LAS ALGOLAS O VAMPIRAS
¿Qué son, a punto fijo, esos vampiros que los árabes llaman agual (singular—gul)—de la raíz gaulhendir, abalanzarse—, en cuya existencia creen firmemente y solo mientan después de invocar el nombre de Dios, según nos informa el escritor francés de nuestros días Jorge Guimbal, en el prólogo de su traducción del Kitabu-l-Gulat, ese cuento que pudiera muy bien figurar en Las mil y una noches y que él transcribió del relato oral del recitador tunecino Said-ben-Attur, piadoso musulmán que había hecho la romería a Meca y tenía derecho al titulo de «hach» y al turbante verde de los peregrinos?
Desde luego esos vampiros-hembras no tienen nada que ver con los famosos vampiros de las literaturas occidentales del siglo XVIII y que Schiller llevó a un famoso poema, La novia de Corinto, en que trata románticamente una superstición de los tiempos clásicos.
Los agual de los árabes no pertenecen a la raza de esos vampiros occidentales, que, según los define Francis de las Palmas, en su Manual de magia negra —recopilación de todos los tratados antiguos de magia y demonología—, eran «seres humanos, fallecidos hacía mucho tiempo, que volvían a la tierra en cuerpo y alma, para atormentar a los hombres y, sobre todo, para chuparles la sangre a sus parientes y amigos». No es necesario insistir más sobre esos vampiros occidentales que, después de un período, no muy largo, de reposo, ahora en nuestros días han vuelto a dejar sus sepulcros y aflorar en la tierra en la persona del famoso Drácula y su hija, popularizados por el film.
Los agual arábigos solo tienen de común con esos desenterrados su condición de bebedores de sangre humana. En todo lo demás difieren por completo, empezando porque no tienen, forzosamente, forma humana, aunque puedan tomarla ocasionalmente para engañar a sus victimas, presentándoseles en semblanza de mujer hermosa.
¿Cuál es, pues, la forma peculiar y propia de esos monstruos? Según el poeta árabe Tsabitu-l-Fehmi, tienen los agual una cabeza «horrible, de dogo, la lengua bífica les cuelga de la boca, son sus cabellos semejantes a manojos de víboras, su cuerpo es como el de un pulpo y sus piernecillas dos abortos retorcidos».
Otro poeta, el polígrafo Ach-Chahiz, que escribió sobre muchas materias, describe a las agual como ogresas y animales feroces, añadiendo el detalle de que suelen presentarse inopinadamente de noche en los caminos, asumiendo toda suerte de formas para seducir y atrapar a los viajeros, y cita el caso del jalifa umeyya Omaru-Bnu-l-Jattab, que se encontró una vez con una gula, y, para defenderse de ella, le asestó un enérgico sablazo.
Otro detalle: las agual son casi exclusivamente hembras y pueden tener comercio sexual con los hombres. Debemos esos datos no ya a un poeta, sino a un docto alfaquí, el scheij Chelalu-d-Din Ahmedu-l-Abchini, que en su Monstrataf dice textualmente:
«La opinión predominante es que la gula es de sexo femenino, aunque también las haya machos...»
Cuanto a lo del comercio sexual con los hombres no hay que ponerlo en duda; primero, porque son afarit, como las mujeres peces y las mujeres-pájaros, y luego, porque el propio poeta ya citado Tsabitu-l-Fehmi nos confiesa en sus versos haber tenido tratos de esa clase con ellas...
Los demonólogos occidentales, como Vierus y De Plancy, apenas si se detienen al tratar de las gulas, limitándose a equipararlas a las empusas de los griegos, con las que tienen, efectivamente, una semejanza que frisa en la identidad, pues según las describe Aristófanes en su comedia Las ranas son una suerte de horribles espectros que pueden tomar toda clase de formas, de perro, de mujer, de buey y de víbora, y que de suyo tienen un mirar feroz, un pie de asno y otro de bronce y un cerco de llamas en torno a la cabeza. Igual que las gulas, las empusas salen de noche a los caminos a asaltar a los viajeros.
Cabe, pues, aceptar fundamentalmente que las gulas o agual son el equivalente semítico de las empusas griegas, aunque el genio oriental las haya dotado de características que prestan singular relieve a su figura, haciéndolas ingresar en la orden de sus afarit demoníacos.
La algola es el demonio que acecha en las soledades y en las sombras, el espíritu malo de la tentación, que ronda siempre en torno al hombre solitario, por lo que ya Jehová dice en el Génesis: «No conviene el que el hombre esté solo», y lo dota de una compañera, la encarnación de la libido dispersa, pánica, primitiva del hombre.
Fácil es ver lo complejo de los elementos que han entrado a formar ese ser teratológico, en el que se funden las dos ideas de la lujuria y la muerte, de la mujer bella que sonríe y el vampiro que se nutre de sangre; puede verse ahí una alegorización del matiz sádico, mortal, que implican todas las manifestaciones de erotismo extremado y que se revela en la semántica en una rica constelación de metáforas, pues incluso hoy mismo se llama «vampiresas» a esas mujeres reputadas fatales.
Hay, además, una inferencia de carácter puramente zoológico en la idea de la algola, derivada del pánico supersticioso que a los indios inspiraron siempre esas grandes especies de murciélagos vampiros, que registran en sus catálogos los naturalistas y nos describen viviendo en las selvas, donde puede vérseles colgados en racimo de las ramas de los grandes árboles; el temor de los indios a tales murciélagos gigantescos fue siempre tal que los convirtieron en dioses y les erigieron templos, para congraciárseles, como aquel que Vasco de Gama, en la crónica de sus viajes, asegura haber visto en Malikut.
Los agual suelen andar errantes por los despoblados y tienen sus guaridas en las ruinas de algún castillo o quinta abandonada, y allí conducen a sus víctimas para devorarlas, como lo hacen, si aquellas no reaccionan a tiempo y las espantan, cual el príncipe Chanischah, invocando el nombre de Alá, o como aquel sultán umeyya, requiriendo el sable sin contemplaciones.
Las gulas en último término, como todos esos espíritus de su laya, no son otra cosa que la materialización circunstancial del subconsciente del hombre, proyecciones al exterior de sus propios fantasmas, y se explica que huyan y se desvanezcan en cuanto la víctima reacciona, es decir, despierta de su ensueño.
Tal es la última conclusión de la moderna psicología al analizar el concepto de demonio, reduciéndolo al de entidades puramente psíquicas, o sea, a su categoría inicial de espíritus, que radican no fuera, sino dentro del hombre, a modo de bacterias psíquicas. Vamos a parar, pues, finalmente, al concepto clásico del daimon.