28

Pendergast se levantó como un resorte, salió de la sala de lectura y corrió por el pasillo hacia el recibidor, siguiendo el grito. Al acercarse oyó más alboroto: varias voces que se sobreponían con potencia a las protestas agudas e ininteligibles de la señorita Ishimura y con el ruido de alguien que gruñía y farfullaba.

Al cruzar la puerta lisa y entrar en el recibidor se encontró con algo insólito: un portero y el jefe de seguridad del Dakota, un tal Franklin, sujetaban a un joven flaco, poco más que un niño, con pantalones vaqueros y una camisa de trabajo rota. Tenía el pelo enredado, todo el cuerpo manchado de hollín y apestaba. Llevaba un vendaje ensangrentado en una oreja, y vendas sucias en una mano y un pie. Saltaba a la vista que estaba fuera de sí. Casi no se tenía en pie, ponía los ojos en blanco y murmuraba incoherencias.

Pendergast se volvió hacia el jefe de seguridad.

—Pero ¿qué está pasando aquí?

—Lo siento, señor Pendergast, pero es que a este chico lo han herido y no está bien.

—Ya lo veo, pero ¿por qué lo traen aquí?

El jefe de seguridad puso cara de perplejidad.

—¿Perdón?

—Señor Franklin, ¿por qué ha traído a este chico justo aquí, a mi apartamento? Adonde tiene que ir es a un hospital.

—Ya lo sé, señor, pero al ser hijo suyo…

—¿Hijo mío?

Pendergast miró con la mayor de las sorpresas al desharrapado muchacho.

El jefe de seguridad se calló. El pánico tiñó sus siguientes palabras.

—Al oír lo que decía he dado por supuesto… —Volvió a titubear—. Espero no haber hecho nada grave trayéndolo aquí…

La mirada de Pendergast seguía tan fija como antes. Interrumpidas todas sus funciones mentales, lo avasallaba una impresión de irrealidad, como si de repente el mundo se hubiera vuelto plano, de dibujos animados. Las facciones del muchacho (pelo de color rubio claro bajo la capa de hollín, ojos de azul plateado, rostro estrecho, aristocrático) no hicieron más que agravar su sensación de estupor paralizante. No podía moverse, hablar ni pensar. Sin embargo, todos esperaban algún acto o palabra de confirmación o de rechazo.

Un gemido del muchacho rompió el silencio y pareció sobresaltar a Franklin.

—¿Señor Pendergast?

El jefe de seguridad seguía sujetando el brazo del muchacho, al igual que el portero.

Fue como si se solidificase otro largo silencio, mientras todos seguían a la espera y el murmullo de la cascada al deslizarse por el mármol adquiría una fuerza inusitada.

Al final fue la menuda señorita Ishimura quien reaccionó. Se acercó a Franklin e hizo varios aspavientos. Eran gestos muy claros: el personal de seguridad debía llevar al muchacho al sofá de piel del centro de la sala. Así lo hicieron. Mientras lo colocaban boca abajo, la señorita Ishimura trajo un cojín y se lo puso bajo la cabeza. El movimiento pareció sacar de su estupor al joven. Desde ahí, tendido, recorrió la sala con la vista… hasta clavarla en Pendergast.

Levantó la cabeza. Sus ojos claros brillaron al mirarlo fijamente.

—Padre… —jadeó en un inglés con mucho acento—. Escóndeme…

Incluso un esfuerzo tan pequeño pareció dejarlo exhausto. Su cabeza se cayó hacia atrás, mientras su vista se desenfocaba y sus labios se movían para murmurar algo ininteligible.

Pendergast parpadeó, y se le aclaró un poco la vista. Sus ojos, ahora muy oscuros, se centraron de nuevo en el muchacho, mientras su poder de observación se abría a una larga serie de pequeños detalles: la ubicación de los vendajes, la estatura, constitución física, porte y rasgos faciales del joven… A medida que se disolvía el bloqueo mental fue calando en su conciencia toda la magnitud de lo que estaba viendo: el parecido con Diógenes, pero sobre todo con él mismo y Helen. También empezaron a repetirse en su cerebro, sin haber sido invocadas, las grabaciones de seguridad que había visionado una y mil veces.

Se le formó una frase en la cabeza: «Es mi hijo, el Asesino de los Hoteles».

—Señor Pendergast —dijo Franklin—, ¿qué hacemos? ¿Avisamos a la policía? Este chaval necesita atención médica.

«Mi hijo, el Asesino de los Hoteles.»

La realidad volvió en un fogonazo deslumbrante. De pronto Pendergast fue todo acción: corrió junto al muchacho, se puso de rodillas, le cogió la mano (que quemaba) y buscó su pulso: rápido y superficial. Tenía mucha fiebre y deliraba. Probablemente se le estuvieran infectando las autoamputaciones.

Acto seguido, Pendergast se levantó y se giró.

—Gracias, señor Franklin —dijo con rapidez—. No hace falta llamar a la policía. Ha hecho usted bien. Ahora mismo aviso a un médico.

—De acuerdo, señor.

Franklin y el portero salieron del apartamento.

Pendergast se volvió hacia su ama de llaves, que observó sus labios con atención.

—Señorita Ishimura, por favor, tráigame vendas, un barreño de agua muy caliente, crema antibiótica, toallas de manos y tijeras, y llévelo todo a la habitación interior.

La señorita Ishimura se marchó. Pendergast deslizó los brazos por debajo del muchacho y lo izó. Su delgadez era impactante. Tras llevárselo a la parte interna del apartamento, lo depositó en la cama de un dormitorio fresco y en desuso que daba al patio interior del Dakota. El muchacho empezó a divagar entre fuertes temblores. Pendergast le quitó (y en caso de necesidad cortó) la ropa sucia y a continuación inspeccionó las heridas, empezando por la de la oreja. Faltaba el lóbulo. La coincidencia con el del pedazo aparecido en el primer cadáver era obvia. La herida presentaba mal aspecto, con infección incipiente. Peor era el estado del dedo cortado: se veía la punta del hueso. El dedo amputado del pie se había abierto y sangraba mucho. El joven daba la impresión de haber caminado una larga distancia con el pie lesionado.

La señorita Ishimura apareció con el barreño y una toalla de manos. Pendergast limpió la cara al joven.

—Padre… —dijo—. Ayuda…

—Estoy aquí —dijo Pendergast—. Tranquilo, ya no corres peligro.

Se le quebró la voz. Aclaró la toalla y le secó la cara. La señorita Ishimura volvió con una bandeja de vendas, antibióticos y otros productos médicos.

—No ha sido culpa mía… bitte, mein Gott, bitte, no me dejes solo…

Pendergast lavó con suavidad el dedo afectado, limpió la herida, aplicó ungüento antibiótico y colocó una nueva venda. Después se concentró en el dedo del pie, que era lo que estaba en peores condiciones. No consiguió detener la hemorragia. Aun así lo lavó y lo vendó, envolviéndolo en gasa. Mientras tanto el muchacho gemía y se revolvía inquieto, murmurando sin cesar:

—No ha sido culpa mía…

Al terminar, Pendergast se levantó. Durante un momento todo le dio vueltas. La señorita Ishimura lo sujetó y se lo llevó al pasillo como a un niño, mientras le hacía señas de que ya se encargaba ella de todo, de que no se preocupara más por el muchacho y se fuera a descansar.

El asintió sin decir nada y fue por el pasillo hacia el estudio. Cerró la puerta y se apoyó un instante en ella para serenarse y tratar de ordenar sus ideas. Al llegar a su sillón preferido, se sentó, cerró los ojos e hizo un esfuerzo supremo de voluntad por controlar sus emociones desatadas.

Poco a poco consiguió recuperar la frecuencia normal de su pulso y su respiración.

Era un problema como cualquier otro, y como tal había que planteárselo: como un problema.

«Mi hijo, el Asesino de los Hoteles.»

Cogió el teléfono y marcó un número.

—¿El doctor Rossiter? Soy Aloysius Pendergast. Necesito una visita a domicilio en mi apartamento del Dakota. Un joven enfermo, con varias heridas abiertas por amputación de dedos. Se precisa cirugía. Le pido, como siempre, que dispense sus servicios con total discreción.

Dos tumbas
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