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Al otro lado se oyó una breve conversación. Después se abrió otra vez la puerta y entraron tres vigilantes, dos de ellos con cadenas y grilletes y el otro con un soplete oxiacetilénico. Berger miró a su alrededor. Ahora en la sala había siete personas: los cuatro soldados, él, el prisionero… y el cuerpo inerte de Egon.
Echó un vistazo al cadáver, cuyo rostro conservaba una ridícula expresión de agonía. Tenía los brazos y las piernas rígidos y angulosos, la lengua fuera de la boca, gorda como un kielbasa, y chorros de sangre en sus orejas, nariz y boca. Berger se volvió hacia el soldado de guardia.
—Saca esto de en medio —ordenó.
El soldado se acercó y abrió los grilletes de hierro que sujetaban las muñecas y los tobillos de Egon. Una vez liberado, el cadáver cayó pesadamente al suelo. El soldado se agachó para coger una de sus manos, crispada y levantada, y arrastrar el cuerpo a un rincón de la sala, donde lo arrastró hasta la pared.
Berger señaló con la cabeza al otro prisionero encadenado a la pared, a Pendergast.
—Ablándalo un poco —le dijo al soldado en alemán.
El soldado sonrió lentamente, con crueldad. Después se acercó a Pendergast, que tenía las manos y los pies pegados a la pared de piedra, y durante varios minutos le administró una docena de golpes brutales, metódicos y bien colocados en la cara y especialmente en el abdomen. Pendergast se retorcía, gruñendo de dolor, pero no hizo ningún otro sonido.
Al final Berger dio su beneplácito con un gesto de la cabeza.
—Cubridlo —dijo.
El vigilante, que jadeaba, retrocedió, cogió su subametralladora y retomó su posición junto a la puerta.
Siguiendo las órdenes de Berger, los otros tres soldados se acercaron y abrieron las argollas de Pendergast, que se desplomó en el suelo con todo su peso. Mientras el soldado de la ametralladora vigilaba atentamente, dos de los guardias levantaron a Pendergast y le pusieron grilletes en las muñecas, una faja en el abdomen y otros dos grilletes en los tobillos. Todo lo fijó en su lugar el vigilante del soplete oxiacetilénico. Por último unieron los grilletes de las muñecas con los de los tobillos mediante dos cadenas de casi dos metros. Una vez que estuvo todo en su sitio, bien soldado, miraron a Berger en espera de instrucciones.
—Ya os podéis ir —les dijo él.
Se dirigieron los tres hacia la puerta.
—Un momento —dijo Berger—. El soplete dejadlo, me resultará útil.
El tercer vigilante dejó en el suelo la mochila que contenía el soplete oxiacetilénico y sus dos bombonas. Después se fueron todos. El soldado de la subametralladora cerró la puerta y se apostó ante ella.
Berger sacó de su maletín una fusta corta con la punta de metal. Después observó un momento al prisionero para tomarle las medidas. Era alto, delgado y se veía débil, porque las cadenas le hacían bajar los brazos. Abatido, inclinaba la cabeza; el pelo rubio lucía lacio y sin vida. De su nariz y boca manaban regueros de sangre. Tenía la piel gris y traslúcida. Saltaba a la vista que había perdido todo su temple. Daba lo mismo. Ya lo reviviría Berger antes del final. ¡Vaya si lo reviviría!
—Antes de empezar —dijo—, tengo que informarle de algo. Si me han elegido para esta tarea es porque usted mató a mi hermano a bordo del Vergeltung. En nuestra sociedad siempre se da a las víctimas la satisfacción de hacer justicia con el culpable. Es mi derecho y mi deber castigarlo, y acepto el desafío con gratitud. —Señaló con la cabeza el cuerpo de Egon, hecho un ovillo en un rincón, como una enorme araña—. Deseará usted morir tan agradablemente como él.
Fue como si el prisionero no lo oyera, cosa que hizo aumentar la ira de Berger.
—Tráemelo aquí —le dijo al soldado.
Este dejó apoyado su Sturmgewehr 44 contra la pared y se acercó a Pendergast para empujarlo hacia Berger sin contemplaciones. Después volvió a la puerta, cogió el rifle y reanudó su vigilancia.
—Pendergast —dijo Berger dándole al agente unos golpecitos en el pecho con la fusta—, míreme.
El astroso prisionero levantó la cabeza. Sus ojos se enfocaron en Berger.
—Primero cavará su tumba, y después sufrirá. Por último será usted enterrado en ella, tal vez vivo o tal vez no. Todavía no lo he decidido.
Ninguna señal de comprensión.
—Coja aquel pico y aquella pala.
Berger señaló hacia un rincón de la sala. El soldado movió el arma para subrayar la orden.
—Beweg Dich! —bramó.
El prisionero se dirigió lentamente hacia el rincón, haciendo sonar los grilletes y arrastrando las cadenas.
—Cava aquí. —Berger clavó el tacón y dibujó un burdo rectángulo en la tierra volcánica—. ¡Deprisa! Spute Dich!
Mientras Pendergast empezaba a cavar, Berger se mantuvo a una distancia prudencial, lejos del alcance de las herramientas. Vio que el prisionero levantaba el pico y lo descargaba penosamente en el suelo una y otra vez hasta haber perforado la capa superior. Trabajaba con torpeza, muy limitado por la carga de acero. La escasa longitud de las cadenas restringía, y mucho, el movimiento de sus brazos. Al ver que iba más lento, Berger se acercó y lo azotó un par de veces con la fusta, para motivarlo. Jadeando por el esfuerzo, el prisionero cambió el pico por la pala y removió la tierra suelta. En un momento dado dejó la pala y masculló que tenía que descansar, petición a la que Berger respondió con un puntapié que lo mandó al suelo. Así se despertaba un poco.
—De parar, nada de nada —dijo Berger.
La tumba iba avanzando poco a poco. El prisionero trabajaba con ahínco, haciendo entrechocar las cadenas con los grilletes. En su rostro se evidenciaba apatía mental y agotamiento físico. He aquí un hombre, pensó Berger, consciente de su fracaso, y que lo único que quiere es morirse. Y moriría.
Transcurrió lentamente una hora. Al final a Berger le pudo la impaciencia.
—¡Ya vale! —exclamó—. Schluss jetzt!
La tumba solo tenía unos setenta y cinco centímetros de profundidad, pero Berger ya ardía en deseos de pasar a la siguiente fase. El prisionero se había quedado esperando al borde de la sepultura. Berger se volvió hacia el soldado y le dijo en alemán:
—Cúbreme mientras trabajo. No te arriesgues. Si pasa algo le pegas un tiro.
El soldado avanzó unos cuantos pasos, levantando el arma.
—Suelta la pala —ordenó Berger.
El prisionero la soltó y se quedó donde estaba, con los brazos caídos y la cabeza inclinada en espera del final. Berger se acercó, cogió la pala y, después de adoptar la posición correcta, la descargó en el flanco del prisionero, que se desplomó de rodillas con un impace to sordo y una expresión de dolor y sorpresa. Berger le puso la planta del pie en el pecho y lo empujó de tal manera que Pendergast cayó de espaldas en la tumba. Tras asegurarse de que el vigilante tuviera al prisionero en su punto de mira, Berger se acercó a la mochila donde estaba el soplete oxiacetilénico, con sus pesadas bombonas de acetileno. Levantando la boca del soplete como si fuera una vela, lo encendió. Una intensa luz blanca llenó la celda de sombras muy recortadas.
—Ich werde Dich bei lebendigem Leib verbrennen —dijo con una mueca sádica, haciendo gestos elocuentes con el soplete.
Regresó de nuevo a la tumba y miró hacia abajo. El prisionero tenía los ojos muy abiertos de miedo. Intentó incorporarse, pero Berger volvió a ponerle el pie en el pecho y lo empujó. Sin aliviar la presión, se inclinó para acercar la llama, fina como una aguja, a la cara del preso. La desagradable luz del soplete convirtió los ojos de Pendergast en puntos brillantes de fuego. La llama no dejaba de acercarse. El prisionero se resistía, intenta mover la cabeza hacia ambos lados, pero Berger lo sujetaba con el pie, apretando sin cesar, mientras el borde de la llama empezaba a quemarle la mejilla. En ese momento pudo ver, esta vez sí, un pavor gratificante en sus ojos, a medida que el borde mismo de la llama achicharraba su piel y…
De pronto se produjo un movimiento rápido y enérgico, pero al mismo tiempo ágil. Fue como si el prisionero se contorsionase de un modo muy extraño, acompañado por un ruido de huesos y tendones dislocados. Berger, que se había echado hacia atrás por la sorpresa, vio elevarse súbitamente la mano del prisionero. Notó que le arrebataban de las manos el soplete, y justo después su campo visual se llenó de una intensa luz blanca. Se apartó gritando, y lo desconcertó sentir el frío del acero en la nuca: era una de las cadenas del prisionero, que al enroscarse alrededor del cuello lo acercaba inexorablemente a la luz blanca. Se le hizo eterno, pero no pudo durar más de uno o dos segundos. La blanca y sibilante llama se clavó como una aguja en una de sus órbitas. A un brusco hervor le siguió un suave y explosivo borboteo, y a este, un dolor incomparable. Después, todo se disolvió en un calor blanco.
Pendergast se dejó caer en la tumba improvisada, arrastrando consigo el cuerpo de Berger, que usó, al igual que el propio hueco, como protección en el momento en que el soldado, una vez recuperado de la sorpresa que le había producido el giro de los acontecimientos, abría fuego, y las balas hacían saltar la tierra por todo el perímetro de la tumba. Pendergast habría preferido que esta última tuviera una mayor profundidad, pero bastó. Protegido por Berger, dirigió la fina llama del soplete a la cadena que unía su muñeca izquierda a la faja de acero del abdomen. No la cortó a la altura de la muñeca, sino de la cadena, de manera que quedaron colgando de su mano casi dos metros de eslabones sueltos. Las balas silbaban a su alrededor hasta clavarse en más de un caso en el cuerpo de Berger, con un ruido que era como el de una mano dando palmadas en un trozo de carne. Bruscamente, con un grito, se levantó de la tumba, apartó el cuerpo de Berger y, mediante un amplio movimiento del brazo, usó a modo de látigo la cadena suelta. El arco que trazó hacia el techo hizo pedazos la bombilla.
Al quedar la sala a oscuras, Pendergast avanzó esquivando los disparos del soldado, presa ya del pánico, a la vez que se agachaba y corría en diagonal con una enorme rapidez. Al mismo tiempo imprimió otro fuerte balanceo a la cadena, que se enroscó en el Sturmgewehr del soldado y se lo arrancó de las manos para depositarlo en las de Pendergast. Bastó una sola ráfaga para abatirlo. Pendergast se lanzó otra vez a la tumba justo cuando se abría la puerta e irrumpía el destacamento que la custodiaba. Mientras barrían la sala con sus armas, esperó a estar seguro de que hubieran entrado todos. Entonces, sin despegar la espalda del fondo de la tumba improvisada, levantó el Sturmgewehr y disparó contra todos con el arma en automático. No tardó ni tres segundos en vaciar su enorme cargador.
De pronto todo era silencio.
Salió de la tumba, soltó el arma y se acercó a la pared más próxima, pasando por encima de los cuerpos, que aún sufrían espasmos. Respiró hondo dos veces seguidas. Después golpeó la pared con el hombro con todas sus fuerzas, a fin de devolver a su lugar la articulación que no había tenido más remedio que dislocar para que la cadena le diera el juego suficiente para estrangular con ella a Berger. Estremecido de dolor, esperó a tener la certeza de que el hombro estuviera bien colocado y pudiera moverse. Entonces cogió el soplete oxiacetilénico, lo encendió y cortó con él las argollas de las piernas, la faja del abdomen y las esposas, con tanta prisa que le prendió fuego a la camisa. Se la quitó mientras aún ardía. A continuación se echó en el hombro ileso la mochila que contenía el soplete y las bombonas, arrebató a los cadáveres una pistola, un cuchillo, un mechero, un reloj de pulsera, una linterna y un par de cargadores; recogió el pico con el que había cavado la tumba, le quitó a uno de los vigilantes muertos la camisa menos manchada de sangre que encontró y se fue corriendo por la puerta y el túnel del otro lado.
En plena carrera, mientras introducía los brazos por la camisa, pudo oír ya un eco de gritos y pisadas de botas de soldados en las pétreas entrañas de la vieja fortaleza.