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Los muelles de Alsdorf, no muy lucidos, quedaban a orillas del Itajaí-Açu, un río ancho, marrón y oloroso que salía del frondoso interior de las provincias más meridionales de Brasil. Era una zona concurrida, llena de pescadores que descargaban la pesca en grandes carretones de madera, mayoristas que gritaban agitando fajos de billetes, vendedores de hielo que acarreaban los bloques de un lugar a otro, putas, borrachos y vendedores ambulantes que empujaban carros llenos de bretzels, knockwurst, sauerbraten y, lo más curioso de todo, kebabs de pollo tandoori.

Por esas multitudes se abría paso un extraño personaje, un hombre encorvado y vestido de caqui, con barba canosa en punta y un sombrero Tilley que le recogía el pelo. Su mochila rebosaba de cazamariposas, cebos, botes, trampas, embudos y otros ignotos instrumentos de lepidopterología. Atravesando el gentío, que no le hacía el menor caso, intentaba llegar hasta los muelles entre gritos de protesta en mal portugués y tono quejumbroso. Iba hacia una choza situada al final del dique flotante, en la que un letrero escrito a mano anunciaba ALUGUEL DE BARCOS.

La choza la ocupaba Belmiro Passos, un hombre flaco, con camiseta, pantalones cortos y chanclas, que al ver acercarse al extraño personaje se estaba comiendo un bretzel grande y blando. Tenía detrás las lanchas (casi todas Carolina Skiff con viejos motores Yamaha) que alquilaba a cualquiera para casi cualquier propósito, legal o no. Sus principales clientes eran viajeros que subían o bajaban por el río para visitar aldeas de difícil acceso, o bien pescadores con la barca averiada. De vez en cuando alquilaba una lancha a algún turista aventurero, o naturalista, o aficionado a la pesca, pero no era lo más habitual. Al ver aproximarse a aquel hombre lo etiquetó enseguida como naturalista, concretamente coleccionista de mariposas, ya que no eran pocos los que acudían al estado de Santa Catarina atraídos por su variada y exótica población de tales insectos.

El agitado personaje, libre al fin de las hordas de pescadores, llegó jadeando y fue recibido por Belmiro con una amplia sonrisa.

—Yo… eu… quero alugar um barco! Alugar um barco! —exclamó enredándose con las palabras y mezclando español y portugués hasta crear prácticamente un nuevo idioma.

—Hablamos inglés —dijo Belmiro con tranquilidad.

—¡Menos mal! —Se descargó de su mochila y se apoyó en ella, resoplando—. Pero qué calor, Dios mío. Quiero alquilar una barca.

—Muy bien —dijo Belmiro—. ¿Por cuánto tiempo?

—Cuatro días, o seis. También necesito un guía. Soy lepidopterólogo.

—¿Lepidopterólogo?

—Colecciono y estudio mariposas.

—¡Ah, mariposas! ¿Y adónde va?

—A Nova Godói.

Belmiro se quedó callado.

—Eso queda muy lejos, río arriba, por el Itajaí do Sul, en pleno bosque de araucarias. Es un viaje peligroso. Además, Nova Godói es privado. No va nadie. Está prohibido entrar.

—¡Yo no molestaré a nadie! Además, sé tratar con gente así.

El hombre se frotó dos dedos, refiriéndose al dinero.

—Pero ¿por qué Nova Godói? ¿Por qué no va al parque nacional de Serra Geral, donde hay muchas más mariposas raras?

—Porque en el cráter de Nova Godói es donde se vio la última mariposa Reina Beatriz, en 1932. ¡Dicen que se ha extinguido, pero yo digo que no y lo voy a demostrar!

Belmiro lo observó. Sus ojos acuosos tenían un brillo fanático. Si se hacía bien la operación podía salir bastante rentable, aunque cabía la posibilidad de que Belmiro perdiera una lancha, y hasta pudiera verse envuelto en una investigación desagradable.

—Nova Godói. Muy caro.

—¡Tengo dinero! —dijo el hombre, sacando un grueso rollo de billetes—. Pero ya le digo que necesito un guía. Yo no conozco el río.

Un gesto lento de aquiescencia. Un guía para Nova Godói. Otro problema. Pero no imposible. Había gente dispuesta a todo por dinero.

—¿Y usted? —preguntó el hombre—. ¿Usted me llevaría?

Belmiro sacudió la cabeza.

—Tengo un negocio, doutor. —No añadió que también tenía mujer e hijos, y ganas de volver a verlos—. Pero ya le encontraré un guía. Y le alquilaré una barca. Voy a llamar.

—Lo espero aquí —dijo el hombre abanicándose con su sombrero.

Belmiro fue al fondo de la choza para hacer una llamada. Tardó unos minutos en convencerlo, pero su contacto era uno de esos individuos cuya avaricia no tiene límites.

Volvió sonriendo de oreja a oreja. Con lo que pensaba cobrar por el alquiler se podría comprar dos buenas lanchas de segunda mano.

—Le he encontrado un guía. Se llama Michael Jackson Mendonça. —Se quedó callado observando la expresión incrédula del hombre—. En Brasil hay muchos Michael Jackson. Es un cantante que aquí gustaba mucho. Es un nombre común.

—Bueno, bueno —dijo el naturalista—, pero antes de contratarlo quiero ver a este tal… mmm… Michael Jackson.

—Pronto viene. Habla bien inglés. Vivió en Nueva York. Mientras tanto nosotros cerramos el trato. El precio de la lancha son doscientos reales al día, doutor, y un depósito de dos mil que le devolveré cuando me la traiga. No están incluidos los honorarios del senhor Mendonça, claro.

El naturalista fanático empezó a contar billetes sin pestañear.

Dos tumbas
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