26

Apareció tan de improviso en la entrada del cubículo de Madeleine Teal que le hizo dar literalmente un salto. Era un hombre muy raro: vestido de negro, con la cara blanca, los ojos grises y un aura de inquietud lindante con la agitación.

—¡Pero qué susto me ha pegado! —dijo ella, llevándose una mano a su opulenta pechera—. ¿Quería algo?

—Vengo a buscar al doctor Heffler.

Qué manera tan rara de decirlo, y más en alguien con tanto parecido con la propia muerte… Aunque también tenía una voz meliflua y un encantador acento sureño, y a Teal, que era del Medio Oeste, aún le daban dentera los múltiples acentos neoyorquinos.

—¿Estaba citado? —preguntó.

—El doctor Heffler es un viejo amigo.

«Un viejo amigo.» Sin saber muy bien por qué, sonaba mal. Nadie habría usado la palabra «amigo» para describir al doctor Wayne Heffler, que al parecer de Teal era un imbécil pretencioso, condescendiente y con falsas ínfulas de clase alta. Teal llevaba mucho tiempo trabajando, y había conocido a muchos Heffler, pero a ninguno tan malo como Wayne, el tipo de persona cuyo máximo placer consistía en revisar el trabajo de sus subordinados con el único objetivo de encontrar defectos y resaltarlos ante el mayor número posible de personas, mientras él descuidaba su trabajo y dejaba que los demás se afanasen en sacarle las castañas del fuego a sabiendas de que si pasaba algo, o hubiera algún descuido, la culpa se la llevarían ellos.

—¿Cómo se llama?

—Agente especial Pendergast.

—Ah… ¿Como los del FBI?

En la cara del agente especial apareció una sonrisa de lo más inquietante, mientras una de sus manos marmóreas se deslizaba por el interior de su chaqueta y extraía una cartera, que abrió para mostrar una placa y una identificación. La cerró suavemente y la introdujo de nuevo entre la lana negra. A Madeleine Teal no le desagradó la expectación que sentía al pulsar el botón del interfono y coger el auricular.

—Doctor Heffler, pregunta por usted un agente del FBI que se llama Pendergast. No está citado. Dice que lo conoce.

Una breve pausa.

—¿Ha dicho Pendergast?

—Sí, doctor.

—Pues que pase.

Teal colgó.

—Puede pasar.

El agente, sin embargo, no se movió.

—Que salga el doctor Heffler.

Eso ya era otra cosa. Teal volvió a coger el teléfono.

—Quiere que salga usted.

—Pues dile al muy hijo de puta que si quiere verme estoy dentro, en mi despacho. Si no le dices que se vaya.

Teal sintió un ligero estirón. El brazo de Pendergast había ascendido con sigilo hasta apoderarse suavemente del teléfono.

—¿Me permite?

Lo soltó. Nadie la acusaría de oponer resistencia a un agente del FBI.

—¿Doctor Heffler? Soy el agente Pendergast.

Teal no oyó la respuesta, pero los trinos como de grillo que se filtraban por el auricular indicaban cierta exaltación. Heffler estaba discutiendo.

«Esto va a ser bueno», pensó Madeleine Teal.

El agente del FBI escuchó pacientemente antes de contestar.

—Vengo a buscar los resultados de ADNmt del Asesino de los Hoteles.

Más trinos irritados por el auricular.

—Es una lástima. —El agente se giró y sonrió a Teal al devolverle el teléfono. Esta vez su sonrisa parecía sincera—. Gracias.

Bueno, ¿por dónde se va al laboratorio donde hacen las pruebas de ADNmt?

—Por el pasillo, a la derecha, pero… está prohibido ir sin acompañante —dijo ella, bajando la voz.

—No, si iré acompañado: me acompañará el doctor Heffler. Dentro de poco, al menos.

—Pero…

Pendergast, no obstante, había sacado su teléfono móvil. Hizo una llamada al salir por la puerta, girar a la derecha y enfilar el pasillo. En cuanto se perdió de vista empezó a sonar el teléfono de Madeleine Teal, que lo cogió.

—Con el doctor Heffler, por favor —dijo una voz—. Soy el mayor Starke.

—¿El mayor Starke? —Increíble. Era él de verdad. Llamaba personalmente—. Sí, señor, un momentito.

Pasó la llamada, que no duró más de medio minuto. Acto seguido Heffler salió de su despacho con la cara roja.

—¿Adonde ha ido?

—Por el pasillo, hacia el laboratorio. Ya le he dicho que…

Pero Heffler ya había salido disparado en la misma dirección, correteando con muy poca dignidad. Teal nunca lo había visto tan disgustado y asustado, y para ser sincera consigo misma, disfrutó de lo lindo.

El Rolls-Royce frenó ante la puerta cochera de la mansión de Riverside Drive 891. El agente Pendergast se apeó de inmediato con una fina carpeta bajo el brazo. El día tocaba a su fin. El viento frío que soplaba desde el río Hudson se colaba en su traje y alborotaba su pelo rubio claro. Corrían hojas secas por el suelo. Mientras revoloteaban en torno a la mansión, la puerta de roble macizo se abrió y engulló la oscura silueta del agente.

Después de un recorrido rápido por los pasillos en penumbra, llegó a la biblioteca. Seguía desordenada, con montones de papeles en la mesa larga y algunos por el suelo. La parte de la estantería bajo la que se ocultaba el monitor permanecía abierta. Procedió con rapidez hasta el fondo de la biblioteca, donde un raudo giro de muñeca junto a un mecanismo invisible hizo bascular otra porción de estanterías, dejando a la vista un pequeño espacio de trabajo con ordenador y monitor. Empezó a teclear sin molestarse en tomar asiento. La pantalla se encendió. Pendergast sacó un CD de la carpeta, y con las prisas se le cayeron varios papeles. Introdujo el disco en el ordenador y pulsó el teclado con nuevos comandos hasta llegar a una pantalla de registro. Una vez introducida la contraseña, apareció una página de bienvenida en austero blanco y negro:

DOCTOR'S TRIAL GROUP

BASE DE DATOS DE ADNmt

Haplogrupos mitocondriales del Homo sapiens

Polimorfismos y mutaciones

ESTA BASE DE DATOS ES CONFIDENCIAL

QUEDA RIGUROSAMENTE PROHIBIDO SU

USO SIN AUTORIZACIÓN

Más ráfagas en el teclado, hasta que la pantalla alumbró una rueda que giraba. Poco después apareció un resultado, uno solo, y pequeño. Pendergast, que seguía en pie, se lo quedó mirando no menos de cinco segundos… y perdió el equilibrio. Dio un paso atrás, se tambaleó un momento y cayó sin ceremonias de rodillas.

Dos tumbas
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