CAPÍTULO II
En cuanto hubo recibido su nuevo nombre, el Hermoso Rey de los Monos se puso a saltar, loco de alegría, inclinándose repetidas veces ante Subodhi en señal de agradecimiento. El Patriarca ordenó a los allí reunidos que sacaran a Sun Wu-Kung y le enseñaran a humedecer con agua la tierra y el polvo, a hablar con propiedad y a comportarse con la cortesía exigida en un lugar como aquél. El grupo de inmortales hizo cuanto se les había pedido y Sun Wu-Kung se inclinó ante sus respetables condiscípulos, que sin pérdida de tiempo le adecentaron un lugar en el corredor para que pudiera dormir. A la mañana siguiente empezó a aprender las artes del lenguaje y la etiqueta, a memorizar escritos sagrados, a discutir sobre aspectos doctrinales, a practicar caligrafía y a quemar incienso. A esto se reducía su rutina diaria. Cuando se lo permitían sus obligaciones, barría los suelos, limpiaba de maleza el jardín, plantaba flores, podaba árboles, recogía madera, hacía fuego, iba en busca de agua y servía de beber a quienes con él vivían. No carecía absolutamente de nada y, así, sin que él mismo se diera cuenta, transcurrieron seis o siete años. Un día el Patriarca subió al estrado, tomó asiento, llamó a su alrededor a todos los inmortales y empezó a instruirlos en los principios de la gran doctrina. Sus palabras estaban tan cargadas de elocuencia que inmediatamente brotaron de la tierra lotos de oro. Con extraordinaria sutileza expuso la doctrina de los tres medios[3], sin omitir el más mínimo detalle. Con indescriptible elegancia movía a derecha e izquierda su abanico de rabo de ciervo[4], mientras su portentosa voz alcanzaba la altura del Noveno Cielo. A ratos disertaba sobre el Tao, para hacerlo a continuación sobre el Zen. Para él era absolutamente natural armonizar los principios de las tres escuelas[5]. Desentrañar el sentido exacto de una sola palabra podía conducir a una vida más intensa y a un conocimiento infinitamente más profundo.
Wu-Kung, que había acudido también a escuchar las enseñanzas del maestro, se sentía tan emocionado por lo que oía que empezó a rascarse la oreja y a manosearse la cara. Una sonrisa de satisfacción la cruzaba de oreja a oreja. Sin poderse contener, se puso a bailar a cuatro patas, pero el Patriarca lo vio y, levantando la voz, le preguntó de pronto:
—¿Se puede saber por qué estás saltando y bailando como un loco, en vez de escuchar lo que estoy diciendo?
—Os juro que vuestro discípulo estaba atendiéndoos respetuosamente —explicó Wu-Kung—. Pero, al oír cosas tan maravillosas como las que salían de vuestra boca, me ha sido imposible contener la alegría y he empezado a saltar y a bailar sin darme cuenta. Humildemente solicito vuestro perdón, maestro.
—Quisiera saber —replicó el Patriarca— si de verdad has entendido lo que acabo de exponer. ¿Cuánto tiempo llevas en esta cueva?
—Vuestro discípulo —respondió Wu-Kung— posee una memoria muy débil y no recuerda el número de estaciones que lleva aquí. A decir verdad, tampoco me interesa mucho. Sin embargo, puedo deciros que, cuando el fuego expira en la estufa, suelo ir a una montaña a recoger leña. Es un espléndido lugar cubierto de melocotoneros y siempre que he ido me he hartado de sus dorados frutos. Creo que en total han sido siete las veces que he hincado mis dientes en un melocotón.
—El lugar del que hablas se llama la Montaña del Melocotón Maduro —concluyó el Patriarca— y, si has comido siete veces de su fruto, quiere decir que has estado aquí por lo menos siete años. ¿Qué clase de taoísmo te gustaría aprender?
—Estoy sometido totalmente a las decisiones de mi respetable maestro —contestó Wu-Kung—. Vuestro discípulo aprenderá cuanto esté impregnado de sabor taoísta. Para él eso es lo más importante.
—Dentro de la tradición taoísta —explicó el Patriarca— existen trescientas sesenta clases diferentes que pueden conducir directamente a la Iluminación. Desconozco cuál de ellas te gustaría seguir a ti.
—Estoy sometido a la voluntad de mi respetable maestro —repitió Wu-Kung—. Para vuestro discípulo no hay virtud mayor que la obediencia.
—¿Qué te parece si te enseño la práctica de la División del Arte? —preguntó el Patriarca.
—¿Qué es eso de la División del Arte? —inquirió Wu-Kung.
—La División del Arte —explicó el Patriarca— trata de invocaciones a los inmortales, de prácticas adivinatorias basadas en el uso de tallos de diferentes plantas y del aprendizaje de los secretos que conducen a la práctica del bien y al rechazo del mal.
—¿Puede esa práctica conducir a la inmortalidad? —preguntó Wu-Kung.
—No —respondió el Patriarca.
—Entonces no la aprenderé —concluyó Wu-Kung.
—¿Qué te parece si te enseño la práctica de la División de las Escuelas? —preguntó, a su vez, el Patriarca.
—¿Qué significa la División de las Escuelas? —volvió a inquirir Wu-Kung.
—La División de las Escuelas —explicó el Patriarca— incluye las enseñanzas de los confucianos, budistas, taoístas, dualistas, mohístas y alquimistas. Todos ellos estudian escrituras y recitan plegarias. Algunos consultan a sacerdotes, mientras que otros invocan directamente a personajes del reino del espíritu.
—¿Puede esa práctica conducir a la inmortalidad? —preguntó, una vez más, Wu-Kung.
—Si lo que deseas es la inmortalidad —contestó el Patriarca—, esta práctica es como insertar una columna en el interior de un muro.
—Yo, como bien sabéis —replicó Wu-Kung, humilde—, soy una persona simple que desconoce los modos de hablar más ordinarios. ¿Podéis explicarme qué es eso de insertar una columna en el interior de un muro?
—Cuando alguien levanta un edificio y quiere que sea muy firme —dijo el Patriarca, condescendiente—, inserta columnas rectas en el interior de los muros. Pero, cuando, con el paso del tiempo, la ruina se apodera de él, la columna participa también de su inmediata destrucción.
—Lo que queréis decir con eso —concluyó Wu-Kung— es que no son, en absoluto, duraderas. No estoy muy inclinado, pues, a aprender esos principios.
—¿Qué te parece si te enseño la práctica de la División del Silencio? —sugirió, una vez más, el Patriarca.
—¿Cuál es su finalidad? —preguntó Wu-Kung.
—Cultivar el ayuno y la abstinencia, la quietud y la inactividad, la meditación y el arte de cruzar las piernas, el control del idioma y la dieta vegetariana —explicó el Patriarca—. Para su consecución se aconsejan prácticas de yoga, series de ejercicios en posición erecta o en decúbito, inmersión en un estado de absoluta quietud, meditación individual y cosas por el estilo.
—¿Puede todo ello proporcionar la inmortalidad? —insistió Wu-Kung.
—Esas prácticas en nada aventajan a la utilidad de unos ladrillos que todavía se hallan por cocer en el interior de un horno —respondió el Patriarca.
—¡Cuidado que os gusta perder el tiempo conmigo, maestro! —exclamó Wu-Kung, soltando la carcajada—. ¿No acabo de deciros que desconozco totalmente el modo de hablar de la gente ordinaria? ¿Qué queréis decir con eso de ladrillos que todavía se hallan por cocer en el interior de un horno?
—Es posible que las tejas y ladrillos que se encuentran dentro de un horno tengan ya la forma que les es propia —respondió el Patriarca—. Pero si no son purificados por el fuego, cualquier lluvia torrencial puede destruirlos el día menos pensado.
—O sea —concluyó Wu-Kung—, que carecen de consistencia. No me interesa aprender esas prácticas.
—¿Qué te parece si te enseño la práctica de la División de Acción? —sugirió, sin desanimarse, el Patriarca.
—¿Qué es eso de la División de Acción? —repitió Wu-Kung.
—Abarca infinidad de actividades —dijo el Patriarca—, entre las que cabe mencionar la recogida del yin para dar de comer al yang, el tensamiento del arco y la descarga de la flecha. Se extiende también a la experimentación con ciertas fórmulas de alquimia, la consecución de mercurio rojo, la fabricación de la piedra otoñal[6], la toma de leche de recién desposada y otras prácticas por el estilo.
—¿Pueden proporcionar una vida larga? —preguntó Wu-Kung.
—Tratar de conseguir la inmortalidad de prácticas como ésas es como mirar a la luna desde el agua —contestó el Patriarca.
—¡Dale con lo mismo, maestro! —exclamó Wu-Kung—. ¿Queréis explicarme qué es eso de mirar a la luna desde el agua?
—Cuando la luna está alta, es natural que se refleje en el agua —respondió el Patriarca—. Tratar de descubrir en ella todos sus misterios es vana ilusión, ya que no se trata más que de un puro reflejo.
—Tampoco aprenderé eso —concluyó Wu-Kung.
Cuando el Patriarca lo oyó, lanzó un grito y, dando un salto, se bajó del estrado. Apuntó a Wu-Kung con la vara que llevaba en las manos y se encaró con él, diciendo:
—¿Qué clase de mono caprichoso eres tú? ¡No me gusta aprender esto, no me gusta aprender lo otro! ¿Se puede saber qué es lo que quieres?
Se acercó aún más a él y le dio tres golpes en la cabeza. Se llevó después las manos a la espalda y abandonó el salón, cerrando las puertas tras sí y dejando fuera a los que habían acudido a escucharle. Ante tan inesperada reacción, se volvieron, furiosos, hacia Wu-Kung y empezaron a regañarle, diciendo:
—¡Maldito mono! ¡Todo lo echas a perder! ¿No puedes tener un poco más de educación? El maestro estaba dispuesto a enseñarte prácticas mágicas. ¿Por qué te has negado a aprenderlas y te has puesto a discutir con él? ¿Quién sabe, ahora que le has ofendido, cuándo volverá a salir por aquí?
Todos estaban en contra suya y le despreciaron y ridiculizaron cuanto quisieron. Wu-Kung, sin embargo, no se sintió molesto y respondió a sus insultos con la más amplia de las sonrisas. Sin que se percataran de ello, el Rey de los Monos había resuelto el misterio de la extraña conducta del maestro; de ahí que no se enfadara con ninguno de sus compañeros y mantuviera a raya su lengua. Cayó en la cuenta de que, al golpearle tres veces seguidas, el maestro le había instado a estar preparado para la tercera vigilia; al mismo tiempo, al llevarse las manos a la espalda y retirarse a sus aposentos, cerrando tras sí las puertas, le había ordenado que hiciera uso de la puerta trasera para recibir sus enseñanzas en secreto.
Wu-Kung pasó el resto del día en compañía de los otros discípulos delante de la Caverna de las Tres Estrellas, esperando ansiosamente la caída de la noche. Cuando la tarde dio, por fin, paso a las sombras, se retiró inmediatamente a descansar con los otros. No pasó mucho tiempo antes de que, tras cerrar los ojos, su respiración se hiciera regular y se quedara totalmente quieto, dando a entender, así, que estaba profundamente dormido. Como en la montaña no había ningún encargado de marcar el paso del tiempo ni la ininterrumpida sucesión de las vigilias, tuvo que fiarse de sus propios cálculos para medir el lento fluir de las horas. Para ello contó pacientemente el número de veces que sus pulmones inhalaban y exhalaban el aire. A eso de la hora de Dhzu[7], se levantó sin hacer ruido, se vistió, abrió con cuidado la puerta y salió a la serenidad de la noche. Levantó la cabeza y vio brillar a la luna y al rocío formarse, puro y frío, sobre la calma que todo lo envolvía. En el interior del bosque descansaban las solitarias lechuzas, mientras en lontananza se escuchaba el fluir gentil de una fuente. El débil titilar de las luciérnagas quebraba, con fuerza de dardos, el escudo de la oscuridad. Por entre las nubes pasaron volando caligráficas columnas de patos salvajes. Era exactamente la hora de la tercera vigilia, la más indicada para buscar la Verdad y el Camino Perfecto.
Wu-Kung se dirigió a la parte de atrás por un sendero que le era harto familiar y descubrió con indescriptible regocijo que la puerta estaba entornada.
—No me he equivocado —se dijo, fuera de sí de contento—. El maestro tiene, en verdad, la intención de transmitirme sus enseñanzas. De lo contrario, no habría dejado la puerta abierta.
De tres zancadas se llegó hasta ella y la traspuso con indescriptible cuidado. Caminó de puntillas hasta la cama del Patriarca, pero, para su sorpresa, le encontró dormido, el cuerpo hecho un ovillo y mirando hacia la pared. Wu-Kung no se atrevió a molestarle, limitándose simplemente a arrodillarse ante su cama. Al poco rato el Patriarca se despertó, estiró las piernas cuanto pudo y murmuró para sí:
—¡Qué duro es esto! ¡No hay cosa más oscura que el Camino! El elixir de oro[8] es incapaz de iluminar la más humilde de las cosas. Quien se empeña en enseñar profundos misterios a un hombre imperfecto está condenado a privar a las palabras de sentido, cansar inútilmente la boca y secar para siempre su lengua.
—Maestro —dijo Wu-Kung en seguida—, vuestro discípulo lleva mucho tiempo arrodillado, esperando a que os despertéis.
En cuanto el Patriarca oyó la voz de Wu-Kung, saltó del lecho y se vistió a toda prisa.
—¿Otra vez tú, maldito mono? —exclamó, sentándose con las piernas cruzadas—. ¿Por qué no estás descansando en la parte de delante? ¿Se puede saber qué es lo que has venido a hacer aquí?
—Ayer —contestó Wu-Kung— vos mismo, delante del estrado y en presencia de todos vuestros discípulos, me mandasteis que, a eso de la tercera vigilia, viniera por la puerta de atrás para ser instruido en los misterios del Tao. Si no llega a ser por eso, ¿cómo iba a haberme atrevido a llegar hasta vuestra cama?
Cuando el Patriarca lo oyó, se sintió muy satisfecho y se dijo:
—Este tipo pertenece, en verdad, a la progenie del Cielo y la Tierra. De lo contrario, ¿cómo ha podido enterarse tan claramente de mis intenciones?
—A excepción de vuestro humilde discípulo —insistió Wu-Kung—, no hay aquí nadie más. ¿Por qué no sois bondadoso conmigo y me enseñáis el camino que conduce a la vida sin fin? Si así lo hacéis, jamás olvidaré tan inmenso favor.
—Haber solucionado tan rápidamente el enigma que te propuse es una indicación clara de que has sido elegido para dominar el misterio que tanto te desazona —afirmó el Patriarca—. Me siento orgulloso de poder transmitírtelo. Acércate y escucha con cuidado. Voy a enseñarte el extraordinario camino de la vida sin fin.
Wu-Kung tocó varias veces seguidas el suelo con la frente en señal de gratitud, se lavó los oídos y, arrodillándose ante la cama, se dispuso a escuchar lo más atentamente que pudo.
—Aprende bien el secreto de esta fórmula a la vez maravillosa y verdadera: fortalece y haz uso de las fuerzas vitales; en eso radica todo. El poder absoluto reside en el semen, el aliento y el espíritu. Cuida de ellos con sumo celo y total seguridad; que no haya en ti el menor escape de esas fuerzas. ¡Evita, ante todo, que se dispersen! ¡Mantenías siempre firmes en el interior de tu cuerpo! Haz tuya mi enseñanza y el Camino se desarrollará por sí mismo dentro de ti. No eches en saco roto las fórmulas verbales, tan eficaces a la hora de dominar la concupiscencia y de conducirte al reino de la pureza, donde la luz es absolutamente brillante. Entonces podrás encaminarte hacia el estrado sobre el que descansa el elixir y te será dado disfrutar de la luna[9]. La luna sostiene el conejo de jade y el sol obliga a esconderse al gallo. La serpiente y la tortuga[10] se enlazan con firmeza, ¡se entrelazan como si entre ellos no existiera la distancia! Férreas son las fuerzas vitales. Cuando seas capaz de mantenerlas unidas en tu cuerpo, podrás plantar lotos de oro en el interior de las llamas. ¡Reúne y haz uso inverso de las Cinco Fases[11]! Cuando lo hayas logrado, serás, según tu conveniencia, un buda o un inmortal.
En aquel mismo instante le fue revelado a Wu-Kung el misterio de los orígenes. Su mente se llenó del espíritu y la felicidad descendió sobre él. Anotó cuidadosamente en su memoria todas las fórmulas verbales que le habían sido confiadas y, tras inclinarse ante el Patriarca, tocando repetidamente el suelo con la frente en señal de gratitud, salió de su aposento por la puerta de atrás. Vio entonces que la porción oriental del cielo estaba empezando a llenarse de luz, aunque aún eran visibles los rayos de oro que provenían de la Vía Láctea. Siguiendo el mismo camino que había hollado horas antes, volvió a la parte de delante, abrió con cuidado la puerta y, sin hacer el menor ruido, se coló dentro. Se sentó después en su cama y, echando a un lado las mantas, empezó a gritar:
—¡Es de día ya! ¡Vamos! ¡Hay que levantarse!
Todos estaban profundamente dormidos y ninguno se enteró de que Wu-Kung había recibido tan extraordinaria revelación. Él mismo contribuyó a confundirlos haciendo el tonto cuanto pudo después de levantarse. Pero no echó en saco roto lo que había aprendido en secreto, practicando series de ejercicios respiratorios antes de la hora de Dhzu y después de la de Wu[12].
De esta forma, pasaron tres años, al cabo de los cuales el Patriarca subió de nuevo al estrado y empezó a adoctrinar a su nutrido número de discípulos. En esta ocasión disertó sobre las parábolas y las discusiones escolásticas, prestando, al mismo tiempo, especial atención a la tupida red de interrelaciones de la conducta externa. Cuando más embebido parecía estar con ese tema, se detuvo de pronto y preguntó:
—¿Se puede saber dónde está Wu-Kung?
—Aquí, maestro —respondió él, acercándose al estrado y poniéndose de rodillas.
—¿Qué tipo de arte has estado practicando últimamente? —volvió a preguntar el Patriarca.
—Vuestro discípulo —contestó, una vez más, Wu-Kung— ha empezado recientemente a captar la naturaleza de todo cuanto existe, poniendo, así, firmes cimientos a su interminable edificio de conocimiento.
—Si en tu búsqueda de los orígenes has penetrado ya en la naturaleza del dharma —afirmó, maravillado, el Patriarca—, quiere decir que, de hecho, te hallas dentro de la substancia divina. Sin embargo, debes precaverte contra el peligro de las tres calamidades.
Al oír eso, Wu-Kung se puso a meditar y tras larga deliberación se atrevió, por fin, a decir:
—Me temo que vuestras palabras no son del todo exactas, ya que he oído decir con cierta frecuencia que quien es versado en el conocimiento del Tao y sobresale en la práctica de la virtud posee la misma edad que los Cielos, el fuego y el agua no pueden hacerle el menor daño y se encuentra totalmente libre de enfermedades. Si esto es así, ¿cómo es posible que aún corra el peligro de las tres calamidades?
—Lo que has aprendido no es magia ordinaria —contestó el Patriarca—. Lo que tú has hecho ha sido apoderarte de los mismísimos poderes creativos del Cielo y la Tierra y penetrar en los oscuros misterios del sol y la luna. Te aseguro que tu éxito a la hora de mezclar el elixir es algo que los dioses y los demonios no pueden, simplemente, permitir. Aunque conservarás tu apariencia y verás substancialmente alargada tu edad, una vez que hayan transcurrido quinientos años el Cielo enviará sobre ti la desgracia y te alcanzará el poder destructor del rayo. Así que debes tratar de ser lo suficientemente inteligente y evitar de antemano que eso suceda. Si lo consigues, tu edad será, en verdad, la misma que la del Cielo; de lo contrario, tu vida terminará en ese mismo instante. Una vez que hayan transcurrido otros quinientos años, el Cielo enviará sobre ti un fuego que te consumirá. Ese fuego, por supuesto, no es natural. Se le conoce por el nombre de Fuego de Yin y surgirá del interior de las plantas de tus propios pies. De allí ascenderá por tu cuerpo hasta alcanzar el hueco de tu corazón, reduciendo a polvo tus entrañas y tus huesos a pura ruina. De esta forma, habrá resultado totalmente superflua la ardua labor de todo un milenio. Transcurrirán después otros quinientos años y entonces soplará sobre ti la desgracia del viento. No se trata de un viento del norte, o del sur, o del este, o del oeste; tampoco es uno de los vientos que caracterizan cada una de las estaciones ni los conocidos como vientos de las flores, de los sauces, de los pinos o de los bambúes. Recibe el nombre de Viento Poderoso; penetra en el cuerpo por la parte superior de la cabeza, lo atraviesa totalmente y circula libremente por sus nueve aperturas[13]. Tu carne y tus huesos se disolverán como la cera y todo tu cuerpo desaparecerá. Debes, por lo tanto, evitar a toda costa estas tres calamidades.
En cuanto lo hubo oído Wu-Kung, los pelos se le pusieron de punta y, arrodillándose respetuosamente ante su maestro, dijo:
—Os ruego que os apiadéis de mí y me enseñéis la manera de evitar esas tres calamidades. Si así lo hacéis, os juro que jamás olvidaré tan alto favor.
—Lo que me pides no es tan difícil de conseguir —replicó el Patriarca—. Sólo que, como tú eres diferente del resto de la gente, no puedo enseñártelo.
—¿En qué soy diferente del resto de la gente? —protestó Wu-Kung—. Poseo una cabeza redonda que apunta directamente hacia el Cielo y unos pies más o menos cuadrados que me permiten caminar sobre la Tierra. Tengo, además, entrañas, nueve aperturas y diferentes cavidades. ¿Queréis explicarme qué diferencias existen entre los demás y yo?
—Aunque, ciertamente, pareces un hombre —contestó el Patriarca—, tienes el rostro un poco hundido.
Los monos poseen, en efecto, una cara angulosa, mejillas casi planas y una boca muy protuberante. Wu-Kung se palpó el rostro con la mano y, soltando la carcajada, replicó:
—Se ve que el maestro no sabe equilibrar las cosas. Si bien es cierto que poseo un rostro más hundido que el de los seres humanos, tengo la boca más saliente, lo cual, de alguna forma, me sirve de compensación.
—Muy bien. No se hable más de eso —dijo entonces el Patriarca—. ¿Qué método te interesaría aprender? Existe, por una parte, el Arte del Cucharón Celeste, que abarca treinta y seis transformaciones, y el de la Multitud Terrestre, que alcanza las setenta y dos.
—A vuestro discípulo siempre le ha atraído más atrapar peces —confesó Wu-Kung—, así que creo que aprenderé el Arte de la Multitud Terrestre.
—En ese caso —concluyó el Patriarca—, acércate y te enseñaré unas cuantas fórmulas —y le susurró al oído algo de lo que ninguno de nosotros ha oído hablar jamás.
El Rey de los Monos, sin embargo, pertenecía a esa clase de personas que, una vez aprendida una sola cosa, son capaces de deducir al instante otras cien. Inmediatamente memorizó las fórmulas y, después de practicarlas con singular constancia, logró dominar las setenta y dos transformaciones.
Un día, cuando el Patriarca y varios de sus discípulos se encontraban admirando la caída de la noche delante de la Caverna de las Tres Estrellas, el maestro preguntó de pronto:
—¿Qué tal van tus prácticas, Wu-Kung?
—Gracias a la profunda benevolencia de mi maestro, vuestro discípulo ha alcanzado por fin la perfección —respondió Wu-Kung—. Ahora soy capaz de elevarme por el aire como la niebla y volar.
—Déjame ver cómo vuelas —pidió el maestro.
Ansioso por mostrar sus habilidades, Wu-Kung se elevó a una altura de cincuenta o sesenta metros, salto que rubricó con una graciosa vuelta de campana. Anduvo después por entre las nubes durante el tiempo que suele durar una comida y se desplazó hasta alcanzar una distancia de tres millas aproximadamente. A continuación descendió de su altura, yendo a caer justamente delante del Patriarca.
—Esto, maestro —dijo, doblando satisfecho las manos a la altura del pecho—, es lo que se llama volar a la altura de las nubes.
—¡Qué va a llamarse eso volar por las nubes! —exclamó el Patriarca, soltando la carcajada—. Deberías decir, más bien, gatear por las nubes. Como bien afirman los dichos antiguos, «el inmortal recorre el Mar del Norte por la mañana y llega a Tzang-Wu por la noche». Si a ti te lleva por lo menos medio día recorrer tres millas escasas, es natural que concluya que lo que tú haces es gatear por las nubes. ¿No te parece?
—¿Qué queréis decir con eso de que «el inmortal recorre el Mar del Norte por la mañana y llega a Tzang-Wu por la noche»? —preguntó Wu-Kung.
—Los que pueden de verdad volar por las nubes —explicó el Patriarca— son capaces de partir por la mañana del Mar del Norte, viajar por el del Este, el del Oeste y el del Sur y volver de nuevo a Tzang-Wu, lugar que se refiere, en realidad, a Ling-Ling, que está situado en el Mar del Norte. Podrás afirmar con propiedad que eres capaz de viajar por las nubes, cuando puedas recorrer los cuatro mares en un solo día. De lo contrario, lo único que haces es gatear. ¿Lo entiendes? ¡Sólo gatear!
—¡Pero eso es extremadamente difícil! —exclamó Wu-Kung.
—En el mundo no existe nada difícil —sentenció el Patriarca—. Sólo la mente hace que muchas cosas lo parezcan.
Al oír esas palabras, Wu-Kung se echó rostro en tierra y, golpeando repetidamente el suelo con la frente, imploró con humildad:
—Maestro, si se hace un favor a alguien, es natural que se lleve hasta sus últimas consecuencias. Os suplico, por tanto, que tengáis la amabilidad de enseñarme las técnicas que facilitan el vuelo por las nubes. Si lo hacéis, tened por cierto que jamás olvidaré tan alto favor.
—Cuando los inmortales desean volar por las nubes —explicó el Patriarca—, lo primero que hacen es dar un fuerte pisotón sobre la tierra y en seguida se elevan. Tú, por el contrario, das un salto. Así que, para enseñarte a dar vueltas de campana por las nubes, tendré que acomodarme a tu peculiar forma de obrar.
Wu-Kung hundió aún más su rostro en el polvo y arreció en sus súplicas. Emocionado, el Patriarca le confió una fórmula verbal, diciendo:
—Haz el signo mágico, recita el embrujo, aprieta el puño con fuerza, sacude el cuerpo y, así, cuando saltes hacia arriba, la voltereta que des te llevará a una distancia de ciento ocho mil millas.
En cuanto lo oyeron los que estaban a su alrededor, exclamaron, envidiosos:
—¡Qué suerte tiene Wu-Kung! Si aprende ese pequeño truco, podrá ganarse la vida llevando misivas de un lugar a otro y entregando los documentos que le confíen. Con eso tiene ya el futuro asegurado.
Había empezado a oscurecer y el maestro se retiró al interior de la cueva acompañado de sus discípulos. Wu-Kung, sin embargo, practicó las enseñanzas recibidas durante toda la noche sin parar, hasta que logró dominar la técnica del salto por las nubes. A partir de entonces, disfrutó de una libertad completa, gozando de su recién adquirido estado de inmortal.
Un día al principio del verano todos los discípulos se reunieron a discutir debajo de los pinos y le preguntaron:
—¿Se puede saber, Wu-Kung, qué clase de méritos acumulaste en tu anterior reencarnación para que el maestro te susurrara el otro día al oído la manera de evitar las tres calamidades? ¿Has aprendido ya todo lo que te enseñó?
—Por supuesto que sí —respondió Wu-Kung, sonriendo—. Ya sabéis que soy incapaz de engañar a nadie y menos aún a vosotros, que sois mis hermanos. Gracias, en primer lugar, a las enseñanzas del maestro y a mi propia dedicación después, he llegado a dominar todo cuanto me transmitió.
—¿Por qué no nos haces una pequeña demostración ahora que estamos todos aquí reunidos? —sugirió uno de los discípulos.
Wu-Kung se sintió profundamente halagado y se dispuso de buena gana a hacer gala de sus recién adquiridos poderes.
—Elegid vosotros mismos la prueba —dijo él—. ¿En qué queréis que me transforme?
—¿Por qué no en un pino? —volvieron a sugerir ellos.
Wu-Kung hizo el signo mágico, pronunció el embrujo, sacudió el cuerpo y al instante se convirtió en un pino. Poseía una copa tan amplia que en ella se acumulaban los vapores de las cuatro estaciones. Su altura era tal que se perdía en la inmaculada pureza de las nubes. Aquel árbol en nada recordaba al travieso mono del que había surgido. Tanto es así que sus ramas mostraban los estragos de la escarcha y la acción destructora de la nieve.
En cuanto se hubieron repuesto de su sorpresa, los discípulos empezaron a aplaudir y a reír como locos, mientras exclamaban maravillados:
—¡Qué mono más extraordinario! ¡Es francamente increíble!
Estaban tan entusiasmados que no cayeron en la cuenta de que sus gritos habían molestado la meditación del Patriarca, que salió corriendo y blandiendo su báculo.
—¿Puede saberse quién está creando tanto alboroto? —preguntó, enfadado.
Su voz sonó tan autoritaria que los discípulos dejaron al punto de reírse, se arreglaron la ropa lo mejor que pudieron y se inclinaron respetuosamente ante él. Wu-Kung volvió a adquirir su forma habitual y, abriéndose camino entre sus compañeros, dijo:
—Para vuestra información, respetable maestro, estamos aquí reunidos discutiendo. No hay entre nosotros nadie que no pertenezca al grupo de vuestros humildes servidores.
—Así que sois vosotros los que estáis chillando y gritando, comportándoos de una manera totalmente impropia de personas consagradas a la práctica del Gran Arte —bramó el Patriarca—. ¿Acaso no sabéis que los que cultivan el Tao no deben abrir la boca para no perder su fuerza vital, ni mover la lengua para evitar todo tipo de discusiones? ¿Por qué estabais riéndoos de esa forma tan vulgar?
—No podemos esconderos la verdad de lo sucedido —confesaron todos a coro—. Estábamos pasándolo en grande con Wu-Kung, que accedió gustoso a hacernos una demostración de sus extraordinarios poderes. Le sugerimos que se convirtiera en un pino y así lo hizo él sin rechistar. Eso hizo que nos sintiéramos tan entusiasmados que, sin darnos cuenta, empezamos a aplaudir como locos. Lo que menos sospechábamos es que estuviéramos molestándoos. ¿Qué otra cosa nos queda que suplicar humildemente vuestro perdón?
—¡Apartaos todos de mi vista! —volvió a bramar el Patriarca—. Tú, Wu-Kung, no. Quédate aquí. ¿Qué pretendías conseguir convirtiéndote en un pino? ¿Acaso crees que te enseñé esa habilidad especial para divertir a la gente? Supón que alguien te hubiera visto. Lo más seguro es que te hubiera preguntado que cómo lo habías conseguido. Tú mismo lo hubieras hecho, de estar en su lugar. ¡Reconócelo! Lo malo es que después te suplicarían que les confiaras el secreto y, si no lo hicieras, terminarían buscándote la ruina. Ahora mismo tu vida corre un grave peligro, sin ir más lejos, y todo por tu incomprensible irresponsabilidad.
—Os pido que me perdonéis —suplicó Wu-Kung, golpeando el suelo con la frente.
—No soy yo quién para condenarte —afirmó el Patriarca—, pero debes abandonar inmediatamente este lugar.
Cuando Wu-Kung lo oyó, las lágrimas empezaron a fluir de sus ojos.
—¿Adónde puedo ir yo, maestro? —preguntó, sollozando lastimosamente.
—Al lugar del que viniste —respondió el Patriarca—. Allí es donde debes volver.
—Yo vine de Purvavideha, el Continente del Este —declaró Wu-Kung, su memoria refrescada por las palabras del maestro—, de la Caverna de la Cortina de Agua de la Montaña de las Flores y Frutos, que se alza en el país de Ao-Lai.
—Regresa cuanto antes allí y salva tu vida —le aconsejó el Patriarca—. No puedes permanecer aquí por más tiempo.
—Permitidme que os diga, respetable maestro —se atrevió Wu-Kung a decir—, que durante más de veinte años he estado ausente de mi hogar y que es, por tanto, natural que sienta deseos de volver a ver a mis súbditos y a los seguidores que un día tuve. Pero, a pesar de todo, no me atrevo a marcharme, ya que no os he agradecido bastante la profunda generosidad con la que siempre me habéis tratado.
—No hay nada que agradecer —trató de tranquilizarle el Patriarca—. Lo único que te pido es que no te metas jamás en ningún lío y, si no logras evitarlo, que nunca menciones a nadie mi nombre.
Viendo que no había más que hacer, Wu-Kung se inclinó ante el Patriarca y se dispuso a abandonar la compañía de sus discípulos.
—Una vez que te hayas marchado de aquí —le anticipó el Patriarca—, tarde o temprano terminarás haciendo el mal. No me importa la clase de crímenes en la que te verás involucrado. Lo único que te prohíbo es que menciones que has sido discípulo mío. Si en alguna ocasión llegas a pronunciar simplemente la mitad de mi nombre, ten por seguro, mono maldito, que yo me enteraré y te haré arrancar la piel a tiras. Quebraré después cada uno de tus huesos y sepultaré tu espíritu en la Oscuridad de los Nueve Pliegues, de la que no lograrás escapar incluso después de sufrir diez mil tormentos.
—Jamás osaré mencionar vuestro nombre —declaró Wu-Kung—. Diré que yo mismo, sin necesidad de maestro alguno, he aprendido cuanto sé.
En cuanto hubo dado las gracias al Patriarca, Wu-Kung se dio la vuelta, hizo el signo mágico, se elevó hacia lo alto y dio una vuelta de campana sobre las nubes. Semejante salto le hizo dirigirse directamente hacia Purvavideha y en menos de una hora pudo avistar la Montaña de las Flores y Frutos y la Caverna de la Cortina de Agua. Lleno de alegría, el Hermoso Rey de los Monos se dijo a sí mismo:
—Abrumado por el peso de huesos mortales abandoné un día este lugar. Ahora regreso a él liviano como una pluma gracias a la influencia del Tao. ¡Qué pena que en este mundo de calamidades y desdichas nadie se decida a desvelar el misterio de la inmortalidad, tan claro para todo aquel que busca! ¡Cuán duro me resultó cruzar el océano a la ida y con cuánta facilidad lo he hecho hoy en mi viaje de vuelta! Todavía resuenan en mis oídos los consejos de la despedida y ya estoy viendo las profundidades que rodean el Continente del Este. ¡Jamás imaginé que pudiera contemplarlas tan pronto!
Wu-Kung disminuyó la velocidad de su nube y fue a aterrizar justamente en el centro de la Montaña de las Flores y Frutos. Apenas había puesto el pie en ella, cuando empezó a oír el gruñir de las garzas y el grito de los monos; mientras el canto de aquéllas se elevaba limpiamente hacia los cielos, el lamento de éstos llenó su espíritu de profunda tristeza. Levantó la voz y dijo:
—¡He vuelto, mis queridos pequeños! ¡De nuevo estoy entre vosotros!
Inmediatamente empezaron a salir de los riscos del acantilado, de la salvaje belleza de las flores y arbustos, y de la espesura de los bosques y árboles decenas de miles de monos de todos los tamaños, que rodearon sin pérdida de tiempo a su Hermoso Rey. Todos se arrodillaron respetuosamente ante él, golpeando el suelo con la frente, mientras gritaban:
—¡Qué despreocupación la vuestra, gran rey! ¿Por qué habéis estado ausente durante tanto tiempo, dejándonos abandonados y suspirando por vuestra vuelta, como alguien que estuviera muñéndose de hambre o de sed? Hemos sido últimamente maltratados por un monstruo que ha tratado de apoderarse de nuestra Caverna de la Cortina de Agua. Hemos luchado contra él con la fuerza que da la desesperación, pero, a pesar de todo, se ha adueñado de muchas de nuestras posesiones, ha secuestrado a no pocos de nuestros jóvenes y nos ha privado del necesario descanso, forzándonos a vigilar nuestras propiedades día y noche. ¡Es una suerte que por fin hayáis regresado, gran rey! Si hubierais estado ausente un año más, la cueva de la montaña habría pasado totalmente a manos de esa bestia.
En cuanto Wu-Kung lo oyó, montó en cólera y preguntó, enfurecido:
—¿Qué clase de monstruo es ése que se comporta de una forma tan desconsiderada? Contádmelo con todo detalle y os juro que os daré cumplida venganza.
—Para información vuestra, gran rey —dijeron los monos, sin dejar de golpear el suelo con la frente—, ese tipo se hace llamar el Monstruoso Rey de los Desastres y vive al norte de aquí.
—¿A qué distancia aproximadamente? —inquirió Wu-Kung.
—No lo sabemos —respondieron los monos, atemorizados—. Hace su aparición con la velocidad de las nubes y se vuelve a marchar con la celeridad de la niebla, del viento y de la lluvia, del rayo y del trueno.
—En ese caso —concluyó Wu-Kung—, id a divertiros un rato. No tengáis miedo. De ese tipo me encargo yo.
El Rey de los Monos volvió a elevarse hacia lo alto, dio un salto de campana y se dirigió hacia el norte, hasta que finalmente vio una escarpada y alta montaña. Su picuda cumbre parecía cortar el aire, como si fuera un gigantesco cuchillo de piedra. De sus laderas manaban arroyuelos que se precipitaban, salvajes, sobre despeñaderos de incalculable profundidad. En sus turbulentas aguas se miraban miríadas de flores y árboles cargados de exótica elegancia. En algunos puntos los pinos igualaban el verdor de los bambúes. A la izquierda, el dragón parecía extremadamente dócil y tranquilo, domesticado casi, mientras a la derecha el tigre daba muestras de gentileza y sumisión. A veces se veía arando a bueyes de acero y por doquier crecían flores de monedas de oro. El aire transmitía canciones melodiosas de aves extrañas, al tiempo que el fénix hacía frente a la dureza del sol. Con el continuo martilleo del tiempo el agua había pulido y bruñido rocas, que a veces adquirían formas grotescas y otras, extrañas y fieras. El mundo está plagado de espléndidas montañas en las que las flores no dejan de madurar y crecer, de abrirse y después morir. Ningún lugar, sin embargo, era comparable a aquél. Al mirarlo, se tenía la impresión de que jamás había sido tocado ni por las cuatro estaciones ni por las ocho épocas[14]. Dentro de las Tres Regiones[15] aquél era el Monte de la Primavera del Norte, donde se halla ubicada la Caverna del Vientre de Agua, que se alimenta de las Cinco Fases[16].
El Hermoso Rey de los Monos se puso a contemplar la arrobadora belleza de tan espléndido espectáculo, pero no pudo gozar mucho de ella. Alguien parecía estar hablando y bajó por la montaña para ver de quién se trataba. Fue así como descubrió la Caverna del Vientre de Agua, que se hallaba a los pies de un acantilado extremadamente empinado. Justamente delante de la gruta había varios diablillos bailando, que se echaron a correr en cuanto vieron a Wu-Kung.
—¡No corráis! —les gritó éste—. Antes de que os escondáis, es preciso que escuchéis el mensaje que quiero transmitiros. Soy el único señor de la Caverna de la Cortina de Agua, que, como sabéis, se encuentra en la Montaña de las Flores y Frutos, justamente al sur de aquí. Sé que vuestro Monstruoso Rey de los Desastres, o como quiera llamarse, ha estado molestando a mis súbditos y he decidido llegarme hasta sus dominios con el único propósito de dejar, de una vez por todas, las cosas claras.
Al oír eso, los diablillos se lanzaron al interior de la caverna y empezaron a gritar:
—¡Soberano señor, ha sucedido algo desastroso!
—¿Se puede saber de qué desastre estáis hablando? —preguntó, sorprendido, el Monstruoso Rey.
—Fuera de la caverna hay un mono que se ha arrogado el título de señor de la Caverna de la Cortina de Agua, ubicada en la Montaña de las Flores y Frutos. Dice que habéis estado molestando a sus súbditos y que ha venido a ajustaras las cuentas.
El Monstruoso Rey soltó la carcajada y dijo, grosero:
—He oído a menudo decir a esos monos que tenían un rey que había ido a aprender los secretos del Gran Arte. Según parece, acaba de regresar. ¿Queréis decirme cómo va vestido y qué clase de armas usa?
—Ninguna, gran señor —contestaron los diablillos—. Lleva la cabeza descubierta, viste una túnica roja con una faja amarilla y calza un par de botas negras. Da la impresión de no ser ni monje, ni seglar, ni taoísta, ni inmortal. Está tan loco que ha venido a exigiros cuentas con las manos totalmente vacías.
Cuando el Monstruoso Rey lo oyó, ordenó a sus diablillos, sonriendo con malicia:
—Traedme las armas y la coraza.
Los diablillos obedecieron sin rechistar y le ayudaron a ponerse el peto y el casco. Cuando todo estuvo dispuesto, agarró su cimitarra y abandonó la cueva, seguido de todos sus súbditos.
—¿Dónde está el señor de la Caverna de la Cortina de Agua? —preguntó, elevando la voz y abriendo los ojos cuanto pudo.
Wu-Kung se percató en seguida de que el Monstruoso Rey llevaba en la cabeza un casco de oro negro, sobre el que reverberaban los rayos del sol. Su cuerpo aparecía cubierto por una túnica de seda, también negra, que se balanceaba al capricho de la brisa. Su pecho estaba protegido por una armadura de hierro negro, sujeta a los flancos por férreas cinchas de cuero. Sus pies habían sido embutidos en unas botas de perfecto acabado y tan grandes como las que en su día usaron los más afamados guerreros de la historia. Medía alrededor de treinta pies de altura y el perímetro de su cintura superaba con creces los veinte palmos. En sus manos portaba una espada de afilada hoja y perfecta hechura. No cabía duda. Aquél era, por el temor que inspiraba y el miedo que levantaba, el terrible Monstruo de los Desastres.
—¿De qué te sirven unos ojos tan grandes, si eres incapaz de ver a un mono tan viejo como yo? —se burló el Rey de los Monos.
El Monstruoso Rey se volvió hacia él y, al verle, soltó la carcajada y exclamó:
—Apenas mides cuatro pies de altura, dudo que hayas cumplido los treinta años y te presentas ante mí con las manos vacías. No comprendo cómo puedes ser tan insolente. ¿Con qué piensas doblegarme? ¿Con tu fanfarronería?
—¡Qué estúpido monstruo eres! —replicó Wu-Kung—. Se nota que estás tan ciego como una oruga de tierra. Crees que soy pequeño y no sabes que puedo alcanzar la altura que me dé la gana. Piensas que estoy totalmente desarmado y olvidas que con sólo estas dos manos soy capaz de arrancar a la luna del lugar que ocupa en el cielo. Pero no te preocupes. Sólo deseo hacerte probar la fuerza de mis puños.
Apenas había acabado de decirlo, cuando se elevó por los aires y descargó un terrible golpe sobre la cara del monstruo. Con increíble agilidad el Rey de los Desastres se hizo a un lado y dijo, burlón:
—Para mí no eres más que un enano ridículo. Si quieres usar únicamente tus puños, allá tú. Yo prefiero servirme de mi cimitarra. Aunque, mirándolo bien, iba a resultarme demasiado fácil dividirte en dos con ella. Así que, si me dejas quitármela, mediremos a golpes nuestras fuerzas.
—Ésa es una decisión que te honra —contestó Wu-Kung—. Vamos. ¿A qué esperas para atacarme?
El Monstruoso Rey saltó hacia la izquierda y soltó uno de sus golpes, que Wu-Kung esquivó con inigualable maestría. Se lanzó después sobre él y los dos se enzarzaron en un cuerpo a cuerpo terrible. Wu-Kung sabía que es fácil fallar los golpes de lejos, mientras que los de cerca son tan seguros y efectivos como el desprendimiento de una roca. De esta forma, consiguió propinarle en el pecho una serie de puñetazos secos, que hicieron tambalear al monstruo. Sintiéndose inseguro, éste se olvidó de lo acordado y echó mano de su cimitarra. La blandió con las dos manos y a punto estuvo de cortarle la cabeza a Wu-Kung, que logró agacharse cuando la cuchilla estaba penetrando ya en su carne. Después, viendo que la fiereza de su enemigo iba en aumento, decidió usar la técnica conocida como «cuerpo más allá del cuerpo». Sin pérdida de tiempo, se arrancó unos cuantos pelos, se los metió en la boca, los masticó hasta reducirlos a trozos minúsculos y, escupiéndolos con fuerza, gritó:
—¡Cambiad de forma!
Al punto se convirtieron en doscientos o trescientos monos de reducido tamaño, que empezaron a dar vueltas alrededor de los dos luchadores. Cuando alguien adquiere el cuerpo de un inmortal, es capaz de abandonar su propio espíritu, convertirse en lo que desee y realizar todo tipo de portentos. Dado que el Rey de los Monos había llegado a la plena comprensión del Gran Arte, cada uno de los ochenta y cuatro mil pelos de su cuerpo tenía la propiedad de adquirir la forma o substancia que le viniera en gana. Los pequeños monos que acababa de crear poseían una vista tan fina y una rapidez tal de movimientos que hasta la espada y la lanza resultaban impotentes contra ellos. Con asombrosa celeridad se lanzaron contra el Monstruoso Rey y empezaron unos a agarrarle, otros a empujarle, éstos a echarle la zancadilla, aquéllos a darle patadas y puñetazos, los de más allá a tirarle del pelo y a punzarle los ojos, y los restantes a tirarle de las narices y ponerle toda clase de obstáculos para hacerle perder el equilibrio. Todos formaban una masa confusa cuya única finalidad era distraer la cambiante atención del Monstruoso Rey. Aprovechándose de la confusión, Wu-Kung le arrebató la cimitarra de las manos y, blandiéndola con fuerza en el aire, asestó un tremendo golpe en la cabeza del monstruo, que al instante cayó por tierra dividido en dos partes iguales. Se volvió después contra los diablillos que habían corrido a refugiarse en el interior de la cueva y los mató a todos, sin dejar uno solo. Sacudió entonces su cuerpo y los monos, convertidos otra vez en pelos, se reintegraron al lugar que habían ocupado antes de que comenzara la batalla. Sólo quedaron junto a él los que habían sido arrancados de la Caverna de la Cortina de Agua y llevados hasta allí a la fuerza por el Monstruoso Rey.
—¿Se puede saber lo que estáis haciendo en un lugar como éste? —les preguntó Wu-Kung.
—En cuanto os marchasteis en busca de la inmortalidad —respondieron sollozando los treinta o cincuenta monos que allí había—, el monstruo estuvo hostigándonos durante más de dos años, hasta que finalmente nos obligó a venir aquí con todas nuestras posesiones. ¿No os habéis percatado que esos utensilios que hay desperdigados por el suelo pertenecen, en realidad, a nuestra cueva? Fijaros, por ejemplo, en esas cazuelas y cuencos de piedra. Todos nos fueron robados por la bestia.
—Si es verdad lo que decís, cargad cuanto antes con ellos —decidió Wu-Kung e inmediatamente prendió fuego a la Caverna del Vientre de Agua. No pasó mucho tiempo antes de que hubiera quedado reducida a cenizas. Se volvió entonces hacia sus súbditos y les ordenó—: Seguidme. Es hora ya de regresar a casa.
—¿Cómo vamos a volver? —preguntaron todos, asustados—. Cuando vinimos aquí, lo hicimos en las alas de un viento muy fuerte, que nos obligó a flotar por el aire como nubes sin destino. No sabemos qué dirección debemos tomar ahora.
—Todo eso no fue más que un truco de ese monstruo —replicó Wu-Kung—. Pero no es preocupéis. Ahora también yo estoy versado no sólo en él, sino en diez mil más. Así que no tengáis miedo. Cerrad los ojos y agarraos bien.
El Rey de los Monos recitó un conjuro, se montó en un viento recio y cabalgó en él durante unas décimas de segundo. Aminoró después la velocidad de la nube y, volviéndose a sus súbditos, dijo:
—Ya podéis abrir los ojos.
Los monos sintieron bajo sus pies la dureza de la tierra firme y, obedeciendo el mandato de su señor, comprobaron, asombrados, que estaban otra vez en su lugar de origen. Locos de alegría, corrieron por senderos totalmente familiares a reunirse con los que los esperaban ansiosamente en las cuevas. De esta forma, la alegría volvió a florecer en la Caverna de la Cortina de Agua. Agradecidos, todos los monos fueron al encuentro de su rey y le presentaron humildemente sus respetos. El vino corrió como las aguas de un arroyo en aquel espléndido banquete de bienvenida, cuyo plato principal lo constituyeron frutos y bayas. Cuando le preguntaron cómo había derrotado al monstruo y liberado a los jóvenes, Wu-Kung se lo contó sin perder un solo detalle y ellos, entusiasmados, irrumpieron en una interminable andanada de aplausos.
—¿En dónde habéis estado? —le preguntaron, cuando se hubo hecho el silencio—. Jamás nos pasó por la cabeza que pudierais adquirir tales poderes.
—El año que partí de vuestro lado —explicó Wu-Kung— navegué por las olas del Gran Océano Oriental, hasta que finalmente llegué a Aparagodaniya, el Continente del Oeste. Posteriormente me trasladé a Jambudvipa, el Continente del Sur, donde me instruí en el modo de obrar de los humanos, aprendiendo a usar estas ropas que ahora llevo puestas y estos zapatos que calzo. Sin embargo, ocho o nueve años discurrieron las nubes sobre mi cabeza y yo continuaba sin saber un solo principio del Gran Arte, así que opté por cruzar el Gran Océano Occidental y logré arribar a las costas de Aparagodaniya, el Continente del Oeste[17]. Larga fue mi búsqueda, pero tuve por fin la inmensa fortuna de toparme con un viejo Patriarca que tuvo la delicadeza de enseñarme la fórmula para alcanzar la edad misma del cielo y hacerme, así, inmortal.
—¡Qué suerte la vuestra! —exclamaron los otros monos, felicitándole efusivamente—. Casos así no se dan ni siquiera después de pasar diez mil penalidades.
—Lo que más me llena de satisfacción, no obstante —volvió a decir Wu-Kung, sonriendo—, es que ahora sé a qué familia pertenecemos todos.
—¿A cuál? —preguntaron ellos, entusiasmados.
—A la de los Sun —contestó él—. Así que mi nombre completo es Sun Wu-Kung.
Al oírlo, todos los monos se pusieron a aplaudir y exclamaron, presos de una contagiosa alegría:
—Si vos sois el mayor de los Sun, nosotros somos los Sun menores. Nuestra es la familia de los Sun, Sun se llama nuestra nación y ese mismo nombre lleva, por fuerza, esta caverna.
Tan grande era su entusiasmo que, para honrar al mayor de su estirpe, trajeron cuencos de todos los tamaños llenos de vino de coco y de uva, de flores y de toda clase de frutos. La suya era, en verdad, una familia feliz, que poseía el nombre admirable del que acababa de retornar a sus propios orígenes. Semejante gloria sólo está reservada a nombres inscritos por los dioses en el Cielo.
Quien no sepa lo que pasó a continuación y desconozca la suerte que corrió Wu-Kung debe escuchar lo que se relata en el próximo capítulo.