LA PRINCESA ABRISA

La princesa Abrisa, la hija del rey de Rum, que aparece en la Historia del rey Omaru-n-Nômán y de sus hijos (Noches 60 a 102), es una figura de poema caballeresco, una precursora de la Clorinda de Tasso, y representa un elemento occidental, cristiano, en este mundo islámico de Las mil y una noches.

Por su abolengo épico, la princesa Abrisa se relaciona con la leyenda, antiquísima por cierto, y común a griegos y semitas, de las amazonas; Abrisa es una amazona, pero no al pie de la letra, como lo eran aquellas de la monarquía femenil, capitaneadas por la reina Pentesilea, contra las que luchó Teseo y que Aristófanes satirizó en su Lisístrata.

La bizantina princesa Abrisa no es una guerrera de aquellas luchas, sino más bien de las Cruzadas, como Clorinda o Armida; una amazona de salón, por decirlo así, con mucho de literario, y en la que el dolor es lo único real y empieza para ella, como en la vida, por el amor.

Abrisa tiene, por lo demás, el presentimiento del peligro amoroso, y por eso se defiende y arma contra él y recuerda a la princesa Dunya en lo de vivir retraída, entre sus compañeras de sexo, en una suerte de cenobio, en el que hace de abadesa la famosa vieja Dalila Zatu-d-Dauahi, la cual, dicho sea de pasada, lo convierte en una especie de monasterio anándrico.

Abrisa es la única de aquellas jóvenes que ha resistido a las tentativas de seducción de la vieja lesbiana y, por tanto, la única y verdadera azucena de aquel plantel mancillado de vírgenes a que el hombre no tiene acceso posible, pues lo defienden esas aguerridas amazonas, capaces de luchar con un guerrero y vencerlo y, además, está bien guardado por esa vieja terrible de Zatu-d-Dauahi, sierpe, dragón de ese paraíso entre cuyos lirios revuelca sus escamas.

La vieja Zatu-d-Dauahi vale por un ejército y su fama diabólica bastaría a apartar de allí a los propios diablos.

Scharkán, el príncipe del rey Omaru-n-Nômán, acierta casualmente a descubrir ese plantel de azucenas, armadas de abrojos, cuando habiéndose internado en tierras de Rum para hacerle la guerra a su rey, se adelanta a sus tropas y se extravía entre las sombras del crepúsculo; sorprendido, presencia las inocentes luchas de las bellas amazonas y, fascinado por el garbo y destreza de la vencedora Abrisa, no puede reprimir un grito de entusiasmo, que lo descubre.

Advertida la presencia del intruso, la princesa desafia a Scharkán y ambos pelean en singular combate, en el que Abrisa vence al terrible guerrero, más por la fuerza del amor que por la de las armas, y lo hace su cautivo y lo introduce, bajo su salvaguardia, en el recinto del cenobio inviolado.

Scharkán es el prisionero, pero al par el huésped de la princesa Abrisa, que, por este último concepto, viene obligada a ampararlo, y tan en serio toma ese grato deber que le imponen de consuno la caballería y su corazón (pues no hay que decir que está enamorada de su cautivo y es tan cautiva como él), que se niega a entregar al prisionero a los patricios que se lo reclaman y al final hace causa común con él y en su compañía abandona a su padre y su patria, y se pasa a las banderas de los enemigos de su reino y su fe.

Abrisa lo ha dejado todo por seguir a Scharkán; pero este primogénito de un rey piensa honradamente compensarla de lo que ha perdido casándose con ella y sentándola en un trono que será real cuando muera su padre.

Pero no ha contado Scharkán con el carácter de ese monarca despótico, cuyo flaco precisamente es la afición a las vírgenes bellas; de ese cerdo semita que gusta de apacentarse entre azucenas, y el rey Omaru-n-Nômán, no bien ha visto a Abrisa, concibe tal pasión por su futura nuera que no vacila en narcotizarla para lograr su gusto, que de otra suerte se estrellaría contra su denodada virtud, y solo la puede poseer como a una muerta.

Y he aquí frustrado ya, por obra de ese viejo lascivo, el destino amoroso de la joven princesa; ya no podrá ser la esposa de Scharkán, el cual, al saberlo, siente tal desprecio y desesperación, que abandona la corte de su indelicado padre, contra el cual no hay que pensar en tomar venganza, y marcha a desfogar su cólera en la guerra santa contra los infieles.

Entretanto Abrisa, que, al despertar de su sueño narcótico, se encuentra deshonrada por sorpresa, como la esclava más vulgar, siente, con su altivez de princesa, toda la magnitud de agravio que el regio sátiro le ha inferido y que, además, ha de tener consecuencia en su propia entraña, y resuelta a vengarse, finge conformidad ante el rey; pero, puesta de acuerdo secretamente con su doncella Marchana, trama su fuga de la corte para reintegrarse a su patria y negar, por lo menos, al lascivo forzador la alegría de un hijo más.

Huyen, pues, Abrisa y su doncella bajo la custodia de un esclavo negro llamado Gazbán, que, mediante una fuerte suma, se compromete a defenderlas así de los espías del monarca que pudieran salir en su persecución como de los salteadores de caminos que encontrasen al paso; pero, por desdicha, el propio guardián es el peor de los bandidos, y así tienen ocasión de comprobarlo las pobres fugitivas.

Ya en pleno campo, lejos de toda vivienda y de toda presencia humana que pudiera socorrerlas, siéntese la princesa acometida de los dolores fecundos de las madres; acude Marchana a prestarle los auxilios del caso y descubre forzosamente la honesta intimidad de su señora, y entonces, ante la lumbrana de mórbida blancura que hiere sus ojos, una lúbrica urgencia acomete al negro Gazbán, que pierde todo tino y, con una ferocidad inverosímil, exige de la princesa satisfacción inmediata, amenazándola, en caso contrario, con la muerte.

Es una de esas situaciones patéticas que los árabes gustan de representar, aun a riesgo de inverosimilitud; increpa, amenaza, implora la princesa al negrazo, trata de conmoverlo, pulsando todos los resortes de la humana sensibilidad; pero el negro insiste, reclama, apremia y, finalmente, visto que la víctima se le resiste, acaba por matarla y despojarla, huyendo después.

Queda sola Marchana con su muerta señora, arrodillada ante ella, en medio de los campos, y la fiel esclava partea a su ama y extrae de sus entrañas muertas la perla viva que guardaban.

Emocionante estampa esta de Marchana arrodillada ante su ama muerta, en medio del desierto calcinado, que supera en ternura y crudeza a aquella otra anterior en que la misma Marchana, arrodillada junto a su narcotizada señora, que acaba de padecer la afrenta irreparable, infligida por el rey Omar, restaña devotamente, cual si enjugase un cáliz sagrado, la sangre que mana de su entraña abierta.

Esta vez la princesa Abrisa no está en su camarín, sobre un lecho, sino a la intemperie, tendida en la arena morena, blanco lirio tronchado para siempre por la brutalidad sádica de los hombres.

Desgarrador epílogo de una historia de amor que empieza tan alegremente en un florido huerto; Abrisa, fuente sellada, ¿quién habría de pensar que hubieras de abrirte dos veces solo para tu mal y de perderse al fin, en desierto árido, tu caudal de aguas vivas?

Estudio literario - Crítico de Las 1001 noches
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