6

Kyoko Ishimura recorría lentamente el pasillo, pasando por el suelo de madera pulida una escoba de cáñamo tradicional. De hecho, el pasillo ya estaba impoluto, pero hacía mucho tiempo que la señorita Ishimura tenía por costumbre barrerlo día sí, día no. El apartamento (que en realidad eran tres, reformados por el propietario en uno solo) estaba sumido en un silencio expectante. A cinco pisos de altura, el ruido del tráfico de la calle Setenta y dos Oeste apenas se filtraba por las gruesas paredes de piedra.

Tras dejar la escoba, en el cuarto de la limpieza, cogió un paño de fieltro, dio unos pasos por el corredor y entró en una pequeña habitación con alfombras de Tabriz e Isfahan en el suelo, y un artesonado antiguo en el techo. Estaba llena de manuscritos e incunables muy bien encuadernados, dentro de vitrinas de caoba y cristal emplomado. La señorita Ishimura empezó por limpiar el mobiliario; después limpió el cristal, y por último, con un paño especial, los propios volúmenes, cuyos lomos nervados, cofias y bordes dorados desempolvó con sumo cuidado. También los libros estaban pulcros, pero aun así les sacó el polvo a todos. No era por mera costumbre. Cuando a la señorita Ishimura le preocupaba algo se consolaba limpiando.

Hacía cuatro días que su jefe mostraba una conducta extraña, desde que había regresado sin avisar. Ya era un hombre raro de por sí, pero su nueva actitud resultaba enormemente turbadora para la señorita Ishimura. Se pasaba todo el día en su gran apartamento, con pijama y una de sus batas inglesas (todo ello de seda), sin abrir la boca, absorto durante horas en la cascada de mármol de la recepción, o sentado durante gran parte de la jornada en su jardín zen, inmóvil, como estupefacto. Ya no leía la prensa ni se ponía al teléfono. Había dejado de comunicarse de cualquier manera, incluso con ella.

Para colmo de males no comía nada de nada. La señorita Ishimura había intentado tentarlo con sus platos favoritos (mozuku, shiokara…), pero ni los tocaba. Lo más preocupante era que había comenzado a tomar pastillas. La señorita Ishimura había leído disimuladamente los nombres de los frascos (dilaudid y levo-dromoran), y al buscarlos por internet la había horrorizado descubrir que eran narcóticos muy fuertes, de los que su jefe daba indicios de abusar en cantidades cada vez mayores.

Su impresión inicial fue que estaba sumido en un dolor profundo, casi inconcebible, pero con el paso de los días empezó a manifestar un deterioro físico: tenía la piel gris, las mejillas chupadas y los ojos oscuros y hundidos. A medida que su jefe caía en el silencio y la apatía, la señorita Ishimura tuvo la sensación de que no estaba apenado, sino vacío de cualquier emoción. Era como si alguna experiencia pavorosa las hubiera devorado todas, dejándolo hueco como una cenicienta cáscara.

Junto a la puerta empezó a parpadear un led azul. Para la señorita Ishimura, que era sordomuda, significaba que estaba sonando el teléfono. Se acercó a la mesa del rincón donde descansaba el aparato y examinó la identificación de la llamada. Era el teniente D'Agosta, el policía. Otra vez.

Después de unos cinco segundos sin apartar la vista del teléfono, que seguía sonando, siguió el impulso de contravenir las órdenes expresas de no descolgar y colocó el auricular sobre uno de los aparatos para sordos que empleaba. Tecleó un mensaje: «Espere, por favor. Voy a buscarlo».

Al salir y llegar al fondo del pasillo, giró por un recodo, cruzó otro corredor y se detuvo para dar unos suaves golpes en un shoji, un biombo de papel de arroz que servía de puerta, y que al momento siguiente apartó ella misma para entrar.

El biombo daba a una habitación con una gran bañera japonesa ofuro, hecha con madera clara de hinoki. En su interior estaba reclinado el agente Pendergast, cuya cabeza y hombros estrechos eran lo único que sobresalía de las altas paredes, en medio del vapor. Detrás de él se alineaban como centinelas varios frascos de píldoras y botellas de agua mineral francesa. Desnudo, su aspecto impresionó más que nunca a la señorita Ishimura: el rostro, macilento hasta el extremo, los ojos claros, casi amoratados… En el ancho reborde descansaban los Cuatro cuartetos de T. S. Eliot, junto a una navaja de afeitar pesada y reluciente. La señorita Ishimura había reparado en que a veces su jefe se pasaba horas afilando la navaja con una cinta de barbero hasta darle un brillo cruel. El agua de la bañera estaba ligeramente teñida de rosa. Sería el vendaje de la herida de la pierna, que volvía a supurar. Pendergast la había dejado como estaba, pese a la insistencia de su ama de llaves.

La señorita Ishimura le entregó una nota: «El teniente D'Agosta».

Él se limitó a mirarla fijamente.

Ella le tendió el teléfono y articuló una palabra: «Dozo».

Él siguió sin decir nada.

—Dozo —articuló ella de nuevo, con énfasis.

Al final su jefe le pidió que conectase el manos libres de la pared. Tras hacerlo, la señorita Ishimura se apartó con deferencia. Aunque no oyese nada, leía los labios con la más absoluta perfección, y no tenía la menor intención de marcharse.

—¿Hola? —dijo por el altavoz una voz débil y metálica—. ¿Hola? ¿Pendergast?

—Vincent —contestó en voz baja Pendergast.

—¡Pendergast! Pero ¿dónde estaba, por Dios? ¡Hace días que lo busco!

Pendergast no dijo nada. Se limitó a reclinarse un poco más en la bañera.

—¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Helen?

—A Helen la han matado —contestó Pendergast con una voz terrible, apática, sin expresión.

—¿Qué? ¿Cómo que matado? ¿Cuándo?

—En México. La enterré yo. En el desierto.

D'Agosta emitió un grito ahogado. Volvió a hablar tras un breve silencio.

—Madre de Dios… Madre de Dios… ¿Quién la mató?

—Los nazis. De un tiro al corazón. A bocajarro.

—Dios mío… Lo siento. Lo siento muchísimo. ¿Y usted los… cogió?

—Se escapó uno.

—Vale, pues pillaremos a ese hijo de puta. Lo llevaremos a juicio y…

—¿Por qué?

—¿Por qué? ¿Cómo que por qué?

El agente Pendergast levantó la vista hacia la señorita Ishimura, y mediante un pequeño giro del índice derecho le indicó que colgase el teléfono. El ama de llaves, que había observado atentamente sus labios durante la breve conversación, se acercó después de un corto titubeo, pulsó el botón de off, retrocedió por el suelo de pizarra del cuarto de baño y cerró el shoji sin hacer ruido, dejando a Pendergast a solas.

Ahora ya sabía cuál era el problema, pero no le hizo ningún bien, ninguno en absoluto.

Dos tumbas
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