55
A la sombra, descansando sobre su mochila, el naturalista esperaba a Michael Jackson Mendonça, que acabó por hacer acto de presencia a bombo y platillo. Era un joven alto, corpulento y moreno, de sonrisa gigantesca, tirabuzones recogidos con un pañuelo, camisa sin mangas, pantalones cortos y chanclas. Se abrió paso a la fuerza a través del gentío, pidiendo a todos con voz fuerte y simpática que lo dejaran pasar. Veinte metros antes de llegar adonde estaba el naturalista ya tendió la mano. Se acercó en dos zancadas y sacudió con vigor un brazo fofo.
—¡Michael Jackson Mendonça! —dijo—. ¡Para servirlo!
El naturalista retiró lo antes que pudo su maltrecha mano.
—Yo me llamo Percival Fawcett —dijo con cierta tirantez.
Al menos el inglés de Mendonça era perfecto.
—¡Percival! ¿Te puedo llamar Percy?
El permiso se otorgó con un gesto altivo de la cabeza.
—¡Muy bien, muy bien! ¡Yo soy de Nueva York, de Queens! Veinte años en tu gran país, América. Bueno… me han dicho que quieres ir a Nova Godói.
—Sí, aunque parece que será difícil.
—¡No, en absoluto! —exclamó Mendoza—. El viaje es largo, sí, y Nova Godói no es un pueblo de verdad, un pueblo público; está muy internado en la selva, y no dejan entrar a nadie de fuera. No son amistosos. Para nada.
—Yo no necesito amigos —dijo el naturalista—. No voy a molestar a nadie. Si hay algún problema puedo pagar. Es que estoy buscando la pista de la Reina Beatriz. ¿La conoces?
Mendonça frunció el ceño, desconcertado.
—No.
—¿No? Es la mariposa más rara del mundo. Solo se ha recogido un espécimen, que está en el Museo Británico. Es el espécimen número 75935Al 901. —Recitó el número con veneración—. Todo el mundo la da por extinguida… pero yo tengo motivos para pensar que no lo está. Mira… —Empezó a explayarse sobre el tema—. Según mis investigaciones, el cráter de Nova Godói es un ecosistema único en el mundo, con unas condiciones especiales que no se encuentran en ninguna otra parte. Es el único sitio donde ha vivido la mariposa. ¡Y desde la Segunda Guerra Mundial no ha pasado por el cráter ni un solo lepidopterólogo! ¿Qué se podía esperar? ¡Pues claro que no se ha vuelto a ver ninguna! ¡Porque no había ningún entomólogo para verla! Pero ahora sí que hay uno: yo.
Buscó en su mochila y sacó una foto plastificada en la que aparecía una pequeña mariposa marrón clavada a una tarjeta blanca, con un texto al pie.
Mendonça miró la imagen con detenimiento.
—¿Eso es la Reina Beatriz?
—¿A que es magnífica?
—Espléndido. Ahora tenemos que hablar de los gastos.
—Es el espécimen del Museo Británico. Te habrás dado cuenta de lo descolorida que está, por desgracia. Dicen que la original tiene un color caoba de lo más intenso.
—Los gastos —continuó Mendonça.
—Sí, sí. ¿Cuánto?
—Tres mil reales —dijo Mendonça intentando no perder la naturalidad—. Por cuatro días. Más lo que cuesten la comida y los víveres.
—¿Aparte del alquiler de la lancha? Mmm. Bueno, si es lo que cuesta, es lo que cuesta.
—Todo al contado —se apresuró a añadir Mendonça.
Una pausa.
—Mitad y mitad.
—Dos mil ahora y mil cuando lleguemos.
—Bueno, vale.
—¿Cuándo salimos? —preguntó Mendonça.
El naturalista puso cara de sorpresa.
—Pues ahora mismo, claro. —Y empezó a contar el dinero.
El naturalista se sentó en la proa, junto a su mochila, y se puso a leer un libro de Vladimir Nabokov mientras Mendonça cargaba una nevera de comida, alimentos no perecederos, una tienda de campaña, sacos de dormir y su modesta bolsa de viaje, que contenía una muda.
Apenas tardaron en zarpar río arriba. Mendonça llevaba el timón de la lancha, cuya estela era como de nata en el agua marrón. Ya faltaba poco para mediodía, y Mendonça iba pensando que al anochecer podrían llegar a la última población antes de la selva. Allá no había alojamiento, pero al menos podrían cenar y, sobre todo, tomar cerveza fría en un fornecimento del pueblo. Después podrían acampar al lado del río, en un prado, y ojalá que allá pudieran explicarle cómo se recorría el último tramo del río Itajaí do Sul hasta Nova Godói, lugar donde a decir verdad nunca había estado, aunque sí había oído muchos rumores.
Mientras la lancha surcaba el río, pasando junto a varios pescadores y viajeros, empezó a soplar una agradable brisa sobre el agua, que los refrescó y mantuvo a raya los mosquitos. Dejaron atrás las últimas casas de Alsdorf. Aparecieron campos verdes que en algunos casos estaban cultivados y en otros servían de pasto para el ganado. Todo estaba muy limpio, muy cuidado. El sur de Brasil era así, muy distinto a Río de Janeiro, con su caos y su delincuencia.
El naturalista cerró el libro.
—¿Tú has estado en Nova Godói? —preguntó, afable.
—Bueno, no exactamente —dijo Mendonça—, pero sé llegar, claro.
—¿Qué sabes del sitio?
Mendonça se rió un poco para disimular su nerviosismo. Era lo que se temía, que empezara a hacerle aquel tipo de preguntas. Aunque él no se creyera ni la mitad de los rumores, no quería asustar y disuadir a un cliente.
—He oído cosas.
Sacudió la cabeza mientras gobernaba la lancha para esquivar a un grupo de pescadores que recogían una red.
—¿Cuánta gente hay?
—No lo sé. Ya te he dicho que no es un pueblo de verdad. Es una antigua plantación de tabaco, de propiedad privada, donde está prohibido entrar; una colonia alemana como las que existían antes por toda esta zona, pero mucho más aislada.
—¿Y antes fue una plantación de tabaco?
—Sí. El tabaco es uno de nuestros grandes cultivos —dijo orgulloso Mendonça, y para subrayarlo se sacó un par de puros del bolsillo y le ofreció uno al naturalista.
—No, gracias, no fumo clavos de ataúd.
—Ja, ja —se rió Mendonça encendiendo uno—. Qué gracioso eres. —Dio una calada—. El tabaco. La plantación la abandonaron en los años treinta. Después de la guerra llegaron los alemanes y se formó un pequeño asentamiento. Viven allá y casi nunca vienen a la ciudad. A los alemanes de aquí abajo no les gustan; dicen que son nazis.
Mendonça se rió efusivamente.
—Pero tú no te lo crees.
—Aquí en Brasil la gente ve nazis por todas partes. Es un pasatiempo nacional. Si hay cinco alemanes viejos en un pueblo, todo el mundo dice: «Seguro que son nazis». No. Lo único que hacen los de Nova Godói es vivir a su aire. Son como un… ¿Cómo se dice? Una secta. Los de fuera no están bien vistos, nada bien vistos.
Dos largas caladas seguidas al puro, que dejaron dos nubes de humo detrás de la lancha.
—Parece que hay quien cree que los asesinatos de Alsdorf tienen su origen en Nova Godói —dijo el naturalista como si tal cosa.
—¿Asesinatos? Ah, quieres decir los rumores que corren por la ciudad. Es que aquí son tan provincianos… Pregunta en cualquier ciudad de Brasil y te dirán que los de la ciudad de al lado son mala gente. Yo eso no me lo trago. Por algo he vivido en Queens.
Volvió a reírse, quitando importancia a los rumores. Le sorprendía que el naturalista se hubiera enterado de tantas cosas. No tenía sentido meterle miedo en el cuerpo antes de haber cobrado los últimos mil.
—¿Y el otro rumor? Sabes, ¿no? El de que en Nova Godói son todos gemelos.
Mendonça se quedó de piedra. Conocía el rumor, pero era algo que solo se decía en voz muy baja. ¿Cómo narices se había enterado?
—De eso no sé nada.
—Seguro que sí. Dicen que en el pueblo viven gemelos casi idénticos, una cosa muy rara. Dicen que han hecho experimentos, experimentos genéticos. Unos experimentos genéticos horribles.
—¿Dónde lo has oído?
—En una cervecería.
No parecía muy probable. Mendonça tuvo un pequeño escalofrío. Aquel naturalista empezaba a ponerlo nervioso.
—Pues no, no sé nada. Y no creo que sea verdad. —Intentó cambiar de tema—. Lo que sí que hay son unas ruinas, de un fuerte. ¿Sabes su historia?
—No.
—Lo construyeron los portugueses a finales del siglo XVII. —Uno de los múltiples trabajos de Mendonça era el de conductor de un autobús turístico en Blumenau. Lo sabía casi todo—. Un grupo de misioneros franciscanos erigió un convento en una isla, en medio del lago del cráter de Godói, y convirtió a los indígenas aweikoma. ¡Al menos creían haberlos convertido! —Soltó una carcajada—. Un día los indígenas, que estaban cansados de cuidar los jardines de los frailes, se rebelaron y los mataron a todos. Entonces llegó el ejército portugués, convirtió el convento en fortaleza y mató o echó a los indígenas; y cuando ya no hubo comunidades indígenas se fueron los soldados. Más tarde se convirtió en una plantación.
—¿Por qué en esta región hay tantos alemanes? —preguntó el naturalista.
—En 1850 el gobierno brasileño puso en marcha un programa de colonización por alemanes. ¿Lo sabías? En Alemania había demasiada gente, y nadie tenía tierras. En Brasil había tierras que necesitaban pobladores, así que Brasil ofreció a cualquier alemán dispuesto a hacer el viaje tierras gratis en zonas apartadas del país. Fue como se fundaron Blumenau, Alsdorf y Joinville, y varias poblaciones más de Santa Catarina. Aquí, entre el treinta y el cuarenta por ciento de la gente tiene antepasados alemanes.
—Muy interesante.
—Sí. Las colonias estaban tan aisladas que evolucionaron de una manera totalmente alemana, en el idioma, la arquitectura, la cultura… Todo. Todo eso cambió en 1942, claro.
—¿Qué pasó?
—Fue cuando Brasil declaró la guerra a Alemania.
—No lo sabía.
—Lo sabe poca gente. Durante la Segunda Guerra Mundial nos pusimos del lado de Estados Unidos. Brasil obligó por ley a los colonos alemanes a aprender portugués y nacionalizarse como brasileños, y muchos alemanes se fueron de Brasil para volver a Alemania y luchar del lado de los nazis. Después algunos volvieron corriendo para esconderse de los tribunales de Nuremberg. Al menos es lo que se dice, aunque ha pasado mucho tiempo. Ahora ya no queda ninguno. Como decimos en portugués, agua debaixo da ponte: agua bajo el puente.
—¿No hay nazis en Nova Godói?
El naturalista casi parecía desilusionado. Mendonça sacudió con vigor la cabeza.
—¡No, no! ¡Todo eso es un mito!
Lo subrayó con otra serie de caladas enérgicas, antes de lanzar el puro mascado por la borda. Los rumores sobre Nova Godói no se acababan nunca; se contaban las cosas más absurdas y supersticiosas, pero Mendonça, con sus veinte años en Queens, conocía el mundo y sabía la diferencia entre los rumores y los hechos.
La lancha seguía a una velocidad constante. Ahora ya no había campos, solo el bosque de araucarias, que al cerrarse sobre el río sumió en la oscuridad sus aguas marrones. Pese a haber vivido en Queens, Mendonça sintió un escalofrío inconfundible de miedo en la columna vertebral.