ADVERTENCIA SOBRE LA TRANSCRIPCIÓN DE LOS NOMBRES ÁRABES

Para la transcripción en letra latina de la onomástica árabe decía el docto arabista don Emilio Lafuente y Alcántara en el prólogo a su traducción española del Abjar Machmúa (Madrid, 1867): «En cuanto al sistema de transcripción de los nombres de personas o lugares, ha habido siempre gran variedad, no tan solo en España, sino también en el extranjero, adoptando unos la pronunciación estrictamente gramatical, otros la vulgar de Argel, Marruecos, Egipto o Siria, limitándose a veces a representar cada sonido con la letra del alfabeto europeo más análoga y añadiendo en otras ocasiones signos convencionales.»

Esa clave es, con leves discrepancias, la empleada en su versión española del Abjar Machmúa por el ya citado don Emilio Lafuente.

Como él, damos el valor de A al alif del artículo árabe, y escribimos, por ejemplo, Al-Manzur y Al-Harits, y le suprimimos la vocal, cuando desaparece en la pronunciación, como en Abdu-l-Lah y compuestos análogos.

Damos igualmente el valor de la che española al guim o chim árabe, equivalente al guimel hebreo, que los franceses representan por el compuesto dj, en nombres como Chebel que transcriben Djebel, por la razón que el señor Lafuente expone: «El Diccionario de fray Pedro de Alcalá, los muchos nombres geográficos que nos han quedado y los libros escritos en aljamía, así como algunas palabras castellanas que se encuentran desde muy antiguo indicadas en obras arábigas, demuestran que el chim tenía un sonido semejante al de la letra che.» Y diz que nuestros moriscos traían la pronunciación del Oriente. Hagamos notar, de pasada, que esa letra chim tiene en el dialecto de Egipto el valor del guimel hebreo, o sea, el de nuestra ge suave.

Transcribimos jota el ja fuerte del árabe, y por hache, con la inevitable ambigüedad consiguiente, esos dos sonidos más suaves del ja sencillo y del he.

Para el schim que el señor Lafuente transcribe equis, empleamos nosotros la sch de alemanes y rusos, que corresponde a la combinación sh británica a sci de los italianos.

Con la ese representamos el análogo sonido del sin árabe y también el del za, idéntico al de zeta francesa y que en nuestros documentos antiguos se figura con c, y reservamos la zeta para figurar el zad arábigo, que es su equivalente.

Cuanto a estos dos sonidos complejos de las dos dal y los dos zad y las dos ta arábigas, que se suelen representar con combinaciones de dh, th, en libros extranjeros y que el señor Lafuente adopta en su clave, los reproducimos sencillamente por d, t, por tratarse de sonidos que ni entre los árabes están bien diferenciados y mutuamente se sustituyen y confunden. En nuestro romance tenemos la palabra cadí, que, según esa grafía, tendría que escribirse cadhí.

Caemos en la confusión, pero evitamos la complicación, que, naturalmente, no son siempre lo mismo.

Siempre ocurre así cuando se trata de transcribir sonidos de un idioma a otro menos rico en recursos fonéticos. En la antigüedad clásica ya se les presentó ese problema a los griegos con respecto a los persas e indos, y a los latinos con relación a los griegos. No tenían los latinos en su alfabeto el sonido gutural fuerte de la jota griega, y para representarlo recurrieron al mismo procedimiento que hoy los franceses, para reproducir ese mismo sonido del alfabeto árabe: unieron la ce, que a ellos les sonaba ka, con la hache, que aspiraban levemente, y transcribieron Charitas la Jaris helénica, de igual modo que los franceses transcriben khaliphe—la grafía árabe—jalifa.

Seria quimérico tratar de reproducir exactamente los sonidos árabes con nuestros medios gráficos; fijándonos solamente en los sonidos guturales, no tenemos nosotros más que uno fuerte, el de la jota, sin esos matices de las tres letras que en el alefato representan otras tantas variedades del mismo, y para representar el más leve de ellos tenemos que recurrir a la aspiración que tiene la hache en labios del vulgo andaluz.

Derivase de ahí una ambigüedad inevitable en la transcripción de esos sonidos, y aunque se haya convenido en reproducir con la jota el sonido fuerte del ja arábigo, no nos queda más que la hache para representar esos otros dos sonidos del ja suave y del he que viene a ser el espíritu rudo de los griegos. Y así, si podemos distinguir Hasán de Jalifa, no podemos marcar la diferencia entre Hasán y Haddar.

Otro tanto sucede con el schin árabe, que no tiene equivalente en nuestro alfabeto, y que nuestros escritores antiguos representaban con la equis y los modernos con la sh inglesa o la sh germánica. Y no digamos nada de esas variedades de zeta y te, que ya en árabe no se diferencian en la pronunciación y que los orientalistas suelen representar por la dh y la th, sin conseguir tampoco evitar la confusión entre ambos sonidos.

Pero no vamos a desarrollar aquí un tratado sobre ese tema, que solo tendría interés para los arabistas; nos limitaremos a indicar la clave gráfica que hemos empleado nosotros en la transcripción de la fonética arábiga.

El sonido duro de nuestra ce con las vocales a, o, u, lo representamos siempre por la ka, aunque ya sabemos que modernamente e innecesariamente se la quiere representar por la q, pasando de la transcripción germánica a la inglesa.

Cuanto a las vocales, que nunca tienen en árabe una fijeza absoluta, como ocurre en inglés, las hemos reproducido según la fonética más generalizada, pero sin atenernos, no obstante, a regla fija, que no guardan los propios árabes; es frecuente que en un texto aparezca una palabra vocalizada de distinto modo, con a y e o con e e i, siendo indiferente, por ejemplo, que se diga Al-Manzor o Al-Manzur; los umayya, los umeyya o los umiyya. Lo que no puede decirse es los «Omniadas», como vemos escrito en más de un libro de texto de Historia de España al tratar de esa dinastía.

Hay un caso en que las vocales arábigas toman un matiz gutural sincopado al contacto con la letra ain, esa letra primitiva y característica de todas las razas semíticas, y entonces, para diferenciarlas de las otras no afectadas por ese sonido gutural, las marcamos, como la mayor parte de los orientalistas modernos, con un circunflejo (^), y así se puede distinguir la de Châfar, por ejemplo, de la de Hasán.

Finalmente, en lo relativo a la acentuación, que adolece entre los árabes de la misma inestabilidad que la vocalización, la hemos marcado siempre siguiendo la norma prosódica más generalizada. Y el lector puede estar seguro, por lo menos, de que en ningún caso debe decir Coran, sino Corán, ni abbasí, sino abbasi.

¡Aunque Alá es el más sabio!

R. CANSINOS ASSENS

Estudio literario - Crítico de Las 1001 noches
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