40

Desde que D'Agosta había recibido el mensaje de que Glen Singleton quería verlo tenía todas las alarmas encendidas, y al entrar en el antedespacho del capitán sonaron aún con más fuerza. Midge Rawley, la secretaria de Singleton, tan chismosa como de costumbre, apenas levantó la cabeza del ordenador cuando lo tuvo cerca.

—Pase directamente, teniente —dijo sin mirarlo a los ojos.

D'Agosta pasó de largo y entró en el despacho privado de Singleton, momento en que se le confirmaron sus temores. Detrás del escritorio estaba Singleton, en efecto, tan bien vestido como siempre, pero lo que hizo que a D'Agosta se le cayera el alma a los pies fue la expresión del capitán. Posiblemente D'Agosta no hubiera conocido nunca a nadie tan franco, tan honrado, como Singleton. No tenía malicia ni doblez: tal como lo veías, tal era. Y lo que vio fue a un hombre que lidiaba con un problema sumamente espinoso.

—¿Quería verme, capitán? —preguntó.

—Sí. —Singleton bajó la vista hacia un documento de su mesa. Lo examinó y pasó de página—. Teniente, estamos en un brete; o mejor dicho, lo está usted.

D'Agosta arqueó las cejas.

—Como jefe de la brigada que investiga los crímenes del Asesino de los Hoteles, parece que se ha visto inmerso en una lucha intestina. Entre dos agentes del FBI. —Volvió a echar un vistazo a los papeles de su mesa—. Ha llegado a mis manos una queja oficial recién formulada por el agente Gibbs contra el agente Pendergast, donde lo acusa de falta de colaboración, de actuar por su cuenta y de no haber hecho el enlace entre los departamentos, entre otros agravios. —Hizo una pausa—. En esta queja aparece el nombre de usted. Más de una vez, para ser exactos.

D'Agosta no contestó.

—Lo he convocado de manera privada por dos razones. En primer lugar para aconsejarle que se aparte del fuego cruzado. Son cosas del FBI, y le aseguro que no nos interesa implicarnos en ellas.

D'Agosta sintió que se ponía rígido, como si le estuvieran pasando revista.

Singleton volvió a bajar la vista hacia el documento y pasó otra página.

—La segunda razón de que lo haya llamado es para saber si puede decirme algo especial sobre el caso. Necesito que me facilite toda la información relevante. Digo bien, toda. Mire, teniente, como esto se nos vaya de las manos y se acabe convirtiendo en la Tercera Guerra Mundial no quiero ser yo a quien cojan desprevenido.

—Está todo en el informe, señor —dijo con cautela D'Agosta.

—¿Sí? No es momento de tomar partido, teniente.

Se hizo un silencio incómodo en el despacho. Finalmente, Singleton suspiró.

—Vincent, usted y yo no siempre hemos sido uña y carne, pero en todo momento lo he considerado un buen policía.

—Gracias, capitán.

—Ahora bien, no es la primera vez que su asociación con Pendergast se convierte en un problema. Ni que pone en jaque mi buena opinión.

—¿Señor?

—Le seré franco. Según su informe, parece que el agente Gibbs cree que Pendergast se está guardando información, que no comunica todo lo que sabe. —Singleton hizo una pausa—. El caso es que Gibbs desconfía mucho de los actos de Pendergast en lo relativo al último de los asesinatos, y no se lo puedo reprochar: por lo que he visto en este documento no se ve ni por asomo que se estén siguiendo los protocolos estándar de actuación de las fuerzas del orden. Y se observan muchas… cómo le diría… actividades sin explicar.

D'Agosta fue incapaz de sostener la mirada de decepción de Singleton. Bajó la vista hacia sus zapatos.

—Ya sé que lo suyo con Pendergast tiene su historia, y que son amigos, pero estamos hablando de unos asesinatos en serie como hacía años que no se producían. El jefe de la brigada es usted. Tiene las de perder, así que piense un poco antes de contestar. ¿Tiene algo que explicarme?

D'Agosta se quedó callado.

—Mire, teniente, ya se ha estrellado usted una vez gracias a Pendergast. Estuvo a punto de destrozar su carrera, y no quiero que se repita. Es evidente que Gibbs piensa crucificar a Pendergast a toda costa y le da igual si hay daños colaterales.

D'Agosta siguió sin decir nada. Acudían a su memoria todas las veces en que él y Pendergast habían luchado codo con codo: contra el horrible ser del Museo de Historia Natural, contra los Rugosos, en lo más profundo del subsuelo de Manhattan, contra el conde Fosco y aquel cerdo de Bullard, en Italia, y más recientemente contra Judson Esterhazy y el misterioso Bund. Al mismo tiempo, sin embargo, no podía negar que él también albergaba dudas sobre la conducta y los motivos de Pendergast en los últimos tiempos. Ni siquiera podía negar que temiese por su cordura. Sin poder evitarlo, recordó las palabras de Laura Hayward: «Tu deber es facilitar todas las pruebas y los datos, hasta los más descabellados. No se trata de amistad; ni siquiera de lo que te conviene a ti a nivel profesional. Se trata de coger a un asesino peligroso que probablemente vuelva a matar. Vinnie, tienes que actuar correctamente».

Respiró hondo y levantó la vista. Después se oyó hablar como de lejos.

—Pendergast cree que el asesino es hijo suyo.

Singleton abrió mucho los ojos.

—¿Cómo dice?

—Ya sé que parece una locura, pero Pendergast me ha dicho que cree que el culpable de estos crímenes es su propio hijo.

—¿Y usted… se lo cree?

—No sé qué pensar. Hace poco murió en circunstancias horribles la mujer de Pendergast, y nunca he visto a nadie que estuviera más cerca de volverse loco.

Singleton sacudió la cabeza.

—Teniente, al pedirle información sobre el caso me refería a información como Dios manda. —Se apoyó en el respaldo—. Quiero decir, que esto me parece absurdo. No sabía ni que el agente Pendergast tuviera un hijo.

—Yo tampoco, señor.

—¿No quiere explicarme nada más?

—Es que no puedo decirle nada más. Ya le he dicho que el resto está todo en mi informe.

Singleton lo miró.

—O sea, que Pendergast se ha guardado información. ¿Y usted desde cuándo lo sabe?

D'Agosta se estremeció por dentro.

—Desde hace bastante.

Singleton se apoyó en el respaldo. Estuvieron un rato en silencio.

—Muy bien, teniente —dijo finalmente el capitán—. Tendré que pensar en cómo lo resuelvo.

D'Agosta, abatido, asintió en señal de que lo comprendía.

—Antes de que se vaya voy a darle un último consejo. Hace un minuto le he dicho que no se implique, que no tome partido. Es un buen consejo. Sin embargo, es posible que llegue el momento (tal vez antes de lo que me esperaba, a juzgar por lo que acaba de decirme) de que nos veamos todos obligados a decantarnos. En ese caso usted adoptará una actitud favorable hacia Gibbs y la UCC, no con Pendergast. Francamente, ni me cae bien ni me gustan sus métodos, y esto de su hijo me hace pensar que al final ha perdido la cabeza. ¿Le ha quedado claro, teniente?

—Clarísimo, señor.

—Me alegro.

Singleton bajó la vista y puso el informe boca abajo, señal de que se había terminado la entrevista.

Dos tumbas
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