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… Se vuelve a abrir la niebla, y el hombre sonríe. Quita el seguro de su pistola y apunta.
—Auf Wiedersehen —dice.
Su sonrisa asimétrica se ensancha al paladear el momento.
La joven, que aún tiene la mano en el bolso, encuentra lo que necesita y lo coge.
—Un momento. Los… los papeles. Los tengo aquí.
Un titubeo.
—Los papeles de… de Laufer.
Recuerda un nombre visto por azar en uno de los documentos, elegido aleatoriamente por su memoria.
—¡Imposible! Laufer está muerto.
El hombre, el nazi, parece sorprendido; la confianza cruel de su rostro se ha convertido en alarma e incertidumbre.
Los dedos de ella arrugan un poco los papeles. Los saca del bolso lo justo para que se vea la esvástica negra del membrete.
El hombre da un paso impaciente y tiende la mano para cogerlos, pero dentro del papel arrugado se esconde el bote de espray que ella ha cogido al juntar los papeles. En el momento en que él mira hacia abajo y aproxima la mano, ella le echa un chorro directamente a la cara.
El hombre cae de espaldas con un grito inarticulado y se lleva las manos a la cara, dejando que caigan al suelo la pistola y los papeles. Ella los recoge, da una patada al arma y corre hacia la puerta. Tras cruzar la sala que parece un oratorio, llega a la escalera y baja al segundo piso saltando de tres en tres los escalones. La mochila le pesa en los hombros como una rueda de molino. Es cuando empieza todo: una sensación de mareo, de pesadez en las piernas, de semiparálisis. Oye palabrotas en el piso de arriba, groserías en alemán, guturales, y pasos pesados.
Cruza la sala de falsificación y los dormitorios, sin dejar ni un momento de oír los pasos de él. Corre a la planta baja, jadeando por el esfuerzo, y aunque persiste la extraña sensación de verse frenada como por melazas y por el miedo, logra llegar a la puerta de la calle y coger el pomo.
Cerrada con llave. Y todas las ventanas del primer piso tienen barrotes.
Justo cuando se gira, se dispara tras ella una pistola, y la bala arranca un trozo del marco de la puerta. Se lanza hacia la sala de estar y se esconde detrás de una gran vitrina que está apartada de la pared, como si fueran a llevársela. Con la espalda contra el muro, se coge con las manos a la boiserie y levanta las piernas, flexionando las rodillas. Un segundo más tarde entra el hombre. Ella estira con fuerza las dos piernas y le arroja encima la vitrina. El se echa a un lado, mientras llueven piezas de vajilla y de cubertería, y libros y cristal, otra vez a cámara lenta. El hombre solo se libra parcialmente de ser aplastado. El borde superior de la vitrina lo alcanza en la rodilla y lo hace caer al suelo con un alarido de rabia.
Ella salta por encima del mueble y sale corriendo del comedor. Suena otro disparo. De repente nota un tirón en un lado del cuerpo, y un calor tan brusco y tan intenso que el dolor está a punto de hacerla caer de rodillas.
Dando tumbos, baja al sótano por la estrecha escalera, deja atrás la pila de libros, sube encima de la silla que había dejado previamente y se escurre por el agujero de la ventana. Oye pasos arriba: el hombre se ha puesto nuevamente en marcha, pero su andar es más lento y pesado, y da preferencia a una pierna sobre la otra.
Abriéndose paso entre los ailantos, llega a la precaria mesa apoyada en la pared de ladrillo de algo más de dos metros de altura. Se sube a la mesa, la vuelca con el pie al saltar al otro lado y aterriza en el jardín trasero de su amiga Maggie.
Hace una pausa. No se oye nada. De todos modos no puede pararse. Entra en el patio, y después en la cocina de Maggie, cerrando la puerta sin hacer ruido y dejando las luces apagadas.
La una de la madrugada. Maggie aún no habrá vuelto del trabajo. Se examina el costado y la alivia descubrir que la bala no ha hecho más que rozarle la piel.
Se mueve deprisa por el apartamento, oscuro y silencioso. Al llegar a la puerta la entreabre con cuidado y se asoma. En East End Avenue reina la calma. Bajo la suave luz de las farolas pasa algún que otro coche. Sale disparada, cierra la puerta y se escabulle hacia el norte, buscando un taxi en la avenida. Le duele el costado, y también el hombro, por el peso de la mochila. No hay taxis a la vista.
Es cuando ocurre, exactamente como las otras veces: un chirrido de frenos, un portazo y un ruido de pasos.
—Halt! —le espeta una voz—. Hände hoch!
Otro hombre corre hacia ella con una pistola en la mano.
Con un grito ahogado de contrariedad y desesperación, se mete en el primer portal abierto: un sitio de comida rápida que no cierra en toda la noche. Aunque sea tan tarde sigue habiendo mucha gente que espera turno en el mostrador y se sirve en el bufet de ensaladas. Ella pasa como una exhalación, tirando columnas de alimentos enlatados y volcando el bufet de ensaladas, cuyo viscoso contenido se derrama por el suelo. Todo vale con tal de frenar al hombre. El local se llena de gritos de protesta. Entra corriendo en la cocina del fondo, se lanza por una puerta abierta de la pared derecha, cruza un pasillo corto y sale a otra cocina más grande y más oscura. Por lo visto, el edificio contiguo alberga otro restaurante más formal. Irrumpe en la sala silenciosa (con manteles blancos en las mesas, puestas para el día siguiente) y al abrir el pestillo de la puerta de la calle se encuentra otra vez en East End Avenue, a quince o veinte metros del lugar donde estaba poco antes.
Mira a su alrededor desesperadamente. Sigue sin haber taxis. En breve reaparecerá el nazi. Al echar un vistazo general se fija en algo al otro lado de la calle, entre la vegetación del parque Cari Schurz: un muro de ladrillo con una cancela cerrada. Más allá, la mole amarilla de un gran edificio de estilo gubernamental.
Grade Mansión.
Cruza corriendo la avenida, trepa por los travesaños de la verja y llega a lo alto del muro de ladrillo. Sabe que el actual alcalde no vive allí; prefiere su piso de superlujo a la residencia oficial, pero aun así habrá mucha vigilancia.
Al mirar por encima del hombro, ve salir del sitio de comida rápida al segundo nazi, que la ve y echa a correr.
Reprochándose su lentitud, se desliza por el otro lado del muro y se dirige a la mansión. Dentro está oscura, pero el exterior recibe la luz de varios focos. Corre hacia un policía de uniforme, apostado en una esquina de la casa.
—Oiga —dice, intentando acompasar su respiración a la vez que cambia de sitio la mochila para ocultar la mancha de sangre de debajo del brazo—, ¿podría decirme cómo se va a Times Square?
El hombre se la queda mirando como si estuviera loca.
Ella se coloca entre la mansión y el policía.
—Es que me he perdido y estoy intentando volver a mi hotel. ¿Puede ayudarme?
Ve al segundo nazi por detrás del policía. Se ha asomado al muro y los está mirando.
El policía frunce el ceño al mirarla.
—¿Tiene usted alguna idea de dónde está, señorita?
—Mmm… ¿En Central Park?
Ahora ya parece convencido de que está drogada.
—Aquí está prohibido entrar. Lo siento, pero va a tener que acompañarme.
—De acuerdo, agente.
Caminan juntos hacia la fachada de la casa. Al mirar hacia atrás, ella ve que el nazi ha desaparecido, aunque ahora de quien habrá que escaparse será del policía. No se puede arriesgar a que la fichen. Espera a que estén cerca de la fachada este de la mansión. El hombre abre con llave la cancela y la acompaña hacia el coche patrulla. Ella se rezaga y sale corriendo bruscamente hacia la hilera de árboles que bordea el parque.
—¡Eh! —grita el policía—. ¡Vuelva!
Pero ella no vuelve. Corre y corre entre los árboles, las calles desiertas y las oscuras avenidas. Corre hasta que le parece que su corazón va a reventar…
Corrie se despertó con un grito ahogado. Por un momento se sintió confundida y desorientada, sin saber dónde estaba. Después se fijó en las paredes llenas de arañazos, vio la puerta cerrada frente a ella, olió a caca vieja y se acordó de todo. Se había quedado dormida en el lavabo de señoras de Penn Station. Había vuelto a soñar… El mismo sueño largo, horrible, repugnante, aquel sueño que no era tal, pues había sucedido exactamente así hacía dos semanas.
Sacudió la cabeza para ahuyentar el miedo que la embotaba. Habían transcurrido dos semanas y seguía sin pasar nada. Seguro que ya no corría peligro.
Se levantó. El movimiento arrancó una protesta a sus rodillas. Después de seis horas sentada en una taza de váter, se le habían dormido las nalgas. Al menos ya tenía curada la rozadura de la bala, y ya no le dolían las costillas. Al salir se lavó la cara, las manos y los dientes y se peinó con los artículos de cosmética que se había comprado en Duane Reade. Se miró en el espejo. No cabía duda: dos semanas en la calle, y algo de arte, la habían convertido en una drogadicta sucia y sin techo.
Eran las seis de la tarde, y tal como esperaba, Penn Station era un hormiguero. Hacía dos semanas que no se movía sin formar parte de una multitud. Miró por todos lados, buscando a alguien que pudiera seguirla, y en particular un rostro cruel con gafas de sol. Se había vuelto una indigente que se escondía en el metro y las iglesias, dormía en los bancos de los parques y los pasos inferiores de las carreteras, y se comía los Big Mac que encontraba en el contenedor de detrás del McDonald's después de que cerraran. Estaba bastante claro que había topado con algún grupo o trama nazi poderoso y bien organizado. Era la única manera de explicar la casa franca, la parafernalia y los papeles, así como el empeño que habían puesto en seguirla. Sabían que había robado documentos.
Tal vez se estuviera pasando de paranoica, pero parecía probable que hicieran todo lo posible por encontrarla y matarla.
Podría haber acudido a la policía, pero entonces habría tenido que explicar el allanamiento de morada, delito grave que habría puesto fin a su trayectoria en las fuerzas del orden antes de empezar. Además, quizá no la habrían creído, o quizá los nazis habrían puesto tierra de por medio. ¿Quién se iba a creer que una casa de Manhattan, en pleno siglo XXI, fuera un nido de nazis?
Había intentado ponerse varias veces en contacto con Pendergast, pero no había tenido suerte. La mansión de Riverside Drive estaba cerrada a cal y canto. Al ponerse en el hombro la mochila, a cuyo peso ya se había acostumbrado, recordó lo importante que era localizar al agente. Tenía la clara sensación de que los papeles revestían importancia, aunque al no saber alemán no podía asegurarlo.
También había vigilado más de una vez su bloque de pisos con discreción, sin ver indicios de nada sospechoso. Confiaba en que no hubieran descubierto su identidad.
De todos modos aún no había terminado. Tenía que poner los papeles en manos de Pendergast y explicarle a toda costa lo de la casa. Su siguiente parada sería el Dakota.
Se encaminó a la boca de metro de la Octava Avenida. La estación estaba atestada y ya entraba el tren. Se quedó al final del andén, esperando a que descargara pasajeros y engullera a nuevas hordas. Todavía esperó un poco más, hasta que se hubiera alejado el convoy y se hubieran marchado todos los pasajeros que salían a la calle o iban a coger el tren para Long Island y New Jersey. La estación quedó un momento vacía. Después de un último vistazo a su alrededor, Corrie se sentó al borde del andén, bajó con cuidado a las vías y salió en pos del convoy, que se iba haciendo cada vez más pequeño, hasta desaparecer en la oscuridad del túnel.