LOS JOYEROS
Guardan los joyeros cierta relación con los jardineros, la misma que existe entre las flores y esas flores y frutos petrificados que son los metales y las preciosas piedras.
Son dos mundos distintos, el de la botánica y el de la mineralogía, y es natural que de ellos se desprendan dos filosofías antagónicas, aunque relacionadas por una semejanza de técnica.
Lo mismo que el jardinero cuida sus plantas y obtiene de ellas nuevas variedades, también el joyero cuida sus metales y piedras, los trabaja y elabora y opera entre ellos injertos y cruces, que corresponden a las variedades botánicas.
En Holanda coexisten mano a mano ambos mundos, el de los jardineros y el de los joyeros, y es sumamente curioso observarlos a ambos en las sendas novelas que el escritor sefardí Israel Querido ha consagrado a describirlos, pues en ellas puede apreciarse el contraste y la analogía, que son los mismos que existen entre el tulipán y las rosas naturales y el diamante, la esmeralda o la perla, que son, al fin y al cabo, formas en distinta clase de una misma ley.
Engañosa es la aparente solidez y perennidad de la gema frente a la fragilidad y mortalidad de la flor; también las piedras enferman y palidecen y se marchitan y mueren como las rosas; la perla pierde su oriente, la esmeralda se empaña y eclipsa y todo ese mundo que parece inerte y, por ello eterno, resulta tan vivo y sensible y caduco como el de la botánica, con la desventaja de que, al morir, no resucita.
Sin embargo, los hombres han concedido más valor al diamante que a la rosa y han consagrado a esas piedras de apariencia inmortal un amor excesivo, rayano en idolatría, y han cometido crímenes y emprendido guerras cruentas y largas por su posesión.
De ahí nace la leyenda maléfica del oro y de las gemas, que con su fascinación corrompen virtudes, violan virginidades y despiertan en el hombre latencias cainitas. En la fantasía popular las flores son de Dios y las gemas del demonio. La margarita de los campos, con sus pétalos blancos y su botón amarillo, pero no de oro, es el símbolo de la bondad ingenua en el Evangelio.
Y, sin embargo, en el mismo Evangelio se encarece el valor de la otra margarita, de la esmeralda, que no es para ser echada a los cerdos, y la erige así en símbolo de la buena doctrina, que nos franquea el acceso al místico reino de Dios. Aunque ya sabemos la discrepancia de los intérpretes sobre el sentido que ha de darse a esa margarita, que algunos quieren sea la misma margarita de los campos y no la esmeralda de los mercaderes de joyas.
La coincidencia de los nombres marca una antítesis y también una analogía, y la esmeralda viene a ser el encarecimiento de la margarita y su puja en el mercado de la hipérbole. La que tiene verdadero valor en sí es la margarita silvestre, la flor ingenua y sencilla, que se da sin precio, como esas apasionadas de las baladas populares que llevan su nombre.
Hay una pugna inmemorial entre las dos margaritas, y aun en el Fausto, de Goethe, es la esmeralda o la perla la que emplea el seductor para corromper a la margarita de los campos.
La joya, la piedra o el metal preciosos, no son sino símbolos y encarecimientos materiales de los valores intrínsecos de las almas, y solo de esa relación reciben su excelencia y solo dicen bien en la corona de un rey justo o en el pecho de una mujer honesta, y solo sirven para agravar el escándalo y el ludibrio en los cabellos o en el pecho de una cortesana.
El oro y las gemas de por sí tienen un influjo maléfico aun sobre aquellos que los trabajan y cuyas almas se endurecen al contacto de esas piedras sin alma que, aunque tengan cierta vida, muestran una apariencia insensible e inerte, por lo que los griegos las ponían bajo la custodia del fúnebre dios Plutón, al que hacían simbólicamente hermano de Pluto, y ese prejuicio contra el oro que viene de las entrañas sepulcrales de la tierra y las perlas que proceden de ese otro infierno submarino persiste en todas las leyendas en que ellas intervienen.
El joyero es, por lo general, un hombre sórdido, avariento, duro y aun cruel, al que las piedras han fascinado hasta el punto de cegarle los ojos para la belleza moral y que es capaz de entregar su alma al demonio a cambio de esos tesoros que, al fin y al cabo, ha de dejar un día en el mundo.
El joyero de la leyenda ario-arábiga es, por lo general, un judío que vive miserablemente en su tenducho del zoco o del ghetto cristiano, rodeado de inútiles tesoros, que absorben toda su atención y le hacen olvidarse de ese tesoro vivo que tiene a su lado, una esposa joven y una hija que, llegado el momento, será capaz de sacrificar a su ambición infinita, pues es un místico del oro y lo busca por la alquimia y tiene pacto con el diablo, lo que quiere decir que su alma está perdida y que ha cambiado la vida eterna por la efímera, la margarita más preciada por la otra que nada vale sino por su relación con ella.
Intercalado en la historia de Dalila la ladina y su hija Seineb tenemos un ejemplo de ese tipo de judío nigromante en la figura del padre de la hermosa Kámar (Luna), dueño de unas riquezas que nadie sospechara al verlo en su tiendecilla del zoco y, sobre todo, de esa hija que vale más que todos los tesoros.
El tal judío es un mago poderoso al que sirven los genios y le labran en un momento alcázares fantásticos que con la misma facilidad surgen y desaparecen, y él mismo realiza milagros asombrosos, como el de desdoblarse en lo que hoy llamamos ectoplasias, proyectando sus miembros a distancia, como guerreros armados que luego se reintegran nuevamente a su cuerpo.
A ese temible brujo va el joven egipcio Alí, El Azogue, por indicación de su amada Seineb, con la intención de robarle para ella el velo y la corona nupcial que tiene destinados a su hija para cuando se case, y, pese a toda su astucia de pícaro, fracasa en su lucha con aquel hechicero, que lo transforma en un animal y, por cierto, en un burro, para mayor escarnio.
Pero ocurre, como siempre, que el avaro padre no ha contado con su hija Kámar, que conserva su corazón fresco de margarita natural en medio de aquellas piedras inanimadas y que se enamora de Alí, que, pese a sus picardías, es también hombre de corazón, y se niega a ser cómplice de su padre, al que debe de odiar ya de antiguo, y, en vez de eso, lo que hace es darle muerte y presentarse ante Alí y su novia, llevando no solo su equipo nupcial, digno de una novia, sino también la cercenada cabeza de su genitor.
El narrador justifica la truculencia del parricidio en el hecho de que Kámar habíase con anterioridad convertido al credo islámico, por ser el de su adorado Alí, y, antes de matar a su padre, intimóle la conversión, negándose él a ello con contumacia idolátrica, lo que en cierto modo autorizaba el parricidio con arreglo a la sura coránica, que dice: «Matad a los infieles, dondequiera que los encontréis...»
Esta historia de Kámar y su padre está tratada a la inversa por nuestro romántico Adolfo Bécquer en su leyenda toledana La rosa de pasión, en la que es el padre el que inmola a la hija al saberla enamorada de un cristiano y la crucifica en un madero, que se florece milagrosamente de una pasionaria.
La leyenda de Bécquer es interesante, pues indica una supervivencia folklórica del tema, que sin duda trajeron consigo los árabes, creadores de ese tipo de judío avariento, de corazón tan duro y no tan precioso como sus piedras, y que ha llegado a convertirse él mismo en un hombre de piedra, como esos personajes que, en ciertos cuentos de ciudades castigadas por su impiedad y su codicia, del tipo de la ciudad de bronce, se nos muestran.
Otro joyero no judío, y que por eso no llega a los extremos del anterior, pero que también peca por su excesiva devoción al oro y las piedras que elabora, es el maese Obaid, de la Historia de Kamaru-s-Semán y su amada (Noches 516 a 523), ese hombre sórdido y laborioso en demasía, tan enamorado de las joyas que se olvida de su mujer, la joven viva, y se hace acreedor a que esta le cobre aversión y huya de su lado con el joven Kamar, llevándose todas sus riquezas. Golpe tremendo que despierta al fin su sensibilidad dormida bajo la hipnosis de las joyas a la noción de lo verdaderamente valioso de la vida.
Hay otras historias en Las mil y una noches, de esa misma tendencia, que son exhortaciones al desprecio de las riquezas materiales, que distraen al hombre de la búsqueda de las otras riquezas morales y le enajenan su parte en el tesoro de los goces eternos; en esa relación pueden coordinarse aquellas historias del hijo asceta del jalifa Harunu-r-Raschid; del judío piadoso y pobre, sobre el que desciende del cielo un carbunco maravilloso, en cumplimiento de los ruegos imprudentes a que le obligara su mujer, la cual, advertida luego por un sueño revelador, torna a suplicarle formule en sentido inverso la misma plegaria; las descripciones de ciudades de piedra y bronce, cuyos habitantes perecieron de hambre y de sed, rodeados de riquezas inútiles; la historia del rey Omaru-n-Nômán, en que la codicia de unas joyas provoca una doble guerra exterior y doméstica, y, en fin, esa historia de Abdu-l-Lah, el de la tierra, y Abdu-l-Lah, el del mar, en que este último da una lección a aquel sobre la inanidad de los mundanos tesoros materiales, comparados con los espirituales y eternos.
Todas esas historias y anécdotas de probable origen búdico han pasado a Las mil y una noches al través del Evangelio y del Talmud, y ponen una fastuosa prodigalidad con que el oro y las perlas nos deslumbran en estos relatos.