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—Espero, señor —dijo austeramente la señora Greenhill y, según le pareció al exasperado Todhunter, por milésima vez— que no pensará usted que yo tenga nada que ver con esto.
—Por supuesto que no. Si lo pensara, señora Greenhill, se lo habría dicho. Estamos simplemente tratando de averiguar si tienen ustedes alguna información que pueda explicar esta desaparición.
—Espero, señor, que no pensará usted que yo tenga nada que ver con esto —repitió la señora Greenhill estúpidamente.
—No, ya le dije que no lo pienso. Pero ha desaparecido.
—Así dice usted, señor. Pero yo estoy segura de no haberlo tomado. Y me sorprende, que piense usted una cosa así de mí, después de tantos años.
—¡No lo pienso! ¡Pero ha desaparecido! —gritó Todhunter.
La señora Greenhill apretó los labios. Los sollozos de Effie se redoblaron. El examen, dirigido alternativamente por Todhunter y Chitterwick duraba hacía ya veinte minutos, diecinueve de los cuales los había pasado Effie llorando y procurando su inocencia.
Chitterwick hizo un ademán como prescindiendo de la cólera de su colega.
—Y ahora escúcheme por favor, señora Greenhill, y también usted, Effie —comenzó con su tono más persuasivo—; el hecho es que...
—¡Basta de lloriqueos, Effie! —gritó Todhunter, enloquecido y perdido el dominio ante un resuello y suspiro especialmente largos de su afligida criada.
—No... no puedo, señor —lloriqueó Effie—. Estoy segura de que nadie me ha dicho hasta hoy cosas semejantes.
—Nadie le ha dicho a usted nada, Effie —aseguró Chitterwick más vivamente—, excepto que ese brazalete ha desaparecido, lo cual es un hecho. Si hace usted tanto barullo por un simple hecho, pronto empezaremos a pensar que oculta algo, ¿comprende?
Ante la sorpresa de Chitterwick y de todos, Effie dejó de llorar.
—El señor Todhunter cree que yo lo cogí —dijo indignada.
Apresuradamente, Chitterwick se adelantó a otro estallido.
—¡Por amor de Dios, cálmese usted, Todhunter! —imploró—. Recuerde que si estalla usted ahora (es decir, su aneurisma), sabe Dios lo que puede ocurrir. —Se volvió hacia la inocente pareja y la miró con toda la severidad que su rostro bonachón le permitía—. Deben ambas recordar que el señor Todhunter está en un estado de salud muy precario, y si persisten ustedes en exasperarlo de esta manera ridícula, pretendiendo que les acusa de algo de que nadie les ha acusado, no estoy dispuesto a responder de las consecuencias.
—Yo sólo dije que no me gustaría que el señor Todhunter ni nadie pensara que tengo nada que ver con esto —protestó la señora Greenhill, desconcertada como si un papagayo australiano domesticado le hubiera arrancado de pronto un gran trozo de oreja.
—Bueno, nadie piensa tal cosa —sonrió Chitterwick, asemejándose una vez más un papagayo—. De modo que veamos lo que podemos averiguar entre nosotros. Los hechos son éstos: cuando el señor Todhunter se marchó de viaje, dejó un valioso brazalete de diamantes en el cajón superior de la derecha de la cómoda. El cajón estaba cerrado con llave. Cuando regresó, el cajón estaba todavía cerrado, pero faltaba el brazalete. Yo mismo he examinado el cajón y no presenta señales de haber sido forzado. Pero, por otro lado, la cerradura parece ser muy sencilla y un ladrón inteligente no hubiera tenido dificultad para abrirla. Ni usted, señora Greenhill, ni usted, Effie —Chitterwick continuó sonriendo radiante—, son ladrones inteligentes, de modo que eso las elimina a ambas en seguida. ¿Comprenden eso?
Hubo un pequeño coro de agradecido asentimiento.
—Muy bien, entonces. Algún otro lo cogió. Quiero decir, alguien que no forma parte del servicio de la casa. Y ahora, señora Greenhill, intente usted recordar qué extraños visitaron la casa mientras el señor Todhunter estuvo afuera.
La señora de Greenhill y Effie se miraron.
—Pero, no vino nadie, señor. Ningún extraño puso un pie en la casa en todo el tiempo que el señor Todhunter estuvo fuera.
—¿Verdaderamente? Vamos, ¿no vinieron a mirar el contador de gas, o a ver algo relacionado con la luz eléctrica, o a inspeccionar las conexiones del agua, o a arreglar o a limpiar algo?
—¡Ah, ésos! —dijo la señora de Greenhill con gran sorpresa.
Después de cinco minutos de paciente interrogatorio, Chitterwick tuvo en su poder una lista rudimentaria de revisores de contador, electricistas, etcétera, hasta un total de siete.
—¿Y eso es todo?
—Es todo, señor, por lo que puedo recordar.
—Comprendo. Bueno, si se lo ocurre alguien más hágaselo saber al señor Todhunter.
—¿No creerá usted que pudo haber sido un ladrón nocturno, señor? —preguntó la señora Greenhill, mientras se disponían a marcharse.
—Desde luego, es una posibilidad —replicó afablemente Chitterwick—. Pero no veo por ningún lado señales de que se haya forzado la entrada y estoy completamente seguro de que usted y Effie fueron suficientemente cuidadosas para no dejar ninguna ventana abierta por las noches.
—¡Oh, sí, señor! Puede estar seguro de eso. Todas las ventanas quedaban cerradas y aseguradas todas las noches antes de irnos a acostar. Yo misma me ocupaba de eso.
—Exactamente. Bueno, si no pueden decirnos nada más, no creo que necesitemos retenerlas por más tiempo.
La pareja se marchó y Chitterwick movió la cabeza de un lado a otro.
—Me temo que no fue una gran ayuda.
—Esa encantadora pareja estuvo a punto de matarme. ¡Las malditas!
—Sí, sí; eran exasperantes. Pero, bueno, no hay duda de que se sentían en una posición muy equívoca.
—¿Cree usted que fue alguna de ellas? —preguntó esperanzado Todhunter.
Chitterwick movió negativamente la cabeza.
—No, mi impresión es que ambas son perfectamente honestas. Pero...
—¿Qué?
—Me pregunto si la más vieja no tiene marido...
—¿La señora Greenhill? No, es viuda.
Chitterwick volvió a mover la cabeza.
—Es una lástima. Creo que detrás de una mujer así, hay a menudo un marido que no sirve para nada. Eso habría convenido mucho a nuestras investigaciones.
—Sí, pero ya que falta un marido que no sirva para nada —dijo Todhunter impaciente—, ¿qué cree usted que ocurrió con ese brazalete?
—¡Dios mío! —dijo Chitterwick muy afligido—. Temo no poder decirlo. El... el proceso está detenido ¿comprende usted? No podemos investigar sobre todas esas personas que sabemos han estado aquí. Pueden haber tenido un momento para deslizarse en su cuarto. Supongo —agregó Chitterwick tímidamente— que usted dejó realmente aquel cajón cerrado con llave...
—Claro que lo dejé cerrado con llave.
—Sí, desde luego, desde luego —dijo Chitterwick apresuradamente—. Era sólo... sí, desde luego.
—¿Y cuánto tiempo —preguntó sarcásticamente Todhunter— cree usted que llevará investigar los movimientos y la dudosa culpa de todas esas personas? ¿Un par de meses?
—Por cierto que llevaría tiempo —tuvo que admitir Chitterwick.
—Entonces, sigamos otro camino —vociferó Todhunter, cuyos nervios estaban debilitándose—. Tenemos sólo cinco días. ¿Quizá olvidó usted eso?
—No, no. ¡Oh, no!, indudablemente, no. Puedo asegurarle a usted que no lo he pasado por alto.
—Bueno, ¡maldición y condenación! —gritó Todhunter—. ¡Yo maté a esa mujer! ¿Qué clase de detective se llama usted si no puede probarlo en cinco días, cuando yo puedo contarle lo que pasó, de pe a pa?
—No se aflija usted, Todhunter —imploró Chitterwick—. Le ruego que no se aflija.
—Pues, bien se afligiría usted en mi situación, ¿no es cierto? —gruñó Todhunter.
—De todos modos estoy ya afligido —respondió Chitterwick, y en su rostro estaba escrito que decía la verdad.