LOS PESCADORES
El gesto del pescador, al echar sus redes al agua, tiene siempre algo de aleatorio y semeja una interrogación oracular al destino.
El pescador echa su red y aguarda, de igual modo que el jugador cuando deposita su apuesta; ninguno de los dos sabe lo que va a recoger, y ambos, luego de consumado su gesto, quedan en manos de la suerte, que es la que ha de decidir la jugada.
También es aleatorio el gesto del sembrador que lanza el grano; pero su éxito está más garantizado que el del pescador, pues la tierra es, en todos sentidos, más estable que el agua; el pescador es un hombre enteramente fiado a la buena voluntad del sino, de la Providencia y, en último término, de Dios.
No es raro, pues, que de antiguo la figura del pescador haya dado materia a la leyenda y la parábola y que se le haya tomado como una suerte de médium por cuyo conducto se expresa la voluntad misteriosa que rige los destinos.
El pescador, además, por razón de su oficio, es, como el marino, un ser de condición anfibia; comparte su vida entre la tierra y el agua y está en constante relación con el elemento ecuóreo, en cuyo fondo hay también tierra, y en cuyo seno no hay solo peces, sino también tesoros y riquezas y criaturas más o menos semejantes a los hombres y mujeres de la tierra y monstruos deformes y atrayentes, a un tiempo, como las sirenas.
El pescador, desde su orilla o su barca, tiene los ojos y el alma hundidos en el agua y aspira a pescar no solo peces, sino también todo cuanto el genio misterioso del agua quiera echar en sus redes; es un hombre modesto y ambicioso, en una pieza, igual que el jugador, pues puede esperarlo todo de la suerte y hacerse rico de una jugada o salir con las manos vacías.
El pescador tiene la misma psicología supersticiosa del jugador; como este, cree en predestinaciones, en jettaturas, buenas y malas rachas, y así como el jugador cambia de naipe, también él muda de sitios sus redes y va tanteando el pulso a la fortuna.
Hay veces que el pescador no pesca nada en muchas horas, y de repente cámbianse las tornas y hace copo como el jugador hace pleno.
Igual que el jugador, se crea entidades psíquicas que lo protegen y combaten; también el pescador cree en genios buenos y malos, en misteriosos habitantes de las aguas, cuyos rostros cree ver o vislumbrar en el cambiante moaré de las ondas.
Son los pescadores, tanto como los nautas, los que han creado, fantaseando sus errores ópticos, esas entidades fabulosas de sirenas, tritones, ondinas, hipocampos y demás monstruos marinos; toda esa mitología ecuórea, común a todas las razas antiguas, y que preside el famoso Anciano del mar, ese dios de formas cambiantes que unas veces es Neptuno y otras Glauco o Proteo, cuyas características se desdoblan en múltiples simbolismos, y en sus últimos avatares encierra una teología.
Los pescadores son los depositarios de esas tradiciones legendarias que ellos inventaron y siguen creyendo en ellas, luego que ya los hombres de tierra adentro les negaron su fe; el pescador no dejará nunca de creer en esos mitos acuáticos, en la existencia real de esos seres maravillosos y de esos tesoros que pueden echar en su red, si a bien lo tienen.
¿Cómo ha de dudar de eso el pescador, si más de una vez se le manifestaron esas entidades prodigiosas? Llenas están las leyendas de casos en que el pescador pescó un tesoro que lo hizo rico de un golpe o algo más valioso todavía: una ondina o una nereida de belleza fascinadora que se prendó de él y lo condujo a sus alcázares submarinos, de nácar y coral, de una magnificencia superior a la de los jalifas.
El pescador puede esperarlo todo; el fondo del agua está lleno de prodigios, porque está encantada; basta que el Sino o Alá quieran para que la red vuelva a la tierra cargada de una presa maravillosa.
Basta tener paciencia, esa paciencia que es otra virtud del jugador vicioso; hay que insistir si la suerte se resiste y barajar las aguas, como el tahur sus naipes, y saber llevar bien las burlas que a veces nos dirige el Sino.
Hay pescador que, al tirar de la red pesada, con la esperanza de haber captado una riqueza, se encuentra que lo que en ella venía era un burro muerto, un montón de cascajo y arena o algo todavía peor: el cofre en que un asesino metió los restos descuartizados de su víctima.
En este caso el pescador sirve de agente providencial para el castigo del culpable.
Pero hay otros casos en que el pescador pesca la redoma de hierro en que un poderoso genio sufre prisión por haberse rebelado contra su señor, el rey Soleimán, y si el pescador es hábil y, antes de libertar el cautivo, sabe encadenarlo a su voluntad, mediante juramentos irrevocables, tendrá en él un servidor obediente y poderoso, capaz de proporcionarle todo cuanto desee.
Sería menester un grueso libro para inventariar todas las cosas prodigiosas que los pescadores humildes han sacado del fondo de las aguas, y entre ellas figuraría ese célebre trípode de oro que captó en su red un pescador griego y que sirvió de ocasión para que se descubriera que el hombre más sabio de su tiempo, por serlo más que los siete sabios reconocidos de entonces, era Biante.
Por todo ello el pescador se ha convertido en el símbolo del hombre humilde, dotado de una fe y una esperanza ilimitada, cualidades que explican que actúen de personajes principales en el Evangelio y que Jesús reclutara entre ellos sus primeros discípulos; solo los pescadores de Galilea podían creer, desde luego, en las palabras del Maestro, que les prometía la vida eterna, el tesoro de los tesoros, y se hicieran pescadores de almas en vez de pescadores de peces.
Los pescadores de Galilea hicieron la mejor de sus pescas el día que se les apareció Jesús, pues pescaron el reino de los cielos y asumieron tal importancia en el drama de la redención que el Evangelio, que empieza con la nota geórgica de los pastores, se impregna luego del espíritu de la égloga piscatoria.
El Evangelio plasma ya el tipo místico con que figura el pescador en los cuentos de Las mil y una noches; ese hombre bueno, paciente y tan pobre de espíritu y de medios, que ignora la técnica de los oficios cualificados y no posee más de esas redes corcusidas que arroja al agua como un memorial, invocando el nombre de Dios.
El oficio de pescador es tan sencillo que no requiere ciencia, y a él se dedican, por ello, esos hijos de mercaderes arruinados a quienes la muerte del padre dejara en la miseria; Chúder, el buen hijo y buen hermano, se improvisa así pescador para mantener a su familia y, estando en esa ocupación, conoce al mago mogrebi que ha de conducirle a la fortuna; igual le sucede a Abdu-l-Lah, el de la tierra, ese otro pescador improvisado que, a la primera redada, pesca a Abdu-l-Lah, el del mar, que ha de franquearle el acceso al mundo submarino, lleno de tesoros.
Pero al lado de esos improvisados pescadores, comparables a esos jugadores de paso que se enriquecen tan pronto que no llegan a ser verdaderos jugadores, hay los pescadores de profesión, encanecidos en el oficio, que viven de la pesca y todos los días o todas las noches van a echar sus redes al agua, en demanda del sustento suficiente a ellos y los suyos y de la añadidura que Alá sea servido de darles; hombres encanecidos en la profesión, que nunca tuvieron la suerte de pescar nada extraordinario, y apechugaron con su pobreza vitalicia, sus redes remendadas y sus caftanes harapientos y piojosos, sin perder del todo la esperanza, aunque a veces den al viento en coplas sus quejas, en tanto lanzan al agua, sin fortuna, sus viejas mallas.
El tipo genérico de ese pescador es el viejo Kerim, que figura en varias historias y siempre en relación con el jalifa Harunu-r-Raschid, como si el narrador quisiera ponerlo en contacto con el poderoso sultán y unir, con intención trascendente, mediante el hilo del diálogo, al humilde que nada tiene y vive del puro albur con el poderoso que todo lo tiene y acaso no es feliz.
El pescador Kerim es un jugador sin suerte que a veces echa reiteradamente la red sin sacar nada, por lo que tiene que andar con la red de un sitio a otro, a lo largo del Dichle, probando fortuna, y, a impulsos de la necesidad, se mete en vedado, es decir, en esa pequeña ensenada que el río forma delante de los jardines del jalifa adonde afluyen los peces y también los pájaros de cuenta, los maleantes de Bagdad, por lo que el soberano tiene prohibido que nadie se acerque allí.
Pese al riesgo que supone infringir esa orden del monarca, Kerim, que no tuvo suerte durante el día, va a echar sus redes en aquella ensenada, a la luz de la luna—esa luna de Bagdad que refulge como un sol de noche blanca en San Petersburgo—, y, en tanto aguarda, canturrea ante la puerta del jardín una canción, quejándose del sino como Simbad, el de la tierra, el costalero, en aquellos versos que recita a la puerta de Simbad, el marino.
En ese momento preciso lo sorprende el jalifa, que salió de palacio disfrazado de mercader, en compañía de su visir Châfar, y hay entre ambos un diálogo significativo, en que el jalifa reprocha sus quejas al pescador y este le contesta con un donaire y una ingenuidad que desarman al soberano.
Harunu-r-Raschid está aquella noche de buen humor, pues ha descubierto en su palacio del jardín unos huéspedes insospechados, jóvenes y alegres, y entre ellos una muchacha de bello rostro y, lo que es más para ese rey melómano, de bella voz—Anisu-l-Gulais—, y los quiere obsequiar, a fuer de dueño, aunque ellos lo ignoren, de la casa.
No insistiremos en detalles que el lector recordará o podrá hallar en la historia; lo más interesante a nuestro propósito es hacer notar el aire festivo de ese episodio entre Kerim el pescador y Harunu-r-Raschid, el emir de los creyentes, señor de los hombres y los genios, y el plano de cordialidad en que se desarrolla el diálogo entre uno y otro.
El soberano aquella noche siente el antojo de hacer de pescador, quizá contagiado de la felicidad de espíritu de que goza Kerim en su pobreza, y le compra a precio de rey los peces que pescó y luego cambia de ropa con él, es decir, trueca su lujoso traje de mercader rico por los andrajosos del viejo, que, además, están plagados de piojos.
No tarda en sentir el jalifa el escozor de aquellos huéspedes voraces y le lanza al pescador una exclamación de asombrado reproche, a la vez que el viejo Kerim, encogiéndose de hombros, responde bonachón:
—¡Bah! Eso es, señor, la falta de costumbre; ya te irás haciendo...
Todo este paso tiene un corte proverbial, que salta a la vista; es el parangón entre el hombre del pueblo, pobre, pero ya avenido a su pobreza, por la fuerza de la costumbre, hasta el punto de no sentirla, y el señor delicado, que, también por la fuerza de la costumbre, no sabe apreciar su dicha y es vulnerable a la menor molestia...
Por ello, el jalifa padece de insomnios y ataques de hipocondría y sale de noche de su alcázar a pescar emociones, en tanto Kerim lo hace por la pura necesidad, y esta noche se irá a acostar tranquilo y dormirá a pierna suelta, sobre las monedas que le ha dado el jalifa.
Así también, inesperadamente, Kerim ha hecho esa noche una magnífica pesca.
Estas historias de pescadores abundan tanto en el libro que Roso de Luna, con razón, las considera, en El velo de Isis, como múltiples versiones de un solo mito, del mito del Pescador, al que sigue el rastro a través de todos los avatares de ese personaje simbólico que, según él, encarna una tradición de las referentes a la perdida Atlántida.
Prescindiendo de la interpretación ocultista que el docto teósofo da al mito, es interesante e instructivo seguirle en ese erudito periplo que realiza en torno a sus personificaciones miliunanochescas y en el curso del cual les encuentra sorprendentes afinidades con las de otras historias y leyendas, como la española de Juanillo, el pescador.
Empieza el recuento por ese viejo pescador—que en la versión Mardrus se llama Kerim y en la de Bulak queda anónimo—y que en el cuarto cuento del libro titulado Del pescador y el «efrit» (Noche 3), pesca una vasija de azófar, en la que está encerrado un poderoso genio, reo de rebeldía contra el rey Salomón.
El pescador, cediendo a los ruegos y promesas del cautivo, lo pone en libertad, y entonces este le notifica que va a matarlo, en cumplimiento de un voto que hizo dentro de la redoma, sin que pueda hacerle otra gracia que la de dejarle elegir el género de muerte.
El pescador, astuto, que no en balde es pobre y veterano en el oficio, discurre en el acto un ardid salvador: picarle el amor propio al efrit poniendo en duda que con su talla de gigante haya podido caber en la exigua redoma, y aquel, entonces para convencerlo, se encoge y vuelve a meterse en ella.
Ya está otra vez cautivo y el pescador no lo dejará salir ahora, sino luego que se haya comprometido, bajo solemne juramento, a no hacerle ningún mal; cumple el genio su palabra y además lo lleva a cierta alberca, donde pesca unos peces de colores que le granjean una fortuna tal que no necesitará pescar ya más en toda su vida.
Sigue a este pescador afortunado el no menos venturoso llamado Jalifa, que figura en la Historia de Jalifa y el jalifa (Noches 894 a 910).
El pescador Jalifa, luego de echar infructuosamente diez veces al agua su red, saca a la undécima, en ella, un mono feísimo y, además, tuerto y cojo.
Despechado Jalifa ante aquella burla de la suerte, dispónese a matar al simio; pero entonces este le suplica le perdone la vida y le aconseja vuelva a echar la red y pruebe nuevamente fortuna; hácelo así Jalifa y saca del agua otro mono, pero muy distinto del primero, es decir, un mono monísimo y además vestido de azul y adornado de áureas joyas; tal, en fin, que Jalifa piensa si será el rey, el dios de los monos.
No es tanto el lindo simio; pero es la mascota, el fetiche, al que debe toda su fortuna el rico judío Abu-Sâda, que todos los días le dedica su primer mirada al levantarse y la última cuando se acuesta.
El mono guapo aconseja también a Jalifa que torne a echar las redes, y así lo hace el pescador, sacando aquella vez del agua un pez extraordinario, de ojo de oro y escamas de diamantes, que, por indicación del simio, va a ofrecer al judío Abu-Sáda, a cambio de su mono guapo, de su mascota.
Acepta el mercader el trato, cegado por la codicia, y desde entonces el mono guapo pasa a ser la mascota del pescador, al cual se le transfiere toda la buena suerte del judío.
También en la Historia de Baibars y de los capitanes de Policía (Noches 533 a 542), que Roso de Luna relaciona, sin base seria, con la legendaria novela japonesa de Tamenaga Schunsuy—Los cuarenta y siete capitanes—en que figura un pobre pescador, Mohammed, hijo de Mohammed, que, al echar un día las redes al agua, saca no un feo simio, sino un lindo salmonete, que en lenguaje de persona lo interpela y le dice: «No me eches a la sartén; vuélveme al agua y yo haré que te cases con una princesa.»
Torna Mohammed al agua al parlanchín salmonete y por su indicación lábrase una barca, métese en ella y, guiado por él, dirígese a la Tierra Verde, a la que tarda en llegar siete años.
Por bien empleados puede darlos el joven, pues, a vueltas de muchos incidentes, logra casarse con la hija del rey de la Tierra Verde, saliendo vencedor de tres rivales en las pruebas a que la princesa los somete y que consisten en restituirle su anillo que lanza al agua y atravesar incólume por entre un camino de fuego tendido desde el palacio al mar. En esta última prueba perecen los tres rivales y Mohammed se salva, con la ayuda del pez, que también le hizo triunfar en la primera.
Roso de Luna relaciona esta historia del pescador Mohammed, guiado por un pez hacia el mar y la ventura, con el paso bíblico de Tobías y el arcángel Rafael, que también ostenta un pez milagroso prendido de su báculo y que también encierra un misterio de amor y predestinación, y en ello damos la razón al teósofo, tanto más cuanto que en nuestro libro Los valores eróticos en las religiones. De Eros a Cristo, al que remitimos al lector, hemos tratado de desentrañar, aunque desde otro punto de vista, ese doble misterio.
Hay aún en Las mil y una noches otra historia de un pescador que, por indicación de Yasmina, la sabia y bellísima esposa de un sultán de Bagdad, que está asomada a la ventana del alcázar, echa sus redes al río y pesca un botecito de cobre rojo, rehúsa la moneda que la sultana le ofrece y pide por él un solo beso que aquella se apresura a darle con sus rojos labios.
Caro paga ese sorbo de delicia el pescador, pues el sultán, que presencia la escena, manda a sus guardias que lo cojan y lo arrojen al río, donde perece ahora. Pero eso no quita para que el pobre pescador haya pescado un beso de sultana, que nunca pudo esperar.
A lo largo de todas estas historias de pescadores puede seguirse siempre el leit-motiv evangélico-talmúdico de exaltación del humilde y el pobre de espíritu, del ebiónico desprecio de las riquezas y bienes temporales y el típicamente coránico de la absoluta confianza en el Sino, y en todas ellas el pescador es un hombre de fe, que fía en la Providencia y vive resignado con sus harapos, esperando hallar un día un tesoro que resuelva de una vez el problema de su destino mundano, en tanto con su paciencia y su esperanza se está ganando diariamente el reino de los cielos.