EL BEDUINO
Solo hay entre los seres humanos de Las mil y una noches uno que pueda equipararse en brutalidad y crueldad al negro, y es el beduino, ese nómada de mentalidad retrasada que, a fuer de campesino o campero (tal significa su nombre de bedaui), odia las ciudades y sus moradores con un odio instintivo que a veces se tiñe de matiz religioso, haciéndose exponente de la fe y la moral puras del campo frente a la proverbial corrupción de las urbes; el mismo fenómeno que modernamente hemos podido observar entre los nihilistas rusos, anatematizadores de la urbe, cuya destrucción preconizaban a golpe de bomba; eso los ingenuos y optimistas, que los otros, los extremados y pesimistas, predicaban la destrucción de todo el planeta, con la ciudad y el campo, mediante una voladura como las que hoy produce la bomba atómica.
Esos beduinos nihilistas, supervivientes testarudos del estado social del nomadismo, reivindicaban con su caballo y su lanza el señorío absoluto de los campos y los caminos, limitando virtualmente a las ciudades el dominio de los jalifas, sultanes y gualies; eran un poder frente a otro y, organizados en bandas y cuadrillas, hacían frente a las milicias gubernamentales y campaban por sus respetos entre la inerme población rural y en las agrestes soledades desconectadas de los centros urbanos.
Era el bandido con ínfulas de caballero andante, y de nivelador social, que conocemos de sobra por nuestra novelesca antigua y hasta moderna, cuya genealogía va desde Jaime El Barbudo y los Siete Niños de Ecija, hasta el Pernales, cuyo tipo literario tiene una variedad romántica y festiva en el bandido generoso y enamorado, de la opereta italiana del siglo XVIII, y cuya compleja psicología ha motivado tantos estudios de sociólogos y psiquíatras (entre ellos el de nuestro Zugasti. El bandolerismo andaluz).
El bandolero beduino se distingue entre todos por su ferocidad y su absoluta carencia de sentido humano; cuando asalta una caravana, despoja a sus víctimas de todo cuanto llevan, hasta dejarlos en cueros, y después mata a los hombres y esclaviza a las mujeres y a los niños, para venderlos en los zocos; no hay nada que escape a su rapacidad ni nadie que de su crueldad se libre; solo levanta el campo cuando solo quedan en él cadáveres, que devorarán los buitres, esos otros bandoleros del aire.
A veces se introducen en las ciudades y asaltan las casas y las desvalijan y matan o secuestran a sus moradores, como en la Historia de Alí-ben-Bekkar y Schemsu-n-Nehar (Noches 138 a 147), donde causa la muerte, por trauma psíquico en sus delicados temperamentos, de esos dos románticos amantes; pero por lo general son el campo, los caminos, el teatro de sus fechorías; cuentan con guaridas recónditas entre montañas abruptas y a ellas conducen su botín y en ellas se refugian, después de dar el golpe, según puede verse en la Historia de Alí Babá y los cuarenta ladrones (Noches 980 a 989); tienen, finalmente, sus capitanes y sus mandos subalternos, como un pequeño ejército.
No insistiremos, pues, sobre estos detalles, comunes a todos los bandidos de todos los tiempos y todos los países, y solo haremos resaltar, como característica del bandolero beduino, su nihilista furia destructora, su vesania homicida, que hacen su encuentro en los caminos más temible que el del león, pues a este cabe amansarlo o intimarlo con alguna de esas fórmulas de encantamiento que conocen los árabes, y a veces, como en la Historia de Anisu-l-Uchud (Noches 249 a 258), se postran ante la santidad o la inocencia, mientras que al bandolero beduino no hay nada que lo arredre ni ablande y en vano trataríais de refrenar a esos creyentes, pues lo son, invocando el nombre de Alá o de su vicario en la tierra el jalifa.
El bandolero beduino lo arrasa todo a su paso, como el simún, y, al verlo venir, los mercaderes de las caravanas se echan a temblar y se disponen a morir, dando su testimonio de fe musulmana.
El bandido beduino, que es árabe y musulmán, tan árabe que se arroga el principado de la raza, no hace distinción entre creyentes o idólatras ni respeta los más elementales principios de la tradición de las gentes semíticas; para él no es sagrada la hospitalidad que le brindan—él no la da a nadie—, y no tiene reparo alguno en asesinar al hombre que lo hospedó en su alfaneque y calmó su sed y partió con él el pan y la sal, esas especies sacramentales de la hospitalidad semítica. Así podemos verlo en esa historia en que el bandido Al-Fesari mata alevosamente a su huésped, aprovechando su sueño, y después asesina también a su hermana, que se lo reprocha, deshecha en llanto.
Pero lo más notable es que esos bandoleros beduinos conservan a veces, pese a toda su degradación, virtudes fundamentales de su raza y no pierden del todo los rasgos caballerescos de sus antepasados, los grandes señores del desierto, los Antara y los Chánfara y los Tárafa, y hablan como ellos el árabe más puro de la improvisación poética, del denuesto y la invectiva, retóricos y grandilocuentes. Ese asesino alevoso, Al-Fesari, sostiene con su huésped un coloquio rimado, en que ambos se interpelan y replican como dos luchadores homéricos o dos matones andaluces que se desafían en coplas antes de esgrimir sus facas.
Se trata, sin duda, de que el bandolero beduino es una deformación refringida, en un medio social nuevo, del antiguo gran señor nómada, que vivía de la rapiña y el botín, pero legitimándolos con el derecho de guerra, en aquel medio anárquico anterior a la organización social y religiosa con que Mahoma trató de hermanar a las diversas razas arábigas, contra la cual el bandolero beduino aparece como un sublevado.
Toda su línea delictiva arranca del punto inicial de no haber aceptado la vida sedentaria y alojádose en algún casillero del nuevo orden social; prescindiendo de eso, puede ser un caballero, a su modo, y, sobre todo, se lo puede creer, ya que, habiendo roto o no habiendo aceptado el pacto social, no tiene que rendir cuentas a nadie ni que reconocer más ley que la de su espada.
No hay que extender a todas las tribus beduinas esa ficha moral y psicológica del bandolero; hay también beduinos agricultores, pastores, ganaderos, que viven agrupados en núcleos rurales y no se cobijan ya bajo la lona del alfaneque, sino bajo el techo de la casa, y en esos beduinos resplandecen las buenas cualidades de la raza, la pureza de sangre y de lenguaje, la generosidad, el don político y la viveza de ingenio para la réplica inmediata.
A esas tribus de beduinos pacíficos pertenecen esas lindas muchachas que los sultanes, sedientos en el curso de sus cacerías, encuentran con el cántaro goteando agua sobre la cadera y a las que piden de beber, complaciéndoles ellas con amor, lo que da motivo a diálogos en que las bellas samaritanas ponen de relieve su erudición tradicional, su ciencia genealógica y su habilidad poética.
De muestra de esto puede servir ese paso en que el jalifa Harunu-r-Raschid tropieza con una de esas jóvenes y, después de someterla a prueba en un diálogo que es un examen, queda tan maravillado de su saber como desde luego lo estuvo de su belleza y decide pedirle a su padre su mano e incorporarla a su harén.
Otra muestra del desparpajo natural y el don poético de esas zagalas, de esas mozas de cántaro del desierto, nos la ofrece el paso análogo en que Mân, el general umeya, cuyo nombre entre los árabes es sinónimo de generosidad y de lujo—basta decir que en sus partidas cinegéticas se servía de flechas de oro—, regala a cada una de las tres mocitas, en pago del sorbo de agua que le dieron, una de esas flechas, y ellas improvisan un pequeño poema sobre ese pie forzado.
Esas representaciones étnicas de la gente beduina, juntamente con el joven usri, que aparece en una anécdota del libro—y que se mata sobre el cadáver de su amada devorada por un león, después de vengarla, sacrificando a la fiera—, rehabilitan el buen nombre de esas gentes del desierto, que no son todas delictivas, y algunas de cuyas tribus conservan hasta tal punto las buenas tradiciones de la raza que a ellas van en consulta eruditos y puristas como Al-Azmâi para resolver problemas de lingüística y también en busca de vocablos nobles y bellos, que ya dejaron de circular en las ciudades.
No es raro, pues, que el beduino esté tan orgulloso de serlo y se considere superior al árabe de ciudad y conserve siempre, aun en presencia de los grandes, un aire altivo e insolente que a veces lo pone en trance de peligro mortal, como en la anécdota de ese pastorcillo al que el jalifa trata en vano de infundir respeto y que llega a verse ya bajo el alfanje del verdugo, salvándose entonces de la muerte merced a su viveza de ingenio, a esa gracia «andaluza», que nunca falla al beduino.