23

El teniente D'Agosta estaba echado hacia delante en una silla del laboratorio de vídeo C, en la decimonovena planta de la comisaría central. Solo hacía una hora que se había marchado del lugar del crimen y tenía la sensación de haber aguantado quince rounds con un boxeador profesional.

Se giró hacia el operario del equipo de vídeo, un machaca flaco de apellido Hong.

—La grabación de la planta quince. Sesenta segundos para atrás.

Hong pulsó unas cuantas teclas, haciendo cambiar la imagen en blanco y negro del monitor central, que mostró un rebobinado rápido.

Mientras miraba la pantalla, D'Agosta repasó mentalmente la secuencia del crimen. El asesino había entrado a la fuerza en la habitación (según las cintas de seguridad del Royal Cheshire, parecía conocer una vez más el momento exacto en el que se abriría la puerta) y había arrastrado a la pobre mujer al dormitorio de la suite, donde después de matarla había emprendido su horrible labor. En total no había tardado ni diez minutos.

En ese momento había vuelto a la suite el marido de la víctima, y el asesino se había escondido en el lavabo. El marido había descubierto el cadáver de su esposa, y sus gritos de desesperación habían llegado a oídos de un agente de seguridad del hotel, que al entrar en la suite y ver el cadáver había llamado a la policía. Aprovechando la confusión, el asesino se había escapado. Todo ello lo corroboraban las cintas de seguridad, así como las pruebas encontradas en la suite y las declaraciones del marido y del detective.

Parecía bastante claro. El problema, lo raro de verdad, estaba en los detalles. Por ejemplo: ¿cómo había conseguido esconderse el asesino en el lavabo? Si su trabajo en el dormitorio lo había interrumpido el clic de la puerta de la suite, era imposible que hubiera llegado al lavabo a tiempo de no ser visto por el marido. Tenía que haberse escondido antes de que pasara la tarjeta por la cerradura. Tenía que haberlo puesto sobre aviso alguna otra pista.

Estaba bastante claro que el tipo tenía un cómplice, pero ¿dónde?

—Empieza justo aquí —le dijo a Hong.

Debía de ser la décima vez que veía el vídeo del pasillo en el momento en que entraba el marido en la suite. Cinco segundos después se abría la puerta y salía el asesino, con sombrero de fieltro y gabardina, pero luego, en contra de toda lógica, se metía por segunda vez en la habitación. Poco después aparecía el detective del hotel por una esquina.

—Páralo un momento —dijo D'Agosta.

El problema era que en el pasillo no había ningún cómplice que pudiera verlo venir. Estaba vacío.

—Vuelve a ponerlo —dijo.

Observó taciturno cómo desaparecía el detective del hotel dentro de la habitación, alertado por los gritos del marido. El asesino volvía a salir casi enseguida para ir hacia los ascensores. Pulsaba el botón de bajada, esperaba un minuto y, como si hubiera cambiado de idea, recorría el resto del pasillo y cruzaba la puerta de la escalera.

Al cabo de un momento se abría la puerta del ascensor y salían tres hombres uniformados.

—Páralo —dijo D'Agosta—. Vamos a ver la grabación del piso trece. Empieza en la misma indexación.

—Ahora mismo —dijo Hong.

Las cintas del piso catorce ya las habían visto: en aquel momento exacto había varias mujeres de la limpieza que hacían su trabajo y cuyos carros bloqueaban el pasillo. D'Agosta vio salir al asesino al piso trece por la escalera: iba hasta los ascensores, pulsaba por segunda vez el botón de bajada y esperaba. Dejaba pasar un ascensor y volvía a pulsar el botón. Esta vez, cuando se abría la puerta, entraba.

—Páralo —dijo D'Agosta.

Ya había hecho lo mismo mil veces. ¿Dónde estaba el cómplice? En varios momentos no se observaba a nadie cerca, y en otras situaciones en las que podía haber vigilantes D'Agosta no encontraba coincidencias físicas entre ellos. Nadie podía pasar en quince segundos de ser un octogenario encorvado a una mujer de la limpieza dominicana y gorda. A menos que el asesino tuviera decenas de cómplices…

Era raro, raro de verdad.

—Cámara del vestíbulo —murmuró—. La misma indexación.

La imagen del monitor tembló, y al volver a enfocarse mostró un plano superior del discreto y elegante vestíbulo del hotel. En un momento dado se abría la puerta del ascensor y salía el asesino a solas. Empezaba a caminar hacia la entrada principal, pero después, como si se lo repensara, daba media vuelta y se sentaba en un sillón, escondiendo la cara detrás de un periódico. Siete segundos después pasaba corriendo un hombre uniformado, de la seguridad del hotel. Inmediatamente se levantaba el asesino y, en vez de volver a dirigirse a la entrada principal, encaminaba sus pasos hacia una puerta sin ningún letrero que se comunicaba con las zonas de servicio. La puerta se abría justo antes de llegar el asesino, y salía un botones. El asesino la cruzaba antes de que se cerrase, sin haber tenido que alargar siquiera el brazo.

D'Agosta vio desaparecer la silueta al otro lado de la puerta. Otras cámaras mostraban cómo utilizaba una salida de la zona de carga y descarga del hotel. Por mucho que D'Agosta mirase y remirase las grabaciones del vestíbulo, y de otras cámaras, no veía ni rastro de un posible cómplice de los asesinatos.

Hong paró el vídeo por iniciativa propia.

—¿Quiere ver algo más?

—Sí. ¿Tienes alguna reposición de Los tres chiflados?

Se levantó sin fuerzas, sintiéndose aún más viejo que al llegar.

Justo al irse, sin embargo, le sobrevino una idea. No hacía falta que el cómplice estuviera en todos esos sitios. Con tener acceso a las señales de vídeo en tiempo real ya habría visto lo mismo que D'Agosta. Y por consiguiente, podía haber advertido al asesino. Por lo tanto, o era alguien del propio departamento de seguridad o había pirateado el circuito cerrado para desviar una señal privada en directo, incluso por internet, si estaban las cámaras en red. En tal caso el cómplice podía no estar ni siquiera en Nueva York.

Reflexionando sobre aquel golpe de genio, empezó enseguida a pensar en el provecho que podía sacarle.

Dos tumbas
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