EL «EPOS»

Los árabes—hemos dicho—no tienen en su literatura una epopeya comparable al Schah-Námeh de Firdusi o la Eneida virgiliana. Por lo demás, tampoco nosotros tenemos epopeya, aunque, como a los árabes, no nos hayan faltado en su tiempo los elementos inspiradores y la base de tradición que brinda la historia.

Nuestra epopeya es el Romancero, esa serie inconexa de hazañas individuales a las que falta el broche superior de una intención nacional; la epopeya árabe anda también desperdigada en romances aislados, de tipo heroico personal, que cantan las luchas del beduino, del caballero del desierto, con sus rivales de las tribus vecinas, a impulsos generalmente de la codicia de botín, o por pura majeza personal, y a veces también por desfogar su despecho contra el scheij orgulloso que le negó la mano de su hija, o el reyezuelo que lo menoscabó e hirió en su honra como en el caso de nuestro Cid.

Sobre esa base de historia, pronto deformada por la leyenda, se han formado esos romanceros de Antara, Chúndaba y otros de esos héroes anárquicos. Pero a esos brotes esporádicos de epopeya fáltales esa unidad y superioridad de intención y de objeto que caracteriza a la verdadera epopeya, desde el Ramayana y la Ilíada hasta La Jerusalén libertada del Tasso. Y lo mismo que el pueblo nómada, disociado, que engendró a esos héroes en la época de su paganía, andan sueltos esos romances, como andaban los de la épica irania, antes de que los uniera Firdusi en los ciento veinte mil versos de su Schah-Némeh.

Los héroes beduinos son bravos que andan en coplas, y no pasan de ese grado elemental, propio de sus hazañas, también elementales.

No se elevan a la verdadera altura épica, ni luchan contra una fatalidad de orden superior, con intenciones superiores, sino simplemente contra la fatalidad biológica. Son casos de la lucha por la vida.

Esa lucha del hombre contra la fatalidad suprema del Sino constituye el fondo de la literatura caballeresca, que no tiene representación entre árabes y hebreos, aunque entre ellos se registren manifestaciones esporádicas y rudimentarias de esa arrogancia soberana del hombre en forma de individualismo desaforado y anárquico, de egolatría disolvente y asoladora, que se mueve en un círculo delictivo, de bandidaje y muerte, sobre la arena antisocial de los desiertos.

El beduino, que en los poemas anteislámicos sale de su jaima, jinete en su caballo o su camello, enristrada la lanza, en busca de aventuras, de enemigos a quienes vencer y despojar, al modo de Chúndaba o Chanfara, y que canta sus propias alabanzas en lenguaje hiperbólico, representa simplemente un caso de lucha biológica, alardes de jactancia individual, de matonismo aislado, y dista mucho de esos otros caballeros de la rama aria que realizan trabajos y esfuerzos, alistados bajo las banderas del bien, y luchan por un alto ideal, de amor sublimado o de humana redención.

Esos caballeros forman a lo largo del tiempo una orden mística, con un fondo común de doctrina esotérica, adaptada a las diversas religiones de los tiempos y países en que actúan, y cuya clave central la constituyen la fe en el origen divino del hombre y la posibilidad de que éste se eleve sobre su limitada naturaleza humana, si potencia las latencias divinas, mediante una voluntad superior, que niegue precisamente los egoístas fines inmediatos de la voluntad.

Este es el credo arcano de la gnosis antiquísima, de la tradición iniciática que madame Blavatzki ha tratado de reconstruir en nuestros tiempos con el nombre de teosofía, y adeptos militantes de ese credo son, a lo largo de los siglos, todos esos caballeros paladines del Ideal y del progreso humano que, con sus gestas maravillosas, llenan toda esa imponente literatura del ciclo bretón de Artus, de las Sagas escandinavas y de los Nibelungos germánicos, que llegan hasta nuestros días y mueren cantando con voces sobrehumanas en la epopeya musical de Wagner.

Los árabes no se elevan hasta ese concepto de lucha solidaria por un Ideal hasta que surge Mahoma y los alista en esas milicias religiosas del Islam, formadas por guerreros voluntarios, ligados por un voto que, hoy se reconoce unánimemente, fueron el modelo de nuestras órdenes militares, empezando por los Templarios.

Antes de Mahoma sólo en Antara apunta ya el carácter filantrópico del caballero andante, erigido en paladín del débil y el agraviado, aunque conservando todavía resabios del salteador de caminos, como, por lo demás, todos los caballeros de su tipo, insurgidos contra le Ley.

Es en las luchas con los idólatras donde surgen los caballeros sin miedo ni tilde, como nuestros Bayardos occidentales, entre los que descuella Alí-ben-Abu-Táleb, el yerno de Mahoma, el León de Alá victorioso, cuyas hazañas han inspirado todo un ciclo de leyendas extraordinarias, que, por un lado, son hagiografías edificantes, y, por otro, verdaderos libros de caballería.

Pero Alí no encontró un poeta que contase con estro digno sus proezas como tampoco Salahu-d-Din (Saladino), el héroe principal de la Anticruzada, halló después el Tasso árabe que lo enalteciese como el italiano a su rival, Ricardo Corazón de León.

El hecho es que los árabes no han llegado a tener una epopeya nacional, como otros pueblos, y que ni siquiera lo han intentado, aunque su historia les brinda sobrados elementos e intenciones para ello. Diríase que una falla psíquica se les atraviesa en el camino de la epopeya. Quizá su espíritu individualista, o su tendencia a ver las cosas por su doble perfil y su aguda percepción de lo cómico, que corta sus vuelos a lo trágico y los deja en la trágico media. Fenómeno análogo al que nos ocurre a nosotros, pues en este sentido es un exponente psíquico el Quijote.

En la Historia del rey Omaru-n-Nômán y de sus hijos (Noches 60 a 102), que tiene aires de poema épico, la visión de la picaresca se interfiere y produce una parodia.

«Los árabes—dice Renan, tratando de explicar el fenómeno—no tienen epopeya debido a su monoteísmo absoluto. La gran epopeya brota siempre de una mitología. Solo es posible mediante la lucha de los elementos divinos y la admisión de esa hipótesis, según la cual el mundo es un campo inmenso de batalla en que dioses y hombres riñen perpetuos combates. Pero ¿qué hacer para la epopeya con ese Jehová o ese Alá solitario, que es el que es? ¿Qué lucha empeñar contra el Dios de Job, que no le contesta al hombre sino con truenos? En régimen semejante la creación mitológica solo podía conducir a la de ejecutores de las órdenes divinas, de ángeles o mensajeros, sin distinción individual, sin iniciativa ni pasión.»

Por la misma razón, que a su vez atribuye el gran filólogo a la falta de imaginación creadora de los nómadas primitivos, explica también Renan el carácter puramente lírico, subjetivo, de su poesía y la ausencia de la novela en su literatura.

Y desde luego que tiene razón; solo que el sabio orientalista generaliza demasiado su tesis, al extenderla a los tiempos preislámicos, en que los árabes, por contacto con otros pueblos o siguiendo una ley natural, profesaban un politeísmo propicio a la creación de una mitología y al desarrollo de una literatura, varia y rica, como la de los hindúes o los griegos. Fue Mahoma quien cortó los vuelos a esa literatura en cierne y le impuso la monotonía de su intransigente monoteísmo; al arrojar a los ídolos de la Kâba, expulsó también el Profeta a las Musas.

Por lo demás nos parece excesivo suponer, como hace Renan, a los semitas fatalizados desde el principio por la mecánica elemental de su idioma para intentar otra cosa que la parábola o el salmo, pues de haberse podido desarrollar libremente el genio semita se habría formado un verbo más rico. No hay más que ver lo que los chinos han hecho con su lenguaje monosilábico, de niños.

Pero sea como fuere, es lo cierto que los árabes no se han elevado a la epopeya y que en Las mil y una noches no hay ningún verdadero epos, sino aproximaciones, novelitas de corte romántico-caballeresco, por el estilo de las que enloquecieron a Don Quijote y que proceden, sin duda alguna, de la misma fuente aria, el Mahabharata.

En esas historias como las de Kamaru-s-Semán (Noches 148 a 176), y Hasán el de Bazra (Noches 437 a 465), y el príncipe Almás (Noches 872 a 885), encontramos todos los elementos de la novela de caballería, en que los héroes luchan y arrostran toda suerte de penalidades y riesgos por llegar hasta la dama de sus pensamientos, hasta la Mujer sublime por sus sueños y como divinizada con los atributos de única y superior a todas las demás, y que a veces ni siquiera han visto nunca, como tampoco Don Quijote necesitó ver a Dulcinea para enamorarse de su ideal encanto.

Esos Kamaru-s-Semán y esos Hasanes y Almases son del mismo temple romántico-idealista que los Amadises y Belianises de las novelas de caballería occidentales.

Pero hay, no obstante, un matiz diferencial que marca la refracción que esos argumentos ario-persas han sufrido al arabizarse. El caballero enamorado de Las mil y una noches no suele ser de suyo un héroe; tiene algo de un Sancho Panza metido a Quijote por la fuerza de las circunstancias; es un mercader, un pacífico vecino de Bagdad, Bazra o El Cairo, que, de repente, por efecto de un impulso pasional, de un «pronto», se ve convertido en protagonista de un argumento de caballería y magia y encargado de un papel para el que no reúne condiciones.

Quitando a príncipes natos como Seifu-l-Maluk y Farús, el hermano de Parisad, y Judadad, que, sobre todo los dos últimos, son verdaderos héroes de novela caballeresca ariopersa, apenas deformados por la arabización, los demás muestran esa aleación de noble y plebeyo, de Quijote y Sancho que acabamos de indicar, y que no se da antes de ellos en ninguna literatura de ese tipo.

Hasán, el de Bazra, lo mismo que Neru-d Din, el de la historia de Maryem, no valen gran cosa como enamorados ni como hombres, no digamos ya como héroes; solo les caracteriza la constancia, la tenacidad amatoria, la obsesión erótica, que les confiere una suerte de voluntad pasiva.

Van como hipnotizados al encuentro de su dama, por llanos y montes, pero no llegarían nunca al castillo, inaccesible e inhallable, en que aquella los aguarda, como Melisenda en el ciclo de Carlomagno, si no les asistiesen genios buenos, tutelares, hechiceros de la magia blanca, de suyo enemigos de los otros genios malos, protervos, que se les oponen y con los que están siempre en el mismo estado de guerra que fagocitos y leucocitos en el cuerpo humano.

Son ellos los que, de unos en otros, van llevando a esos héroes, de suyo apocados y pusilánimes—mercaderes, para no decir más—, hasta esas regiones de cartografía del mito, en que se inscriben las siete islas de Al-Uraku-l-Uak, el Castillo de Diamantes, llamado Tekná; el País del Alcanfor y del Ebano, la Montaña de las Nubes y demás localidades sin localidad.

Y esos mismos sabios buenos, los nigromantes compasivos, filantrópicos del Quijote, enemigos naturales de monstruos y vestiglos, follones y malandrines, están asistidos también por animales, elefantes, pájaros y hasta monstruos, sujetos por poder de magia a su servicio y cuya procedencia indostánica no necesita demostrarse.

Y prescindiendo de ese coro de seres buenos, de guerreros de las milicias de Ormuzd, en perpetuo combate con las huestes de Ahrimán, ayudan también a esos héroes forzados sus propias amadas, más valientes, más amantes y más viriles que ellos.

Cuando las ayudas sobrenaturales faltan, los enamorados sucumben como en el caso de Alí-ben-Bekkar y Schemsu-n-Nehar, la favorita de Harún. Y no hay más que hacer sino enterrarlos juntos.

Hasta ese grado se sublima el amor en esas historias miliunanochescas. Y hasta llega al grado de sublimación suprema en forma de negación del yo y sacrificio de la propia personalidad, como en las historias de Chamil y Antara, que se alejan de sus amadas, se quitan de en medio para no ser un obstáculo a su felicidad y dan a su reprimida libido un heroico desfogue o se retiran al yermo para consagrarse por entero al amor y servicio de Dios, esa suma de todos los seres, en quien, como dijo Amado Nervo, «están las rubias y las morenas».

Historia de amor sublimado de ese tipo místico abundan en Las mil y una noches; los locos de amor por su dama son en ellas legión, así como los locos de amor por Alá, último término de la sublimación erótica.

Pero fácil es ver que se trata aquí en gran parte de una moda literaria venida de Persia, con los sufies, esos grandes místicos que tanto influyeron en la literatura de su país y luego en la de todo el mundo, en los siglos medios. Probablemente son esas historias de argumentos antiguos, retocados según el gusto nuevo por lo romántico idealista, introducido por el persa Nizami con su famoso poema de Machnun y Leila, que todo el Oriente leyó con embeleso.

Estudio literario - Crítico de Las 1001 noches
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