57

Después de una noche de lluvia, que había refrescado el ambiente, salieron del último pueblo situado en la orilla del Itajaí do Sul, el afluente más meridional del Itajaí, entre jirones de niebla que flotaban sobre el río.

Mendonça, que estaba de mal humor y con resaca, navegó río arriba. El naturalista, Fawcett, volvió a sentarse en la proa, pero ahora no leía sino que buscaba mariposas con la vista. De vez en cuando, al ver aletear alguna por la orilla del río, le gritaba a Mendonça que fuera más despacio, y en una ocasión le exigió perseguir un ejemplar con la lancha, mientras él, inclinado en la proa, agitaba la red hasta apresarlo.

El último pueblo del río había sido un sitio horrible, triste y sucio que se llamaba Colonia Marimbondo. Ahí Mendonça se había esmerado en averiguar más cosas sobre Nova Godói: dónde estaba, cómo reconocer el punto de la orilla en el que había que desembarcar… Casi toda la información la había obtenido en la cervejaria del pueblo, donde no había tenido más remedio que gastarse el dinero que tanto le costaba ganar en invitar a rondas y más rondas a fin de volver más locuaces a unos lugareños que lo eran muy poco. Lo que había logrado sonsacarles le producía un gran desasosiego. Seguro que era casi todo fruto de la superstición y la ignorancia, pero aun así lo incomodaba enormemente.

Zarparon temprano, con el alba. La pared de araucarias, de la que goteaba el agua de una noche de lluvia, recogía los ecos del motor. Mendonça sentía acumularse en su pelo y su barba la humedad, que se filtraba por su camisa.

Pero qué ganas tenía de acabar con aquello, por todos los santos…

Hacia mediodía cruzaron un meandro grande. En la orilla derecha había una dársena flotante con una rampa que llevaba a un muelle de madera, no muy sólido. Más allá de la vera del río, que era alta, se veía un claro con bastantes hierbajos y varias barracas prefabricadas cubiertas de óxido, así como un destartalado cobertizo de madera. El conjunto respondía con exactitud a la descripción de los aldeanos.

—Hemos llegado —dijo Mendonça, mientras buscaba señales de vida en el muelle.

Lo alivió ver que parecía abandonado. Fue apagando el motor a la vez que orientaba la lancha hacia el embarcadero. Cuando estuvo cerca saltó a tierra y la amarró. Mientras Mendonça esperaba en el muelle, el naturalista, con su torpeza acostumbrada, bajó la mochila, se apeó de la lancha y se tambaleó un poco encima de la plataforma, mirando a su alrededor.

—Hemos llegado —repitió Mendonça con una sonrisa esforzada. Tendió la mano—. El resto del dinero, por favor, o senhor.

Una pausa.

—Un momento, un momento —dijo Fawcett con un temblor de irritación en la barba—. Habíamos quedado en dos mil de adelanto y…

—Y mil al llegar —dijo Mendonça acabando la frase—. Seguro que se acuerda.

—Ah… —El naturalista hizo una mueca—. ¿Era lo pactado? —Sí.

Más refunfuños.

—Pues tendrás que esperarte a que vuelva. Habíamos quedado en un viaje de ida y vuelta, seis días en total.

—Por mí perfecto —dijo Mendonça—. Te espero, pero págame ahora.

—¿Y cómo sé que no te irás?

Mendonça se irguió.

—Porque soy hombre de palabra.

Su respuesta pareció satisfacer a Fawcett, que rebuscó en la mochila hasta sacar el fajo de billetes y separar dos de quinientos reales. Mendonça se los arrebató y se los guardó en el bolsillo.

El naturalista levantó la mochila.

—¿Y el pueblo dónde queda?

Mendonça señaló una pista para todoterrenos que cruzaba el claro, pasaba al lado de las barracas y se perdía en la selva. Más allá de aquel punto, el verde manto de vegetación formaba colinas y colinas hasta culminar en una caldera volcánica que desaparecía entre las nubes bajas.

—Por aquel camino. Son unos cinco kilómetros. Solo hay una manera de llegar.

—¿Cinco kilómetros? —Fawcett puso mala cara—. ¿Por qué no me lo habías dicho antes?

—Creía que lo sabías —dijo Mendonça encogiéndose de hombros.

Fawcett se lo quedó mirando, muy serio.

—Espérame. Volveré dentro de tres días, setenta y dos horas, a mediodía.

—Me quedaré en la lancha. Dormiré a bordo. Tengo todo lo que me hace falta.

Mendonça sonrió, enseñando los dientes, y encendió un puro.

—Muy bien.

El naturalista se puso la mochila con dificultad, ajustó las correas y empezó a subir mal que bien por el camino embarrado. Su silueta aparecía y desaparecía entre bancos de niebla. En cuanto desapareció por completo en la selva, Mendonça bajó corriendo hasta la lancha, puso en marcha el motor y se fue lo más deprisa que pudo río abajo, rumbo a Alsdorf.

Dos tumbas
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