18

El individuo que llevaba el nombre de Alban Lorimer se puso en cuclillas y pasó por su frente una mano cubierta por un guante de piel. Su respiración era pesada (costaba descoyuntar un cadáver de aquellas dimensiones con los instrumentos relativamente pequeños de los que disponía), pero estaba en forma y disfrutaba con el ejercicio físico.

De momento había sido el mejor. El hotel, Royal Cheshire, era una maravilla, con su vestíbulo elegante y de atractiva discreción, en blanco y negro. La intimidad que desprendía era una dificultad añadida, pero también un reto. La personalidad del hotel resultaba algo más complicada de describir que la de los dos anteriores; nobiliaria, quizá, fruto de muchísimas generaciones de buena crianza y refinamiento, con dinero y clase pero sin la menor necesidad de ostentación vulgar. Aquella suite del piso quince, en concreto, era francamente de buen gusto.

La joven, por su parte (Alban se había asegurado de que fuera eso, una mujer joven), había resultado de lo más satisfactoria. Se había resistido con coraje, incluso después de que él le abriera el cuello con la navaja; y en recompensa a sus esfuerzos, Alban se había esmerado especialmente, distribuyendo las partes del cadáver en una semblanza del Hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci, con diversos órganos en el lugar de los puntos cardinales del círculo y el plato fuerte depositado con cuidado en la frente. Respiró profundamente, mojó un dedo enguantado en la sangre recién acumulada debajo del cadáver y escribió el breve mensaje en la región del estómago —¡ay, qué cosquillas!—; después se secó la punta del dedo en una parte limpia de la moqueta.

Se preguntó si él habría adivinado quién cometía los asesinatos. Era tan deliciosa, a fin de cuentas, la ironía…

De repente alzó la vista; y aunque todo estuviera en silencio, comprendió al instante que solo le quedaban uno o dos segundos para actuar. Recogió su instrumental a toda prisa, lo enrolló en la funda de piel, se levantó, abandonó el dormitorio hacia la sala de estar de la suite y se metió en el lavabo para esconderse detrás de la puerta.

Poco después sonó el clic de la cerradura y el crujido de la puerta. Oyó pisadas, silenciadas por la moqueta.

—¿Mandy? —dijo una voz masculina—. Mandy, cariño, ¿dónde estás?

Las pisadas se alejaron al pasar del salón al dormitorio.

Alban abandonó el lavabo de puntillas, haciendo el menor ruido posible. Abrió la puerta de la habitación, salió al pasillo… y al cabo de un momento de vacilación entró de nuevo en el cuarto de baño y se escondió tras la puerta.

—¿Mandy…? ¡Dios mío! —Del dormitorio emergió un grito—. ¡No, no, no!

A un ruido sordo, como el de un cuerpo al caer de rodillas en el suelo, lo siguieron resuellos y sonidos ahogados.

—¡Mandy! ¡Mandy!

Alban esperó mientras el llanto del dormitorio dejaba paso a la histeria, y esta a gritos de socorro.

Volvió a abrirse bruscamente la puerta de la suite.

—¡Seguridad del hotel! —dijo una voz bronca—. ¿Qué pasa?

—¡Mi mujer! ¡La han asesinado!

Nuevos pasos junto al cuarto de baño, seguidos por una exclamación de asombro, una brusca retahíla de palabras por radio y más gritos fastidiosos de espanto e incredulidad por parte del desconsolado esposo.

Alban se deslizó con sigilo fuera del lavabo, se dirigió en silencio hacia la puerta, la abrió, salió, esperó un poco y la cerró con suavidad. Después se fue tranquilamente hacia los ascensores del pasillo y pulsó el botón de bajada, pero cuando la señal de encima del ascensor indicó que este empezaba a subir, dio un paso atrás, retrocedió de nuevo por el pasillo, abrió la puerta de la escalera y bajó dos pisos antes de salir de nuevo.

Sonrió al mirar el corredor vacío y se fue en la dirección contraria, hacia el ascensor de servicio.

Dos minutos después cruzaba la entrada de servicio del hotel con el ala del sombrero cubriéndole los ojos y las manos enguantadas hundidas en los bolsillos de su gabardina. Empezó a pasearse tranquilamente por Central Park Oeste, donde el primer sol de la mañana hacía brillar el pavimento, justo cuando comenzaban a oírse las sirenas lejanas de la policía.

Dos tumbas
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