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D'Agosta había reservado la sala principal de reuniones de la sección de detectives de la comisaría central. Después de la autopsia había cometido el error de tomarse tres cafés dobles y zamparse dos porciones de pastel en el Starbucks del vestíbulo, y ahora en su estómago pasaba algo que no parecía vinculado a la digestión normal.

La una menos cinco del mediodía. Dios… Tenía por delante un día muy largo. El problema era que a pesar de todos los avances el caso le daba mala espina, muy mala espina. Volvió a preguntarse dónde demonios estaría Pendergast. Le habría encantado presentarle las pruebas para que le diera una opinión informal. Era el caso perfecto para él. Proctor, que acababa de salir del hospital y estaba otra vez en la mansión de Riverside Drive, no tenía noticias suyas. Tampoco Constance sabía nada. En el teléfono del apartamento del Dakota no respondía nadie, y por lo visto el móvil seguía desconectado.

Sacudió la cabeza. No tenía sentido preocuparse. Que Pendergast desapareciera sin avisar entraba dentro de lo acostumbrado.

Era hora de irse. Recogió su carpeta y su portátil, se levantó de la mesa y salió del despacho para ir a la sala de reuniones. El caso tenía asignados a más de treinta agentes, cifra que lo situaba en la franja media de importancia. Los casos más destacados podían llegar a contar con más del doble de efectivos. Aun así era un montón de gente, y muchos tendrían algo que decir. Ya podía despedirse de la tarde. De todos modos eran reuniones necesarias. Todo el mundo tenía que saber lo que sabían los demás. Ni todas las marrullerías ni las amenazas del mundo podían hacer sentarse a un policía y leer un informe. Tenía que ser una reunión. Así eran las cosas.

Llegó a la una y cinco, y lo satisfizo ver que no faltaba nadie. Se palpaba inquietud y expectación en el ambiente. Mientras los murmullos se iban apagando, oyó en sus tripas un gruñido de muy mal presagio. Subió al estrado y se puso en el podio, al lado de la pantalla. En cada extremo había una pizarra blanca con ruedas. Al echar un vistazo general, vio al capitán Singleton, el jefe de detectives. Estaba sentado en primera fila, al lado del jefe segundo de Manhattan y de otros peces gordos.

Sintió otro vuelco en el estómago. Después de dejar la carpeta en el podio esperó un momento a que se callaran todos y dijo lo que traía ensayado.

—Como sabrán, soy el teniente D'Agosta, el jefe de la brigada. —Tras un resumen del homicidio, consultó la lista de nombres que había elaborado—. Kugelmeyer, especialista en huellas latentes.

Kugelmeyer se acercó con paso decidido al podio, a la vez que se abrochaba los botones de su horrendo traje marrón de Walmart. D'Agosta puso un dedo en su reloj de pulsera y le propinó unos sutiles golpecitos. Había amenazado con consecuencias graves, hasta mortales, a quien se excediese de los cinco minutos.

—Tenemos una serie excelente de huellas latentes del cadáver y la sala —dijo Kugelmeyer—. Completos y parciales, derechos e izquierdos y palmas. Los hemos pasado por la base de datos, pero nada. Parece que al asesino nunca le han tomado las huellas.

Eso era todo. Se sentó.

D'Agosta volvió a mirar a los presentes.

—¿Qué sabemos sobre pelos y fibras?

Otro parte rápido, al que siguieron diez o doce más (salpicaduras de sangre, calzado, microscopía, victimología…) con una precisión militar que lo llenó de satisfacción. Pese a sus ganas de evaluar la reacción de Singleton, procuró no mirarlo.

Una de las cosas que había aprendido en aquellas reuniones era a crear un poco de suspense dejando lo mejor para el final, a sabiendas de que así estarían todos despiertos y atentos. En aquel caso lo mejor era Warsaw, el cerebrito de investigación forense especializado en analizar grabaciones de seguridad. Aunque fuera oficialmente un detective, Warsaw, con su pelo de acabar de levantarse y su acné, tenía más pinta de adolescente desaliñado. A diferencia de los otros no llevaba traje, ni siquiera barato, sino unos téjanos negros más bien ceñidos y camisetas con logos de heavy metal; era tan bueno que no le llamaban la atención.

Aparte de eso era un poco chulesco. Saltó al podio con un mando a distancia en la mano. Las luces se atenuaron.

—Hola a todos —dijo—. Bienvenidos al tráiler del show del asesino.

Se oyeron unas cuantas risas.

—El Grand Hotel Marlborough está dotado de lo último en seguridad digital, o sea, que disponemos de unas imágenes preciosas, lo digo de verdad. Tenemos al culpable de frente, de espaldas, de lado, desde arriba, desde abajo… y todo en HD. Os paso lo más destacado en un montaje reducido a… mmm… cinco minutos. En vuestras carpetas encontraréis una selección de fotos de las grabaciones. Ahora mismo las están distribuyendo por varios hoteles de lujo, y pronto las tendrán el Times, el Post y el Daily News.

Empezó la película, tan buena como había prometido Warsaw. En los extractos salía el asesino —con la oreja izquierda vendada— en el vestíbulo, en el ascensor, yendo por el pasillo, volviendo por el pasillo e irrumpiendo en la habitación de la víctima. Después aparecían extractos en los que se iba más o menos de la misma manera, con toda la tranquilidad del mundo.

D'Agosta ya había visto los extractos, pero volvieron a darle escalofríos. Sabía que la mayoría de los asesinos podían dividirse en dos grandes grupos, los desorganizados y los organizados, pero aquel hombre era tan frío y metódico que casi se merecía una categoría propia. Era algo que no dejaba de inquietarlo en lo más hondo. No cuadraba. No cuadraba en absoluto.

Al final del vídeo se oyeron algunos aplausos. A D'Agosta le fastidió un poco que Warsaw hiciera una reverencia teatral antes de irse.

Volvió al podio. Eran las dos y media. De momento todo iba como un reloj. Su estómago volvió a rugir. Empezaba a tener la sensación de haberse tragado un frasco de ácido clorhídrico. Lo último, lo del lóbulo, se lo guardaba para él. Prerrogativas del jefe de brigada.

—Aún no tenemos el ADN de la parte corporal suelta encontrada en el lugar del crimen, el lóbulo —empezó a explicar—, pero sí algunos preliminares. Es de un varón. El estado de la piel indica una edad inferior a los cincuenta años. Más no podemos precisar. Es casi seguro que la presencia del lóbulo no se debe a ningún forcejeo en el lugar del crimen. Parece más bien que lo trajeran y lo dejasen deliberadamente. También parece que el lóbulo fue separado de la oreja algunas horas antes del homicidio, y no post mórtem, sino de un cuerpo que aún estaba vivo; lo cual no es sorprendente, puesto que, como se aprecia en el vídeo, el asesino está vivito y coleando.

«Conocemos el aspecto del asesino, y pronto lo sabrá toda Nueva York. Es un hombre que llama la atención, pelirrojo, bien vestido, guapo y con cuerpo de atleta olímpico. Tenemos huellas dactilares, pelos y fibras de ropa, y pronto tendremos su ADN. Hemos identificado la corbata, de Charvet, y nos falta poco para identificar el traje y los zapatos. Parece que estamos a punto de pillarlo.

Hizo una pausa, hasta que se decidió.

—Bueno, entonces, ¿qué es lo que no cuadra?

Era una pregunta retórica. Nadie levantó la mano.

—¿Se puede ser tan tonto? ¿De verdad?

Dejó la pregunta en el aire y al cabo de un momento prosiguió:

—Miren al tipo del vídeo. ¿Puede ser tan rematadamente idiota como parece? Lo digo porque podría haber tomado medidas muy sencillas para disfrazarse o cambiar de aspecto y eludir las cámaras, al menos parcialmente. No tenía por qué quedarse cinco minutos plantado en recepción para que lo viera todo el personal y lo filmasen las cámaras desde las cuatro esquinas. No es un tío que intente confundirse con el resto. Ya han empezado a analizarlo los psicólogos para saber qué le hace tilín y lo motiva, y qué significan el mensaje en el cadáver y el lóbulo dejado en la escena del crimen. Puede que esté loco y quiera que lo cojan, pero a mí me da la impresión de que sabe lo que hace. Y de tonto no tiene ni un pelo. Por lo tanto, aunque tengamos tantas cosas, no demos por hecho que el caso esté casi en el bote.

Silencio. A D'Agosta le preocupaba algo más, pero decidió no comentarlo porque podía sonar un poco raro. Además, no sabía muy bien cómo explicarlo. Era un detalle relativo a la hora de la agresión. La cámara lo había grabado todo. El hombre iba por el pasillo, y justo cuando estaba a punto de pasar al lado de la puerta de la víctima, ella misma la abría para coger el periódico. La sincronización era perfecta.

¿Coincidencia?

Dos tumbas
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