PSICOLOGIA DE LOS «AFARIT»
La psicología del efrit es, en líneas generales, análoga a la humana, en la que también se dan toda suerte de matices y grados; hay afarit enteramente bestiales, lúbricos, fatuos, enredadores, y, consecuentemente con eso, cuando se materializan, lo hacen en forma de negrazos corpulentos, colosales y feos, con cráneos de tipo macrocéfalo, lo que indica ya suficientemente su condición de retrasados y deficientes mentales.
Ese es el tipo repulsivo, imponente y grotesco en que la simplista imaginación popular ha plasmado el concepto del efrit, influida por las leyendas talmúdicas del ciclo salomónico; esos afarit poseen todas las malas cualidades de los hombres, especialmente la lujuria y la iracundia en su grado bestial; son de la laya de ese efrit que el rey Schahriar y su hermano encuentran en sus andanzas y que lleva encerrada en un arca a la joven que raptó la noche de sus bodas, la cual, sin embargo, se da traza de engañarlo con los dos hermanos reyes, aprovechando su sueño; ese tipo de efrit tiene numerosas réplicas a lo largo del libro, en que siempre se aparece raptando doncellas, en la noche nupcial; ese efrit es un poseso de la lujuria, que, a su vez, posee a las criaturas y es el íncubo de los sueños femeniles y el súcubo de los masculinos, provocando las llamadas poluciones nocturnas; es el Asmodeo de la Biblia, del cual se habla largamente en el libro de Tobías como causante de la muerte de los maridos de su prima Raquel.
Ese tipo de afarit aparece en la Historia del rey Kamaru-s-Semán y del rey Schahramán (Noches 148 a 176), en la que, enamorado de la princesa Budur, la posee en sueños; la lascivia de ese íncubo es tan incoercible, que su amiga Maimuna, la efrit, anda constantemente teniéndolo a raya para evitar sus asaltos; pero ese lujurioso no es nada comparado con ese otro efrit de la Historia del visir Nuru-d-Din y de su hermano Schemsu-d-Din (Noches 20 a 25), que, en el curso de un vuelo en compañía de una hembra de su casta genial, excitado por sus encantos posteriores, trata de forzarla en el aire, y al resistirse ella invocando la ayuda de Alá, perece carbonizado y revienta como un triquitraque.
Ahí puede verse qué clase de baja lascivia es la que posee a esos incontinentes afarit, y puede verse también cuánto se diferencian de ellos sus amigas, con ser de la misma casta genial, pues se muestran de un pudor y una honestidad verdaderamente ejemplares, y sobre todo Maimuna, de una delicadeza que conmueve, al quedarse tan embobada ante la belleza del dormido príncipe Kamaru-s-Semán, que ni siquiera se atreve a besarlo por temor a despertarle.
Con eso basta para caracterizar a esos genios libidinosos y sus castas compañeras de raza, pues todas Las mil y una noches están sembradas de episodios en que la efrit pudorosa huye el asalto del enemigo y lucha con él por defender su honra, entablándose a veces entre ambos unos terribles combates, como el que se describe en la historia del segundo zâluk, en el que los dos beligerantes perecen mutuamente electrocutados y los disparos de voltios que se lanzan chamuscan a los circunstantes.
Cuanto al otro defecto de esos afarit, la soberbia y la iracundia, podemos apreciarlo en el cuento del mercader y el efrit en que aquel, después de comer unos dátiles, arroja al aire el hueso y tiene la desgracia de darle al hijo del efrit, que, naturalmente, permanecía invisible, y causarle la muerte, siendo eso causa de que el padre exija la suya, invocando la ley taliónica.
Gracias que al final se aviene a perdonarle la vida al mercader, por la intercesión de los tres schiuj, que lo entretienen y distraen con sus historias.
El mismo ejemplar de genio insolente, arrogante e ingrato, con la consiguiente deficiencia mental, lo tenemos en el de la historia del pescador y el efrit, donde este, en pago de haberlo sacado de su redoma de azófar en que por castigo lo encerrara el rey Salomón, trata de matar al pescador, que al fin se salva gracias a su ingenio.
Todos esos afarit resultan tan imponentes como grotescos y ostentan nombres irrisorios, cacofónicos, alusivos a su fealdad, como los de Dahnasch-ben-Faktásch, Kratasch, Dahnasch-ben-Schemhuresch, etc., que, por cierto, delatan un origen persa.
Por su corpulencia física y su fuerza, al par que por su arrogancia, tales afarit parecen traer su genealogía no de Chian-ben-Chian, sino de esos casamientos entre los ángeles y las hijas de los hombres de que nos habla la Biblia y que dieron lugar a la raza de los anakim, causa de tantos males para los humanos, aunque también, de otra parte, se relacionan con el mito pagano de los siempre rebeldes, siempre vencidos y nunca escarmentados titanes.
Entre ese tipo elemental de efrit y esos otros de la princesa Gulinar o Chauhra media una larga escala evolutiva, pues todos los actos y operaciones de los primeros acusan la falta absoluta de control sobre sus impulsos y la ausencia de todo sentimiento tierno y delicado; son de tipo lombrosiano explícito, en tanto esas princesas geniales muestran en todo una psicología enteramente humana y son capaces de amor y de odio y de sacrificio, como sus hermanas de la tierra, sin que dejen traslucir su raza genial, salvo en lo singular de su hermosura, y en cierta esquivez, no muy rara, puesto que son princesas, y cierto orgullo, que tampoco, por igual razón, tiene mucho de raro.
Todas esas princesas-peces o pájaros muestran un sentimiento de superioridad de casta, marina o aérea, con respecto a sus pretendientes terrícolas, y con razón, sobre todo las segundas, que, por vivir en parajes eminentes, en climas de altura y al aire libre, han de tener una constitución más sana, pulmones más desarrollados, mayor capacidad de aliento y, consecuentemente, mayor alteza de miras y mayor belleza artística de la buena salud.
Es natural, por ello—sin contar su rango de princesas—, que miren con cierto desdén a los terrícolas, aunque sean príncipes, y, además, por vivir ellas en regímenes políticos más sencillos y naturales, sientan desconfianza de los hombres que las pretenden y que vienen de las corrompidas ciudades y de la corruptora civilización.
Tienen razón para ello, en su psicología de peces y pájaros, pues precisamente Gulinar, la princesa marina, fue raptada por un mercader de esclavas cuando estaba solazándose al borde del mar y vendida luego al rey de Persia, como una esclava cualquiera; no es de extrañar que esa afrenta la hiriese en lo vivo y le produjese tal resentimiento que se estuvo todo un año haciéndose la muda, hasta el punto de creerla muda el rey, y no despegó los labios hasta que hubo de él un bellísimo hijo llamado Bedr-Básim, el que luego, a su vez, habría de ser esposo de la princesa marina Chauhra.
Esa conducta de Gulinar es perfectamente comprensible, como lo es también la que otra princesa-pájaro, Menaru-s-Sunná, observa con su enamorado Hasán, el cual la hizo suya valiéndose de un ardid, con malas artes, pues le quitó su traje de plumas mientras se bañaba y así la incapacitó para la huida; es lógico que Menaru-s-Sunná contraiga un complejo de resentimiento y trate de buscarse el desquite apelando también a las malas artes y recupere con engaños su traje de plumas y remonte con él y con su hijo el vuelo a su país aéreo, dejando en la mayor desolación al pobre Hasán.
Aunque en ese complejo de resentimiento que impulsa a Menaru-s-Sunná a la fuga entra también un elemento muy legitimo: el de la nostalgia de su tierra y su gente, esa nostalgia que es una verdadera enfermedad y parece acometer con más intensidad a los isleños y, desde luego, adquiere más gravedad cuando se complica con un proceso de inadaptación a un medio totalmente distinto.
El caso de Menaru-s-Sunná huyendo con su hijo es una transposición paliada del clásico argumento de Medea y responde en parte a los mismos motivos; pero Menaru-s-Sunná no es una Medea, sino una mujer resentida y nostálgica, una fugitiva que desea ser alcanzada, y así, cuando Hasán, tras largas peripecias, logra llegar a sus remotas islas de Al-Uaku-l-Uak, su corazón palpita de nuevo y con más viva ternura.
Caro ha pagado, por cierto, la joven su imprudente fuga, pues las humillaciones, afrentas y torturas físicas que su hermana, Nuru-l-Hodá, le inflige son tales como para que, al verse de nuevo con Hasán y su hijo en tierras del esposo, no sienta más nostalgias de los suyos.
El tema cainita tiene, pues, su representación en esta historia, que corre parejas con la de Sobeida y sus malas hermanas, y a ambas puede agregarse también la de la mujer-tortuga con sus cuñadas—la mujer-tortuga—, esa curiosa variedad de mujer-pez que logra casarse con un príncipe, sin que para ello sea obstáculo su caparazón de quelonio, bajo el cual, por cierto, guarda un corazón bellísimo y un no menos bello cuerpo de mujer.
Todo esto nos prueba que esos místicos seres tienen una psicología perfectamente humana y que, puesto que sean efrites, no son propiamente demonios, sino más bien hadas, ondinas como las de nuestra mitología popular.
Son seres de una clase aparte que viven en su propio elemento, sin mezclarse para nada con los hombres ni tratar de hacerles daño y haciéndoles a veces mucho bien, como en el caso de la efrit Pari Banu, esa genio de belleza incomparable, a cuya morada subterránea llega el príncipe Hosein, encaminado por la flecha del sino, para que encuentre allí la riqueza y el amor verdadero que esa gentil troglodita pueda darle.
De esa misma raza de alifrites buenos procede también Tuhfetu-l-Kulub, o Dechado de los corazones, la bellísima cantora de condiciones excepcionales que Abu-Ishak, el músico, educa en su academia filarmónica para Harunu-r-Raschid y que da lecciones a su maestro.
La historia de Tuhfetu-l-Kulub tiene un interés extraordinario, pues nos muestra la atracción que Harún, el jalifa de Alá, que en virtud de ese título tiene sobre ellos un poder salomónico, inspira a los genios y particularmente a las genios, deseosas de compartir su tálamo.
Tuhfetu-l-Kulub, aunque no se nos presente como tal en la historia, es, sin duda, una genio de la variedad voladora, que, enamorada de oídas de Ar-Raschid, se deja coger por un traficante en esclavas para, de ese modo, llegar hasta él.
El palacio del jalifa espléndido, joven y artista, que vive rodeado de poetas y músicos, siempre en perpetua fiesta y sarao, es un imán que atrae con curiosidad irresistible a esos alifrites, privados de tales magnificencias y lujos en sus soledades agrestes, y así no es de extrañar que se introduzcan en el alcázar y lo tengan, por así decirlo, minado. En el palacio de Harunu-r-Raschid hay duendes, por lo demás, como en todos los palacios antiguos y modernos, según nosotros sabemos de sobra, pues el duende de palacio figura en nuestras crónicas, y en los últimos tiempos de nuestras dinastías las camarillas palaciegas dieron tanto que hablar como ellos.
Los alifrites se introducen en el palacio de Ar-Raschid por lugares, a decir verdad, nada limpios: por los retretes y alcantarillas; invaden a favor de su invisibilidad las cámaras, aposentos y alcobas y sorprenden todos los secretos.
Quizá sus relatos hayan impresionado la imaginación juvenil de Tuhfetu-l-Kulub e inducídola a querer ser la esposa de Harún, desafiando los celos de la celosa Sobeida, con el consiguiente riesgo de ser narcotizada por ella y encerrada en un cofre, como Kutu-l-Kulub, la gentil favorita. Aunque también es posible que sus parientes geniales se hayan servido de ella como de una avanzadilla para mejor enterarse de todo lo concerniente al poderoso y sugestivo jalifa.
Así lo hace pensar el hecho de que, ya instalada la joven en palacio y en el corazón del monarca, sus parientes le envíen un emisario para que la coja y la lleve con ellos y puedan recrearse con sus cantos maravillosos y oír de sus labios la crónica de la intimidad palatina y de su vida conyugal con Harún.
Cabe aún suponer que los parientes de Tuhfetu la han enviado a la tierra de los hombres para que allí pudiera educar su voz de diva y perfeccionar sus dones naturales, que en el reino de los alifrites no pasarían de lo espontáneo y sin arte; Tuhfetu va a Bagdad como nuestras cantantes de ópera iban a Milán a completar su educación artística, pues allí vivía y tenía academia el gran Abu-Ishak, cuya fama habíase extendido aun entre los genios.
Ahora bien: la visita que Tuhfetu hace, después de casada con Harún, a sus parientes, gobernados por la reina Kamariya, es una página interesantísima por la información que nos da sobre la condición, género de vida y propiedades de esos seres extraños.
Es ese un cuadro sumamente pintoresco y vivido, de una fiesta entre los genios, abundante en rasgos cómicos y de una ternura patética.
En él se manifiestan los alifrites como seres bonachones, joviales, amigos de divertirse y de una sensibilidad de gitanos para el canto y el baile.
Es de ver el entusiasmo que el arte de diva de Tuhfetu les produce, el embeleso con que la escuchan y el modo frenético, orgiástico, con que reaccionan después, expresando su satisfacción en una danza pantomímica, comprimiéndose el ano con un dedo para evitar posibles escapes.
Y en verdad que se explica su ingenuo entusiasmo, pues las letras de las canciones de Tuhfetu no pueden ser más bellas y entre todas componen la más linda antología de poemas referentes a flores, frutos y pájaros de que tengamos noticia.
No menor entusiasmo que sus groseros súbditos experimenta la reina Kamariya, aunque lo expresa, a fuer de mujer y de reina, en formas más delicadas y finas, besando con ternura a la cantora, estrechándola contra su pecho, llamándola hermana y, finalmente, extendiéndole un diploma en que la nombra «jalifa de los pájaros» y regalándole, al despedirse, doce armarios rebosantes de las más preciadas alhajas.
La reina Kamariya inquiere de Tuhfetu noticias detalladas de su vida en palacio y en cambio responde con no menor detalle a las que le hace Tuhfetu, un poco asombrada y cohibida en aquel ambiente que ya no es el suyo.
Por ellas nos enteramos de los tres capitanes de aquella colonia de alifrites: As-Schisbán, Maimun e Iblis, y de la facultad que poseen de cambiar de forma y semblante, según lo desean, encubriendo su natural fealdad, cuando para sus fines lo estiman necesario.
De esos informes y de las descripciones del rapsoda se infiere que los alifrites son entidades primitivas, personificaciones de poderes naturales, como los gnomos y duendes de nuestras leyendas, que viven en el seno de la Naturaleza, gozando de las delicias de los perdidos edenes y paraísos primigenios, sin elevarse al grado evolutivo que supone la civilización, cuya ansia sienten, sin embargo, por lo que tratan de ponerse en comunicación incidental con ella.
Trátase en el fondo de un parangón alegórico de dos estados de vida y de evolución social. Los primitivos y los civilizados, ambos aquejados de la misma nostalgia, en unos regresiva y progresiva en otros, y ambos dudando de qué sea lo mejor: si la vida natural, sin trabajo, pero sin arte ni ciencia, libre de trabas, o la civilización, laboriosa y cohibida.
Los alifrites representarían la humanidad retrasada, miserable y feliz: el indio, el salvaje, el gitano. También de entre los gitanos han salido grandes artistas intuitivos. Todo lo de los genios es tosco, aunque valioso: diamantes, rubíes, en bruto; perlas sin montar, talentos en cierne; a todo le falta el toque de gracia del arte. Y es que el alifrite, como el primitivo, no trabaja. No siente el impulso demiúrgico de Prometeo. No es rebelde. De ahí que Roso de Luna, comentando esta historia de Tuhfetu, diga:
«El cuento se detiene en el más grave problema ocultista que cabe imaginar: el de la “Maldición o la Caída”, que es uno de los mitos más desnaturalizados del pasado sabio, porque, como se deduce lógicamente del gran tema de Prometeo, el caído, el rebelde, es siempre más excelso que el fiel, el sumiso y el desprovisto de voluntad titánica, “capaz de conquistar el cielo por la violencia”, o sea por su esfuerzo, como dice el Evangelio; por lo que en el mito satánico Lucifer, el “portador de Luz”, o “fósforo”, rebelde y gallardo, aunque caído y metamorfoseado en Satán, lucha con Miguel y su hueste (Apocalipsis), siendo por entonces vencido, aunque haya de quedar ciertamente como vencedor en la consumación de los tiempos.»
Por donde puede verse la cantidad de teología y sociología infusas que implican estos cuentos para niños.
Los alifrites o genios aéreos de la historia de Tuhfetu y los acuáticos de Abdu-l-Lah, el del mar, son seres buenos y sencillos, que, por vivir en medio de una abundancia natural que basta a satisfacer sus necesidades elementales, no sienten envidia del hombre, sino más bien lástima, y, lejos de querer hacerles daño, tiran a hacerle bien, dándole generosamente de esas riquezas de su medio físico, de esos tesoros naturales que a ellos no les brindan utilidad ni aplicación. Son los duendes buenos de nuestras leyendas, las hadas, alifrites, ondinas y hamadríadas del mito celta, que gustan de revelarse a los niños y a los pastores, en el brocal de los pozos o el hueco tronco de los árboles, y jugar con ellos y hacerles caricias y regalos.
Esta clase de alifrites solo en el amplio sentido helénico de la palabra pueden considerarse demonios, es decir, espíritus, personificaciones del animismo antiguo, no satanases ni diablos. Son la antigua corte invisible de los antiguos dioses destronados, los dioses en el destierro—que dijo Heine—, y, como ellos, convertidos en demonios por la nueva teocracia triunfante.
Hay una distancia infinita entre ellos y ese otro tipo primitivo, popular, del efrit grosero, irritable y maligno, que solo goza haciendo mal y solo a la fuerza, obligado por conjuros irresistibles, se aviene a hacer el bien; ese efrit que podríamos llamar clásico en esta literatura, ese espíritu errabundo, gitanesco, que solo se manifiesta de paso, en el curso de sus actividades misteriosas, es el sospechoso de verdadera condición demoníaca, pues tiene de demonio el carácter inquieto, enredador y no del todo consciente; es el diablo temible, y al par grotesco, de nuestras leyendas; el pobre diablo que siempre trata de engañar a los hombres y por lo general sale engañado; el diablo sin personalidad propia, sin verdadera voluntad ni libertad, pues depende de un amo, el Demonio mayor, y, además, está siempre a merced de cualquier mago o brujo que lo sujete a su servicio con la fuerza de un talismán irresistible; es, en una palabra, el diablo suelto de nuestras historias edificantes, el que se espanta con la señal de la cruz, o, en Las mil y una noches, pronunciando el nombre de nuestro señor Solimán.
En ese tipo de efrit se vincula el sentido demoníaco de la casta genial, y dentro de él podrían señalarse equivalencias semíticas a esos demonios de la leyenda europea, que los tratadistas de la materia—como Bodin, Swiftg, De Plancy y nuestro compatriota Rafael Urbano—nos describen con sus nombres propios y todos sus pelos y señales, formando parte de la monarquía luzbeliana y desempeñando en ella cargos de ministros, jefes de Policía y diplomáticos acreditados en los distintos países de la tierra.
La idea de esos afarit, francamente demoníacos, de agresividad peligrosa, es la que ha dado pie para la formación de esa figura fabulosa de la gula o algola oriental, ese ser de naturaleza indefinible que aparece en muchas de estas historias miliunanochescas, en semblanza de mujer bellísima, que encubre una fealdad repulsiva, y cuya finalidad última es la de devorar a sus víctimas, en función de vampiresa, aunque también resulta animada del instinto lúbrico.
Pero la gula oriental merece un epígrafe aparte.