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Las risas se fueron apagando. Alban bajó la vista hacia su hermano, tirado en el suelo. Después se volvió lentamente hacia Pendergast y cogió su pistola, una Walther P38 restaurada con mimo por sus propias manos. Palpó el arma, fría y pesada. La había recibido de Fischer al cumplir diez años, y había sustituido las cachas originales por otras de marfil que él mismo había tallado.
Su gemelo, Cuarenta y Siete, se sentó en la tierra y se quedó mirando la pistola.
—No te preocupes, «hermano» —dijo Alban con displicencia—, no tengo ninguna intención de dañar mi granja personal de sangre y órganos. —Sopesó la pistola—. No, esto es para nuestro padre.
Der Schwächling se puso en pie.
—Vuelve con los tuyos —dijo Alban.
Los oficiales nazis, mientras tanto, aguardaban expectantes. También la Brigada de Gemelos superiores. Todos querían ver qué haría Alban y qué desenlace elegiría; él, que había sido elegido para la prueba beta. Era el momento. Su momento.
No pensaba equivocarse. Sacó el cargador para verificar que estuviera lleno y lo volvió a meter en su sitio. Después, con mucha parsimonia, dejando el brazo recto, introdujo una bala en la recámara.
Pero su gemelo no se movía. Habló en alemán, en voz alta y clara.
—¿Esto está bien?
Alban soltó una risa bronca y respondió con una cita de Nietzsche.
—«¿Qué es bueno? Todo lo que eleva el sentimiento de poder, la voluntad de poder, el poder mismo en el hombre.»
—Eso es malsano —dijo su gemelo.
Alban, muy consciente de su público, hizo el mismo gesto que si ahuyentase un insecto molesto. Solo faltaba Fischer.
—¿Y qué eres tú, Cuarenta y Siete, sino un saco de sangre y órganos, un vertedero de basura genética? Tus opiniones valen menos que el viento que sopla entre los árboles.
Sus palabras volvieron a despertar risas entre los soldados. No pudo evitar echarle un vistazo a su padre, que lo observaba con esos ojos suyos tan extraños cuya mirada no supo interpretar. Daba igual. No tenía importancia.
Su gemelo (que no sabía parar a tiempo, estaba claro) habló de nuevo, pero esta vez no a Alban, sino a los suyos.
—Ya lo habéis oído. «Los tuyos», ha dicho de vosotros y de mí. ¿Cuánto tiempo seguirán tratándonos como depósitos de sangre y órganos? ¿Cuánto tiempo seguirán tratándonos como animales? Yo soy un hombre.
Un grave murmullo entre la multitud.
—No te esfuerces, «hermano» —dijo Alban—. Si quieres ver el poder de la voluntad, fíjate bien.
Apuntó a su padre con la pistola.
—¿«Hermano»? —exclamó el gemelo dirigiéndose de nuevo a la horda de los defectuosos—. ¿Habéis oído la palabra? ¿No os dais cuenta de lo mal que está? ¿Un hermano contra otro? ¿Un hijo asesinando a su propio padre?
A Alban lo sorprendió un poco que los defectuosos reaccionaran. Se oyó un murmullo cada vez más intenso, acompañado por nuevos movimientos de desasosiego.
—¡Jo, jo! —exclamó burlándose—. ¡Que hable, que hable!
Lo alivió que sus palabras suscitasen una ola de alegres carcajadas entre los soldados. Se dijo que en cierto modo aquello no dejaba de ser gracioso, el revuelo de aquel grupo de imbéciles patéticos después de tantos años de frustración y privación acumuladas. Lo que le chocó fue lo bien que hablaba Cuarenta y Siete. En principio no estaba permitido. Al mirar a su alrededor no pudo evitar que se filtrase cierto nerviosismo en su sentido adelantado del tiempo, como si fuera a descargar una tormenta. Las incesantes ramificaciones se estaban estrechando en un solo camino y convergían en su mente hacia un único futuro.
Volvió a mirar a su padre, que lo observaba con un brillo en los ojos. El dedo de Alban se acercó al gatillo. Ya era hora de acabar.
—¡Esto no está bien! —exclamó con fuerza Cuarenta y Siete dirigiéndose hacia la multitud—. ¡En el fondo sabéis que está mal hecho! ¡Abrid los ojos! ¡Somos todos hermanos, hermanas, gemelos! ¡Compartimos la misma sangre!
En el cerebro de Alban las líneas del mundo se enroscaban y encrespaban en un incendio súbito de alerta máxima. Vio y sintió el gran vuelco. No era posible. Después de un adoctrinamiento tan escrupuloso, de tantos años de hacer planes, de perfeccionarlo todo… Pero estaba sucediendo, y Alban ya empezaba a vislumbrar cómo terminaría, como la base que se transparenta bajo el cuadro final. El murmullo de los defectuosos derivaba en tumulto. Ya se aventuraban a dar pasos, con las azadas, palas y guadañas en alto, y algunos recogían piedras del suelo.
—¡Podemos impedirlo! —gritó Cuarenta y Siete—. ¡Ahora!
Alban retrocedió, apuntando a su padre con la pistola. El Oberführer Scheermann lanzó una orden. Los soldados, ya en formación y muy armados, levantaron sus fusiles.
—¡Volved a los campos! —exclamó el Oberführer—. ¡Si no dispararemos!
Pero Alban ya sabía que no, que no eran capaces de abrir fuego contra los defectuosos. Salvo unos cuantos de la última iteración de gemelos (los mejores y más avanzados, como él), los otros, llegado el momento, no podrían matar a sus hermanos. Y si los oficiales nazis a cuyo cargo estaban trataban de disparar contra los defectuosos… Todo se unía en el cerebro de Alban con una horripilante claridad. Sería el final del programa y de la colonia, un final brusco y traumático tras medio siglo de investigación científica. Por muy repulsivos que fueran los defectuosos, eran imprescindibles. Se dio cuenta por primera vez de que eran tan esenciales como él para el proyecto. Los unos no podían existir sin los otros. ¿Por qué no lo había visto antes? ¿Por qué no lo había visto nadie antes? Todo el plan se basaba en una falsa hipótesis, en un farol. Y ahora el farol lo denunciaba su propio gemelo.
Comprenderlo, asistir a un giro tan brusco e inesperado, incluso espantoso, de los acontecimientos lo dejó atónito.
La multitud de defectuosos persistía en avanzar hacia la fila de soldados, cada vez con más arrojo, blandiendo entre gritos sus toscas herramientas. Alban sentía el calor de su ira.
Ya. Apretó el gatillo y disparó a Pendergast.
Pero su padre se le adelantó. En cierto modo había empezado a moverse antes de que Alban disparase, esquivando la bala como un rayo a una velocidad increíble, inesperada. ¿Cómo lo había hecho? Alban disparó otra vez, pero le estropeó el disparo una lluvia de piedras surgidas de la multitud, que al caer encima de él lo obligaron a levantar los brazos para protegerse.
Pendergast, que se había apartado, se echó encima de Alban de un gran salto. Alban se zafó con una pirueta y su padre solo le alcanzó en un lado del cuerpo. Alban volvió a disparar, pero el diluvio de piedras le impedía apuntar bien. No tuvo más remedio que retroceder, dar media vuelta y protegerse la cabeza con los brazos. Oyó que Scheermann gritaba una orden a sus regulares: «¡Fuego por encima de las cabezas!». Cuando lo repitió se produjeron dos enormes descargas seguidas, como truenos.
Los disparos mitigaron el ímpetu de los defectuosos, que al detenerse formaron una masa caótica. De un momento a otro lo que iba a ser una lucha se quedó en un pulso. Alban miró a su alrededor y vio que su padre se había puesto en pie y estaba al lado de Cuarenta y Siete, su gemelo, al frente de la multitud. Levantó otra vez el arma, pero justo entonces tuvo una visión mental del giro inexorable de la fortuna, de cómo se enderezaban las sendas torcidas del tiempo… y, horrorizado por lo que veía, se echó atrás, mientras Pendergast lo contemplaba con sus ojos terribles. Era inútil. Todas las ramificaciones, todos los caminos del tiempo llevaban a una vía sin salida, a un jaque mate al término de cada línea temporal.
De repente salió huyendo a través de la hilera de soldados, que lo dejaron pasar, tal como preveía. Tenía que llegar al lago, coger un barco hasta la fortaleza y encontrar a Fischer.
Y avisarlo de lo que estaba a punto de pasar.