15
Al deslizarse por el norte de Riverside Drive, el Rolls-Royce Silver Wraith de 1959 reflejaba en su pulida superficie la luz de las farolas y de los semáforos. Al cruzar la calle Ciento treinta y siete redujo la velocidad y se metió por una vía de acceso bordeada por una alta verja de hierro forjado cuya puerta estaba abierta. Entre ailantos marchitos y matas de zumaque, acabó por detenerse ante la puerta cochera de una gran mansión de estilo Beaux-Arts cuya fachada de mármol y ladrillo elevaba hacia la oscuridad sus cuatro plantas y el almenado mirador que coronaba su tejado abuhardillado. Surcó el cielo un relámpago fugaz, seguido por un trueno. Del río Hudson soplaba un viento frío. Solo eran las seis de la tarde, pero a principios de diciembre ya había caído la noche sobre Nueva York.
Del coche se apeó el agente Pendergast, cuyo rostro, en la penumbra, se veía pálido y con gotas de sudor, pese a la frialdad del aire. Mientras se encaminaba hacia la puerta de roble enmarcada por columnas, algo se movió entre los arbustos del fondo de la entrada de coches. Al girarse hacia el ruido, Pendergast vio salir a Corrie Swanson de la oscuridad. Presentaba un aspecto de indecible suciedad, con la ropa arrugada y llena de barro, el pelo apelmazado y la cara manchada. Llevaba en un hombro una mochila hecha jirones. Tras mirar hacia ambos lados como un potro asustadizo, corrió hacia él.
—¡Agente Pendergast! —susurró con voz ronca—. ¿Dónde estaba? ¡Hace días que lo espero aquí con el culo congelado! Tengo problemas.
Pendergast abrió la puerta con llave, sin esperar a que Corrie le dijera nada más, y la hizo pasar.
Cerró la puerta de madera maciza y encendió una lámpara, que iluminó una entrada con suelo de mármol pulido y terciopelo oscuro en las paredes. Después se internó por un largo espacio con apliques esculpidos en estilo gótico, al que seguía un gran recibidor con vitrinas en las paredes. Proctor, el chófer, apareció con albornoz, muleta y postura rígida, despertado acaso por el ruido de la entrada del agente y Corrie.
—Proctor, por favor, que la señora Trask le prepare un baño a la señorita Swanson —dijo Pendergast—. Y que le laven y planchen la ropa si es tan amable.
Corrie se giró hacia él.
—Pero si…
—La espero en la biblioteca.
Una hora y media después, Corrie entró en la biblioteca como nueva. No había nada encendido, ni las luces ni la chimenea. Pendergast estaba en un rincón del fondo, en un sillón de orejas, inmóvil, poco menos que invisible. Su presencia tenía algo (una quietud inquieta, si pudiera existir algo así) que a Corrie le causó una sensación extraña.
Tomó asiento frente a él. Pendergast tenía las yemas de los dedos juntas y los ojos entornados. Con un nerviosismo inexplicable, Corrie empezó a narrar su historia. Habló de Betterton, de las acusaciones y teorías de este último acerca de Pendergast, del yate y de la insensatez de meterse en la casa de la East End Avenue a la que había aludido el periodista.
Durante el relato, la actitud de Pendergast había sido distante, como si casi no escuchase, pero la referencia a la casa pareció despertar su atención.
—Incurrió usted en un allanamiento de morada —dijo.
—Ya, ya lo sé. —Corrie se sonrojó—. Es que soy tonta, pero bueno, eso ya lo sabe…
Cuando intentó reír, su risa no obtuvo ningún eco ni reacción en el agente, más raro aún que de costumbre. Respiró hondo y siguió.
—Entré porque me pareció una casa abandonada desde hacía años, y no se va a creer lo que encontré: una especie de piso franco nazi. Pilas de ejemplares de Mein Kampf en el sótano, radios antiguas… Hasta una sala de tortura. En el piso de arriba parecía que estuvieran embalándolo todo para irse. Encontré una sala llena de documentos que estaban destruyendo.
Hizo una pausa y esperó. Seguía sin producirse ninguna reacción.
—Pensé que podían ser documentos importantes y les eché un vistazo. Muchos de ellos estaban plagados de esvásticas y fechados durante la guerra. Algunos llevaban el sello STRENG GEHEIM, que más tarde me he enterado de que en alemán quiere decir «Máximo secreto». Y luego vi el apellido Esterhazy.
Al oír aquello Pendergast salió de su letargo.
—¿Esterhazy?
—El apellido de su difunta esposa, ¿no? Lo sé porque lo he buscado en internet.
Una inclinación de la cabeza. Pero qué mal aspecto tenía, por Dios…
—Bueno —prosiguió Corrie—, el caso es que metí todos los documentos que pude en mi mochila, pero entonces… —Hizo una pausa. El recuerdo seguía muy fresco—. Me cogió un nazi e intentó matarme. Yo le rocié pimienta, al muy hijo de puta, y conseguí escapar. Desde entonces estoy cagada de miedo. Vivo como una fugitiva, en albergues de pobres o durmiendo en Bryant Park. No he pasado ni por mi piso ni por la facultad. ¡Lo único que he hecho en todo este tiempo ha sido intentar ponerme en contacto con usted! —De repente se sintió a punto de llorar, pero cortó las lágrimas de raíz—. No se ponía al teléfono, y en la entrada del Dakota no podía quedarme porque los porteros parecen del KGB.
Enfrentada al silencio, introdujo una mano en la mochila, sacó el fajo de papeles y lo dejó sobre una mesa auxiliar.
—Son estos.
Pendergast no los miró. Parecía que volviera a estar muy lejos. Ahora que la ansiedad había remitido, Corrie se fijó más en él. Su delgadez era chocante, al borde de lo cadavérico. En la penumbra pudo ver las bolsas de sus ojos y la palidez de su piel, pero lo más sorprendente de todo era su actitud: normalmente era de movimientos lánguidos, pero esa languidez se percibía como la de un gato, un muelle que en cualquier momento podía saltar. Ahora Corrie no tenía esa sensación. Pendergast se mostraba desconcentrado, desapegado y con poco interés por lo que le contaban. No parecía que le preocupase lo ocurrido ni el peligro que Corrie había corrido por él.
—Pendergast, ¿se encuentra bien? Lo veo… un poco raro. Perdone que se lo diga, pero es la verdad.
Pendergast movió la mano como si ahuyentara una mosca.
—Esos supuestos nazis… ¿averiguaron su nombre?
—No.
—¿Dejó usted algo que pudiera conducirlos hasta su identidad?
—No creo. Lo que llevaba estaba todo aquí dentro.
Empujó un poco la mochila con el pie.
—¿Alguna señal de que la hayan estado siguiendo?
—No creo, aunque he permanecido escondida. Dan un miedo de la hostia.
—¿Y la dirección del piso franco?
—East End Avenue 428.
Pendergast calló un momento, y salió una vez más de su mutismo.
—No saben quién es usted ni pueden encontrarla a menos que sea por casualidad; algo poco probable, por supuesto, pero reduciremos aún más las probabilidades. —La miró—. ¿Puede alojarse en algún sitio? ¿En casa de algún amigo? ¿Fuera de la ciudad?
Corrie se quedó atónita. Había dado por descontado que Pendergast le proporcionaría cobijo y protección, y que la ayudaría a resolver la situación.
—¿Y por qué no aquí?
El silencio se alargó hasta que Pendergast emitió un suspiro profundo y trémulo.
—La cuestión es que ahora mismo, sin entrar en detalles, soy incapaz de velar por su integridad. De hecho, estoy tan distraído que hasta podría poner en jaque su seguridad. Si se pone en mis manos correrá un grave peligro. Además, el único sitio donde tiene alguna posibilidad de entrar en contacto con estas personas, por ínfima que sea, es Nueva York. Dígame, ¿puede ir a algún otro lugar? Lo que le puedo garantizar es un traslado seguro y fondos suficientes; de lo demás tendrá que ocuparse usted sola.
Fue tan inesperado que Corrie se quedó como aturdida. ¿Adónde narices podía ir? Su madre seguía en Kansas, claro, en Medicine Creek, pero Corrie había jurado que ni muerta volvería a pisar aquel asco de pueblo.
—Mi padre vive cerca de Allentown —dijo con poca convicción.
Pendergast, cuya expresión volvía a ser distante, se giró hacia ella.
—Sí, recuerdo que lo comentó. ¿Sabe usted dónde se aloja?
Corrie ya se arrepentía de haber mencionado a su padre.
—Tengo una dirección. No lo he visto desde que abandonó a mi madre, hará… no sé, unos quince años.
Pendergast levantó la mano y pulsó un pequeño botón bajo la mesa auxiliar. Un minuto después Proctor estaba en la puerta de la biblioteca. La fortaleza que mostraba, incluso con muleta, era descomunal.
Pendergast se volvió hacia él.
—Proctor, por favor, llame a nuestro servicio privado de transporte. Deseo que lleven a la señorita Swanson a las inmediaciones de Allentown, Pensilvania, a la dirección que les indicará ella. Suminístrele usted tres mil dólares y un teléfono móvil nuevo.
Proctor asintió con la cabeza.
—Sí, señor.
La mirada de Corrie pasó de Pendergast a Proctor, antes de efectuar el recorrido inverso.
—Aún no me lo creo. ¿Me está pidiendo que huya con la cola entre las piernas?
—No hay más remedio, ya se lo he explicado. Estará más segura con su padre, sobre todo al no haber mantenido contacto con él recientemente. Debe alejarse de aquí como mínimo un mes, o tal vez dos. Páguelo todo en efectivo, sin usar tarjetas de crédito o débito. Destruya su tarjeta SIM y tire el móvil que tenía. Si transfiere los contactos hágalo a mano. Cuando tenga intención de volver, póngase en contacto conmigo; bueno, con Proctor.
—¿Y si no quiero instalarme en casa del fracasado de mi padre? —dijo Corrie, indignada.
—A los dueños del piso franco que invadió usted, y a quienes robó documentos sumamente comprometedores, no hay que subestimarlos. No le conviene en absoluto que la encuentren.
—Pero… —No podía ser. Corrie empezó a enfadarse—. ¿Y la universidad?
—¿De qué puede servirle la universidad a una muerta? —dijo Pendergast sin alterarse.
Corrie se levantó.
—Pero bueno, ¿qué le pasa? —Hizo una pausa y lo observó—. ¿Está enfermo?
—Sí.
Mientras oía la respuesta se dio cuenta de que Pendergast tenía la frente empapada de sudor. Caramba, pues sí que estaba enfermo… Eso explicaba muchas cosas. Hizo un esfuerzo por contener la rabia. Las últimas semanas había estado aterrorizada. Tal vez Pendergast tuviera razón en pretender que se escondiera.
—Perdone. —Se sentó de golpe—. Es que no me gusta la idea de salir corriendo. ¿Quién es esta gente? ¿Qué coño pasa?
—Lo siento, pero esa información la expondría a peligros todavía mayores.
—Deje que me quede y lo ayude con lo que le preocupa. —Corrie logró sonreír—. Una vez formamos un buen equipo.
Pendergast ofreció el primer atisbo de emoción.
—Le agradezco el gesto —dijo en voz baja y serena—, de verdad, pero no preciso ayuda; ahora mismo, en realidad, lo único que preciso es estar solo.
Corrie se quedó sentada. Se le había olvidado lo pelma que podía ser Pendergast.
—Proctor está esperando.
Al principio se limitó a mirarlo, hasta que se levantó sin decir nada, cogió la mochila y salió en cuatro zancadas de la biblioteca.
Después de que se fuera Corrie, Pendergast se quedó inmóvil en la oscuridad de la sala. Diez minutos después oyó el ruido lejano de una puerta. Entonces se levantó y se acercó a una estantería, de la que extrajo un tomo especialmente grande y vetusto. Se oyó un clic sordo, y el conjunto de la estantería basculó al despegarse de la pared. Detrás había una reja metálica plegable que daba a una puerta de arce macizo: el ascensor secreto de servicio al sótano de la mansión. Pendergast entró, pulsó un botón y bajó. Al salir recorrió una serie de largos pasadizos secretos que lo condujeron a una vieja escalera, la cual, cortada en roca viva, bajaba en espiral hasta difuminarse en la negrura. Tras descender por ella al vasto y laberíntico subsótano de la mansión, cruzó una serie de cámaras y galerías poco iluminadas y de olor añejo hasta llegar a una sala llena de mesas largas, cubiertas de instrumentos modernos de laboratorio. Una vez encendidas las luces, se acercó a un aparato que parecía un cruce entre un fax y una caja registradora moderna. Se sentó, lo encendió y apretó un botón lateral. Del panel frontal se desprendió una ancha bandeja que contenía varios tubos de ensayo pequeños y cortos. Sacó uno y lo cogió con el pulgar y el índice. Después se sacó una lanceta del bolsillo, se la clavó en el otro pulgar, extrajo una muestra de sangre, la introdujo en el tubo de ensayo, insertó este último en el aparato, pulsó una serie de botones y se sentó a esperar.