45

Nada más entrar en la mansión Pendergast notó algo raro. Reinaba un silencio expectante, un estatismo anómalo, así como cierto olor extraño. Comprobó rápidamente que todas las alarmas estuvieran encendidas y con luz verde, que nadie hubiera tocado las cerraduras y que estuviera todo en su sitio.

Aun así se dio prisa en recorrer los amplios pasillos que llevaban a la biblioteca. Dentro de ella todo era frío, oscuridad y silencio; no estaba encendida la chimenea, ni había señales de Proctor.

Abrió la estantería y usó el ascensor para bajar al sótano, donde corrió por el pasillo subterráneo y abrió la puerta secreta. Esta vez el olor lo golpeó como un muro: una mezcla apestosa de formol, etanol y miles de otros líquidos, polvos y mejunjes irreconocibles. Sacó su 45 al descender a gran velocidad por la curva de la escalera.

Tras cruzar el arco y penetrar en la larga sucesión de estancias subterráneas que componían el subsótano atravesó corriendo la primera media docena y se paró de golpe. Las siguientes salas, que formaban una hilera conectada por arcos de piedra e iluminada por bombillas, ofrecían un panorama de destrucción. Por todas partes brillaban esquirlas de cristales de colores y se veían frascos rotos en medio de charcos que desprendían humo. Todo estaba sembrado de especímenes. Los anaqueles yacían volcados y destrozados en el suelo de piedra, y las vitrinas de las paredes aparecían salpicadas de orificios de bala de gran calibre.

—¡Tristram! —exclamó echando a correr.

Cruzó las cámaras como una exhalación, haciendo crujir una alfombra de cristales. Hacia la mitad de la serie de salas cambió de dirección, llegó a la habitación de su hijo, introdujo la llave en el cerrojo, la giró y abrió de par en par.

En el suelo había un cuerpo cubierto por una sábana. Corrió hacia él, ahogando un grito, y al apartar la sábana vio a Proctor con la cara ensangrentada y el cuerpo magullado. Le buscó rápidamente el pulso en el cuello. El chófer estaba vivo pero inconsciente. Tras examinar su cuerpo llegó a la conclusión de que solo había recibido una paliza, así como un feo corte en la cabeza que había sangrado en abundancia y era un indicio claro de conmoción.

Fue al baño contiguo para mojar un paño en agua caliente, con el que lavó con suavidad la cara de Proctor y el corte de la cabeza. Sus desvelos empezaron a revivir al herido, que al tratar de incorporarse estuvo a punto de sufrir un desmayo. Pendergast hizo que se tendiera otra vez en el suelo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó en voz baja pero con urgencia.

Proctor sacudió la cabeza para aclararse. El dolor le hizo gemir.

—Alban… se ha llevado a Tristram.

—Pero ¿se puede saber cómo ha entrado?

El mismo gesto con la cabeza.

—Ni idea. Me pareció oír… un ruido.

—¿Cuándo ha sido?

—Hacia las diez… menos cuarto.

Eran más de las once. Pendergast se levantó de un salto. No había ninguna señal de que Alban y su víctima hubieran salido de la casa. Las alarmas estaban en verde. Sin embargo, había transcurrido más de una hora desde el ataque.

—Voy a dejarlo aquí mientras los busco —dijo.

El gesto de Proctor pareció decir: «Por mí no se preocupe».

Con la pistola preparada, Pendergast sometió la habitación a un rápido registro. Al hurgar en el desorden de papeles de la mesa de Tristram, fruto de sus tentativas de escribir en inglés, encontró un dibujo muy bonito de una montaña con una nota que indicaba que era un regalo para su padre. El descubrimiento lo hizo estremecerse de dolor. Sin embargo, dejó a un lado sus sentimientos y salió de la habitación con el dibujo, cerrando la puerta con llave.

Examinó con atención las marcas en el suelo del pasadizo lateral, pero a tan poca distancia de la habitación de Tristram había demasiadas huellas para poder establecer algún tipo de patrón. Volvió al pasillo principal y avanzó a la mayor velocidad que pudo sin bajar la guardia ni dejar de examinar los destrozos que tapizaban el piso. Tras cruzar varias estancias más llegó al antiguo laboratorio del profesor Leng. Tan lejos no había llegado el duelo. El laboratorio estaba relativamente en orden, con vasos de precipitados, retortas y aparatos de titración sobre las viejas mesas de esteatita. Miró a su alrededor con gran detenimiento. A continuación, siguiendo las paredes, se acercó sin hacer ruido a la puerta abierta que llevaba a la siguiente sala, la última de todas. Estaba llena de armas, tanto antiguas como relativamente modernas: espadas, mazas, rifles, cachiporras, granadas, mayales, tridentes…

Una vez dentro se detuvo, sacó de su bolsillo una pequeña linterna de ledes y la usó para explorar la sala. No parecía faltar nada. Al llegar a la pared del fondo se paró. Había marcas frescas a escasos metros de una discreta puerta en el muro.

Las alarmas de seguridad estaban todas en verde. No se habían disparado los sensores de movimiento. La mansión estaba sumamente protegida contra los intrusos, salvo el sótano y los subsótanos, a los que solo era posible acceder por el ascensor oculto y la puerta secreta, que por la singularidad de su distribución, y lo casi ilimitado de sus dimensiones, no se podían proteger debidamente. No solo eso, sino que tratar de hacerlo sería poner en peligro toda aquella parte secreta de la mansión. De todos modos eran puras especulaciones, porque ningún intruso sería capaz de encontrar la entrada.

Pendergast contempló la puerta cerrada. A menos que… ¿Sería posible?

La abrió rápidamente. Se comunicaba con un tosco pasadizo labrado en la piedra, y una escalera que descendía aprovechando una grieta natural del lecho esquístico. Llegaba de abajo un fuerte olor a moho y humedad. Los escalones, numerosos y rudimentarios, lo condujeron a un antiguo muelle de piedra junto a un túnel inundado de agua: la guarida del pirata fluvial que había sido dueño de una casa en el mismo solar de la mansión. En el muelle solía haber un viejo bote de remos, pero no estaba. Las salpicaduras y charcos recientes de agua en los bordes de piedra del embarcadero eran testigos de que el bote se había usado hacía poco tiempo.

Pendergast sabía que el túnel del contrabandista llevaba al río Hudson. Estaba tan bien escondido, y el acceso al subsótano tan bien barrado y cerrado, que él siempre había considerado que la entrada trasera por el túnel era imposible de descubrir y de difícil acceso, pero en aquel momento comprendió que había sido un descuido de lo más estúpido. Al disponer de una hora de ventaja, seguro que Alban y su rehén ya se habían marchado, y era imposible seguirles la pista.

Se sentó, o casi dejó caer, sobre las piedras del embarcadero.

Dos tumbas
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