EL TIEMPO EN «LAS MIL Y UNA NOCHES»

Es la emoción del Tiempo, que corre continuamente y va a fundirse en la eternidad, arrastrando nuestras vidas, lo que presta unidad a esas historias, tan diversas y dispares, de Las mil y una noches.

Es el broche de la aurora el que las une, pareciendo separarlas. Es de un efecto patético imponderable ese sencillo recurso literario con que el narrador introduce en sus relatos la pausa exigida por el cansancio de la atención, adelantándose a nuestra moderna división en capítulos. Ese dejar la continuación de la historia flotando en el aire, en la incertidumbre de la noche siguiente, que no sabemos si alcanzará Schahrasad, siempre amenazada por el alfanje del verdugo, es de una gran fuerza emotiva, pues nos recuerda cada vez nuestra propia mortalidad y nos hace pensar en nuestras postrimerías. Porque tampoco nosotros sabemos si llegaremos a la noche siguiente.

Es de capital importancia marcar en las versiones esas pausas y numerar esas noches, y Burton tiene razón al criticar a los traductores que las suprimen.

Hay que marcar esas noches aleatorias en que está en juego la vida de Schahrasad, y hay que hacerlas resaltar como lo hacen los rapsodas, repitiendo siempre al final de cada noche esas palabras del texto, aunque resulten monótonas, pues tienen el valor de una antistrofa o un epodo. Hay que repetir siempre ese estribillo «pero vio Schahrasad venir la aurora y cortó el hilo de sus palabras encantadoras...», porque hay ahí todo un drama de angustia en el corazón de Schahrasad, que ve llegar la aurora sobre ella, no como una alondra, sino como un cuervo, y, al cerrar la boca, no sabe si su regio oyente se la cerrará para siempre en un arrebato de displicencia.

Es patético ese momento en que el diamante del alba corta la urdimbre de su narración y acaso va a cortarle su cuello. Schahrasad se estremece, pese a todo su valor, y su angustia se adivina en la premura con que su hermana Dunyasad acude a confortarla con su aplauso: «¡Ye hermana mía! ¡Qué interesante y gustosa y deleitable historia!» Es preciso decirle eso para que se serene y anime y no dude de que sus historias son del agrado de ese rey taciturno, que la escuchaba con el ceño fruncido y su cara de esfinge.

Y qué inquietud en esas tímidas palabras que insinúa Schahrasad: «¡Pues no tiene punto de comparación con la que pienso contar la noche que viene, si este rey galante me prolonga hasta entonces la vida!»

Schahrasad trata ya de anudar una historia con otra, que es como enlazar dos noches de su vida. ¡La vida pendiente de una historia! ¡Qué seria se vuelve de pronto la literatura!

Esta angustia, periódicamente renovada, de Schahrasad, pone en juego todo el drama del tiempo y le da a la hora efímera perspectiva de eternidad.

Esa pausa de la aurora, que corta de pronto el hilo del relato y compromete su continuación, tiene todo el aire amenazante de la guadaña de la muerte, que también, al cortar nuestra vida, interrumpe una historia y la relega al mundo de los cabos sueltos y al limbo de lo que nunca fue.

Cada una de esas pausas nos retrotrae al punto inicial del libro, al comienzo de esta larga historia de angustia, que ya habíamos olvidado con tanto cuento, y nos hace sentir de nuevo todo lo punzante del drama y recordar que, como Schahrasad, somos mortales y tenemos un cuchillo sobre nuestro cuello.

Hay como una resonancia tácita de la constante admonición de Mahoma en su Corán: «¡Ye los creyentes! ¡Temed a Alá y servidle! ¡Acordaos del Día de la Cuenta!»

Como el Corán, también Las mil y una noches son un recordatorio de postrimerías.

Hay un símbolo ascético de enorme impresión en esa situación de Schahrasad, contándole cuentos, bajo el amago de la muerte, a ese rey terrible, que es también mortal y también un día ha de contar una historia—la historia de su vida al rey de los reyes, a Alá—, no menos angustiado e inquieto que su pobre víctima, tocante a su éxito ante ese Juez inapelable.

Cada aurora hay en el libro una comparecencia de Azrael. Y las trompetas con que en Persia anuncian el día tienen algo de la del Juicio Final.

Schahrasad, ante el rey, nos recuerda a Sócrates ante el Areópago, condenado a muerte por jueces mortales y emplazando a estos ante el Tiempo, que también a ellos los tiene condenados a pena capital. Pero a ese cuadro filosófico le falta el fondo religioso que aquel tiene; Schahrasad puede condenar a su verdugo no solo a muerte, sino a muerte eterna.

Esto debe sentirlo Schahriar que, por lo menos en la forma, es un creyente, y seguro es que las historias que la joven le cuenta le hacen reflexionar y concentrarse en sí mismo, pues siempre de los otros volvemos al yo y toda historia ajena es una parábola que tiene su sentido en nosotros.

Ese es el broche que da unidad a las dispares historias del libro. Todas ellas van a parar al mismo punto, que es también de donde arrancan, y al que se dirigen en medio de sus aparentes rodeos.

Todo va encaminado a ponernos en estado de examen de conciencia, y todo el libro, esmaltado de ejemplos y casos, viene a ser unos ejercicios espirituales.

Schahrasad, con sus cuentos, dora al rey la amarga píldora de la verdad, oblígale a fijar la atención en el destino de los hombres y el suyo propio y le da una lección ascética —estilo budista—disfrazada de pasatiempo.

¡Pasatiempo! Nunca mejor aplicada esta frase a la literatura amena y, al parecer, sin intención. Ganar tiempo, sumar noches, tal es el objeto de estas historias. Pero cada noche nos acerca a la Eternidad. Y esto se nos hace sentir con todo su dramatismo en ese numerar las noches, que adquieren así un valor precioso, de licor destilado por un cuentagotas.

El Tiempo actúa aquí como un personaje más. Como un personaje imponente, porque el Tiempo es el Sino, según presintieron esos orientales que a ambos los identifican, pues Kalas en sánscrito y Dahr en árabe tienen el mismo sentido que Anange y Fatum. Cronos es el dios tremendo, inexorable, que devora a los hombres y a los dioses.

El Tiempo actúa en Las mil y una noches como el propio Sino; de él se han desdoblado los tiempos y las vicisitudes que engendran las historias; él está en lo pasado y preside el futuro; obra como pasado vivo en el recuerdo y como futuro predeterminado por el pretérito; como hora efímera y como eternidad.

Toda la trascendencia metafísica del Tiempo se contempla en Las mil y una noches gracias a esa introducción del número; hay los tiempos de las historias, en que el Tiempo se fracciona y desmenuza, y hay también el tiempo de la narradora y el oyente, y en tanto Schahrasad cuenta sus cuentos y el rey Schahriar la escucha, a lo largo de esos tres años de noches y días, granan las cosechas en los campos, maduran los frutos, florecen y se mustian las rosas, corren los ríos a perderse en el mar y el seno de Schahrasad se materniza en tres brotes viriles, la tragedia inicial se convierte en sainete, el rey depone su ceño y sonríe con el gozo inocente de la paternidad, los vasallos que huyeron retornan de su éxodo, vuelven a humear los techos de los hogares, resuena otra vez en los talleres la música laboriosa de las herramientas, renacen las artes y los oficios y la tierra se cubre de fecundas arrugas de abuela y ríe su verde risa de niña en los jardines.

El Tiempo convierte esta historia que empieza con aire tan lúgubre de Apocalipsis en una haggadah talmúdica, como ese Libro de Esther que los judíos leen todos los años en su alegre fiesta de Purim.

Esa intervención del Tiempo, partido en noches, es lo que presta trascendencia, al mismo tiempo que unidad, a estas historias, y ese solo recurso bastaría para diferenciarlo y emanciparlo de esos sus presuntos modelos como el Hasar Afsanah, que son Los mil cuentos, pero no las Mil noches. En este último título es donde aparecen las historias como hijuelas del tiempo, que se incluyen con toda naturalidad bajo su nombre, pues es el Tiempo el que crea las historias.

Gracias a ese recurso retórico, invención del escriba árabe, concílianse en el libro la unidad y la variedad, la diversidad y la monotonía, pues esa danza de historias, como la de las horas mismas, está regida y cronometrada por el repique de tambor del Tiempo.

La noche es el leit-motiv que orienta en esta sinfonía y el hilo de Ariadna que nos guía en este laberinto.

Las mil y una noches se reducen así a una sola noche, llena al mismo tiempo de encanto y de inquietud, como si fuera nuestra única y última noche. Esa sensación del Tiempo solo pudo introducirla en el libro el genio de un judío o un árabe, únicos para los cuales, por razones religiosas, podía tener el tiempo, la hora, el minuto, ese inmenso valor de Eternidad.

Es muy significativo que a ningún autor se le ocurriese hasta entonces partir sus historias con el peine del Tiempo.

Hay ahí un sentido místico que presta también una unidad moral a las historias del libro. Este es resumen, es un manual de examen de conciencia, un libro que nos obliga a pensar y meditar, un libro ascético, aunque a ratos parezca un libro alegre y hasta licencioso. Es un Kempis con perfiles de Decamerón.

Todo se debe a que es una obra literaria ante todo y ha de entretener para adoctrinar. Es, después de todo, el procedimiento de la Salvation Army. Pero esas historias frivolas son el pregón, el reclamo para atraer a las almas, que así, sin darse cuenta, se encuentran de pronto en el corazón del drama del hombre. Así ocurre en este libro, tan loco a veces, pero que, en el fondo, es de una seriedad tan trágica, y sobre el cual hay siempre pendiente—no se olvide—una inminencia mortal.

Schahrasad ante el rey es nuestro propio símbolo. Fía su salvación a la belleza de la historia que cuente. También nosotros un día hemos de contar nuestra historia ante un Rey, temblando como ella. ¡Ojalá y sea igualmente hermosa!

Estudio literario - Crítico de Las 1001 noches
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