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Fue un viaje corto. Desembarcaron en un muelle de piedra. Los soldados hicieron avanzar a Pendergast a punta de cañón. Justo delante de ellos se erguía la fortaleza, cuyo muro exterior lucía unas almenas que parecían dientes negros y rotos. Subieron por un camino empedrado que llevaba a una gran puerta de hierro. Después se abrió una puerta más pequeña, encuadrada en la primera, y la cruzaron. La portezuela se cerró a su paso con un ruido metálico.
Pendergast se vio ante un panorama sorprendente. El muro exterior de la ciudadela escondía una construcción interna adaptada a las ruinas y los antiguos cimientos de piedra, también ellos reconstruidos y reforzados con gran solidez. Se componía de una superestructura de hormigón vertido, con manchas de humedad, al mejor estilo monumental propio del fascismo. La única interrupción en las paredes, lisas y sólidas, era alguna que otra ventanilla en la parte superior. En uno de los lados había un relieve enorme del Parteiadler del Tercer Reich, el águila con una esvástica entre sus garras, único adorno visible en los muros y torres de aquel recinto fortificado inscrito en otra fortaleza.
Pendergast se había parado a mirar. Uno de los soldados le clavó el cañón en las costillas.
—Beweg Dich! —gritó.
Cruzó un patio exterior y llegó a una puerta que daba acceso a la fortaleza principal. Allá había muchos más soldados, algunos de guardia, otros puliendo sus armas y otros que no hacían nada más que mirarlo a él con desprecio. Pasaron varios mecánicos, atareados en labores que no era posible adivinar.
Una vez dentro de la fortaleza interior iniciaron un ascenso que empezó por una serie de antiguos pasadizos y escaleras de piedra, manchados de humedad y blanqueados por el nitrio. Se cruzaron con algunos técnicos y científicos con bata blanca, que iban en dirección opuesta. Finalmente salieron a la parte alta de la fortificación de hormigón, la más moderna.
Al final de una escalera de caracol había una puerta de roble correspondiente a una sala espaciosa y aireada, con ventanas de cristal que ofrecían vistas espléndidas (aunque pequeñas) de los tejados de la fortaleza, el lago y las selvas y montañas circundantes. Era un despacho muy bien decorado, con paredes de sillares bien cortados, una alfombra persa en el suelo, una gran mesa antigua enmarcada por banderas nazis y toda una serie de piezas de platería y objetos artísticos de gran calidad distribuidos con esmero en las paredes. Detrás de la mesa había un hombre de aspecto muy notable, todo un modelo de perfección teutónica: corpulento, musculoso, con los ojos claros y penetrantes, la piel bronceada y el pelo recio y blanco, bien cortado. Sonrió.
Pendergast lo reconoció de inmediato. Fischer.
—Muy bien, Oberführer Scheermann —dijo.
El capitán se puso tieso e hizo chocar los talones.
—Danke, mein Oberstgruppenführer.
Fischer se levantó, sacó un cigarrillo Dunhill de una pitillera de plata repujada, lo encendió con un mechero de oro y dio una profunda calada, todo ello sin apartar la mirada de Pendergast. Al expulsar el humo se acercó y lo examinó. Pendergast se quedó quieto, rodeado por los guardias, que iban armados con subametralladoras. Fischer alzó una mano de gruesas venas y acarició la barba falsa de Pendergast, antes de asirla con fuerza y arrancarla. Después caminó a su alrededor sin prisa alguna, mientras se ensanchaba su sonrisa.
En ese momento tendió la mano. Al principio parecía que quisiera estrechar la de Pendergast, pero no resultó ser esa su intención. Lo que hizo fue levantar su enorme palma y abofetearlo, tan fuerte que le tiró al suelo.
—Sacadle todo eso de la boca —ordenó.
Los soldados siguieron apuntando a Pendergast, mientras uno de ellos metía el cañón de una Luger en la boca del agente del FBI y la mantenía abierta para explorarla con sus dedos. Poco después tendió la mano, mostrando a Fischer lo que había encontrado. Tenía en la palma una serie de minúsculas ganzúas, varios adminículos teatrales de plástico que se metían en los mofletes para cambiar de aspecto… y una pequeña ampolla de cristal que contenía un líquido de color claro.
El soldado levantó a Pendergast sin contemplaciones. Le salía sangre de la nariz, y tenía los ojos del color del papel blanco.
—Ahora ya no hay duda —dijo Fischer escrutándolo—. Es nuestro querido agente Pendergast. ¡Qué detalle haber venido de tan lejos! Me llamo Wulf Konrad Fischer, y soy el hombre que secuestró a su mujer.
Otra sonrisa.
Como Pendergast no decía nada, Fischer continuó.
—Tengo que reconocer que iba muy bien disfrazado. Ya sabía yo que un hombre como usted vendría en mi busca, o mejor dicho en nuestra busca. Daba por supuesto que al ser un hombre de una habilidad excepcional acabaría encontrándome. Lo que no me esperaba era su disfraz. Yo pensaba que entraría sin ser visto y se mezclaría con la población, o que se escondería en la selva. No creía que fuera a presentarse con tal desfachatez. Muy buen disfraz, con toda esa Scheiße de la Reina Beatriz… Muy bueno, y más siendo verdad. Lo felicito.
Chupó el cigarrillo, manteniéndolo en posición vertical para impedir que se cayera la ceniza, cada vez más larga.
—Donde cometió un desliz fue en el numerito con Egon. Piense que ha crecido en la selva y la conoce. Para que lo despistase usted… Al enterarme supe que no era ningún naturalista.
Pendergast no se movía.
—Mis colegas y yo… digamos que nos impresionó lo que hizo en el Vergeltung. Naturalmente, nos chocó saber que Helen Esterhazy seguía con vida. Pese a todas nuestras ganas de estudiarla en vivo, usted nos obligó a cortar el cabo suelto con bastante rudeza, aunque al menos tuvimos ocasión de efectuar una autopsia de lo más reveladora de sus despojos, que encontramos rápidamente en la tumba improvisada que le cavó usted.
Pudo ser que al oírlo temblase un poco por debajo uno de los ojos de Pendergast.
—Pues sí. Nunca desaprovechamos la ocasión de investigar. Ante todo somos científicos. Su irrupción en nuestro programa, tan espectacular e inesperada, por ejemplo (vuelvo a referirme al Vergeltung, y a la persecución de Helen), fue bastante alarmante, pero como científicos que somos nos supimos adaptar. Revisamos nuestros planes con suma rapidez a fin de incorporarlo a usted en la fase final de la magna obra que llevamos a cabo en este sitio. Vimos una oportunidad y la aprovechamos. Así pues, le doy las gracias por su participación.
La ceniza todavía no se había separado del cigarrillo. Fischer lo inclinó, haciéndola caer. Después se demoró en aplastar suavemente la colilla en un cenicero de plata burilada.
Cogió con una larga mano la ampolla de cristal de encima de la mesa, donde se había quedado junto con el resto de lo requisado a Pendergast, y la hizo rodar entre el pulgar y el índice con gesto pensativo.
—Admiro su valor, pero ya se dará usted cuenta de que esto no era necesario. Al contrario: le vamos a ahorrar la molestia.
Se volvió hacia los soldados.
—Lleváoslo a la sala cuatro.