14

Tras una somera exhibición de su placa, el teniente Vincent D'Agosta dejó atrás la garita sin mirar a los ojos del portero, que salió corriendo tras él.

—¡Señor, señor! —decía—. ¿A quién viene a ver?

D'Agosta dio el nombre y el número de piso de Pendergast y se fue hacia el patio interior.

Algo mayor fue la obstinación del ascensorista, cuyo caso requirió una amenaza explícita de obstrucción a la justicia para que cerrase a disgusto las antiguas rejas del ascensor y subiera hasta la suite de Pendergast.

D'Agosta ya había estado muchas veces en el Dakota, cuyo olor, una mezcla de cera de muebles, madera vieja y un leve toque de cuero, solía llamarle poderosamente la atención. Allá era todo refinado y chapado a la antigua, desde el latón bruñido de los tiradores y molduras del ascensor hasta la mullida moqueta, sin olvidar las preciosas paredes de travertino, con sus apliques del siglo XIX. En cambio esta vez apenas se fijó. Pendergast lo tenía descompuesto de preocupación. Llevaba días esperando el desenlace, esperando que explotara la olla a presión, pero nada; y probablemente fuera peor eso que cualquier explosión.

El portero, como era de prever, había dado aviso, de modo que cuando D'Agosta accionó el interfono, este cobró vida al instante.

—¿Vincent?

—Tengo que hablar con usted. Por favor.

Un silencio largo, larguísimo.

—¿Sobre qué tema?

La voz de Pendergast tenía un extraño matiz que le puso los pelos de punta. Tal vez fuera el crujido electrónico del interfono.

—¿Me deja entrar?

Otra pausa extraña.

—No, gracias.

Lo asimiló. ¿«No, gracias»? Qué mal sonaba… Recordó el consejo de Hayward y decidió probar.

—Oiga, Pendergast, ha habido dos crímenes. Un asesino en serie. Necesito que me aconseje, de verdad.

—No me interesa.

D'Agosta respiró hondo.

—Solo tardaré uno o dos minutos. Me gustaría verlo. Ha pasado mucho tiempo. Tenemos que hablar y ponernos al día. Tengo que enterarme de lo que ha pasado, y de cómo está usted. Ha sufrido un shock tremendo…

—Le ruego que salga del edificio y no vuelva a molestarme.

El tono era aún más frío, estirado y formal que de costumbre. D'Agosta esperó un poco antes de responder amablemente.

—Eso no lo pienso hacer. Me voy a quedar aquí, molestándolo hasta que me deje entrar. Si hace falta incluso me quedaré toda la noche.

Por esa vía lo consiguió. Después de un buen rato empezaron a girar las sucesivas cerraduras. La puerta se abrió lentamente, y D'Agosta entró en el vestíbulo. Pendergast, con bata negra, ya le daba la espalda y no le brindó ningún saludo. D'Agosta lo siguió al recibidor, el de los bonsáis y la pared de agua.

Moviéndose con apatía, Pendergast se volvió, se sentó con las manos cruzadas por delante y levantó la cabeza para mirar a D'Agosta.

El teniente se quedó de piedra. No daba crédito a lo que veía. La cara de Pendergast estaba gris, deshecha; sus ojos, que en su estado normal eran plateados, tenían la pesada grisura del plomo envejecido. Un ligero temblor agitaba sus manos enlazadas.

Hizo de tripas corazón.

—Pendergast, solo quería decirle cuánto siento la muerte de Helen. No sé qué planes tiene, pero lo apoyo al cien por cien en todo lo que quiera hacer para echarles el guante a esos cabrones.

Sus palabras no parecieron despertar ninguna reacción.

—Necesitamos un… esto… certificado de defunción y un atestado de homicidio. Tendremos que exhumar el cadáver y hacer todo el papeleo en México. No sé muy bien en qué consiste, pero le aseguro que nos lo ventilaremos en un pispás. La enterraremos en Estados Unidos como Dios manda, y luego pondremos en marcha una investigación de no te menees, con el FBI, por supuesto, que respaldará a uno de los suyos. También participará la policía de Nueva York. Ya me encargaré yo de que nuestro despliegue de recursos sea de órdago. Le doy mi palabra de que esos pedazos de cerdos no se nos escapan.

Se calló y respiró agitadamente. Pendergast tenía los ojos cerrados, como si se hubiera dormido. D'Agosta lo miró fijamente. Aún era peor de lo que se pensaba. Al observar a su viejo amigo y socio, se dio cuenta de algo horrible cuyo impacto fue como una descarga de alto voltaje.

—Madre mía. Usted consume.

—¿Consumo? —murmuró Pendergast.

—Está drogado.

Un silencio prolongado.

D'Agosta tuvo un ataque de rabia.

—Lo he visto mil veces. Se ha drogado.

Pendergast hizo un pequeño gesto con la mano.

—¿Y?

—¿Y? «¿Y?»

Se levantó de la silla, rojo de ira. Había visto tanta mierda, tanta muerte, asesinato, sufrimiento absurdamente inútil provocado por las drogas… Las detestaba.

Se encaró con Pendergast.

—No me lo puedo creer. Lo consideraba más inteligente. ¿Dónde está?

La única respuesta fue una mueca. Era intolerable.

—¿Dónde está la droga? —preguntó D'Agosta, levantando la voz.

Ante la falta de respuesta lo invadió la rabia y se acercó a la estantería para empezar a sacar libros.

—¿Dónde está la droga? —Tiró con el dorso de la mano uno de los bonsáis de la mesa—. ¿¡Que dónde está la droga!? De aquí no me voy sin encontrarla. Pero ¡qué imbécil, coño!

—Sus improperios de clase obrera han perdido su encanto.

Al menos era un atisbo del Pendergast de siempre. D'Agosta, tembloroso, se dio cuenta de que le convenía contener la rabia.

—Este piso es muy grande, y la mayoría de las puertas están cerradas con llave.

Se puso como loco. Intentó no perder el control.

—Oiga, mire, yo ya sé que lo de Helen es una tragedia horrible…

Pendergast lo interrumpió con frialdad.

—No mencione nunca más a Helen, ni lo que pasó. Jamás.

—Bueno, está bien, no lo mencionaré, pero tampoco se puede… vaya, que…

Sacudió la cabeza, literalmente sin palabras.

—Me ha dicho usted que necesitaba ayuda para investigar un asesinato. Yo le he contestado que no me interesa. ¿Puedo pedirle que se vaya si no se le ofrece nada más?

Lo que hizo D'Agosta fue sentarse con todo su peso y apoyar la cabeza en las dos manos. Tal vez la investigación fuera lo que necesitara Pendergast para salir de aquel estado, aunque lo dudaba. Se frotó la cara y levantó la cabeza.

—Déjeme que se lo explique, ¿vale?

—Si no hay más remedio…

Se pasó las manos por las piernas y respiró un par de veces.

—¿Ha ido leyendo la prensa?

—No.

—Aquí tengo un resumen del caso.

Sacó el informe de tres páginas que había impreso y se lo dio al agente, que lo cogió y lo leyó por encima. Sus ojos seguían apagados, apáticos, pero no lo devolvió enseguida, sino que continuó mirándolo y pasando las páginas. Al cabo de un momento volvió al principio y empezó a releerlo con más detenimiento.

Cuando el agente levantó la cabeza, D'Agosta tuvo la impresión de que sus ojos brillaban, pero no, eran imaginaciones suyas.

—Mmm… Me ha parecido que estaba un poco en la línea de lo que investiga usted. Nos han asignado a un agente especial de la UCC. Gibbs, se llama, Conrad Gibbs. ¿Lo conoce?

Pendergast sacudió despacio la cabeza.

—Tiene muchas teorías, todas bastante simplonas, pero este caso… parece hecho a medida para usted. He traído una carpeta con los análisis preliminares de la policía científica, informes de laboratorio, autopsia, ADN… De todo y más —dijo mientras la sacaba del maletín y la enseñaba con ademán interrogante. Ante la falta de reacción, la dejó encima de una mesa—. ¿Puedo contar con su ayuda? ¿Aunque solo sea una opinión informal?

—Mal que me pese, no tendré tiempo de examinar el material antes de irme.

—¿Irse? ¿Adónde va?

Pendergast se levantó con gran esfuerzo. Enfundado en aquella bata negra, parecía la muerte personificada. Estaba claro que el destello que había imaginado ver D'Agosta era un mero fruto de sus esperanzas. Los ojos del agente brillaban menos que nunca.

Pendergast le tendió la mano, fría como una caballa muerta; pero de pronto la mano se tensó, y el agente adoptó un tono mucho más cálido, aunque forzado.

—Adiós, mi querido Vincent.

Pendergast cerró la puerta de su apartamento y fue hacia la del recibidor, pero no llegó a cruzarla. Se paró y dio media vuelta, vacilante. Su rostro delataba una enorme agitación interna. Pareció que al final se decidiera: se acercó a la mesa, cogió la gruesa carpeta, la abrió y empezó a leer.

Estuvo así dos horas, sin moverse. Después dejó la carpeta y movió los labios para articular una sola palabra.

—Diógenes.

Dos tumbas
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