CAPÍTULO XXI
Los cincuenta demonios que acompañaban al Tigre de la Vanguardia corrieron al interior de la cueva con los estandartes tronchados y los tambores destrozados, gritando:
—Nuestro paladín no ha podido con el monje cara de mono, que le persiguió montaña abajo hasta que logró reducirle. Suponemos que habrá acabado con él.
Al oírlo, el Señor de la Caverna se sintió profundamente abatido. Inclinó la cabeza y se puso a pensar en silencio qué camino debería seguir. Pero fue interrumpido al poco tiempo por uno de los guardianes, que le presentó el siguiente informe:
—El monje cara de mono ha dado muerte al Tigre de la Vanguardia y ha arrastrado su cadáver hasta aquí. Está, de hecho, ahí fuera retándonos y lanzando obscenidades contra vos.
—¡Ese tipo no tiene sentido de la medida! —exclamó el monstruo, mas furioso todavía—. Puesto que aún no he devorado a su maestro, debería haber perdonado la vida a nuestro aliado el Tigre. ¡Jamás he conocido a nadie tan despreciable como él! ¡Traedme inmediatamente la armadura! He oído hablar mucho de ese Peregrino Sun y estoy ansioso por salir ahí fuera para descubrir por mí mismo qué clase de persona es. Os juro que, aunque tenga nueve cabezas y ocho rabos, le haré pagar con creces la humillación que trajo sobre la cabeza del desventurado Tigre de la Vanguardia.
Los demonios trajeron la armadura a toda prisa y le ayudaron a ponérsela. Cuando todas las cintas estuvieron anudadas y las hebillas abrochadas, el monstruo tomó un tridente de acero y salió de la caverna al frente de todos sus demonios. Aunque el Gran Sabio no se movió del sitio al verle, quedó hondamente impresionado por la marcialidad de su porte. El sol se reflejaba en su yelmo de oro y reverberaba en la coraza del mismo metal. En lo alto del morrión flameaba una impresionante cola de faisán, mientras debajo de la coraza se apreciaba la finura de una túnica de seda amarilla y una faja con forma de dragón de tonalidades brillantes. Su armadura estaba tan finamente bruñida que parecía emitir luz propia. Sus botas, hechas totalmente de cuero, habían sido teñidas con flores de algarrobo y toda su figura aparecía adornada con hojas de sauce. Con el tridente en las manos recordaba la galanura del joven Er-Lang. Cuando se hubo encontrado al aire libre, llenó los pulmones y preguntó con voz potente:
—¿Dónde está el Peregrino Sun?
—Aquí. ¿Es que no me ves? —contestó Wu-Kung con un pie sobre el cuerpo del tigre muerto y la barra de hierro en las manos—. ¡Deja inmediatamente en libertad a mi maestro!
El monstruo le miró con más detenimiento y, al ver la poca estatura del Peregrino —medía, de hecho, menos de cuatro pies— y sus mejillas hundidas, soltó la carcajada y dijo:
—Te tenía por un héroe invencible y ahora veo que no eres más que un espíritu enfermo, al que no le queda más que el esqueleto.
—¡Qué poco observador eres! —exclamó el Peregrino, sonriendo—. Es posible que sea más bien bajito, pero te aseguro que, si osas descargar sobre mi cabeza un solo golpe de tu tridente, me convertiré en un ser de más de seis pies de alto.
—En ese caso —concluyó el monstruo—, tendrás que endurecerte bastante la cabeza —y le largó un tremendo mandoble.
El Gran Sabio no se arredró. Tras esquivar oportunamente el golpe, su cintura se estiró y adquirió una altura de diez pies, seis mas de los que poseía segundos antes. El monstruo se sintió tan desconcertado que trató de hacerle volver a su estado normal con el tridente, gritando:
—¿Cómo te atreves a venir ante mi puerta a mostrarme una magia tan imperfecta de protección corporal? Deja de usar trucos, de una vez, y mide conmigo tus auténticas capacidades.
—Como bien sabrás —replicó el Peregrino, soltando la carcajada—, existe un proverbio que dice: «El perdón debe mostrarse antes de levantar la mano». Me temo que la tuya es muy lenta y no podrá soportar siquiera un golpe de mi barra.
El monstruo no quiso seguir intercambiando improperios y, volviendo el tridente contra el Peregrino, trató de clavárselo en el pecho. El Gran Sabio no se alteró lo más mínimo, pues, como muy bien reza el dicho, «el maestro no necesita ejercitarse más». Levantó oportunamente la barra y, tras desviar la trayectoria del tridente con el movimiento que llaman del «dragón negro que barre el suelo», descargó un golpe terrible sobre la cabeza del monstruo. De esta forma, dio comienzo una terrible batalla delante mismo de la Caverna del Viento Amarillo.
El monstruo, ansioso por vengar la muerte del Tigre de la Vanguardia, descargó sobre el Gran Sabio toda su furia. A éste, por su parte, sólo le guiaba el afán por liberar a su maestro e hizo un magnífico despliegue de todos sus poderes. El tridente buscaba una y otra vez el cuerpo de su adversario, pero la barra le impedía alcanzar tal fin. Las dos armas eran dignas de las manos expertas que las blandían. Uno de los luchadores era rey de una caverna, mientras que el otro, el Hermoso Rey de los Monos, se había convertido en paladín de la Ley. Los primeros encuentros se llevaron a cabo en el polvo del suelo, pero poco a poco los dos guerreros se fueron elevando y terminaron luchando a media altura. Era espléndido ver al tridente de acero puro medirse con la barra de hierro de los extremos dorados. Uno de sus golpes era suficiente para mandar a cualquiera al Reino de las Tinieblas a entrevistarse con el Rey Yama. Para hacer frente a tan mortíferas armas era preciso poseer brazos ágiles, vista aguda, constitución de atleta y fuerza de gigante. Los dos valientes lucharon sin desfallecer durante horas, sin que pudiera vislumbrarse un seguro vencedor.
El monstruo y el Gran Sabio se enfrentaron durante más de treinta asaltos, pero el resultado de la batalla permanecía tan incierto como cuando se inició. Buscando una rápida victoria, el Peregrino decidió hacer uso del truco conocido como «el cuerpo detrás del cuerpo». Para ello, se arrancó unos cuantos pelos, los trituró con los dientes y gritó, al tiempo que los escupía con fuerza:
—¡Transformaos!
Al punto se convirtieron en más de cien Peregrinos con sus correspondientes barras de hierro, que rodearon al monstruo con rapidez. Sobresaltado, el monstruo hubo de acudir también a sus profundos conocimientos de magia. Se volvió hacia el sudoeste, abrió tres veces la boca y sopló al suelo con todas sus fuerzas. Al instante se levantó un viento huracanado de un extraño color amarillento. Silbante y frío pareció cambiar de pronto la faz del Cielo y la Tierra. La arena que portaba actuaba como la neblina difuminando los contornos. Como un puñal penetró en los bosques y montañas, derribando pinos y cerezos, allanando cumbres y riscos, y levantando nubes de tierra y polvo. Las olas del Río Amarillo eran tan bravas que levantaban el cieno acumulado en su lecho. El Río Hsiang vio aumentar su caudal hasta extremos difíciles de imaginar. La fuerza desplegada por el huracán fue tal que hasta el Palacio de la Estrella Polar sintió sus efectos, el Salón de la Oscuridad a punto estuvo de derrumbarse, los Quinientos Arhats empezaron a gritar despavoridos y los Ocho Guardias de Aksobhya temblaron de miedo como vulgares doncellas. El león de la melena verde de Manjusri se escapó corriendo y Visvabhadra hubo de renunciar a su elefante blanco[2]. Lo mismo les ocurrió a la serpiente y a la tortuga de Chen-Wu[3] y a la asustadiza mula de Tsu-Tung[4]. Los mercaderes que se encontraban de viaje elevaron al cielo sus súplicas, mientras los marineros no dejaban de hacer costosísimas promesas. Las crestas de las olas y la fuerza de la marea jugaba con sus vidas, su fortuna y cuanto poseían. Bajo la acción del huracán las cavernas de los monstruos estaban tan oscuras como túneles y la isla de Peng-Lai había perdido su envidiable luminosidad. Lao-Tse no pudo seguir refinando el elixir de la inmortalidad y la Estrella Anciana hubo de recoger su abanico de hojas de vid. Wang-Mu se dirigía en aquel momento al Festival de los Melocotones y el viento le levantó, impúdico, la falda, antes de arruinar su peinado. No fue, sin embargo, la única en sufrir su influencia. Cuando se dirigía a Kwan-Chou, Er-Lang se perdió, a Nata le resultó imposible sacar su espada de la vaina, Li-Ching perdió la pequeña pagoda que portaba siempre en su mano, y Lu-Pan[5] hubo de desprenderse de sus herramientas de oro. Al mismo tiempo, se derrumbaron tres pisos del Templo del Trueno y el Puente de Piedra de Chao-Chou se partió en dos. Hasta el rojizo globo del sol emitía menos luz de lo habitual y las estrellas del cielo parecían haber perdido parte de su luminosidad. Los pájaros que moraban en las zonas australes volaron a las septentrionales, mientras los lagos del oriente salpicaban con sus aguas a los del occidente. Las parejas de aves fueron brutalmente separadas, poniendo fin a sus reclamos de amor. Idéntica suerte siguieron las madres y los hijos, que gritaron su desconsuelo hasta que se les quebraron las gargantas. Los Reyes Dragón recorrieron todos los océanos en busca de yaksas y los reyes del trueno se vieron obligados a recorrer distancias inmensas, recogiendo los rayos que habían perdido. Los Diez Reyes de Yama no sabían dónde hallar a sus jueces. En el corazón mismo de los Infiernos el Demonio Cabeza de Toro corría como un loco tras el de la Cara de caballo. El viento alcanzó, incluso, la Montaña Potalaka, arrebatando a la Bodhisattva Kwang-Ing un valiosísimo rollo de versos. Los capullos de los lotos blancos, brutalmente segados de sus tallos, fueron a parar lastimosamente al mar. Pero no terminaron ahí sus destrozos. De hecho, doce de los más espléndidos salones de la Bodhisattva se vinieron al suelo. Jamás se había conocido un viento como aquél desde los tiempos de Pan-Ku. Su poder destructor era tan grande que por poco no se desintegra el universo. Bajo su acción el mundo no era más que una masa que se movía sin propósito o norte alguno.
Tan violento huracán barrió a todos los pequeños Peregrinos que habían surgido de los pelos del Gran Sabio, y les mandó dando tumbos por el aire como si fueran ruecas. ¿Cómo iban a lanzarse a la refriega, si no podían sostener las barras de hierro? Al Peregrino no le quedó, pues, más remedio que volver a sacudir el cuerpo y recobrar, así, todos sus pelos. Levantó después la barra de hierro, tratando de habérselas él solo con el monstruo, pero lo único que consiguió fue recibir una bocanada de viento amarillo en pleno rostro. Sus ojos de luego y sus pupilas de diamante experimentaron entonces tal irritación que no podía mantenerlos abiertos. Wu-Kung se vio forzado, de esta forma, a admitir la derrota y abandonó apresuradamente el campo.
Chu Ba-Chie, mientras tanto, al ver que el huracán amarillo sumía el cielo y la tierra en una densa oscuridad, llevó el caballo y el equipaje a un abrigo de la montaña y se tumbó a toda prisa en el suelo. Sin atreverse a levantar la cabeza ni abrir los ojos, empezó a recitar los nombres de Buda y a hacer promesas al cielo. Se preguntó después qué tal le estaría yendo al Peregrino en la batalla y si habría liberado ya a su Maestro, pero en ese mismo momento el viento cesó y el firmamento volvió a llenarse de luz. Tímidamente levantó la cabeza y dirigió la vista hacia la entrada de la caverna. Sin embargo, no percibió el menor movimiento guerrero ni apreció sonido alguno de tambores o gongs. Pensó en llegarse hasta la cueva, pero desistió de hacerlo porque no había nadie más que pudiera ocuparse del equipaje y el caballo. Cuando más intranquilo estaba por no saber qué decisión tomar, vio aparecer por el oeste al Gran Sabio, que venía haciendo toda clase de ruidos. Ba-Chie se inclinó ante él y exclamó:
—¡Menudo huracán! ¿Se puede saber dónde has estado todo este tiempo?
—Terrible en verdad —reconoció el Peregrino—. Jamás había visto en mi vida nada igual. El monstruo me atacó con un tridente de acero y yo me defendí con mi barra de hierro. Durante más de treinta asaltos medimos nuestras fuerzas, sin que ninguno de los dos pudiera arrogarse una clara ventaja. Viendo que la cosa iba para largo, decidí valerme de la magia del cuerpo detrás del cuerpo. Al verse rodeado, sintió pánico y produjo ese huracán formidable que tú mismo acabas de presenciar. Su fuerza era tan sobrecogedora que hube de suspender los ataques y escapar corriendo. ¡Menudo viento! Yo también tengo el poder de producirlo, pero puedo asegurarte que su poder destructor es mucho menor que el de ese monstruo.
—¿Qué te ha parecido su conocimiento de las artes marciales? —preguntó Ba-Chie.
—Aceptable —contestó el Peregrino—. Es un auténtico maestro con el tridente y no exagero lo más mínimo si te digo que casi es tan buen luchador como yo. De no haberse servido de ese viento tan destructor, le habría derrotado sin ninguna dificultad.
—Eso nos complica las cosas —comentó Ba-Chie, preocupado—, porque ¿cómo vamos a rescatar a nuestro maestro?
—Tendremos que esperar un poco más de lo previsto —respondió el Peregrino—. Me pregunto si habrá por aquí cerca algún médico de ojos que pueda echar un vistazo a los míos.
—¿Se puede saber qué es lo que les pasa? —volvió a preguntar Ba-Chie.
—Ese monstruo me echó en el rostro una bocanada de aire y los tengo tan irritados que no paran de llorarme —explicó el Peregrino.
—Es mejor que no pensemos en médicos —le aconsejó Ba-Chie—. Nos hallamos en el corazón de una montaña y se está haciendo tarde. Lo malo es que ni siquiera disponemos de un lugar para pasar la noche.
—Eso no es problema —dijo el Peregrino—. Dudo que ese monstruo se atreva a hacer daño a nuestro maestro. Volvamos, por tanto, al camino principal y busquemos una casa en la que alojarnos. En cuanto se haga de día mañana, podemos volver a enfrentarnos con el monstruo.
—Tienes razón —reconoció Ba-Chie y, agarrando el equipaje, regresaron al camino.
El crepúsculo se iba diluyendo poco a poco y, mientras caminaban, empezaron a oír ladridos de perros, que parecían provenir de la vertiente sur de la montaña. Se detuvieron y vieron una pequeña alquería, en la que se apreciaba el tímido parpadeo de unas cuantas antorchas. Sin preocuparse por hallar un sendero, se dirigieron directamente hacia ella, no tardando en llegar ante sus puertas. La casa, toda ella construida en piedra, mostraba el inflexible paso del tiempo en el color grisáceo de sus muros y en su pátina de líquenes y musgo. Muy cerca se veía la tenue luminosidad de las luciérnagas, contrapunto de luz en un paisaje cubierto totalmente de sombras. El bosque cercano se presumía impenetrable, aunque el aroma de las orquídeas y el bambú recién plantado constituía una invitación a adentrarse en él. Un arroyuelo de aguas cristalinas fluía al otro lado de la alquería, alrededor de la cual se alzaban, orgullosos, incontables cedros centenarios. Aquél era un lugar apartado, al que muy raramente se acercaban los caminantes. Justamente delante de la puerta se veía un cantero de plantas silvestres en flor. No atreviéndose a entrar sin llamar, el Peregrino y Ba-Chie alzaron la voz, diciendo:
—¡Abrid! ¿Es que no hay nadie ahí dentro?
Al punto apareció un anciano rodeado por un grupo de granjeros jóvenes armados con rastrillos, horcas y bieldas, que les preguntaron de mala manera:
—¿Quiénes sois y qué queréis?
—Nosotros —respondió el Peregrino, inclinándose— somos discípulos de un monje santo procedente de la Gran Nación de los Tang, al este de aquí. Nos dirigimos hacia el Paraíso Occidental en busca de las escrituras de Buda y, al pasar por estas altitudes, nuestro maestro tuvo la mala fortuna de caer en poder del Rey del Viento Amarillo. Todavía no hemos podido rescatarle, pero, como se estaba haciendo de noche, decidimos aplazar la búsqueda hasta mañana y buscar un lugar en el que pasar la noche. Esperamos que nos permitáis hacerlo bajo vuestro techo.
—Disculpadnos por salir a recibiros de esta forma —dijo el anciano, devolviéndoles el saludo—. Éste es el lugar en el que las nubes son más abundantes que las personas y, al oíros llamar a la puerta temimos que pudiera tratarse de un zorro, un tigre o algún bandido de la montaña. Ése es el motivo por el que hemos aparecido armados hasta los dientes. Pasad, por favor, pasad.
Los monjes no esperaron a que se lo dijeran por segunda vez para meter el caballo y el equipaje. Tras atar al animal, saludaron nuevamente al anciano y tomaron asiento. Un sirviente entrado en años les sirvió el té y les ofreció a continuación unos cuantos cuencos de arroz con semillas de sésamo[6]. En cuanto hubieron dado cuenta de vianda tan singular, el anciano ordenó a los criados que prepararan las camas, pero el Peregrino dijo:
—Todavía es un poco pronto para echarnos a dormir. ¿Hay por aquí cerca alguien que venda medicina para los ojos?
—¿Quién de vosotros padece una afección ocular? —preguntó el anciano.
—A decir verdad —contestó el Peregrino—, los que hemos renunciado a la familia raramente caemos enfermos. De hecho, ésta es la primera vez que tengo los ojos malos.
—¿Qué les ha pasado? —volvió a preguntar el anciano.
—Muy sencillo —explicó el Peregrino—. Mientras trataba de rescatar a mi maestro delante mismo de la Caverna del Viento Amarillo, el monstruo me echó en el rostro una bocanada de aire, que me irritó los ojos. Desde entonces no me han parado de llorar y ése es el motivo por el que quiero encontrar algún remedio para ellos.
—¡Santo cielo! —exclamó el anciano—. ¿Cómo es posible que un monje tan joven como tú mienta de una forma tan descarada? Los huracanes producidos por el Rey del Viento Amarillo son terribles y no tienen ni punto de comparación con los vientos primaverales u otoñales, los que azotan los pinos o el bambú, y los que soplan desde los cuatro puntos cardinales.
—Me figuro que son capaces de destrozar el cerebro, hacer llorar a las cabras y hasta producir dolor de cabeza. ¿No es así? —preguntó Ba-Chie.
—No, no —negó el anciano—. A sus huracanes se les conoce por el nombre de Viento Sagrado de Samadhi.
—¿Puedes explicarnos cómo es? —le sugirió el Peregrino.
—Ese viento —empezó diciendo el anciano— puede oscurecer el Cielo y la Tierra y hacer temblar tanto a los dioses como a los espíritus. Es tan destructor que reduce a polvo las rocas. Ningún hombre es capaz de hacerle frente. Si de verdad te hubieras topado con él, a estas horas no estarías vivo. Únicamente podrías salir con vida, si fueras un inmortal.
—Exacto! —admitió el Peregrino—. Es posible que yo no sea un inmortal, pero le va a costar bastante acabar conmigo. De todas formas he de reconocer que ese viento me ha afectado de alguna manera a los ojos.
—Vamos —concluyó el anciano—, que poderes no te faltan. Por eso lamento todavía más que no haya ningún doctor en nuestra región. De todas formas, yo soy una persona a la que le lloran los ojos cuando el viento me da de frente, y una vez me encontré con un hombre excepcional que me recomendó un remedio bastante eficaz. Lleva el nombre de las tres flores y las nueve simientes y es capaz de curar todas las dolencias oculares producidas por el viento.
Al oír eso, el Peregrino inclinó la cabeza y dijo con inesperada humildad:
—Desearía poder probarlo. ¿Os importaría prestarme un poco de ese ungüento?
El anciano accedió a su petición y se retiró a una de las habitaciones interiores de la casa. No tardó en aparecer con un frasco de cornalina. Lo destapó y, valiéndose de una pequeña varilla de jade, extendió un poco de la pócima que contenía por los ojos del Peregrino. Le recomendó que los mantuviera cerrados toda la noche y que tratara de descansar cuanto pudiera. Si así lo hacía, podía estar seguro de que a la mañana siguiente sus ojos recobrarían su perdida lozanía. Dicho eso, el anciano volvió a coger el frasco y se retiró con sus criados. Ba-Chie hizo la cama y pidió al Peregrino que se acostara. Fiel a los consejos del anciano, Wu-Kung no se atrevió a abrir los ojos y se movió por la habitación tanteando con las manos extendidas. Al verlo, Ba-Chie soltó la carcajada y preguntó:
—¿Dónde habéis dejado el bastón, señor?
—¡Maldito estúpido! —protestó el Peregrino—. ¿Acaso crees que estoy ciego? Nunca sospeché que te gustara tanto hacer de lazarillo.
El Idiota se rió por lo bajo cuanto quiso y, al fin, se quedó dormido. El Peregrino, por su parte, se sentó en el colchón y empezó a hacer los ejercicios que le ayudaban a mantener sus poderes mágicos. Esas prácticas le mantuvieron despierto hasta poco después de la tercera vigilia. Pronto se echó encima la hora quinta y el oriente comenzó a teñirse de luz. Tras restregarse la cara con las dos manos, el Peregrino abrió los ojos y exclamó, aliviado:
—¡Esa medicina es realmente fantástica! ¡Ahora veo cien veces mejor que antes!
Se dio media vuelta y comprobó, sorprendido, que no había ni alquería ni habitación alguna, sino simplemente unas cuantas acacias y algún que otro sauce. Tanto él como Ba-Chie yacían en una pradera. Justamente entonces el Idiota empezó a despertarse y preguntó con voz somnolienta:
—¿Se puede saber por qué estás metiendo tanto ruido?
—Abre los ojos y míralo tú mismo —le aconsejó el Peregrino.
Ba-Chie levantó la cabeza y comprobó, atónito, que la casa había desaparecido. Pese a todo, se puso en pie de un salto y exclamó, visiblemente preocupado:
—¿Dónde está el caballo?
—¿No lo ves allí atado a un árbol? —contestó el Peregrino.
—¿Y el equipaje? —insistió Ba-Chie en el mismo tono.
—Está a tu cabecera —volvió a responder el Peregrino—. Parece que el ciego eres tú.
—¡Cuidado que es rara la familia que anoche nos ofreció hospedaje! —exclamó Ba-Chie—. Si pensaban cambiarse de casa, deberían habérnoslo dicho y nosotros les habríamos regalado algo de té y unas cuantas frutas. Me figuro que tenían algo que ocultar y huyeron a toda prisa por temor a que pudiéramos delatarles. Si no, no me explico la rapidez con la que han actuado. De todas formas, hemos debido de dormir como muertos. ¿Cómo es posible que no hayamos oído nada, mientras ellos desmantelaban toda la casa?
—¡Deja de decir tonterías de una vez! —le instó el Peregrino—. Vete a aquel árbol de allí y echa un vistazo a ver lo que dice el papel que hay pegado en su tronco.
Ba-Chie así lo hizo y comprobó que se trataba de un poema de cinco líneas, que decía:
Ésta, que humilde morada parece, no lo es en absoluto. Los Guardianes de la Ley levantaron esta alquería, para poner en vuestras manos el bálsamo maravilloso que curara vuestras heridas. No temáis y haced cuanto esté de vuestra mano para derrotar a la bestia.
—Qué bandada de dioses caprichosos! —exclamó el Peregrino, malhumorado—. No he vuelto a solicitar su ayuda desde que convirtieron el dragón en un caballo. Se conoce que no les ha gustado mi actitud y han empezado a jugar conmigo.
—Deja de dártelas de grande, por favor —le pidió Ba-Chie—. ¿Cómo van a acudir los dioses en tu ayuda cuando se lo pidas? ¿Tan importante te crees?
—Tú no estás al tanto de ello —explicó el Peregrino—. Pero la verdad es que la Bodhisattva ordenó a los Dieciocho Protectores de los Monasterios, a los Seis Dioses de la Luz y a los Seis de las Tinieblas, a los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales, y a los Cuatro Centinelas que protegieran en todo momento a nuestro maestro. Ellos mismos me revelaron sus identidades, pero, como acabo de decirte, desde que estás con nosotros no he vuelto a servirme de ellos.
—Si su misión es la de proteger en secreto a nuestro maestro, es natural que no se hayan dado a conocer —concluyó Ba-Chie—. De ahí que se hayan sacado de la manga la alquería que vimos anoche. No te enfades con ellos. Después de todo, te curaron los ojos y nos dieron una buena cena. Podemos decir, por tanto, que han cumplido al pie de la letra su misión. ¿A qué viene criticar su modo de actuar? En vez de hablar, lo que debemos hacer es ir a salvar cuanto antes a nuestro maestro.
—Tienes razón —reconoció el Peregrino—. Este lugar no está lejos de la Caverna del Viento Amarillo. Tú quédate aquí cuidando del caballo y el equipaje, mientras yo me acerco a ver qué tal sigue nuestro maestro. Después podemos enfrentarnos los dos a la bestia.
Excelente idea —dijo Ba-Chie—. Lo primero que tenemos que averiguar es si el maestro sigue vivo o ha muerto ya. Si ha abandonado este mundo, lo mejor que podemos hacer es dedicarnos a nuestros propios asuntos. Si, por el contrario, aún está vivo, debemos poner todo cuanto esté de nuestra parte por liberarle. Que nadie pueda acusarnos después de haber faltado a nuestras responsabilidades.
—¿Se puede saber cuándo vas a dejar de decir tonterías? —le echó en cara el Peregrino—. Déjame pasar, anda.
De un salto se llegó hasta la entrada de la caverna, encontrando la puerta cerrada y a todos sus moradores profundamente dormidos. Sin hacer el menor ruido, por temor a despertarlos, hizo un signo mágico recitó su correspondiente conjuro y, con una leve sacudida del cuerpo se convirtió en un mosquito diminuto y delicado. De todo ello tenemos un poema, que afirma:
Aunque su cuerpo es llamativamente pequeño, posee un aguijón muy afilado y un zumbido que recuerda el terrorífico rolar del trueno. Experto en meterse por la tupida red de la gasa de los mosquiteros, precisa de un ambiente caluroso y húmedo. Sus únicos temores estriban en el humo del incienso y en el rápido batir de los abanicos. Las luces y lámparas le atraen como a un avaro el oro, y, pese a su frágil apariencia, posee una extraordinaria inteligencia y una asombrosa rapidez de movimientos. Así, no encuentra obstáculo alguno para adentrarse en la caverna de una bestia.
El demonio que supuestamente debería ocuparse de la vigilancia de la puerta yacía dormido en el suelo, roncando sonoramente. El Peregrino le picó en la cara, obligándole a darse la vuelta y a exclamar, medio despierto:
—¡Menudo mosquito! Con una picadura me ha hinchado toda la cara —abrió del todo los ojos y añadió, sobresaltado—: ¡Arrea, si es ya de día!
En aquel mismo momento se oyó un crujido y se abrió una segunda puerta. El Peregrino aprovechó la ocasión y se coló a toda prisa por ella. El monstruo estaba recomendando a todos sus subordinados que pusieran especial cuidado en mantener bien vigiladas todas las entradas, mientras preparaban las armas.
—Si el huracán de ayer no terminó con ese Peregrino Sun —concluyó diciendo—, seguro que vuelve hoy otra vez. Pero no os preocupéis, porque, en cuanto llegue, acabaremos con él.
El Peregrino continuó volando y llegó a la parte de atrás de la caverna, donde se topó con una puerta cerrada a cal y canto. Metiéndose a duras penas por una rendija que había en ella, descubrió que conducía a un espléndido jardín, en cuyo centro estaba el monje Tang atado a un poste. El maestro no paraba de llorar, preguntándose dónde podrían estar Wu Kung y Wu-Neng. El Peregrino detuvo al punto su vuelo y, posándose en su calva, dijo:
—¡Maestro!
—¿En dónde te escondes, Wu-Kung? —preguntó Tripitaka, reconociendo su voz—. Llevo pensando en ti yo qué sé la de tiempo. ¿Puedes decirme dónde estás?
—En vuestra cabeza —contestó el Peregrino—. Calmaos y dejad de preocuparos. Antes de liberaros es preciso que capturemos al monstruo.
—¿Has calculado cuándo podrás hacerlo? —volvió a preguntar el monje Tang.
—Ba-Chie ha dado ya muerte al Tigre que os raptó —explicó el Peregrino—. Pero ese monstruo no es tan fácil de dominar, porque posee la poderosa arma de su aliento. De todas formas, espero poder darle caza hoy mismo. Tranquilizaos y dejad de llorar. Ahora tengo que marcharme —y se dirigió volando hacia la parte delantera de la cueva.
El monstruo estaba sentado en un lugar destacado, pasando revista a los comandantes de sus ejércitos. En esto, entró corriendo un demonio, que informó, muy alterado:
—Estaba patrullando la montaña, cuando, de pronto, me topé con un monje que tenía un morro muy largo y unas orejas enormes. Estaba sentado en el bosque, no lejos de aquí. Si no llego a darme prisa, seguro que me habría echado mano. De todas formas, no vi por ninguna parte al mono peludo que vino ayer.
—Eso quiere decir —concluyó el monstruo— que, bien el huracán mató al Peregrino Sun, o bien ha ido en busca de ayuda.
—Sería de desear que estuviera muerto —comentó uno de los demonios—. Sin embargo, supongamos que no lo está. ¿Qué haremos, si logra traer consigo a un grupo de guerreros celestes?
—Yo no tengo miedo a esos desarrapados —se burló el monstruo—. Únicamente el bodhisattva Ling-Chi puede hacer frente a mi viento. Los demás son incapaces de hacernos el menor daño.
El Peregrino se encontraba justamente encima de él, colgado de una viga, y se alegró sobremanera de escuchar semejante confesión. Inmediatamente salió volando de la caverna y, tras adquirir su forma habitual, se dirigió al lugar donde había dejado a Ba-Chie.
—¿Dónde te habías metido? —le preguntó éste, muy excitado—. Acabo de toparme con un monstruo, al que he perseguido sin lograr echarle mano.
—Te agradezco tu ayuda —dijo el Peregrino sonriendo—. Con el fin de entrar en la cueva y ver qué tal le iba a nuestro maestro, me convertí en un mosquito. Pude, así, verle atado a un poste del jardín llorando amargamente su suerte. Tras aconsejarle que no se rindiera a la desesperanza, volví al salón en el que estaban reunidos el monstruo y los suyos, para espiar. Al poco de mi llegada apareció, jadeando un pequeño demonio, el cual informó que habías tratado de darle caza, pero no había ni rastro de mí. El monstruo concluyó que mi ausencia obedecía a dos posibles causas: bien me había dado muerte el huracán o bien había ido en busca de ayuda. Después, sin que nadie se lo preguntara, dijo algo francamente fantástico.
—¿A qué te refieres? —preguntó, una vez más, Ba-Chie.
—El muy engreído —contestó el Peregrino— afirmó que no temía a ningún guerrero celeste, porque el único capaz de hacer frente al huracán de su aliento es el bodhisattva Ling-Chi. El problema es que no sé dónde vive ese monje.
Mientras hablaban, vieron acercarse a un anciano con paso ligero. A pesar de lo avanzado de su edad, poseía una robusta constitución que le hacía prescindir de bastón alguno para caminar. Su pelo y su barba eran tan blancos que parecían estar hechos de copos de nieve. Aunque no había duda alguna sobre la fortaleza de su espíritu, sus ojos daban la impresión de estar un tanto apagados. Su figura, de todas formas, denotaba una gran decisión, cualidad que cuadraba perfectamente con lo enjuto y membrudo de su cuerpo. Sus pasos eran, no obstante, muy lentos y caminaba con la cabeza agachada, mostrando más claramente lo poblado de sus cejas y el color rosáceo, juvenil totalmente, de su rostro. Quien le viera no podía dudar que se trataba de un hombre, aunque en realidad no era otro que la mismísima Estrella de la Vida Perdurable. Al verle, Ba-Chie dio un codazo al Peregrino y le dijo:
—Como muy bien reza el proverbio, «el que desconoce la dirección debe preguntársela a un caminante». ¿Por qué no abordas a ese anciano y le interrogas sobre lo que desees saber?
El Gran Sabio dejó a un lado la barra de hierro, se arregló las ropas lo mejor que pudo y, acercándose al anciano, dijo:
—Aceptad mis más humildes respetos.
El anciano hizo un gesto de desagrado y devolvió el saludo a regañadientes, preguntándole:
—¿De dónde eres y qué estás haciendo en un lugar tan salvaje y apartado como éste?
—Nosotros —le explicó el Peregrino con respeto— somos monjes que nos dirigimos hacia el Oeste en busca de escrituras sagradas. Precisamente en este mismo lugar perdimos ayer a nuestro maestro, y necesitamos saber dónde vive el bodhisattva Ling-Chi, para poder liberarle. ¿Conocéis vos su dirección?
—Ling-Chi tiene su residencia a seis mil kilómetros al sur de aquí —respondió el anciano—, en una elevación conocida como el Monte Sumeru. En ella está enclavado el Monasterio de la Verdad, un lugar en el que el Bodhisattva imparte sin cesar sus enseñanzas. No hay sitio mejor para acudir en busca de escrituras. Vuestro viaje ha tocado, pues, a su fin.
—Mucho nos tememos que no es así —replicó el Peregrino—. De todas formas, no disponemos de tiempo para explicaciones. ¿Podríais indicarme cómo llegar hasta ese lugar?
—Sigue ese sendero —contestó el anciano, señalando hacia el sur con la mano.
—El Gran Sabio movió ligeramente la cabeza y el anciano aprovechó su distracción para convertirse en una brisa ligera y desaparecer sin dejar rastro. Al lado del camino, no obstante, apareció un trozo de papel en el que aparecían escritos los siguientes versos:
Permítasenos aclarar al Gran Sabio, Sosia del Cielo, que el anciano con el que acaba de toparse no es otro que el Inmortal Li. Es preciso que sepa, además, que en el Monte Sumeru se encuentra el Bastón del Dragón Volador, un arma invencible que Ling-Chi recibió hace ya muchos años de manos del propio Buda.
Tras leerlo con sumo cuidado, el Peregrino regresó al lado de Ba-Chie, que comentó, un tanto desanimado:
—Últimamente nuestra suerte no ha sido muy buena que digamos. Llevamos dos días topándonos con espíritus a plena luz. ¿Se puede saber quién era ese anciano que acaba de convertirse en brisa?
El Peregrino le entregó la hoja de papel y Ba-Chie volvió a preguntar:
—¿Quién es ese Inmortal Li?
—Es uno de los nombres por los que es conocido el Planeta Venus del Oeste.
—¡Es mi principal benefactor! —exclamó Ba-Chie, inclinándose ante el cielo—. Si no llega a ser porque la Estrella de Oro intercedió en mi familia ante el Emperador de Jade, ahora no estaría aquí.
—Vamos, vamos —le dijo en seguida el Peregrino—. Está bien que te muestres agradecido, pero no deberías exponerte tan fácilmente a los posibles ataques de nuestros enemigos. Escóndete entre los árboles y vigila el equipaje y el caballo. Yo voy a llegarme hasta el Monte Sumeru a solicitar la ayuda del Bodhisattva.
—Si ése es tu deseo… —replicó Ba-Chie—. Márchate cuanto antes y no te preocupes por mí. Domino a la perfección la táctica de la tortuga: cuando no hay necesidad de sacar la cabeza, lo mejor es mantenerla dentro.
De un salto el Gran Sabio montó en una nube y se dirigió hacia el sur. Su velocidad era tanta que, antes de que hubiera sacudido un poco la cabeza, había recorrido ya seis mil kilómetros, distancia que se multiplicó por tres en cuanto hubo sacudido imperceptiblemente el torso. No tardó, pues, en ver una montaña muy alta envuelta en un manto de neblina y nubes sagradas. En un lugar protegido de la misma se levantaba un templo, del que salía el armonioso sonido de las campanas y gongs, acompañado por las caprichosas volutas del incienso. Al acercarse a la puerta, el Gran Sabio vio a un taoísta con un collar alrededor del cuello que no paraba de recitar los nombres de Buda. Llegándose hasta él, el Peregrino dijo:
—Recibid mi humilde saludo.
—¿De dónde venís, hermano? —preguntó el Taoísta, devolviéndole respetuosamente el saludo.
—¿Es aquí donde expone sus doctrinas el bodhisattva Ling-Chi? —inquirió, a su vez, el Peregrino.
—Así es —reconoció el Taoísta—. ¿Deseáis hablar con alguien?
—Os estaría muy agradecido, si tuvierais la delicadeza de anunciarme —respondió el Peregrino—. Soy discípulo de Tripitaka, Maestro de la Ley y hermano del Gran Emperador de los Tang, de las Tierras del Este. Aunque en un tiempo fui conocido como Sun Wu-Kung, el Gran Sabio, Sosia del Cielo, ahora me llamo simplemente el Peregrino. Tened por seguro que, si no tuviera un asunto muy importante que tratar con el Bodhisattva, jamás habría osado venir a solicitarle una audiencia.
—Me temo —dijo el Taoísta, sonriendo tímidamente— que me habéis ofrecido una presentación demasiado larga para mi frágil memoria. Lo lamento, pero no podré recordar cuanto me habéis dicho.
—En ese caso —le tranquilizó el Peregrino—, decid simplemente que acaba de llegar Sun Wu-Kung, el discípulo del monje Tang.
El Taoísta no tuvo dificultades en memorizar ese nombre y corrió al salón de las enseñanzas a anunciar su llegada al Bodhisattva, que se cambió inmediatamente de túnica y ordenó quemar un poco más de incienso en deferencia a tan digno visitante. Impaciente, el Gran Sabio se llegó hasta la puerta y atisbo con cuidado por una rendija. El salón era francamente magnífico. Adondequiera que se dirigiera la vista se veían bordados y sedas, que otorgaban a todo el conjunto un aspecto de solemnidad y grandeza. Mientras los discípulos recitaban el Sutra del Loto, el maestro que los guiaba golpeaba suavemente el gong de oro. Delante de la imagen de Buda aparecían ofrendas de frutas y flores inmortales, junto con viandas y caprichos vegetarianos. Las llamas de los candelabros eran tan brillantes como arco iris que quisieran competir en belleza con el humo de color jade del aromático incienso. En un ambiente tan sereno era fácil asimilar las enseñanzas y después meditar sobre ellas, caminando por entre los pinos que rodeaban el monasterio. Una vez muerto Mará, la espada de la sabiduría retornó lentamente a su vaina. Su envidiable perfección reinaba de una forma admirable en aquella selecta asamblea.
El Bodhisattva se estiró las ropas antes de dar la bienvenida al Peregrino, que tomó el asiento de los invitados. Casi inmediatamente se le ofreció un vaso de té, pero él lo rechazó, diciendo:
—No dispongo de mucho tiempo. La vida de mi maestro corre un grave peligro en la Montaña del Viento Amarillo. Ése es el motivo por el que me he atrevido a venir a pediros que hagáis uso del extraordinario poder de vuestro dharma, con el fin de derrotar a la bestia que le tiene encarcelado.
—Una petición muy justa —reconoció el Bodhisattva—. El mismo Tathagata me ha ordenado llamar al orden al Monstruo del Viento Amarillo. Para ello me ha entregado una perla capaz de detener toda clase de vientos y un bastón conocido como del dragón volador. Hace muchos años me valí de ellos para poner fin a sus destructoras correrías. Si entonces no acabé con su vida fue porque él mismo prometió retirarse a la montaña que ahora habita y no volver a matar a nadie. Lo que menos me esperaba, por tanto, es que fuera a secuestrar a tu maestro y a empezar a transgredir la ley. He de reconocer que fui un ingenuo al confiar en la palabra de un monstruo.
El Bodhisattva insistió en que le fuera servido al Peregrino algo de comer pero éste lo rechazó una vez más, habida cuenta del peligro que corría su maestro. Al Bodhisattva no le quedó, pues, más re medio que tomar el Bastón del Dragón Volador y elevarse por las nubes en compañía del Gran Sabio. En un abrir y cerrar de ojos llegaron a la Montaña del Viento Amarillo y el Bodhisattva le dijo al Peregrino:
—Creo que lo mejor será que me quede aquí arriba, mientras tú vas a retarle. Me tiene tanto miedo que, si me ve, no se atreverá a salir. Es esencial sacarle de su guarida para que yo pueda ejercer mi poder.
El Peregrino aceptó la sugerencia y descendió al punto de la nube. Sin esperar a ser anunciado, cogió la barra de hierro y destrozó con ella la puerta de la cueva, mientras gritaba acalorado:
—¡Devuélveme inmediatamente a mi maestro, monstruo maldito!
Los demonios encargados de proteger la caverna estaban tan aterrados que corrieron a informar a su señor, diciendo:
—El mono ha hecho añicos nuestras defensas.
—Se ve que esa bestia no tiene ni idea de la etiqueta —comentó el monstruo, malhumorado—. En vez de venir a provocarme, ha decidido echar abajo las puertas de mi caverna. Él se lo pierde, porque, por maleducado, voy a destrozarle con mi viento sagrado.
De nuevo se puso la armadura y echó mano del tridente. Al ver al Peregrino, lanzó contra su pecho, sin previo aviso, un golpe tremendo. Afortunadamente el Gran Sabio se hizo a un lado y lo esquivó, contraatacando inmediatamente con la barra de hierro. Apenas habían luchado un par de asaltos, cuando el monstruo movió la cabeza hacia el sudoeste y llenó los pulmones de aire. En ese mismo momento el Bodhisattva arrojó desde lo alto el Bastón del Dragón Volador y recitó el correspondiente conjuro. Al instante se convirtió en un dragón de oro de ocho zarpas, con las que agarró al monstruo por la cabeza y le lanzo dos o tres veces seguidas contra las rocas del acantilado. La bestia adquirió entonces la forma que le era habitual y se transformó en un visón de pelaje rojizo. El Peregrino levantó la barra de hierro con ánimo de rematarle, pero el Bodhisattva se lo impidió, gritando:
—No le hagas ningún daño, porque tengo que conducirle ante Tathagata. Como tú mismo puedes ver, este monstruo no era más que un vulgar roedor de la Montaña del Espíritu que llegó a conocer la luz del Tao. Pero no pudo dominar del todo su natural salvaje y robó un poco del aceite puro que contiene el cáliz de cristal. Temiendo ser apresado por los vajra, huyó de allí a toda prisa. Tathagata opinó, sin embargo, que no era reo de muerte y me encargó traerle a esta región. Lo que nadie sospechaba es que fuera a enfrentarse contigo y tratara de devorar al monje Tang. Con ello su culpabilidad ha quedado definitivamente establecida y es preciso, por tanto, que Tathagata emita su sapientísima sentencia.
El Peregrino apenas tuvo tiempo de mostrar su agradecimiento al Bodhisattva. En cuanto hubo acabado de hablar, se elevó por los aires y se dirigió hacia el oeste. Ajeno a todo esto, Chu Ba-Chie estaba preguntándose qué tal le habría ido al Peregrino, cuando oyó que alguien le llamaba, diciendo:
—Trae el caballo y el equipaje, hermano Wu-Neng.
Reconociendo inmediatamente la voz del Peregrino, el Idiota corrió hacia la arboleda y le preguntó:
—¿Qué tal te ha ido todo?
—Invité a venir al bodhisattva Ling-Chi y él mismo se ha encargado de capturar al monstruo con el Bastón del Dragón Volador —contestó el Peregrino—. La bestia no era más que un pequeño visón rojizo que llegó a alcanzar la perfección. Por eso, el Bodhisattva ha querido llevarle a la Montaña del Espíritu, para que Tathagata decida sobre su suerte. Vamos a la caverna a liberar a nuestro maestro.
El Idiota estaba encantado. En compañía del Peregrino, se lanzó a la conquista de la caverna, matando a todas las liebres, raposas y ciervos que se pusieron en su camino. Sin pérdida de tiempo se llegaron hasta el jardín de la parte de atrás y liberaron, por fin, a su maestro, que les preguntó, mientras salían:
—¿Cómo os las habéis arreglado para capturar al monstruo?
El Peregrino relató entonces cómo había acudido al Bodhisattva en busca de ayuda y el maestro se lo agradeció de todo corazón. En la caverna encontraron algo de comida vegetariana y dieron buena cuenta de ella acompañándola con arroz y té. Después de comer se pusieron nuevamente en camino hacia el Oeste. No sabemos qué ocurrió a continuación. Quien quiera averiguarlo deberá escuchar las explicaciones que se ofrecen en el próximo capítulo.