LA MORAL DE «LAS MIL Y UNA NOCHES»
Hemos tocado en el apartado anterior el punto candente. ¿Son un libro moral Las mil y una noches? Y puesto que así fuere, ¿qué clase de moral es la suya?
¿Son un libro moral? No enteramente, si se atiende tan solo al medio social y al tiempo histórico en que se desarrollan sus historias y en que viven sus narradores.
En ese concepto Las mil y una noches no rebasan el nivel de lo que en esos tiempos y en esos países se entendía por moral. Sus magnificencias literarias discurren en un ambiente de profunda miseria moral. Caen en el marco de la tiranía política, de la poligamia y la esclavitud.
Esas mujeres exquisitas y cultas, como aquellas hetairas helénicas que conversaban con Sócrates, son pobres esclavas compradas en los zocos, y con razón Maeterlinck siente pena e indignación por ellas.
Es un cuadro de moral bárbara y primitiva, que hoy nos subleva a nosotros, como al gran escritor belga, el que esos pintores delicados nos trazan. No podemos avenirnos a eso de que el escritor no se subleve ni indigne con nosotros. Y, llevados de ese sentimiento, tiraríamos lejos el libro.
Pero ese primer sentimiento de protesta se atenúa luego que pensamos que también los sublimes diálogos de Platón se desarrollan en un ambiente de esclavitud, de pederastia y de sujeción de la mujer, y que la moral en ellos predicada, y que se desentiende de esos problemas, no es tampoco hoy a nuestros ojos una moral.
Hay que situarse imaginativamente en los tiempos y no pedirles lo que no pueden dar, porque aún no les llegó la sazón. Y menos se le puede pedir tal cosa a una obra puramente literaria.
Por encima de esa moral corriente, hay en las obras citadas, lo mismo que en Las mil y una noches, destellos de alta moral, independiente de la moral de las costumbres, o, por lo menos, la preocupación de resolver los problemas éticos de la conciencia y elevarse hasta el imperativo categórico de Kant.
No se puede tachar de inmorales a Las, mil y una noches, ni al pueblo que las escribió, porque se sitúen en un terreno de baja moral, que era entonces la moral, y es arbitrario e injusto culpar, como Roso de Luna, de groseros a los semitas, por oposición a los arios, sus ídolos. No sabemos en qué el Panchatantra, por ejemplo, puede ser superior en este capítulo de la moral a Las mil y una noches, cuando tampoco rompen el marco opresor y cruel de las castas.
Es absurdo vincular la moral en una u otra raza; mucho más cuando esos groseros semitas tienen ya, mucho antes de que Aristóteles definiera la ética, su Biblia, de cuyo fondo profético arranca toda la moral de Occidente, incluso de los arios.
Y, sin embargo, en la Biblia hay también cosas que hoy nos disgustan. Solo que ese ambiente bárbaro e injusto en que se mueven avalora todavía más la voz humana de los profetas, que gritan y claman pronunciando palabras que hoy hacemos nuestras.
Pero, y nosotros mismos, que hemos llegado a sentir y percibir los contornos de la verdadera ética, ¿no radicamos en un ambiente de inmoralidad que nada tiene que reprochar al de esos orientales? Y, sin embargo, tenemos la preocupación de esa ética, por ella trabajamos y esa es nuestra disculpa ante los venideros.
Pues bien: prescindiendo de las limitaciones del tiempo y del grado de evolución social y política, Las mil y una noches formulan también, por el modo indirecto del arte, protestas y rectificaciones a ese estado de atraso moral en que se encuentran sus escenas.
Aparte esas silvas de fábulas, ejemplos, sentencias y máximas en que se expresa la sabiduría antigua, la primera filosofía nacional que tuvieron los hombres, hay en ellas, en medio de sus curvas y arabescos, una línea constante que tiende hacia lo grande y lo bello, que forman la base de toda moral superior.
Hay en ellas un elogio continuo de esas virtudes afirmativas que forman por igual al héroe y al santo; la generosidad, el perdón de las ofensas, la grandeza de alma, el sacrificio de uno mismo por el bien de los demás; eso que hoy llamamos filantropía, altruismo y marca la más alta cumbre moral a que puede llegar el hombre.
El amor, que es la escala de Jacob por la cual el hombre más ruin puede elevarse a los cielos, tiene también mucha parte en este libro, que por él se inscribe dentro de la literatura romántica e impresionará siempre a las almas sensibles de todos los tiempos.
Aunque solo fuera por ese elemento del amor serían Las mil y una noches un libro de alta moral, pues el amor, aun en sus formas más primarias, es algo de suyo generoso, que niega paradójicamente su egoísta fin específico y es el genio travieso y rebelde que rompe los cuadros sociales y florece con rosas de gracia el adusto ciprés de la Ley. El amor en Las mil y una noches es el broche simpático que une a hombres y genios y mantiene el enlace entre los universos visibles e invisibles.
Las mil y una noches tienen una atmósfera de idealidad que envuelve y penetra todos sus ocasionales prosaísmos.
Llegan a ser divinas a fuerza de ser humanas, pues hay que rectificar lo que Cervantes dijo de La Celestina: que «sería más divi[na] si encubriera más lo huma[no], porque precisamente lo más humano es lo que marca el entronque con lo divino.
Las mil y una noches nos dan, en resumen, una lección de moral, solo que en la forma en que pueda darla una obra de arte; en términos de belleza, haciendo que nos enamoremos de sus grandes figuras y sintamos el deseo de parecemos a ellas.
Una cosa es constante en este libro tan vario: la apología de lo bello, moral y físico, y la condenación y burla de lo feo, en ese doble sentido. En eso Las mil y una noches son inexorables. No hay ruindad que no lleve en ellas su castigo ni grandeza de alma que no reciba su corona. Es la estética actuando de moral.
Todos los malos mueren en ella por do más pecado habían. El rey Omaru-n-Nômán, la vieja Zatu-d-Dauahi, los hermanos de Abdu-l-Lah-ben-Fázil, todos llevan su castigo en este mundo; la justicia inmanente actúa incluso sobre los genios, que parecen estar por encima de esa Némesis.
Una característica de Las mil y una noches es precisamente esa de mostrarnos la solidaridad que une a todos los seres, de todas las castas y planos, y hacernos patente la repercusión que un acto cualquiera puede tener en todo el ámbito de los universos.
El mercader del cuento que, al tirar impremeditadamente un hueso de dátil, mata al hijo del efrit, es una prueba de esa solidaridad que decimos y que hoy tiene ya una confirmación científica, en la teoría del determinismo, de la estricta concatenación de causas y efectos, que forman la trama de lo fenoménico.
Nada es indiferente en los universos ni nada en ellos se pierde, ni en lo moral ni en lo físico; las ondas astrales todo lo recogen y lo fecundan. Esta idea, que ya aparece en el Talmud, donde se completa con la metempsicosis, resalta también en Las mil y una noches como base de una moral absoluta que rebasa razas y planos espaciales.
No hay que insistir más, después de esto, para demostrar que Las mil y una noches no son un libro enteramente frívolo y sin enjundia, como injustamente dijo en su tiempo el gran De Sacy, al afirmar, demasiado rotundamente: «Las mil y una noches ningún objeto moral o filosófico presentan», pues ese efecto, que luego les reconoce, de poderosa impresión sobre las almas, no se explicaría si no tuviesen, por lo menos, un fondo presumible de moral o de filosofía. Tan excesiva es esa afirmación de De Sacy como la de Roso de Luna, que les atribuye el valor de una revelación.
Las mil y una noches deben situarse en un plano intermedio; en el propio de las obras literarias, que no presentan a las claras ningún objeto moral ni filosófico, lo que no quiere decir que no lo tengan implícito, sino que, reflejo de la vida, lo expresan por imágenes, en un lenguaje simbólico, que de otra parte es lo bastante claro.
Hay que considerar a Las mil y una noches, como a los demás libros de su tiempo medieval, como a los Milagros, de Gonzalo de Berceo, y el Libro del Buen Amor, del Arcipreste y todas esas «caballerías» que enloquecieron a Don Quijote y en que la buena intención aparece bastardeada y deslucida por licencias y extravagancias del gusto de la época, pero que no por ello es menos efectiva.
Todas esas abigarradas obras medievales recogen arrastres de una tradición antiquísima y funden elementos de la épica universal y la universal sabiduría.
Todas ellas, en medio de su locura aparente, encierran una gran cordura, y por caminos torcidos tratan de llevar al hombre al camino recto.
Así les ocurre también a Las mil y una noches. Tienen el ansia catequística propia de su tiempo y aspiran a adoctrinar a los hombres, mostrándoles en vasto panorama de imágenes el cuadro de los tiempos y el juego prodigioso de los sinos humanos; el surgir y desvanecerse de los imperios y de las ciudades, que se dibujan y desdibujan, como figuras trazadas en la arena de los desiertos por el dedo del Sino, que no es tan caprichoso como parece, ya que también él está sujeto a la voluntad de Alá, que es omnisabio; nos hace ver el ir y venir de hombres y razas de la cuna al sepulcro y del presente al olvido, y, después de pasearnos por todo el ámbito de la vida, nos deja, solos y entre ruinas, frente a la Muerte y a Dios, último término de todas las cosas; al Alá coránico, esa Entidad misteriosa, incognoscible, indefinible, que es la única Realidad—irreal—y que acaso sea el Todo y acaso la Nada.
Y entonces nos sentimos cogidos en las mallas de lo Absoluto y quedamos pensativos, como Schahriar cuando Schahrasad calla.
He ahí una emoción estética que vale por toda una moral.
En último término, una emoción de Tiempo. Y esto nos obliga a hablar más a fondo de la importancia que el Tiempo tiene en Las mil y una noches, pues es lo que o quien sirve de broche y confiere unidad a este libro tan deslavazado. El Tiempo, que es como un gran río, cuya palpitación fugitiva se deja oír constantemente al pie de este alcázar literario, poniendo un sordo contrapunto a sus fiestas.