Epílogo
Solo el fuego y las velas iluminaban la espaciosa biblioteca del número 891 de Riverside Drive Avenue, con sus paredes de madera labrada. Era una tarde de finales de enero. Sobre los coches que pasaban por Riverside y la West Side Highway caía una llovizna gélida, pero las ventanas, con barrotes y cortinas, no dejaban penetrar el ruido del tráfico, ni el tic tic del hielo en los cristales. Solo se oía el chisporroteo de las llamas, el roce de la pluma estilográfica del agente Pendergast sobre un papel verjurado de color crema y una conversación esporádica en voz baja entre Constance Greene y Tristram.
Constance y Tristram estaban sentados al lado de la chimenea, en una mesa de juego. Ella le enseñaba a jugar al ombre, un juego de cartas pasado de moda desde hacía décadas, por no decir un siglo. Tristram miraba sus cartas fijamente, con una mueca pensativa en su joven rostro. Constance le estaba enseñando los juegos lentamente. Habían empezando por el whist, y ya la memoria, la concentración y las facultades lógicas de Tristram mostraban una notable mejoría. Ahora estaba inmerso en las sutilezas de las espadillas, las entradas y los estuches.
Pendergast ocupaba el escritorio del rincón del fondo, frente a una pared de libros encuadernados en piel. De vez en cuando levantaba la vista de lo que escribía y recorría la sala con sus ojos plateados, que siempre acababan posándose en las dos personas que jugaban a las cartas.
El silencio de la habitación fue interrumpido por el móvil del agente. Lo sacó del bolsillo y miró el número.
—¿Diga? —contestó.
—¿Pendergast? Soy Corrie.
—Señorita Swanson. ¿Cómo le va?
—Muy bien. Por fin he vuelto a Nueva York. Por eso llamo. Le tengo que contar algo acojonante… y…
Un momento de vacilación.
—¿Va todo bien?
—Bueno, si se refiere a no oír el paso del ganso a mis espaldas sí, pero oiga, que he resuelto un caso, uno de los de verdad.
—Estupendo. Quería disculparme por no haberle podido prestar más ayuda cuando vino a verme en diciembre, pero es que tenía mucha fe en su capacidad de cuidarse sola. Una fe justificada, al parecer. Por cierto, yo también tengo que contarle algo bastante interesante.
Una pausa.
—Bueno —dijo Corrie—, ¿hay alguna posibilidad de que se repita la invitación para comer en Le Bernardin?
—Qué negligente por mi parte no haberlo propuesto de inmediato… Ahora bien, tendría que ser pronto, porque estoy pensando en tomarme unas largas vacaciones.
—Diga usted la fecha.
Pendergast consultó una pequeña agenda de citas que sacó del bolsillo de su chaqueta.
—El jueves que viene a la una.
—Me va perfecto. Los jueves por la tarde no tengo clase. —Otro titubeo—. Oiga, Pendergast…
—¿Sí?
—¿Le importaría si… traigo a mi padre? Forma parte de la historia.
—No, claro que no. Estaré encantado de verlos a los dos el jueves que viene.
Dejó la pluma y el papel y se levantó. Tristram se había marchado. Constance estaba sola en la mesa, barajando. Pendergast la miró.
—¿Cómo se las arregla con el juego?
—Bastante bien. Mejor de lo que me esperaba, la verdad. Si sigue aprendiendo tan deprisa me plantearé pasar al rubicon bezique o al skat.
Pendergast estuvo un momento callado.
—He estado pensando en lo que me dijiste. Cuando fui a pedirte consejo en Mount Mercy. Tenías razón, por supuesto: era necesario ir a Nova Godói. No había alternativa. También tuve que actuar, y con extrema violencia, por desgracia. Es verdad que he rescatado a Tristram, pero la otra mitad de la ecuación, la más compleja y dificultosa, sigue sin resolver.
Constance tardó un poco en contestar, y lo hizo en voz baja.
—Así que no has sabido nada.
—Nada. Tengo unos cuantos… esto… contactos, y lo han puesto en la lista tanto de la DEA como de los consulados de la zona. Discretamente, claro está. Pero parece que haya desaparecido en la selva.
—¿Tú crees que puede haber muerto? —preguntó.
—Tal vez —contestó Pendergast—. Sus heridas eran de extrema gravedad.
Constance dejó las cartas.
—He estado pensando… No te quiero ofender con la pregunta, pero… ¿Tú crees que podría haberlo hecho? Me refiero a matarte.
Al principio Pendergast miró el fuego sin contestar. Después se giró hacia Constance.
—Me he preguntado lo mismo muchas veces. Hubo momentos, como cuando me disparaba por el lago, en los que tuve la seguridad de que era su intención, pero también hubo otros muchos en que pareció desaprovechar la oportunidad.
Constance volvió a coger las cartas y empezó a repartir.
—Desconocer sus futuras intenciones, ignorar si está vivo o muerto… Bastante desazonador.
—Sí, mucho.
—¿Y el resto de la Alianza? —preguntó Constance—. ¿Siguen siendo peligrosos?
Pendergast sacudió la cabeza.
—No. Sus líderes han muerto, su fortaleza ha sido destruida y todos sus descubrimientos científicos de las últimas décadas se han quemado y ya no existen. Su razón de ser, los propios gemelos, se han distanciado prácticamente todos del proyecto. Según los informes que he recibido, muchos ya han empezado a integrarse en la sociedad brasileña. Por descontado que las ultimísimas «iteraciones» de gemelos, los que condujeron hasta Alban y la prueba beta, fueron los mayores éxitos de la Alianza, y tengo entendido que en algunos casos las autoridades brasileñas los están encontrado demasiado incorregibles para rehabilitarlos, pero son escasos, y es del todo imposible que Der Bund adquiera masa crítica por segunda vez, incluso… —Bajó todavía más la voz—. Incluso si reapareciese Alban.
Tras un breve silencio, Constance señaló con la cabeza la silla vacía de Tristram.
—¿Ya has decidido qué harás con él?
—Estaba sopesando una idea.
—¿De qué idea se trata?
—Que además de ser mi amanuense y, por lo que se ve, mi oráculo, seas tú su…
Constance levantó la vista hacia Pendergast, arqueando muy levemente una ceja.
—¿Su qué? ¿Su canguro?
—Más que canguro. Y menos que tutora. Algo más parecido a… una hermana mayor.
—La palabra clave es «mayor». Ciento treinta años mayor. Aloysius, ¿no te parece que mi edad es demasiado avanzada para volver a hacer de hermana?
—Es una idea original, lo reconozco. Pero ¿te la plantearás, al menos?
Constance lo observó un buen rato antes de mirar la silla vacía de Tristram.
—Tiene algo de conmovedor —dijo—. Todo lo contrario de su hermano, al menos según me lo has descrito. Es tan joven e impaciente… Y de un candor muy especial ante el mundo. Tan inocente…
—Como alguien a quien conocimos tú y yo.
—El caso es que percibo en él una empatía increíble y casi ilimitada, una hondura de compasión que no había visto desde el monasterio.
En ese momento Tristram regresó a la biblioteca con un vaso de leche.
—Ahora viene herr Proctor —les dijo—. Os va a traer… ¿Qué palabra ha usado? Un refrigerio.
La repitió al sentarse ante la mesa de cartas, como si quisiera saborearla.
Pendergast se volvió hacia el muchacho. Por un momento se limito a observar el manifiesto placer con que bebía la leche. Las necesidades de Tristram eran sencillísimas, y su gratitud por cualquier atención, hasta la más pequeña, ilimitada. Pendergast se levantó de la silla y se acercó a su hijo. Tristram dejó el vaso de leche y lo miró.
Pendergast se puso de rodillas, a la altura del muchacho. Después introdujo una mano en un bolsillo de su chaqueta y sacó un anillo de oro, con un zafiro estrella perfecto. Cogió la mano de Tristram y le puso el anillo en la palma. El joven lo miró fijamente. Después de darle algunas vueltas lo acercó a sus ojos y empezó a girarlo para ver los movimientos de la estrella en la superficie del zafiro.
—Era de tu madre, Tristram —dijo Pendergast con suavidad—. Se lo di cuando nos prometimos. Cuando me parezca que estés preparado, ahora no, pero tal vez en un futuro no muy lejano, te hablaré de ella. Era una mujer muy especial. Tenía sus defectos, como los tenemos todos, y… secretos no le faltaban, pero yo la amé muchísimo. Fue víctima de Der Bund, como tú. También tenía una hermana gemela, como tú. Para ella fue… muy duro. Sin embargo, los años que pasamos juntos fueron los más maravillosos de mi vida. Son esos recuerdos, en concreto, los que me gustaría contarte. Quizá ayuden a compensar, aunque solo sea un poco, los recuerdos de los que te han privado… todos estos años.
La mirada de Tristram pasó del anillo a la cara de Pendergast.
—Me gustaría mucho saber algo de ella, padre.
Se oyó una tos discreta. Al levantar la vista Pendergast vio a Proctor en la puerta, con una bandeja de plata en una mano y dos copas de jerez en equilibrio. En el momento en que Pendergast se irguió, el chófer se acercó y ofreció una de las copas al agente del FBI y la otra a Constance.
—Gracias, Proctor—dijo Pendergast—. Muy amable.
—No hay de qué, señor —fue la respuesta, comedida—. La señora Trask me ha pedido que le avise de que a las ocho estará la cena en la mesa.
Pendergast inclinó la cabeza.
Al salir de la biblioteca y entrar en la gran rotonda que hacía las veces de recibidor de la mansión, el chófer se detuvo a mirar por encima del hombro. Pendergast había vuelto a su escritorio del rincón del fondo y contemplaba el fuego, bastante taciturno. Constance mezclaba una baraja, mientras hablaba en voz baja con Tristram, que escuchaba atentamente, sentado al otro lado de la mesa.
Hacía unas tres semanas, al salir en libertad de Mount Mercy, Constance se había mostrado reservada y distante con el joven, el hijo de Pendergast, pero Proctor observó que empezaba a mostrar algo más de simpatía. El fuego y las velas proyectaban una luz suave en las hileras de libros antiguos, el exquisito mobiliario y los tres habitantes de la casa. Reinaba en la sala, si no exactamente un ambiente de paz, sí algo parecido a la serenidad. Calma y compostura. Proctor no solía ser muy dado a aquellas reflexiones, pero a decir verdad la escena casi le pareció una composición familiar.
«De la familia Addams», se corrigió al salir de la biblioteca, sonriendo ligeramente.
Pendergast vio desaparecer al chófer. Entonces se volvió otra vez hacia la carta y cogió la pluma estilográfica, que siguió rasgueando el papel durante unos dos minutos. La depositó en el paño verde de la mesa y cogió el papel para leerlo desde el principio.
Querida Viola:
Te escribo por varios motivos. En primer lugar para disculparme por el recibimiento que te di en nuestro último encuentro. Te habías tomado muchísimas molestias por mí, y la conducta que mostré en aquel momento fue execrable. No tengo excusa, salvo decirte que —como sin duda sabes ya— no era yo mismo.
También quiero darte las gracias por salvarme la vida. No exagero. Me la salvaste. Hace casi dos meses, al presentarte en mi puerta, me faltaba muy poco para cometer la acción que con tan poca sensibilidad te describí en aquel momento. Tu presencia, y tus palabras, detuvieron mi mano el tiempo suficiente para que me apartasen de ello otros sucesos. Por decirlo llanamente, llegaste al pelo al Dakota, y con ello te granjeaste mi eterna, infinita y más profunda gratitud.
Tengo el propósito de irme de vacaciones. Todavía ignoro cuánto tiempo y dónde. Si me encontrase en Roma, ten por seguro que me pondría en contacto contigo, como amiga. Así deben ser las cosas entre ambos a partir de este momento y para siempre.
Hay pocas cosas que me aten a este mundo, Viola, y aún menos personas. Te ruego que sepas que eres una de ellas.
Con gran afecto,
ALOYSIUS
Dejó la carta en la mesa, la firmó, la dobló y la metió en un sobre. Después miró a los jugadores de cartas, Constance y Tristram, absortos en la partida. Su mirada se desvió hacia la chimenea. Contempló largo tiempo las llamas, sin moverse ni tocar el jerez; tan largo tiempo, de hecho, que solo Proctor lo sacó de su ensimismamiento al regresar con el anuncio de que ya estaba servida la cena. Tristram se puso en pie de inmediato y salió en pos del mayordomo sin poder disimular el hambre. Para aquel joven cada comida era una novedad. Tras él fue Constance, a un paso más digno. El último de todos en abandonar su asiento fue el agente especial Pendergast, que deslizó los dedos por el sobre depositado sobre el escritorio y a continuación salió de la sala sin hacer ruido, silueta en penumbra que se fue volviendo cada vez más borrosa al recorrer los espacios secretos y las sombras que poblaban la mansión de Riverside Drive.