LA PARADOJA DE LOS GENIOS

No habría tal paradoja si se considerase a los genios como simples espíritus elementales, libres y sueltos en sus respectivos dominios. Pero al antropomorfizarlos y encajarlos en una tradición teológica demoníaca y radicados en el mundo real surge en seguida el absurdo lógico, pues no comprendemos bien cómo esos seres extraños y, en fin de cuentas, teratológicos nacidos del fuego, pueden inspirar pasión a criaturas humanas y mantener su prestigio estético de un modo permanente, ya que si son mujeres-peces han de llevar por fuerza el apéndice pisciforme de las sirenas, equivalente a la desilusionante pata de cabra, y si son pájaros han de ser mancas, ya que, con arreglo a la ley morfológica, las alas suponen el sacrificio de los brazos.

Para obviar esa dificultad, los cuentistas árabes apelan, respecto a las mujeres-pájaros, al recurso de vincular su virtud aviatoria, no en su propio cuerpo, sino en su traje de plumas, faltándoles el cual ya no pueden volar y quedan a merced de su enamorado cazador, recurso que implica un compromiso con una tradición exótica, ario-persa, occidental, ya que los afarit por su propia naturaleza son todos autoaviadores, que no necesitan las alas para elevarse y conducirse por los aires, y así se nos presentan en muchas de estas historias, rectificando el error de los iconógrafos de la angeología occidental, justamente criticados, desde el punto de vista de la morfología biológica, por el gran Max Nordau; esos afarit que decimos no tienen alas ni trajes de plumas y, sin embargo, se trasladan sin esfuerzo de uno a otro lado y hasta llevan pasajeros a cuestas, como un moderno avión de servicio.

Pero, en fin, la explicación podría aceptarse para las mujeres-pájaros; pero ¿y las mujeres-peces que, por ser anfibias, forzosamente tendrían que poseer branquias además de pulmones y esa cola de pescado que es indispensable a los peces para su locomoción acuática, como la pluma timón para las aves?

Y no es eso solo, sino que, además, surge otra objeción: siendo de naturaleza ígnea, ¿cómo podrían vivir esas mujeres en el agua de un modo constante? Todo eso desaparece en cuanto consideremos a esos afarit no como entidades teológicas, sino simplemente míticas o poéticas. Por lo demás, también aquí nos encontramos con versiones distintas de un mismo tipo de personajes, hasta el punto que podría decirse que, al través de distintas historias, asistimos a la evocación del mismo ejemplar biológico, de la ondina y la mujer-pájaro y que patentiza un injerto humano en el primitivo concepto del efrit.

El final de esa evolución lo marcaría la Historia de Abdu-l-Lah, el de tierra, y Abdu-l-Lah, el del mar, (Noches 509 a 511), en la que el segundo representa un tipo más arcaico de hombre-pez, ya que posee el apéndice pisciforme de los seres acuáticos y, al mismo tiempo, está dotado de una inteligencia filosófica y unas cualidades morales muy superiores a las de los terrícolas, según resalta de las lecciones de piedad, desinterés y altruismo que da a su tocayo, el otro Abdu-l-Lah.

En ese careo entre el hombre-pez y el hombre, que sin duda encierra una intención moralizadora, Abdu-l-Lah, el del mar, se expresa y se conduce como un filósofo y hasta como un santo, y lo mismo puede decirse de sus congéneres que viven en el agua, organizados en sociedades pacíficas, regidas por la ley natural, y son naturalmente buenos y razonables, por lo que gozan de una justa dicha.

Esos nombres-peces ignoran la guerra y, lo que es más aún, el trabajo, pues tienen a su servicio equipos de peces obreros que se lo hacen todo, de suerte que entre ellos no existe la cuestión social y sus frentes no chorrean sudor, sino el agua pura en que se bañan.

Lo único que a esos seres felices les aqueja es el tedio y el régimen de alimentación, exclusivamente ictiófaga, a que están sometidos, y por eso Abdu-l-Lah, el del mar, cambia con Abdu-l-Lah, el de la tierra, cestas de perlas y corales que valen un tesoro por otras de fruta que en los zocos compraría por unas dracmas si su naturaleza física, enteramente pisciforme, no le confinase al elemento acuático, impidiéndole la locomoción y la respiración—es de suponer—en tierra firme.

Trabajo cuesta creer que ese buen Abdu-l-Lah, el del mar, proceda de casta de chines y sea, por tanto, un demonio, debiendo pensarse más bien que trae su origen de la mitología griega y es simplemente un ser híbrido de raza neptuniana.

Pero Abdu-l-Lah, el del mar, es tan honrado que hasta conserva su cola pisciforme, con lo cual no engaña a nadie; es un tritón, franco y declarado; no así otros seres de análoga naturaleza, que representan un tipo más desligado del ecuóreo elemento, como esos reyes y princesas de otras historias—el rey Samandal, la princesa Gulinar y la princesa Chauhra—, que empiezan por no ser exclusivamente acuáticos, sino anfibios, y se han desprendido, además, del apéndice pisciforme, pudiendo andar sobre la tierra con toda desenvoltura y garbo y moverse en ella lo mismo que en el agua, y en este último elemento van y vienen braceando como nadadores de marca y no al modo reptatorio de los peces.

Esos afarit anfibios no habitan forzosamente en el agua, como Abdu-l-Lah y sus compañeros, sino a medias, y, al revés de esos trogloditas del mar, que moran en cavernas y antros, moran en habitaciones lacustres, a orillas del agua, pero no sumergidos en ella del todo, en castillos y alcázares, idénticos a los de los reyes de la tierra; son, por ese lado, más humanos que Abdu-l-Lah y sus compañeros, y, a fuer de más humanos, tienen pasiones y apetitos, odios y malquerencias entre sí; estiman y ambicionan las riquezas y conocen la guerra, pues están organizados en monarquías de tipo militar, aunque es posible que ignoren el trabajo, ya que no son enteramente hombres.

En esos seres anfibios es donde más se da la paradoja que estudiamos, pues no se concibe que sean anfibios, lo que supone doble organización fisiológica, pulmonar y branquial, y coexistencia de extremidades inferiores y cola, y eso los incapacitaría para conducirse como seres humanos y, en el caso de las hembras, para inspirar amor y amores viables a los terrícolas.

Los hombres y las mujeres-peces de la colonia de Abdu-l-Lah, de constitución más francamente ictiológica, no pueden, lógicamente, inspirar amores a los hijos de la tierra ni tener con ellos relaciones eugenésicas, por lo que están sujetos al régimen de los matrimonios endogámicos y solo se casan entre ellos.

En cambio, esos otros seres anfibios pueden contraer matrimonio normal con los terrícolas y obtener fruto de bendición, perfectamente eugenésico, como el príncipe Bedr-Básim, el hijo del rey Schahramán y la princesa marina Gulinar, que no solo es un hermoso joven, sino que además reúne las dobles facultades de sus genitores y puede señorear ambos elementos, el telúrico y el acuático.

Hay, pues, que admitir dos categorías de hombres-peces o de hombres-peces y hombres anfibios y suponer que Gulinar y los suyos representan un tipo más desligado de la vinculación neptuniana, más adelantado en la evolución darwiniana de las especies; algo así como esas ninfas de la mitología griega que, aunque de claro origen neptuniano, no vivían ya en el agua, sino en islas, al modo de la Calipso homérica, la bella y desdeñada amante de Ulises, que, según la memorable frase de Fenelón, «lamenta en su dolor ser inmortal».

Por cierto que esas princesas anfibias no tendrían que lamentar tal cosa, pues no son inmortales, y, en el caso de Calipso, podrían poner fin a sus sufrimientos suicidándose como cualquier heroína de novela sentimental.

Los afarit no son eternos, y esta es otra de sus paradojas, pues su condición demoníaca parecía deber conferirles el atributo de la inmortalidad, pero son tan humanos que hasta son mortales.

No hay duda sobre el particular, pues, según los teólogos musulmanes, hasta el propio Eblis o Iblis ha de morir el día del Juicio final, al sonar el primer toque de trompeta, aunque, al sonar el segundo, Alá lo tornará a la vida, para precipitarle en los perdurables avernos.

Los afarit mueren como los hombres, y así lo vemos en Las mil y uno noches, en que más de una vez asistimos a su muerte por electrocución, por carbonización, lo que implica otra paradoja, ya que se trata de seres de naturaleza ígnea, incandescente, lo que debía de hacerles invulnerables aun a corrientes de máxima tensión, y habríamos de suponer que no perecen por acción externa, sino por efecto de lo que podríamos llamar electrorragia interna. Por cierto que esa misma condición de incandescentes debiera hacerles imposible la vida en el agua, enemiga declarada del fuego.

Pero no acabaríamos nunca si fuéramos a analizar todas las contradicciones e imposibilidades lógicas que se dan en el concepto del afarit islámico, pues las mismas objeciones que se ofrecen en el caso de los hombres-peces surge también en el de los hombres y mujeres-pájaros al respecto de las alas, que necesitarían para sus vuelos, y que suplen con trajes de pluma, lo que no es lo mismo, y resta exactitud al concepto de pájaro.

Y no digamos nada de las mujeres-sierpes, del tipo de la reina Yámlika, que son también afarit de la variedad sihlase y tienen forma absoluta de ofidios y, sin embargo, hablan como seres humanos y, lo que es más, son capaces de sentir a lo humano y a lo sobrehumano, pues pocas reinas de nuestra especie tendrían la abnegación sublime de esa reina Yámlika que se sacrifica por el bien de los hombres y cuyas relaciones afectivas con el leñador Hásid son de una delicadeza muy superior a las de Calipso con Ulises, que en cierto modo recuerdan.

La fisiología de los afarit resulta compleja y contradictoria como su psicología, siendo empeño imposible el de querer reducirlos, aun dentro de la misma variedad, a un tipo único.

Así como los hay acuáticos y aéreos, los hay buenos y malos, benéficos y maléficos, y dentro de esa división general hay que señalar una gama infinita de matices y grados que van de lo vulgar a lo sublime y de lo bestial a lo angélico.

Estudio literario - Crítico de Las 1001 noches
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