17
La biblioteca de la mansión de Riverside Drive estaba fría, oscura; en las cenizas apagadas de la chimenea se acumulaba correo sin abrir. Sobre una mesa larga, arrastrada hasta el centro de la sala desde el rincón donde solía estar, se sucedían montones de listas impresas y fotografías, que en algunos casos se habían caído al suelo y habían sido pisoteadas. Al fondo de la biblioteca había un panel de roble abierto, que dejaba a la vista una pantalla plana en la que se repetían sin cesar imágenes de un hombre en un vestíbulo de hotel.
Pendergast se paseaba inquieto por la sala, como una fiera en su jaula. De vez en cuando se detenía a mirar el monitor, o a inclinarse hacia el desorden de papeles de la mesa, que cambiaba de sitio, examinaba y lanzaba de nuevo hacia la pila con gestos de impaciencia. Era una extraña agrupación de documentos, compuesta en su mayor parte por fotos fluorescentes de placas de electroforesis en gel: vagos amasijos de líneas y movedizos culebreos de moléculas de ADN, como instantáneas borrosas de espíritus. Cogió una y después otra. Sus manos temblaron al juntarlas. Acto seguido las dejó caer en el montón.
Se irguió y cruzó la biblioteca en dirección a un pequeño aparador con ruedas, lleno de botellas, en el que se sirvió una copa de amontillado. Se la bebió de un solo trago, la rellenó hasta el borde y la volvió a apurar.
Reanudó su ir y venir por la sala. No llevaba americana. La había dejado en una silla. Tenía aflojada la corbata, y arrugada la camisa. Su pelo rubio estaba húmedo, y su rostro cubierto por una capa de sudor malsana.
El reloj de la repisa de la chimenea anunció la medianoche.
Un giro más lo colocó de nuevo frente a la botella de amontillado. Llenó la copa y la levantó para bebérsela, pero tras un momento de vacilación la devolvió a su sitio, con tal fuerza que se rompió y se derramó el líquido de color ámbar.
Siguió caminando como si tal cosa. Al pasar por delante de la chimenea, se detuvo un momento y removió con el atizador las cenizas apagadas de las cartas recién echadas y los trozos de carbón.
Su siguiente parada fue ante el monitor, que se esforzó por mirar un buen momento. Después cogió el mando a distancia y pulsó varias veces en él con sus dedos finos y alargados, a fin de ver el vídeo con minuciosidad, atento al hombre con traje negro que entraba, se quedaba parado en el vestíbulo y salía. Se acercó a la pantalla y estudió especialmente la cara, la postura y los andares de aquel individuo, cuya estatura y peso calibró. Otra impaciente pulsación hizo aparecer un nuevo vídeo, en el que el mismo hombre (¿o no?) cruzaba con aplomo el vestíbulo de un hotel distinto. Pendergast miró varias veces las dos filmaciones, a cámara lenta, cámara rápida e imagen por imagen, accionando el zoom: un bucle interminable de vestíbulo-pasillo-vestíbulo-pasillo al que puso fin arrojando el mando a distancia a una silla y regresando al mueble bar.
Con mano temblorosa, cogió otro vaso de cristal fino, derramó algo de jerez al llenarlo y se lo bebió de un trago, en un intento de atenuar el síndrome de abstinencia mediante los efectos del alcohol, aun a sabiendas de que no hacía más que prolongar la agonía.
Tras la siguiente vuelta por la sala se paró. En la puerta había aparecido una silueta alta y musculosa, con una bandeja de plata. Su rostro, en la penumbra, era del todo inescrutable.
—¿Qué ocurre, Proctor? —preguntó él con brusquedad.
—El correo, señor.
Se acercó rápidamente, cogió las cartas y las ojeó: unas cuantas felicitaciones, una carta de Viola y correspondencia comercial sin importancia. Proctor esperó sus instrucciones, pero como Pendergast no decía nada desapareció con algo de dificultad en la penumbra. Nada más quedarse solo, Pendergast fue a la chimenea, tiró las cartas sin abrir y reanudó sus rondas por la sala, su obsesivo mirar y remirar las grabaciones y su cotejo reiterado de los documentos de la mesa.
De pronto se detuvo a medio paso y se giró.
—¿Proctor? —dijo sin levantar mucho la voz.
Volvió a materializarse la silueta en la puerta.
—¿Sí?
—Ahora que lo pienso, traiga el coche, por favor. —¿Puedo preguntar adónde vamos?
—A la comisaría central.
Cuando Vincent D'Agosta estaba absorto en algún caso de especial complejidad, la franja horaria entre las doce y las dos de la noche le resultaba ideal para concentrarse y reordenar sus informes, pero sobre todo para preparar el tablón de corcho que usaba para organizar las pruebas en el espacio y el tiempo, poner orden en sus ideas y conectar los puntos del caso. El tablón ocupaba la mitad de una pared, y aunque después de tantos años pareciera algo gastado seguía siendo útil. Era la una de la madrugada. Frente al corcho, D'Agosta repartía con chinchetas un fajo de tarjetas, fotos y pósits, y ataba cuerdas entre sí.
—Ah, teniente; es la una y todavía trabajando, por lo que veo.
Al girarse vio apoyado en el quicio de la puerta al agente especial Conrad Gibbs, que sonreía. D'Agosta hizo lo posible por sofocar el repentino brote de irritación que le causó aquella interrupción.
—Buenas noches, agente Gibbs.
Habían establecido una relación formal y estrictamente profesional, contra la que D'Agosta no tenía queja alguna.
—¿Puedo?
Gibbs hizo el gesto de invitarse a entrar. A D'Agosta no se le ocurrió ninguna manera de decir que no.
—Sí, claro, pase.
Gibbs entró con las manos en la espalda y señaló el tablón con la nariz.
—¡Qué recuerdos! Hace años, cuando estaba en Quantico, hacíamos cosas así. Ahora nos hemos pasado a los ordenadores. De hecho… —Sonrió—. Desde hace poco hago los esquemas de investigación en mi iPad, que no me falla nunca.
Dio unos golpecitos a su maletín de piel.
—Yo prefiero el método tradicional —dijo D'Agosta.
Gibbs examinó el tablón de corcho.
—Está bien. Lo único que pasa es que no entiendo muy bien su letra.
D'Agosta se dijo que Gibbs solo intentaba ser amable.
—Es una pena, pero las monjas de Holy Cross no consiguieron enseñarme buena letra ni siquiera a golpes.
—Lástima. —No pareció que a Gibbs le hiciera gracia. De repente se animó—. Me alegro de encontrarlo a estas horas de la noche, porque venía a dejar algo.
Depositó su maletín sobre el desorden que reinaba en la mesa de D'Agosta. Abrió los cierres, levantó la tapa y sacó una gruesa carpeta, que tendió a D'Agosta sin decir nada pero con semblante orgulloso.
D'Agosta la cogió. La tapa llevaba grabados los sellos del FBI y de la Unidad de Ciencias de la Conducta, y leyó:
Agencia Federal de Investigación
Unidad de Ciencias de la Conducta
Centro Nacional de Análisis de Delitos Violentos
Análisis de la Conducta — Unidad 2
EL ASESINO DE LOS HOTELES
EVALUACIÓN PRELIMINAR
Perfil y modus operandi
Evaluación de riesgos
—¡Qué rapidez! —dijo sopesándola—. ¿Y lo han bautizado «el Asesino de los Hoteles»?
—Bueno, ya nos conoce a los del FBI —dijo Gibbs, riéndose un poco—. Siempre le tenemos que poner un nombre a todo. En los periódicos lo han llamado de varias maneras. Hemos elegido la que más nos convenía.
D'Agosta no estaba muy seguro de que el apodo fuera del gusto del sector hotelero, o del alcalde, pero no dijo nada. Pensaba llevarse bien con el FBI a cualquier precio.
—Estamos dedicando todos nuestros recursos a la investigación —dijo Gibbs—, porque, como verá en la evaluación, estamos convencidos de que el Asesino de los Hoteles no ha hecho más que empezar, y de que lo más probable es que los asesinatos se aceleren. Por si fuera poco nos enfrentamos con un criminal más refinado y organizado de lo normal. El caso ya es gordo, pero si no le paramos los pies se hará enorme.
—¿Esta es mi copia?
—Exactamente. Buena lectura.
Al girarse, Gibbs estuvo a punto de chocar con un personaje demacrado y vestido de negro que había protagonizado una extraña aparición en el umbral.
D'Agosta levantó la vista. Pendergast.
Parecía un muerto viviente. No había otro modo de describirle: la ropa le colgaba como si fuera un sudario, sus ojos grises habían adquirido una tonalidad desvaída, casi transparente, y su rostro se veía hundido, cadavérico.
—Perdón —dijo Gibbs, distraído, intentando pasar; pero en lugar de apartarse Pendergast le cerró el paso y extendió la mano, a la vez que se formaba en sus facciones, dignas de una máscara mortuoria, una sonrisa no por vaga menos espectral.
—¿El agente Gibbs, supervisor de la investigación? Soy el agente especial Pendergast.
Gibbs se detuvo en seco y, recuperándose con rapidez, estrechó la mano de Pendergast.
—Encantado de conocerlo, agente Pendergast. Mmm… ¿O ya nos conocíamos?
—No, por desgracia —dijo Pendergast en un tono de voz que alarmó a D'Agosta por su escaso parecido con el de costumbre.
—Bueno, bueno —dijo Gibbs—. ¿Qué lo trae por aquí?
Pendergast entró en el despacho y señaló en silencio la gruesa carpeta que tenía D'Agosta en las manos.
Gibbs se quedó perplejo.
—¿Está… asignado al caso del Asesino de los Hoteles? Perdone, pero es que me sorprende bastante. No me había informado nadie.
—No lo ha informado nadie, agente Gibbs, porque todavía no me han asignado al caso, pero me asignarán, vaya si me asignarán.
La confusión de Gibbs mostró indicios de ir a más. Pareció esforzarse por no perder una actitud profesional ante una noticia que no era de su agrado.
—Comprendo. Y… ¿cuál es su departamento y su especialidad si no lo molesta la pregunta?
En vez de contestar, Pendergast posó en su hombro una mano que pretendía ser amistosa.
—Ya veo, agente Gibbs, que además de colegas que trabajarán codo con codo vamos a ser buenos amigos.
—Eso espero —dijo Gibbs, incómodo.
Pendergast le dio unas palmadas en el hombro, así como un levísimo empujón (o así se lo pareció a D'Agosta), como si lo impulsara hacia la puerta.
—¿Nos vemos mañana, agente Gibbs?
—Sí —dijo este último, que había recuperado la serenidad pero empezaba a poner mala cara, claramente molesto—. Nos vemos. Estaré encantado de que nos expliquemos mutuamente nuestras credenciales, de oír sobre su trayectoria y de efectuar el debido enlace entre nuestros departamentos.
—Cooperaremos hasta que se canse —dijo Pendergast dando la espalda a Gibbs en señal de despedida.
Gibbs se fue poco después.
—Pero ¿qué coño hace? —preguntó D'Agosta en voz baja—. Acaba de ganarse un enemigo de los gordos… ¿Qué mosca lo ha picado?
—Eso digo yo, qué coño —contestó Pendergast. En su boca, la palabrota sonó poco natural—. Me pidió que me implicase. Pues ya estoy implicado.
Le quitó el informe de las manos, y después de una ojeada de lo más superficial lo tiró como si nada a la papelera que había al lado de la mesa de D'Agosta.
—¿Cómo es esa palabra tan simpática que a usted tanto le gusta emplear? —preguntó—. Cagadas. Sin haberlo leído ya le puedo decir que este informe se compone de cagadas en estado puro, recién salidas del sistema excretor en el que se han formado, y calentitas.
—Mmm… ¿Por qué lo dice?
—Porque yo sé quién es el asesino. Mi hermano, Diógenes.