48

Corrie estaba fuera del concesionario. Eran las tres de una madrugada negra como el pecado, con seis grados bajo cero de temperatura. Las feas lámparas de sodio proyectaban su horrible resplandor amarillento en las hileras de coches aparcados, haciendo brillar el hielo que escarchaba los parabrisas. Aunque no le hubieran dado las llaves del concesionario, había conseguido birlar las de Miller aprovechando uno de los descuidos habituales, que lo enfurecían y lo hacían buscar por todas partes sin parar, entre exabruptos, patadas a los cubos de basura y plena exhibición de su gilipollez.

Corrie había investigado (y meditado) mucho sobre la estafa de la que tanto se enorgullecían los vendedores, y resultaba ser bastante común. Era lo que llamaban «timo del crédito». Tenía razón Miller al decir que era algo generalizado en los concesionarios, y que casi nunca daba lugar a denuncias. Cuanto más lo pensaba más se daba cuenta Corrie de que en el concesionario los únicos perjudicados de verdad por el descubrimiento habrían sido los dueños, no los vendedores; es decir, los Ricco, padre e hijo. Si su padre hubiera cumplido su promesa de levantar la liebre, eran ellos quienes más habrían tenido que perder.

Decidió centrarse en ellos, en el padre y el hijo.

Rodeó el concesionario, apartándose del círculo chillón de luz, y llegó al edificio por detrás, donde estaban las zonas de servicio y de reparaciones. Allá también había algunas luces de área, pero era un punto que no se veía desde la carretera, y detrás del concesionario lo único que había eran grandes maizales, reducidos en invierno a hileras secas de rastrojos.

Cruzando a toda prisa las luces de área llegó a la parte trasera del edificio, donde se puso unos guantes de látex y esperó. No había nadie ni señal de vigilantes nocturnos o seguridad privada.

Al menos a simple vista.

Se acercó con sigilo a la entrada lateral de la sala de exposición. Probó las llaves, y al encontrar la que encajaba entró.

Ahora a impedir que saltase la alarma.

Ya había hecho previamente una inspección general de los paneles de alarma de todas las puertas. Por la tarde se había apoyado «sin querer» en el teclado, pulsando el botón rojo de la alarma, que al dispararse había hecho que Miller acudiera corriendo e introdujese el código de reinicio, mientras ella tomaba buena nota. Cuando la luz de aviso empezó a parpadear en el panel y comenzó la cuenta atrás en la pantalla LCD, introdujo el código y la luz se puso verde.

Por los cristales de la sala de exposición entraba luz abundante del aparcamiento, casi demasiada. Moviéndose entre las sombras se acercó a la pequeña zona de oficinas de los Ricco. Padre e hijo tenían los despachos uno al lado del otro y compartían la misma secretaria, que ocupaba una antesala.

La puerta ni siquiera estaba cerrada con llave.

Entró y fue al despacho de Ricco padre. En la pared del fondo había una fila de archivadores de imitación de madera. Sacó el pie de cabra que había llevado, lo introdujo en el borde del primer cajón y apretó. La gaveta cedió con una sacudida y el ruido de una pieza de metal barato al romperse.

Al abrirse, quedó a la vista una larga hilera de carpetas. Parecían centenares. Y era el primer cajón de veinte. Ahora que lo pensaba no tenía circunscrito el objetivo de su búsqueda. ¿Pruebas del timo del crédito? Eso ya lo tenía. Decidió empezar por el expediente personal de su padre. Aparte de eso se limitaría a mirar todas las carpetas, por si encontraba algo.

El primer cajón solo contenía archivos sobre ventas. Después de hojearlas por encima forzó otros dos cajones. Pero cuánto papeleo, por Dios…

Después de media hora llegó a las carpetas de personal, que ocupaban por sí solas una gaveta sin etiqueta. Encontró casi al momento la de Swanson.

Vaciló, pensativa. Aunque enseguida notarían que había entrado alguien, no podía limitarse a robar los documentos sobre su padre. Sería centrar en él la atención. No, lo que haría sería robar muchas carpetas de personal y unas cuantas más cogidas aleatoriamente; así no podrían saber cuál le interesaba.

Metió en su bolso la carpeta de Swanson. De repente, al empezar a sacar otras al azar, oyó algo: una puerta cerrándose con suavidad. Inconfundible.

Se quedó muy quieta. No podía salir de los despachos por la puerta trasera, porque no había. La única manera de salir era por la sala de exposición acristalada, que recibía luz del aparcamiento. Mientras esperaba oyó cerrarse otra puerta, y pasos por el suelo de granito de la sala de exposición.

Cerró en silencio todos los archivadores con la esperanza de que no se notase demasiado que los había forzado. Después se guardó el pie de cabra en el bolso y fue hacia el fondo de la zona de despachos. ¿Adónde?

Al lavabo.

Abrió un poco la puerta, entró, echó el pestillo y se encerró en el retrete, subiéndose a la taza.

Todo estaba en silencio. La persona que se paseaba por la exposición difícilmente entraría en el despacho de los Ricco; y aunque entrase no iría al lavabo. ¿O sí? Se dio cuenta demasiado tarde de que había hecho mal en cerrar con pestillo la condenada puerta. Parecería sospechoso, sobre todo si intentaban abrirla y se la encontraban cerrada. Debería haberla dejado entreabierta.

Sudó al comprender la estupidez de haber entrado por la fuerza. Era un delito grave, uno más que cometía. ¿Qué le pasaba, acaso tenía alma de delincuente? ¿Por qué corría aquellos riesgos absurdos?

Los pasos se acercaron. Oyó la puerta del antedespacho. Entraban, sí. Las pisadas se atenuaron al cruzar por la moqueta de la secretaría. Corrie aguzó el oído.

La sobresaltó un fuerte chirrido. El desconocido acababa de abrir uno de los archivadores reventados. Lo cerró de un empujón, ruidosamente. Los pasos, más rápidos que antes, empezaron a circular por los despachos.

De pronto sacudieron la puerta del lavabo. Un momento de silencio, y después el ruido sordo de un cuerpo al empujar la puerta.

¿Quién sería? ¿Ricco? Ya estaba. La habían pillado.

Lo siguiente que se oyó fue el impacto del cuerpo al arrojarse contra la puerta, y otro ruido de madera rota. El lavabo se llenó de luz.

Un silencio pasajero. Corrie ni siquiera podía respirar. Su corazón retumbaba en la caja torácica como una piedra lanzada al interior de una lata.

Después de un paso rápido empujaron con tal fuerza la puerta del retrete que saltó el pestillo, muy endeble.

—¡Tú!

Corrie tenía delante a Charlie Foote, pálido y con la cara sudorosa. Casi estaba tan asustado como Corrie.

—Déjame que te lo explique… —empezó a decir, presa del pánico.

Foote suspiró profundamente y levantó la mano.

—Por favor… Baja de la taza, te ves de lo más ridícula.

Corrie bajó. Foote se giró sin decir nada. Corrie lo siguió, y al salir del lavabo vio pasar ante sus ojos el futuro: la llegada de la policía, la detención y el descubrimiento de quién era su padre, el consiguiente arresto de este último… Los dos encarcelados, tal vez por varios años… Era el final de su trayectoria profesional, y de su colaboración con Pendergast… o mejor dicho, el final de su vida, justo cuando el agente del FBI acababa de sacarla de la mierda…

Eran pensamientos tan atroces que le hicieron perder el equilibrio.

Foote le cogió el brazo.

—Cuidado. —Hablaba en voz baja—. Vamos a la zona de descanso, allá no nos verán desde la calle.

Corrie se dejó caer en la primera silla que encontró. Foote se sentó en la de enfrente y se la quedó mirando, con los codos apoyados en las rodillas.

—Por favor… —empezó a decir Corrie, dispuesta a todo lo que fuese necesario con tal de librarse; él, sin embargo, sacudió la cabeza y le apretó la mano para que se callase.

—Mira, Corrie —dijo—, me parece que ya sé lo que pasa.

Ella lo miró fijamente.

—Eres la hija de Jack Swanson, ¿verdad?

No dijo nada. Era peor de lo que se esperaba.

Foote siguió hablando.

—Tranquila, no pasa nada. No me voy a chivar. De hecho ya tenía mis sospechas. Como siempre te fijabas tanto en todo, y preguntabas tanto… Y ahora entras en el despacho de Ricco. Estás intentando ayudar a tu padre, ¿no?

Corrie no dijo nada.

—Aunque no os parezcáis mucho me lo recuerdas por la voz. A mí tu padre me caía bien, Corrie. Éramos amigos. A ninguno de los dos nos gustaba lo que pasa aquí, y a mí sigue sin gustarme. Puede que le hicieran una encerrona. —Hizo una pausa—. ¿Es lo que piensas tú? ¿Es por eso?

Corrie lo miró. Era verdad que Foote siempre se había portado bien con ella, que no hablaba mucho y que pocas veces participaba en los chistes burdos de los otros vendedores. Corrie también sabía que no le gustaba la estratagema del timo del crédito. Aun así no supo qué decir. Le daba miedo confirmar o desmentir.

Foote asintió para sí.

—Sí, es lo que piensas, que le tendieron una trampa. Y has venido, y hasta entrado sin permiso, para demostrarlo.

Su perspicacia dejó atónita a Corrie.

Foote tendió la mano, cogió con suavidad el bolso de Corrie y lo abrió.

—Aquí está: el expediente personal de Jack. Ahora sé que tengo razón. —Sonrió—. ¿Sabes qué? Que no te iría mal un aliado. Podríamos trabajar juntos. Igual puedo ayudarte, y de paso limpiamos este sitio.

—¿No me vas a delatar?

Él rió y sacudió la cabeza.

—¡Qué va! Aunque mejor que nos vayamos antes de que llegue Ricco padre. A veces se presenta a las cinco de la mañana para hacer papeleo, el muy canalla.

Tendió el brazo a Corrie, que casi tuvo ganas de llorar de alivio. Se levantó como pudo y le cogió la mano.

—Conozco un bar que no cierra en toda la noche. Podemos ir a tomarnos un café y desayunar. Así me lo cuentas todo de tu padre, y de por qué crees que lo acusaron falsamente.

Señaló la puerta trasera del concesionario.

Dos tumbas
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