DALILA, LA DEL CUENTO DE ASIS

Aquí tenemos aún otra Dalila que concentra toda su libido en el terreno erótico y en su compleja psicología reúne rasgos de las anteriores, entre ellos, la simulación. Esta Dalila es un tipo de mujer muy real en su ambiente y en su época, un producto mental del aburrimiento de los harenes y que responde al tipo de la señorita provinciana de nuestra novela; es una «diabólica» de las de Barbey d'Aurevilly, y como tal tiene mucho de ingenua. Su figura nos introduce en ese mundo aburrido del harén oriental, en que la mujer joven y soltera no tiene otra distracción que tramar enredos de amor con sus esclavas y atisbar por las celosías el raro paso de algún transeúnte, capaz de impresionar su fantasía y personalizar sus ensueños eróticos.

Dalila vive en Bagdad, en un caserón siempre cerrado, en el fondo de un callejón sin salida, a cuya entrada hay un marmolillo, como tantos otros de Toledo o Sevilla; su única distracción consiste en atisbar por el mirador de la casa si pasa por allí algún joven y por fortuna se sienta en aquel poyo a descansar y enjugarse el sudor. Entonces Dalila deja caer uno de sus pañuelos, en cuyos picos hay bordadas unas gacelas y unos versos de amor. Todo esto tiene un aire encantador y lejano, de cuento, que aún se realza más al saber que aquellos pañuelos no los ha bordado Dalila, sino una princesa de tierras exóticas, la princesa Dunya, que, a impulsos del mismo tedio que Dalila, se entretiene en bordarlos y luego los manda por ahí como carteles de su belleza y como memoriales, que dicen los modernos psicólogos del amor.

Dalila ha interceptado varios de esos pañuelos y de uno de ellos se vale para cazar a Asis, el prometido de Asisa, y envolverlo en sus pliegues, velándole todo su horizonte mental y afectivo, aquella tarde en que el joven, sofocado por el calor y el traje nuevo, se sienta a descansar en el poyo del callejón mientras en casa le aguardan para celebrar la boda con su prima.

Aquel pañuelo sirve de reclamo para que Asis alce los ojos hacia el mirador, y ante la belleza misteriosa de la desconocida se olvide de todo y se inflame de un amor que ha de ser su desgracia y la de su prima y la desolación de sus padres.

No vamos a referir al pormenor el argumento de esa historia patética que por sí sola, vale todo el libro; insistiremos solo en los detalles que delinean el carácter de esta Dalila, a un tiempo perversa e ingenua, y que, en el centro de un argumento brutalmente realista, nos traslada a un ambiente de ensueño, de un singular encanto.

Dalila es un tipo de mujer eminentemente «miliunanochesco». En primer lugar, se vale para sus conquistas de esos pañolicos con gacelas y versos bordados en seda y oro por una princesa lejana de exótico prestigio; luego emplea en sus coloquios con Asis un lenguaje simbólico de jeroglífico, que pone a prueba el ingenio del joven y que este no entendería nunca si no le ayudara su propia prima, que, a fuer de verdadera amante, conoce a fondo ese idioma cifrado del amor, y, finalmente, cuando da a Asis la primera cita, a medianoche, se hace esperar, para ver si aquel es un verdadero enamorado y sabe resistir al sueño y a la tentación de una mesa servida con viandas y vinos exquisitos e incitantes.

Todo esto nos traslada a un ambiente de sugestivo encanto, totalmente alejado de la vida real, por lo menos de nuestra vida de ahora, a unos tiempos remotos en que el amor era la única peocupación de las criaturas y estas solo vivían para él. Tanto Dalila como Asis y su prima Asisa son seres archirrománticos, absorbidos exclusivamente por el placer y el tormento de amar, y en esa atmósfera de pasión se desarrolla toda esa historia, salteada de lágrimas, besos y versos, en que todos padecen: Asis, por la coquetería de Dalila; Asisa, por el desvío de su primo, y la propia Dalila por la flojedad amorosa de ese hombre torpe e indeciso, como un niño mimado, que necesita que lo lleven de la mano y no es el amador de raza que ella necesita para su temperamento de erótica.

Asis, entre Dalila y su prima, está en situación análoga a la del principito Aliosha en Humillados y ofendidos, de Dostoyevski, entre Natascha, la hija del administrador, y la princesa Katia. Difícil resulta descifrar el anagrama psicológico de esa Dalila, que si de una parte sugiere la impresión de una vampiresa moderna, de una mujer fatal «siglo XX», aparece de otra como una buena chica y una mujer de corazón, capaz de sentir piedades y ternuras, y que reacciona como tal cuando se entera por el propio Asis del daño que involuntariamente ha causado a su prima, interponiéndose entre ambos, y colma de reproches al joven y lo tilda de ingrato y le declara, en un arranque espontáneo que parece sincero, pues brota de entre lágrimas, que, de haber sabido aquello desde el principio, jamás habría llevado adelante su aventura.

Esa presunta perversa de Dalila muestra una sensibilidad exquisita, en ese gesto suyo de llorar a la muerta de amor como a una hermana, uniendo sus lágrimas a las del contrito Asis, y visitar en compañía de este la tumba de la infortunada joven y grabar a golpe de cincel sobre su mármol ese epitafio rimado que ella esculpe llorando y no puede leerse sin llorar; en todo eso hay una delicadeza que conmueve y obliga a creer en su sinceridad.

Incluso puede decirse que de ahi arranca la aversión que luego manifiesta a Asis y que termina con el rasgo brutal de su castración, que ella le inflige por su propia mano, como castigo que merece, por su inconsecuencia amorosa, por su flojedad y tibieza y, en una palabra, por su falta de virilidad. Dalila, al castrar a Asis, venga a su rival Asisa, al par que se venga ella misma y venga a todas las mujeres de raza de amadoras de verdad, capaces de matar o morir por amor.

Esta Dalila, pues, inhibe el juicio, y no acabamos de saber si merece realmente ese nombre, y si hemos de considerar a la señorita del mirador, en espera de un novio, como a una araña en su tela, al acecho de víctimas; una araña parece y de la peor especie, de las llamadas mantis religiosa por los entomólogos, que devora al macho en la noche nupcial, si atendemos a su gesto de castrar a Asis; pero deja de parecerlo si pensamos que ese gesto sádico tiene mucho de punitivo y vindicativo y es la reacción excesiva, pero en cierto modo natural, de una amante agraviada en ese Oriente de las grandes pasiones.

Porque no hay que olvidar que los remordimientos por la muerte de su prima han alejado temporalmente de Dalila a Asis, que, además, anda ahora soñando con la princesa Dunya, la verdadera dueña de esos pañuelos bordados, cuya existencia le ha revelado su prima en carta postuma, y por esa princesa lejana, inaccesible, se olvida de Dalila ese hijo de mercader, como antes por ella se olvidó de su prima; Dalila lo descubre y, en un arrebato de mujer celosa, incapacita a Asis para pensar ya nunca en conquistas de amor.

Y a golpe de navaja borra del número de los hombres a ese niño mimado y veleidoso que no merece serlo.

En ese gesto suyo es en el que esta Dalila podría asemejarse a la Dalila bíblica, que, a golpe de tijera, corta el campeonato atlético de Sansón; pero Asis no tiene nada de Sansón y la navaja de Dalila no corta en él ningún vuelo heroico.

Dalila, a menos de asignarle una biografía de conquistadora sistemática, solo aparece culpable de simulación, de hacerse pasar por esa lejana princesa Dunya y emplear como reclamo y anzuelo esos pañolicos que ella no ha bordado; pero aun en eso hay que tener en cuenta que tales imputaciones vienen de su rival Asisa, que no sabemos por dónde lo sabrá.

Precisamente uno de los aspectos más interesantes de esta historia es el de revelarnos una comunicación misteriosa entre las mujeres orientales, una estafeta particular entre ellas, un mundo entero de cuentos y chismes femeninos, impenetrable para el hombre y cuyo secreto solo ellas poseen.

Un mundo entero de mujeres, diseminadas por todo el imperio islámico, de Egipto a la China, palpitantes de amor, viviendo solo para él y manteniendo entre ellas una comunicación misteriosa, en un lenguaje de símbolos, jeroglíficos y anagramas que solo ellas conocen.

Esa comunicación es tan eficaz que Asisa está enterada de la existencia de las costumbres de la princesa Dunya, y también tiene noticias de Dalila, la del callejón, y las tres mujeres, sin llegar a ponerse en contacto, colaboran en el sino de Asis.

Dalila actúa como interceptadora de correos, interponiéndose entre los dos primos, y luego entre Asis y la princesa; cuando Asis conoce la existencia de esta última y sueña con emprender el viaje hasta su reino, la navaja de Dalila le cierra los caminos y ya no será él quien se despose con la princesa, sino el príncipe Tachu-l-Muluk, al que, para colmo de tormento, ha de servir de guía.

Esa es la obra de Dalila, la del callejón sin salida, otro símbolo de la tragedia amorosa de Asis.

Estudio literario - Crítico de Las 1001 noches
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