imposible —replicó el Peregrino—. Como muy bien afirma el dicho, «cuanto mejor es el cerdo, con más cuidado hay que atarle». Te soltaré en cuanto te hayas entrevistado con mi maestro y te haya encontrado digno de servirle.

Se elevaron a una distancia media entre las nubes y el cielo y se dirigieron directamente a la aldea de la familia Gao. De todo ello poseemos el testimonio de un poema[12], que afirma:

De la misma forma que el metal es más fuerte que la madera, el Mono domina con facilidad al Dragón. Sin embargo, cuando su odio se trueque en amor, la virtud y la bondad crecerán como un árbol y llegarán hasta el último rincón del cosmos. Entre un anfitrión y su huésped[13] no debe levantarse el menor muro. No hay mi misterio mayor que el de las tres mezclas y sus correspondientes uniones[14]. La naturaleza y los sentimientos quedan fundidos, mientras surge del Oeste la luz que ha de iluminar cuanto existe.

El Peregrino y el monstruo no tardaron en llegar a la aldea. Sin soltarle de la oreja, Wu-Kung dijo a su prisionero:

—¿Ves a aquel que está allí sentado con la espalda erecta y las manos recogidas? Pues ése es mi maestro.

El señor Gao y sus parientes corrieron al patio a darle la bienvenida. No cabían en sí de gozo, pues jamás habían soñado con poder ver al monstruo con las manos atadas a la espalda y conducido ante ellos de tan grotesca manera.

—Ése es mi yerno —explicó el señor Gao a Tripitaka.

El monstruo no le prestó la menor atención. Se llegó hasta el monje Tang y, cayendo de hinojos, empezó a golpear el suelo con la frente, al tiempo que le suplicaba:

—Perdonadme, maestro, por no haber venido antes a daros la bienvenida. Si hubiera sabido que os hospedabais en casa de mi suegro, habría corrido a presentaros mis respetos, en vez de ocasionaros tantas molestias. Disculpad mi atrevimiento.

—¿Cómo te las has arreglado para traerle hasta aquí? —preguntó Tripitaka a Wu-Kung.

Por toda respuesta, el Peregrino soltó al monstruo y, empujándole con el mango del tridente, le gritó:

—¡Cuidado que eres tonto! ¿Es que no piensas decir nada?

El monstruo relató entonces sus muchas penalidades y cómo la Bodhisattva le había ganado para la causa budista. Conmovido, se volvió hacia el señor Gao y le preguntó:

—¿Podéis prestarme una mesa y un poco de incienso?

El señor Gao accedió de inmediato y Tripitaka lo fue echando lentamente en el pebetero, después de purificarse las manos.

—Gracias, Bodhisattva, por la incomparable misericordia que mostráis hacia nosotros —suspiró, inclinándose respetuosamente hacia el sur.

Cuantos se hallaban a su alrededor se unieron a su oración y ofrendaron un poco más de incienso. Una vez concluida la acción de gracias, Tripitaka volvió a sentarse en el salón principal de la casa y pidió a Wu-Kung que desatara al monstruo. Con una leve sacudida del cuerpo Wu-Kung recuperó el pelo que se había transformado en una soga, y las manos del monstruo quedaron totalmente libres. Lejos de huir, la bestia se inclinó ante Tripitaka y le manifestó su deseo de acompañarle en su viaje hacia el Oeste. Se volvió a continuación hacia el Peregrino y le llamó «hermano mayor», dando así a entender que los dos tenían el mismo maestro.

—Puesto que estás dispuesto a seguirme y es mi voluntad aceptarte como discípulo —concluyó Tripitaka—, lo más adecuado es que te conceda un nombre religioso con el que poder dirigirme a ti.

—Al ponerme las manos sobre la cabeza y hacerme entrega de los mandamientos[15] —informó el monstruo—, la Bodhisattva me otorgó el nombre de Chu Wu-Neng.

—¡Eso es maravilloso! —exclamó Tripitaka, sonriendo—. En verdad, parecemos formar una familia. Tu hermano se llama Wu-Kung y tú, Wu-Neng. ¿No es, francamente, fantástico?

—Desde el momento mismo de recibir los mandamientos de manos de la Bodhisattva —continuó diciendo Wu-Neng— no he probado ni uno solo de los cinco alimentos prohibidos o de las tres viandas impuras. En todo momento he seguido una dieta vegetariana, como bien podrá atestiguar mi suegro, aquí presente. Ahora que, por fin, os he encontrado, ¿no podríais dispensarme de comer exclusivamente verduras?

—¡De ninguna de las maneras! —contestó Tripitaka con decisión—. Puesto que no has probado los cinco alimentos prohibidos ni las tres viandas impuras, te pondré el nombre de Ba-Chie.

—Puesto que ésa es vuestra voluntad —dijo, encantado, el Idiota—, la aceptaré de buena gana —y a partir de aquel momento empezó a ser conocido como Chu Ba-Chie.

Al ver lo bien que terminaba el asunto que tanto le había preocupado, el señor Gao no cabía en sí de contento y ordenó a sus criados que prepararan un banquete para el monje Tang y sus respetables acompañantes. Ba-Chie le agarró de la manga y dijo:

—¿Por qué no pides a mi mujer que salga a saludar a estos parientes?

—¡Mi querido hermano! —exclamó el Peregrino, soltando la carcajada—. ¿Estás bien de la cabeza? Ahora no puedes seguir hablando de tu mujer, como si no hubieras abrazado la fe budista o no te hubieras hecho monje. Es posible encontrar a muchos taoístas casados, pero ¿cuándo has oído tú hablar de un bonzo con esposa? Así que siéntate y come lo que puedas de esta cena vegetariana. Mañana tenemos que levantarnos muy pronto para proseguir nuestro viaje hacia el Oeste.

El señor Gao colocó las mesas lo mejor que pudo y pidió a Tripitaka que ocupara el sitio de honor. El Peregrino y Ba-Chie se sentaron a su lado, mientras que el resto de los parientes y amigos lo hicieron donde pudieron. El señor Gao cogió entonces una botella de vino vegetariano, llenó un vaso y lo fue dejando caer lentamente sobre la tierra, como si se tratara de una libación. Volvió a llenarlo después y se lo ofreció a Tripitaka, que lo rechazó, diciendo:

—Aunque no lo creáis, he sido vegetariano toda mi vida y jamás he tocado ninguna vianda prohibida.

—Bien sé que sois totalmente casto y puro —replicó, avergonzado, el señor Gao—. Por eso, nunca me hubiera atrevido a ofreceros manjares contaminados. Este vino ha sido hecho, pensando precisamente en quienes siguen una dieta vegetariana. Os aseguro que no os hará el menor daño tomar un pequeño vasito.

—De todas formas, no me atrevo a probarlo —recalcó Tripitaka—. El primer mandamiento que un monje debe cumplir es precisamente el de no tomar bebidas alcohólicas.

—¿Qué decís? —exclamó, alarmado, Wu-Neng—. Aunque he seguido fielmente una dieta vegetariana, no he renunciado del todo al vino.

—Yo tampoco he renunciado a él —confesó Wu-Kung.

—En ese caso —concluyó Tripitaka, condescendiente—, podéis tomar un poco de ese vino. Lo único que os pido es que no os emborrachéis ni molestéis a nadie.

Antes de sentarse a comer, los dos dieron cumplida cuenta de tan refinado licor. Cuando tanto el maestro como los discípulos hubieron saciado su hambre, el señor Gao sacó una bandeja de laca roja con más de doscientas onzas de oro y plata, que ofreció a los tres religiosos como ayuda para los gastos del viaje. No contento con eso, les regalo tres abrigos de la mejor seda, que Tripitaka rechazó, diciendo:

—Como mendicantes que somos, vamos de pueblo en pueblo mendigando nuestro sustento. ¿Cómo podemos aceptar ahora todo este oro y esta plata?

El Peregrino, por su parte, cogió un puñado de dinero y dijo, entregándoselo a Gao Tse-Ai:

—Ayer te tomaste la molestia de traer aquí a mi maestro. Si no lo hubieras hecho, ahora no tendríamos a un nuevo discípulo con nosotros. Estamos, por lo tanto, en deuda contigo. Acepta esto en señal de gratitud. No es mucho, pero te alcanzará para comprar unas sandalias de esparto. Y, ya sabes, si encuentras por ahí a algún monstruo más, mándamele y te lo agradeceré de todo corazón.

Agradecido, Gao Tse-Ai cogió el dinero y se arrodilló ante el Peregrino.

—Si no queréis aceptar todo este oro, quedaos, al menos, con los abrigos —les suplicó el señor Gao—. Mirándolo bien, no son más que humildes muestras de buena voluntad.

—Si aceptamos un solo hilo de seda los que hemos renunciado a la familia —explicó Tripitaka—, podemos sufrir un castigo de más de diez mil kalpas. Si no os importa, nos quedamos con las sobras de la cena. Nos servirán de provisión para el camino.

—Comprendo que vosotros dos no queráis nada de esto —dijo Ba-Chie, dirigiéndose a su maestro y a su nuevo hermano—, pero yo he pertenecido a esta familia durante muchos años y puedo aseguraros que el pago por cuanto he hecho por ella supera con mucho las tres fanegas de arroz —se volvió a continuación al señor Gao y añadió—: Ayer por la noche mi hermano me hizo añicos la túnica y necesitaré otra nueva. Además, mis zapatos están ya muy gastados y me gustaría que me regalaras un par nuevo.

El señor Gao no se atrevió a negárselo y al punto envió a uno de los criados a comprarlo. Ba-Chie se inclinó ante él y le pidió en un tono extrañamente servil:

—Presentad mis respetos a mi suegra, a mi tía abuela, a mi tía segunda, a su respetable marido y a todos los demás parientes. No es culpa mía si no puedo despedirme personalmente de ellos. Bien sabéis que los monjes estamos sujetos a una disciplina muy férrea y que no podemos hacer todo lo que quisiéramos. Tened especial cuidado de mi otra mitad. Si fracasa nuestro empeño por obtener las escrituras, pienso volver a abrazar la vida seglar y, así, continuaré siendo vuestro yerno.

—¡Cuidado que dices tonterías! —le regañó el Peregrino.

—No es ninguna tontería —se defendió Ba-Chie—. A veces tengo la corazonada de que todo va a salir mal. Si eso ocurre de verdad, no seré ni monje ni casado y habré perdido todas las ventajas que ambas vidas ofrecen.

—Menos hablar y más obrar —les urgió Tripitaka—. Debemos darnos prisa y continuar nuestro viaje cuanto antes.

Prosiguieron su camino, una vez que hubieron terminado de preparar el equipaje. Ba-Chie cargó con él, mientras Tripitaka montaba en el caballo y el Peregrino abría la marcha con la barra de hierro cruzada sobre los hombros. De su deambular hacia el Oeste trata un poema, que dice:

La tierra aparecía envuelta en un sudario de niebla, que tornaba los árboles más altos y amenazantes de lo que en realidad eran. El hijo de Buda de la corte de los Tang no conocía el descanso. Su alimento consistía en el poco arroz que podían darle las almas caritativas con las que se cruzaban. Sus vestidos, remendados una y otra vez, apenas podían protegerle del frío. Pero su determinación era fuerte y se asía al cuello del caballo de la voluntad. ¿Quién va a llorar por su suerte, llevando consigo al astuto mono de la inteligencia? No existe distinción entre la naturaleza y los sentimientos. Sólo aquel que experimenta una mutación interior es capaz de alcanzar la inmortalidad.

Durante un mes aproximadamente el viaje se realizó sin ningún incidente. Al pasar por la frontera del Tíbet, levantaron la vista y vieron una montaña muy alta. Tripitaka tiró de las riendas y preguntó a sus discípulos:

—¿Habéis visto esa montaña que hay ahí delante? Debemos caminar con cuidado, si no queremos sufrir una desgracia.

—Ésa es la Montaña de la Pagoda[16] —informó Ba-Chie— y es tan segura como la calle de una ciudad grande. En ella habita un maestro del Zen, dedicado por completo a la ascesis. Yo le he visto un par de veces o tres.

—¿Conoces sus logros? —preguntó Tripitaka.

—Lleva recorrida una gran parte del camino del Tao —contestó Ba-Chie. En cierta ocasión me invitó a practicar severas penitencias con él, pero yo no acepté y ahí quedó todo.

Charlando de esta forma, no tardaron en llegar a la montaña. La vista que ofrecía era, en verdad, espléndida. En su parte sur crecían pinos azulados y enebros tan verdes como el jade, mientras que la elegancia de los sauces y el rojo carmesí de los melocotoneros mostraban toda su pujanza en la del norte. El aire estaba cargado de una tormenta de susurros, como si todas las aves que habitaban aquellos bosques se hubieran puesto a cantar al mismo tiempo. A media altura las garzas inmortales creaban la danza de su delicado vuelo, contrapunto en movimiento de los miles de flores de especies distintas que tapizaban el suelo. Su variedad competía con la de las plantas exóticas que se miraban en el espejo de un arroyo de aguas verdosas. Las nubes parecían pétalos grisáceos que se iban posando poco a poco en la cumbre de la montaña. Aquél era, en verdad, un lugar único por su belleza, un santuario de silencio en el que no se veía la menor huella del hombre.

Sin bajarse del caballo, Tripitaka oteó la distancia y vio una especie de nido, hecho de ramas y hierbas, en lo alto de un espléndido enebro. A su izquierda se veía una manada de ciervos portando flores en la boca, mientras podía contemplarse a su derecha una familia de monos cargados de frutos. Por encima del árbol revoloteaba una legión de fénix de un atractivo color azul-rosado, cuyos armoniosos cantos se mezclaban con el de una bandada de grullas negras y faisanes de plumajes brillantes.

—Aquél es el maestro Zen del Nido del Cuervo —dijo Ba-Chie, señalando el enebro.

Tripitaka espoleó el caballo y no tardó en llegar junto al árbol. Al verles acercarse, el maestro Zen dejó el nido y saltó a tierra. Tripitaka se bajó de la cabalgadura y se postró ante él, pero el maestro Zen le hizo levantar en seguida, diciendo:

—Poneos en pie, por favor. Soy yo el que debiera postrarme ante vos. Perdonadme por no haber acudido antes a daros la bienvenida.

—Recibid mi más respetuoso saludo, maestro —dijo Ba-Chie.

—¿No eres tú Chu Kang-Lier de la montaña de Fu-Ling? —preguntó sorprendido, el maestro Zen—. ¿Cómo te las has arreglado para llegar hasta aquí con un monje tan santo como el que te acompaña?

—Hace cierto tiempo —contestó Ba-Chie— la Bodhisattva Kwang-Ing me arrancó la promesa de que un día seguiría como discípulo a este religioso tan venerable.

—¡Espléndido! —exclamó el maestro Zen, visiblemente complacido—. ¿Y ése quién es? —volvió a preguntar, señalando al Peregrino.

—¿Cómo es posible que le reconozcáis a él y a mí no? —se quejó el Peregrino, sonriendo.

—Muy sencillo —explicó el maestro Zen—. Porgue no he tenido todavía el placer de saludarte.

—Éste —informó Tripitaka— es mi discípulo Sun Wu-Kung.

—¡Por supuesto! —exclamó, una vez más, el maestro Zen—. ¿Cómo he podido olvidarme de él?

Tripitaka se inclinó de nuevo y preguntó qué distancia había hasta el Gran Templo del Trueno, en el Paraíso Occidental.

—Mucha, ¡muchísima! —respondió el maestro Zen—. Lo peor, de todas formas, es que el camino es muy peligroso y está lleno de leopardos y tigres.

—Todo eso está muy bien. Pero ¿a qué distancia exacta se encuentra? —insistió Tripitaka.

—Está muy lejos de aquí —repitió el maestro Zen—. Pero no os preocupéis por eso, porque, tarde o temprano, llegaréis a él. Lo peor, no obstante, es que son muy difíciles de superar los obstáculos que los maras[17] os irán poniendo a lo largo del camino. Tened, sin embargo, la seguridad de que no podrán nada contra vos. Precisamente tengo aquí el Sutra del Corazón, un escrito que, como supongo sabéis, contiene cincuenta y cuatro renglones y un total de doscientos setenta caracteres. Cuando os topéis con las dificultades que, sin duda alguna, os enviarán los maras, recitadlo con devoción y no sufriréis el menor daño.

Tripitaka se echó rostro en tierra con el fin de recibir con el debido respeto tesoro tan preciado. El maestro Zen se lo transmitió de viva voz en aquel mismo momento, diciendo:

«Sutra del Corazón de la Suprema Perfección de la Sabiduría»: Cuando la Bodhisattva Kwang Tse-Tsai estaba a punto de alcanzar el grado máximo de iluminación, comprendió que los cinco conglomerados constituían, en realidad, un vacío total, y en ese mismo momento se colocó por encima de todo sufrimiento. La forma es idéntica al vacío y el vacío no difiere de la forma. Otro tanto puede decirse de sensaciones, la volición, las percepciones y la consciencia. Los dharmas son, pues apariencias huecas, incapaces de ser creados o destruidos, de aumentar de tamaño o, simplemente, perderlo. Es por esto por lo que en el vacío no existen las formas, ni la volición, ni las sensaciones, ni la consciencia, ni las percepciones, ni el ojo, ni el oído, ni la nariz, ni la lengua, ni el cuerpo, ni la mente. Las formas son pura apariencia, lo mismo que el oído, el olfato, el gusto, el tacto o cualquier creación de la mente. No existe auténtico reino de la vista, etc., hasta que no se logra privar a la mente de su propia consciencia. La ignorancia y su contrario son inexistentes, lo mismo que la vejez, la juventud, el nacimiento, la muerte, el sufrimiento, el gozo, el no existir y el estar presente en el mundo. Puesto que es inútil conseguir logro alguno, la mente de la Bodhisattva no posee, por obra y gracia de la Suprema Perfección de la Sabiduría, ningún límite. De esta forma, ha expulsado para siempre de su espíritu el temor, el error se ha desvanecido y ha alcanzado, finalmente, el nirvana. Todos los Budas de las tres edades[18] han seguido los pasos de la Sabiduría y, así, han alcanzado la suprema iluminación. La Sabiduría es de origen divino —no lo olvides—, nada hay superior a ella, ni nada la iguala. Su poder es tan absoluto que pone fin a los sufrimientos y a la muerte. No hay verdad más inmarcesible que ésta. Cuando quieras recitar, por tanto, el Conjuro de la Suprema Perfección de la Sabiduría, limítate a decir: «¡Más, más, más allá! ¡Transpórtate al más allá! ¡Oh, qué dichoso despertar!».

Puesto que el monje Tang poseía una preparación espiritual muy especial, con sólo oír una vez el Sutra del Corazón se le quedó para siempre grabado en la memoria. A él le debemos que haya llegado hasta nuestros días este clásico de la práctica de la verdad, el camino que conduce a la transformación en budas.

Tras hacer entrega del sutra, el maestro Zen montó en una nube muy luminosa y se dispuso a volver a su Nido del Cuervo. Pero Tripitaka le agarró de la túnica y le preguntó con cierta ansiedad sobre el largo trayecto que conducía al Oeste. El maestro Zen sonrió y dijo:

—El camino no es muy difícil, pero presta atención a lo que voy a decirte. Entre este lugar y el final de tu viaje hay no menos de diez mil montañas y otros tantos cursos de agua muy difíciles de vadear. A ello hay que añadir los duendes y trasgos. Pero no te preocupes. Cuando llegues a esos enormes riscos que parecen tocar el cielo, deja el temor a un lado y no pienses en lo que pueda pasarte. Para cruzar el Precipicio de la Oreja Frotada, deberás caminar de lado y con mucho cuidado. Procura tomar todas las precauciones que puedas en el Bosque de los Pinos Negros, porque tratará de cerrarte el paso una legión de espíritus de zorro. No debes olvidar que las ciudades que cruces estarán llenas de grifos, y las montañas, de monstruos. En ellas los tigres viejos actúan de magistrados, y los lobos ya canosos, de funcionarios. Los leones y los elefantes son allí reyes, a quienes tigres y leopardos sirven como cocheros. Cuando veas a un jabalí cargado con una pértiga, prepárate, porque no tardarás en encontrarte con una espléndida cortina de agua. Allí habita un anciano mono de piedra que, desgraciadamente, posee un carácter muy irascible. Te conviene, no obstante, hacerte amigo de él, porque conoce muy bien el camino que conduce hacia el Oeste.

—Prosigamos nuestro viaje cuanto antes —dijo el Peregrino, sonriendo con cierto desdén—. ¿Para qué seguir molestando a este hombre? Si queréis saber algo, preguntádmelo a mí.

Tripitaka no captó el sentido exacto de sus palabras. En aquel mismo momento el maestro Zen se convirtió en un rayo de luz que fue a parar al centro mismo del nido de cuervo. El monje se inclinó a toda prisa hacia él en señal de gratitud. Furioso por la poca consideración que había mostrado hacia su maestro, el Peregrino cogió la barra de hierro y la lanzó con fuerza hacia lo alto. Pero, aunque aquella arma era capaz de allanar montañas y secar mares y ríos, no pudo tocar ni una brizna siquiera del nido de cuervo. Infinidad de guirnaldas de loto se fundieron con la luminosidad de las nubes, formando un escudo que nada podía atravesar. Al ver lo ocurrido, Tripitaka regañó al Peregrino, diciendo:

—¿Se puede saber por qué quieres derribar el nido de un bodhisattva tan venerable como ése?

—Porque se ha marchado sin despedirse de nadie —contestó el Peregrino.

—¿Cómo puede prestar atención a esas cosas quien vive de la virtud y estaba tratando de enseñarnos el camino que conduce al Paraíso Occidental?

—No os empeñéis en disculpar sus malos modales, por favor —le suplicó el Peregrino—. ¿Es que no os habéis dado cuenta? Al referirse a «un jabalí arrastrando una pértiga», estaba insultando, en realidad, a Ba-Chie, y, al hablar de «un anciano mono de piedra», se estaba burlando abiertamente de mí. ¿Cómo es posible que no lo hayáis comprendido?

—Es mejor que no te enfades con el maestro Zen —le aconsejó Ba-Chie. Para ese hombre no encierran ningún misterio ni el pasado ni el porvenir. Vamos a ver si es verdad que un poco más adelante hay una cortina de agua. Déjale en paz y sigamos nuestro camino.

El Peregrino levantó la vista y vio la neblina sagrada y las flores de loto alrededor del nido. Comprendiendo que todo intento por derribarlo era inútil, ayudó a su maestro a montar en el caballo y prosiguieron el viaje hacia el Oeste, una empresa que muestra bien a las claras cuán raro es el azar en el destino del hombre y cómo gustan los monstruos y ogros de habitar en las montañas.

No sabemos lo que ocurrió a continuación. Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se brindan en el capítulo siguiente.