EL PARAISO TERRENAL EN «LAS MIL Y UNA NOCHES»
No aparece este descrito como tal; pero fácil es advertir que de él se trata en esas descripciones de lugares venturosos y bellos en que nada falta de cuanto pueda apetecer el hombre, verdaderos países de Jauja, situados en la cumbre de montañas altísimas a que el Ave Roj conduce al tercer zâluk, y donde este es recibido por lindas jóvenes, semejantes a las huríes del Paraíso mahometano, perfectas de cuerpo y alma y exentas de celos y envidias entre sí.
El kafaristán, ese lugar inaccesible y último para llegar al cual se necesitan ayudas sobrehumanas, es una suerte de paraíso perdido u olvidado, de país de Jauja o de Batuecas, donde la Edad de Oro tiene su postrer reducto.
El mortal que logra llegar hasta aquellas alturas imponentes, remontado por un hipogrifo o por otro medio fuera de lo corriente, encuéntrase en un alcázar de magnificencia inaudita, con jardines y fuentes y terrazas desde donde se divisan perspectivas de singular belleza y en el que es acogido por vírgenes de una hermosura sin igual, solo comparable a la de las huríes, y como ellas amables y cariñosas.
El afortunado viajero es allí objeto de una hospitalidad perfecta, es obsequiado con manjares y bebidas exquisitos y puede gozar alternativamente de los favores de sus lindas amigas, las cuales, entre otras virtudes, tienen la de no ser coquetas ni celosas. Son hermanas, buenas hermanas, que viven en aquella clausura, bajo la guarda de un scheij, su tío, no menos amable y hospitalario que ellas.
Todo le está permitido al huésped de aquellas huríes encantadoras, que puede recorrer a su antojo todos los aposentos y dependencias de aquel paraíso; todo, menos abrir cierta puerta tras la que se esconde lo fatal.
Es el tabú de todos los paraísos, el veto que despierta la tentación y como en todas las leyendas paradisíacas el joven abre la puerta y en el acto acaba su felicidad. El propio hipogrifo que lo trajo se lo lleva y vuelve a dejarlo en el mismo sitio que estaba, aturdido y desconcertado, como si todo hubiera sido un sueño.
Y en vano intentará repetir la aventura, porque el prodigio solo se realiza una vez, y, a sus inútiles lamentos, la voz del cuervo de Poe contesta: «Nunca más.»
Dos versiones de este episodio figuran en Las mil y una noches: la primera en la ya citada Historia del alhamel y las mocitas (Noches 9 y subsiguientes), y la otra, en la de La Casa del Mirador (Noches 359 a 363); los principales elementos son en ambas los mismos e idéntico el fatal desenlace.
Ambos jóvenes infringen el tabú y se ven desterrados para siempre de aquel edén maravilloso, al que milagrosamente fueron arrebatados y al que nunca podrán volver, pues les faltan los medios y hasta ignoran el camino que a él conduce. Una amnesia completa los envuelve tocante al cómo se operó el prodigio; una amnesia semejante a la que sigue inmediatamente a los sueños y en la que, para su mal, solo perdura el recuerdo de la felicidad gozada y perdida.
Fácil es ver el complejo simbólico que en esa región maravillosa se vincula y que se relaciona por igual con la experiencia del individuo y de la especie: ontogenia y filogenia. La Edad de Oro y la edad juvenil, las dos cosas que la Humanidad y el hombre pierden sin remedio y a las que siempre trata inútilmente de volver, porque están ligadas al misterio del tiempo, que no retrocede en su curso y sale de la leyenda para entrar en la Historia. La humanidad y el hombre es fuerza que pasen también de la infancia a la edad adulta y que pierdan dicha a cambio de saber. Pero esa transición es penosa y la nostalgia de la feliz inocencia primitiva perdurará siempre en ellos y pondrá retornelos regresivos a todos sus poemas.
Históricamente puede explicarse ese mito miliunanochesco por la tradición conservada por el pueblo iranio de que sus dioses se refugiaron en el monte Kaf cuando los invasores turanios ocuparon el país, y allí siguen viviendo en unión de algunas criaturas elegidas que gozan con ellos del privilegio de la eterna vida y la eterna juventud, su complemento.
Y también se atraviesa aquí una inferencia de esa leyenda del Viejo de la Montaña, de que ya hemos hablado, y que data de la época de las Cruzadas. El monte Kaf es para los escribas miliunanochescos el límite de la tierra y de la historia conocidas por esa parte del mapa, y a él van a parar todos sus sueños regresivos y todos sus confusos recuerdos prehistóricos. Allí sitúan también las matriarcales islas de Uaku-l-Uak, de que luego hablaremos, y todo ese caudal de información cosmogónica que tomaron de los persas y que el rey de los alifrites, Sajr, le expone en compendio a Balukiya.