LOS JARDINEROS
El Paraíso (Chenma) es, por definición, un jardín, pues los etimólogos derivan su nombre del persa Pardis o Pardus, con que era designado un maravilloso jardín del palacio de los antiguos reyes del Irán, cuya fragancia literaria se aspira en Herodoto.
Todo jardín tiene, pues, siempre algo de paraíso y suscita en la imaginación la idea de un lugar de tranquilos deleites, de serena e inocente alegría, como un refugio para el alma atosigada por los cuidados e inquietudes del mundo. Sobre todo para los orientales, que viven en países de sol y cruzan en sus viajes desiertos calcinados, sin pájaros ni árboles, un jardín es verdaderamente un paraíso.
Los antiguos reyes del Irán, que edificaron esas ciudades prodigiosas de Lusa y Ecbatana y Babilonia, pusieron en ellas jardines como los del Irán, cuyo recuerdo aún no se ha borrado de la memoria de sus descendientes y siguen todavía floreciéndose de primavera en sus sueños.
Todo el afán del hombre es recobrar un día ese paraíso perdido; ese jardín de delicias, lleno de música de pájaros y arroyos, y sombreado por árboles, que brindan espontáneamente toda suerte de sabrosos frutos.
Mahoma, en su Corán promete a los buenos creyentes, después de esta vida efímera, otra perdurable y eterna en un jardín incomparable, con árboles y fuentes, y un suelo bajo el cual correrán ríos para mantenerlo siempre verde, florido y fresco.
Los jalifas, los emires, los hombres pudientes del Islam tratan de copiar en la tierra ese jardín del cielo y todos tienen anejo a sus palacios o en parajes pintorescos, fuera de la ciudad, un jardín lo más semejante posible a un paraíso.
El emir de los creyentes, Harunu-r-Raschid, tenía en Bagdad, al otro lado del Dichle o Tigris, unos jardines espléndidos, con alcázares erguidos y airosos, que podía contemplar desde los miradores de su residencia jalifiana y a los cuales se trasladaba siempre que le acometía su esplín de hombre neurótico, aquejado de insomnio y de crisis de hipocondría, como todo lo suyo, soberanos.
Más de una historia de Las mil y una noches tiene por escenario ese jardín del jalifa, habitualmente cerrado bajo la guarda de un viejo jardinero llamado Ibrahim. El río pasaba por delante de aquellos jardines y formaba allí una ensenada, en la que se aglomeraban los peces, a la que los pescadores furtivos iban a echar sus redes, las noches de luna, infringiendo la prohibición del soberano, que no quería ver por allí esa clase de gente miserable y suspecta.
Porque para que se pareciesen más a paraíso esos jardines regios permanecían generalmente cerrados y desiertos, sin más presencia humana que la de los jardineros, y severamente guardados por grandes verjas y tremendos cerrojos.
A semejanza del sultán de Bagdad, todos esos monarcas de Oriente tenían jardines así reservados para su exclusivo solaz o el de sus hijas, esas princesas criadas entre muros, cuya belleza de huríes no debía contemplar ningún hombre, sino el príncipe predestinado para ser su esposo, pues cualquier mirada mancharía su pureza lilial.
Pero un jardín, pese a las verjas y tapias que lo defiendan, es siempre algo abierto, ya que no comporta otra bóveda que la de los cielos, y su guardián, por más fiero que sea, no puede menos de ablandarse bajo el influjo benigno de ese escenario égloga, que pone al hombre en estado de naturaleza, es decir, en estado de gracia.
Todo jardinero tiene algo de Anacreonte, y por su propio oficio ha de ser sensible y tierno, aunque solo fuere por presenciar la muerte diaria de tantas rosas.
Los jardineros de Las mil y una noches son hombres así, benévolos, apiadables y hospitalarios, que, por vivir en un jardín, sienten más el dolor del peregrino y más aún del peregrino enamorado, y están siempre dispuestos a acogerlo en su asilo de reposo y de paz.
Los guardianes de esos paraísos no esgrimen flamígera espada y solo tienen de los ángeles que custodian el Edén la bondad y la ternura, y por ese flaco de su temperamento se quiebra la solidez de los cerrojos.
Todos los jardineros de Las mil y una noches son hombres sensibles, tienen algo de paternales y aun de patriarcales, pues suelen ser ya viejos, como Anacreonte, y aunque viven retraídos de las gentes y muestren en sus rostros el ceño huraño de la soledad, no son, por lo mismo, sino más sociables que los demás hombres y más ansiosos que nadie de humana compañía, al modo de los anacoretas y ermitaños.
Así, al menos, se nos muestran los jardineros de Las mil y una noches. Su personalidad más detallada nos la ofrece el viejo Ibrahim, el guardián de esos jardines ya mencionados del jalifa abbasi Harunu-r-Raschid, que aparece en la Historia de los dos visires, en que se mienta a Anisu-l-Gulais (Noches 46 a 52), esa historia de dos enamorados que, por efecto de la malquerencia de un visir envidioso, se ven obligados a huir de la ciudad de Bazra, donde el padre del galán también era visir, y van caminando a la ventura, sin más anhelo ni plan que alejarse de allí hasta que, al cabo, los rinde la fatiga, y a Anisu-l-Gulais se le lastiman los delicados pies y la noche los sorprende y desorienta y los obliga a detenerse.
Encuéntranse entonces los fugitivos por ventura a la puerta de los jardines del jalifa, que por descuido aquella noche dejó abierta Ibrahim, y éntranse por ella y se tienden a reposar allí pastorilmente, sobre el verde lecho natural y a la luz de los astros; despunta luego la precoz aurora siria y el viejo Ibrahim, que es madrugador como todos los viejos, sale a revisar sus jardines y encuentra allí a los jóvenes tórtolos que duermen abrazados, como dos huerfanitos.
El primer movimiento del viejo guardián es de indignación contra aquellos intrusos y se dispone a echarlos de su paraíso; pero para echarlos tiene que mirarlos y, al verlos tan bellos, tan jóvenes y tan dulce e inocentemente dormidos, siente tal admiración y ternura que sonríe por entre sus barbas de abuelo y, lejos de despertar a los amantes, se arrodilla a sus plantas y les cubre y arropa, para resguardarlos del relente, y además se pone a sobarles suavemente los pies, para que se hundan más en ese sueño sabroso de la amanecida.
Cuando luego los jóvenes despiertan, el buen viejo recobra su ceño, por así decirlo, oficial, e intima a los intrusos que se vayan, haciéndoles saber las severas órdenes del jalifa; pero también entonces triunfan de su adustez la gracia juvenil y los halagos de Alí-Nuru-d-Din y Anisu-l-Gulais, y el jardinero acaba por permitirles la estada en el jardín prohibido y no solo eso, sino que, además, les enseña las habitaciones suntuosas en él reservadas para el jalifa y sus amigos, y, para dar gusto a la caprichosa Anisu-l-Gulais, enciende todos los candiles y lámparas del gran salón, que tiene un mirador con vista al río.
El ascendiente que ambos jóvenes logran en un momento sobre el scheij Ibrahim llega al extremo de que lo persuaden para que les provea de víveres de la despensa del soberano, sin que falte el vino mejor de sus bodegas, y organizan en el iluminado salón una fiesta que viene a ser literalmente una juerga andaluza, con cante, baile y vino a tutiplén.
El viejo Ibrahim se siente tan feliz con sus jóvenes huéspedes que, instado por Anisu-l-Gulais, accede a beber vino por primera vez en su vida, pues siempre, según asegura, tuvo horror al mosto, que el Profeta vedara a los creyentes, y se le ha de creer por la facilidad con que se le sube a la cabeza.
Esta escena de los dos jóvenes y el viejo bebiendo mano a mano, cantando y bailando, es de una jovialidad y un candor realmente geórgicos y constituye de por sí un bellísimo idilio, que no necesitaría continuación para acrecer su encanto y su mérito literarios.
Pero la continuación que le pone el cuentista es digna del comienzo, pues mantiene la nota de jovialidad y profundo humanismo de esa escena con cargo a personajes todavía más encopetados y graves.
Se trata del propio jalifa que, habiendo visto desde su palacio de la otra orilla del Dichle su mirador del jardín diurnamente iluminado, se maravilla y quiere indagar la razón de ese insólito caso, acaecido en su ausencia. «¡Hasta dónde llega el descuido de ese mal guardián!», refunfuña Harún.
La tempestad, es decir, el alfanje de Mesrur, se cierne sobre la cabeza del viejo Ibrahim, el poco celoso jardinero que introduce extraños en los vergeles del jalifa. Pero Châfar, con su cuenta y razón, ya que él es, en último término, el responsable, toma a su cargo la defensa del jardinero y hace creer al jalifa que aquella juerga del mirador no lo es, sino una fiesta que, con su permiso, da el viejo aquella noche, en celebración de la confirmación islámica de su hijo. Quiere Harún corroborar por sí mismo las palabras de Châfar, y a este fin se encamina allá, en compañía de su inseparable visir. Una vez en los jardines, el jalifa y Châfar, ya que el primero quiere darse cuenta de lo que realmente pasa, se suben a un árbol y a través de una ventana el emir de los creyentes ve al viejo Ibrahim y a los dos jóvenes en alegre y sano regocijo, bailando y cantando y divirtiéndose.
Tiene entonces el jalifa una de esas ocurrencias de hombre de buen humor, bromista y algo histriónico; vuelve sobre sus pasos por el río, y, echando la red, en la ensenada que al pie del mirador forma el Dichle, se encuentra con Kerim, un pescador furtivo que aparece varias veces en estas historias relacionado con Harunu-r-Raschid; le compra su pesca y al mismo tiempo se cambia con él de ropa, para poder entrar disfrazado en el salón de la fiesta y sumarse al piadoso jolgorio.
Como es natural, no tarda en descubrir la mentira de Châfar; pero en vez de indignarse, el jalifa, vencido por el encanto de los jóvenes, especialmente—es de suponer—por el de Anisu-l-Gulais, depone su ceño y como uno de tantos se suma a la juerga, conservando su incógnito, que lo hace feliz.
En el curso de las libaciones el falso pescador mueve al joven Alí a la confidencia, y así se entera de sus desdichas y de la causa que las motiva, y, diciéndose amigo de la infancia del emir de Bazra, da al hijo del buen visir una carta en que le ordena reparar la injusticia que hizo, instigado por el mal visir.
Tiene luego la historia un final venturoso, y Alí-Nuru-d-Din, que en un arrechucho de entusiasmo, de esos que, según los andaluces, provocan las bocanadas del vino, regala al jalifa a su amada Anisu-l-Gulais, y después recóbrala de manos del generoso Harún a quien sería vano tratar de vencer en generosidad.
Interesa aquí hacer resaltar sobre todo esa simpatía y delicada figura del jardinero Ibrahim, ese Anacreonte musulmán, tan sensible a la belleza y a la desgracia, que, siendo abstemio, tiene descuidos de borracho y deja abierta de noche la puerta del jardín y, además, consiente que los pescadores furtivos echen su atarraya en esas aguas prohibidas, y eso que puede irle en ello la cabeza; su modo de conducirse con esos amantes fugitivos es de un humanismo perfecto, propio de un hombre que vive en contacto con la naturaleza humanizada de los vergeles, y su senil candor e inocencia son verdaderamente angelicales y hacen de él un personaje representativo del hombre naturalmente bueno, roussoniano, que de puro ser hombre en este mundo corrompido no parece ya hombre, sino ángel.
Otros dos tipos insignes de esta psicología geórgica figuran también en Las mil y una noches: la del viejo jardinero que acoge, igualmente hospitalario, a Kamaru-s-Semán, el príncipe, cuando va errante en busca de su esposa Budur, sin saber que es un príncipe, lo que pone su conducta a salvo de toda sospecha de venalidad, y, para librarlo de los idólatras que pueblan el país, lo tiene a su lado trabajando en su huerto, donde no es posible lo descubran.
Interviene aquí otra vez el idilio campestre, con su encanto de vida natural y sencilla, de clásico sabor helénico, que luego volverán a exaltar los románticos, con ese jardín semejante a aquel de Alcinóo, el feacio, en que Ulises se detiene también cuando va navegando errante en busca de su amada Penélope, y en esas pláticas entre el viejo discreto y el joven impaciente y nostálgico, que mira al mar como Ulises, y se siente infeliz en aquel paraíso donde no está su amada.
Todo este paso de la Historia del rey Kamaru-s-Semán y del rey Schahramán (Noches 148 a 176), en que la pasión se agita sobre un plácido fondo geórgico, tiene un pathos romántico antes del romanticismo y sabe a Bernardino de Saint-Pierre y a Chateaubriand, y esa emoción romántica se acentúa cuando Kamaru-s-Semán, que ha divisado por fin la blanca vela de un barco sobre el azul horizonte y se dispone a partir, con el tesoro que encontrara, se detiene para tributar los últimos auxilios al moribundo jardinero y, al tornar a la playa, solo acierta a ver la popa del buque, que se aleja.
Esta estampa del viajero perdido en una isla que, subido sobre un peñasco, agita en vano un banderín, llamando a un buque que se aleja, ¡cuántas veces no se habrá descrito y pintado, en gracia de su vigor patético! Desde Ulises a Edmundo Dantés, que también, por cierto, acaba de perder a su bienhechor, el abate Faria, al cual va a deber el hallazgo de otro tesoro, como el que Kamaru-s-Semán encuentra en el huerto de su viejo amigo...
Kamaru-s-Semán vuelve a unirse con su esposa y retorna a su reino, pero, como Dantés, no olvidará nunca a su buen protector...
Otro jardinero benigno y también viejo—la vida natural confiere longevidad—aparece en la Historia del príncipe Seifu-l-Muluk y Bedietu-ch-Chemal (Noches 422 a 437), secundando los anhelos amorosos del joven, al que permite la entrada a aquellos vergeles, reservados a la bella hija del rey de los genios y a su corte de virginales damas.
El jardinero llega a más, pues habilita al príncipe un escondite desde el cual podrá ver, sin ser visto, a la esquiva princesa, que odia a los hombres, y que, si allí lo sorprendiera, les haría pagar con su vida a él su atrevimiento y al jardinero su descuido.
La princesa, sin embargo, descubre la presencia allí del osado joven; pero las consecuencias del lance son enteramente opuestas a las que el jardinero supone; la joven, que jamás vio un hombre de cerca, al ver al apuesto príncipe se enamora de él en el acto, hasta tal punto que lo invita a raptarla y llevarla a su tierra, como aquel lo hace.
Resulta siempre el jardinero haciendo honor a su estirpe geórgica, mostrándose sensible, tierno y servicial, a fuer de hombre que, lejos del ambiente corruptor de las ciudades, no ha llegado a perder precozmente su salud moral ni física y llega a viejo con una frescura juvenil de rosa humana, superviviente a millones de rosas.
Y no solo los jardineros y hortelanos—que viene a ser igual—, sino hasta los que llevan a las ciudades y venden allí los frutos agrestes, los verduleros, como el que con sus sabios consejos salva de la magia de la reina Lab al príncipe Bedr-Básim, aparecen en Las mil y una noches adornados de esas virtudes naturales de bondad, saber intuitivo y candor que tradicionalmente se les atribuyen a los hombres del campo, en trato continuo con la madre tierra, la gran Maestra, que guarda los misterios de la vida, la fecundidad y la muerte.
Fácil es prestar un sentido simbólico a esos Titiros y Batilos de la égloga clásica, pues bajo su frivolidad aparente encierra la anacreóntica toda una filosofía seria y profunda, melancólica y hasta pesimista, contra la cual reacciona el poeta, amparándose en la belleza efímera, pero siempre renovada, de la naturaleza que lo rodea, y sacando de ella una esperanza de inmortalidad; este fondo trascendental, místico de la égloga, es el que descifran Cleopompo y Heliodemo, bajo los plátanos del poema rubeniano, y el que expresan en símbolos rurales hartas parábolas evangélicas.
Todo jardín o huerto que semeja un Paraíso y no lo es sugiere ideas alegres, óptimas y, al mismo tiempo, melancólicas y desencantadas, pues conjuga primaveras y otoños; hay una correlación natural entre el jardín y el cementerio, abonada por la costumbre de enterrar en ellos a los muertos; la tierra es cuna y sepulcro y sugiere por turno ambas ideas, por lo que el jardinero ha de ser por fuerza un hombre meditativo, con algo de filósofo y de anacoreta. No en balde Epicteto razona en un jardín su pesimismo ascético.
Todo jardín guarda simbólicamente un tesoro y un sepulcro, y esa intuición aparece expresada en el cuento del príncipe Kamaru-s-Semán, que en el jardín de aquel buen viejo halla un tesoro enterrado y, al irse, deja allí enterrado a su octogenario amigo.
Ambas ideas de jardín y cementerio aparecen también unidas en el relato evangélico del sepelio y resurrección de Jesús, que tiene lugar en un huerto; cuando Magdalena va a buscar allí al Maestro amado, su tesoro, tropieza con un hortelano que es el mismo rabí resurrecto y al que en su ofuscación no reconoce, y al mirar el sepulcro vacío, solo halla en él rosas.
Todo jardín es un cementerio y todo cementerio es un jardín, sobre todo en Oriente, donde, según nos cuentan los viajeros, son los camposantos verdaderos vergeles, llenos de placidez y de fragancia, en cuyos árboles anidan ruiseñores, enamorados de la luna y la rosa, sin nada en ellos que inspire otra idea que la de una gustosa eternidad, exenta de toda turbación y ruido, como la prometida en el Corán a los buenos creyentes; esos cementerios musulmanes son de una atracción tan risueña que a ellos van a acogerse los enamorados, ansiosos de soledad y de silencio, para arrullarse allí al compás de los ruiseñores y las tórtolas, y los peregrinos extraviados allí se guarecen para pasar la noche y dormir su sueño tranquilo entre aquellos eternos durmientes.
Este carácter epitalámico y hospitalario de los cementerios musulmanes, que a nadie inspiran ese miedo que a los occidentales, aparece consagrado en Las mil y una noches en multitud de historias; a un cementerio va a refugiarse el joven Bedru-d-Din, el hijo del visir Nuru-d-Din, de Egipto, cuando, habiendo caído en desgracia con el sultán de Bazra, se encuentra solo y sin recursos en aquella ciudad, y allí lo hallan, dulcemente dormido, al fulgor de la luna, que le dora el semblante, aquella pareja de genios voladores que lo trasladan, dormido como está, al alcázar del sultán de El Cairo, para unirlo en desposorios con su prima Sittu-l-Hosn, sustituyendo al jorobado con quien quieren casarla, de suerte que el cementerio es el punto de arranque de aquellos amores que luego han de durar hasta la muerte.
El misterio vital del campo santo se declara también en la Historia del mercader Ayub y de su hijo Gánim y de su hija Fitna y las tres que le siguen (Noches 52 a 60), y donde el joven, habiéndose demorado en un rito fúnebre, se desorienta entre las sombras del crepúsculo y no acierta a salir del campo santo, lo que da lugar a que presencie el furtivo sepelio de la bella Kutu-l-Kulub, que unos esclavos llevan a enterrar, viva, aunque parece muerta, por obra del alhaschische, y logre volverla a la vida, en una suerte de resurrección milagrosa, operada por el amor, de suerte que la cantora predilecta de Harunu-r-Raschid, tan querida de este como para dar celos a su esposa Sobeida, renace a la vida y al amor verdadero de Gánim ben Ayub, en donde parecería más impropio: en un sepulcro.
Tiene razón Roso de Luna para sospechar un sentido simbólico en este episodio del renacimiento de Kutu-l-Kulub por obra y gracia del amor de Gánim ben Ayub y relacionado con las análogas leyendas de Orfeo en el ciclo helénico y Sigfrido en el nórdico; que sea en un sepulcro donde Gánim ben Ayub encuentre a la que ha de ser el amor de su vida, tiene una intención inverosímil de símbolo o, por lo menos, la sugiere, pues con ello parece querer darnos a entender el rapsoda que, para renacer, es preciso morir, y que la bella cantora del sultán, que hasta entonces fue su esclava, debe morir, aunque sea simbólicamente, para transfigurarse y ascender al grado de señora absoluta de un corazón de hombre.
A partir de su resurrección empezara a contarse la nueva vida de Kutu-l-Kulub regenerada y quedará abolido todo su pasado, y será como si su amor y el de Gánim hubiese empezado en la cuna.
Pero dando de lado a esas interpretaciones, por lo demás fáciles, hagamos notar, sobre todo, que el cementerio musulmán, el mekaber, no ha dado lugar en Oriente a esa clase de literatura que los occidentales, sin embargo, llamamos «macabra», con un nombre derivado del árabe; el cementerio musulmán, el mekaber, no sirve de escenario a danzas macabras, ni inspira ese terror que el nuestro, expresado en tantos cuentos de miedo, leyendas y baladas; Don Juan no se acreditaría de valiente yendo allí de noche, a la luz de la luna, a conversar con los difuntos, y Zorrilla no habría podido intercalar esa escena de efecto en su drama si hubiera escrito para un público oriental.
Los cementerios no infunden miedo a nadie en Oriente, sino todo lo contrario; pero tampoco la muerte, en general, inspira allí ese respeto que entre nosotros; pese a ser la suya una teología de fondo idéntico a la nuestra, la muerte, al menos en sus manifestaciones sensibles, no reviste nada de tétrico, quizá por la costumbre de no prolongar los velatorios de cuerpo presente, con lo que se escamotea el horror del cadáver, y este pasa en seguida al seno de la tierra, que se da prisa a cubrirlo de rosas.
En Las mil y una noches no hay sepultureros que puedan hacer filosofía a lo Hamlet ni funerarias que multipliquen los chirimbolos mortuorios.