EL CUENTO DE ANGUSTIA

Otra variedad literaria, cuyos autores o, por lo menos, cultivadores sistemáticos son los árabes y de que hay abundante muestra en el libro, es la que pudiéramos llamar «cuento de angustia» (como decimos cuento de miedo) que empieza bien y termina igualmente bien, pero cuando parece que va a acabar mal; en el núcleo de esas historias hay un grave peligro, a veces mortal, del que el protagonista se salva, mediante una intervención inesperada y a veces maravillosa, acabando en sainete lo que amenazaba ser una tragedia. El cuento de angustia, que en nuestros tiempos ha constituido todo un género literario, es, entre los árabes, de raíz mística y de tendencia edificante, y tiende a inspirar al creyente confianza en la ayuda de Alá, que viene cuando menos se espera. Responde al adagio de «Dios aprieta, pero no ahoga». A veces el apretón de la necesidad, sin embargo, es tan fuerte, que la ayuda llega tarde y el individuo se salva como el zorro del cuento: dejando en el cepo una mano o las orejas. Véase toda esa serie de las manos cortadas.

Entre estas historias de angustia, las hay muy patéticas e impresionantes, por razones puramente literarias. La intención edificante de ellas aparece clara en el título del ya mencionado libro del scheij Abu-Ali-l-Kázi-At-Tenuji. Al-Farchu bâdi-sch-schiddet (El gozo tras la aflicción), que, en el siglo X de la hechra, tradujo al persa Husein-benllu-s-Sâd al Dehistani. En ese libro cada historia va seguida de una Al-Faida o moraleja, que expone claramente su sentido. Ese libro y también el Il-lamu-n-Nas o El sabedor de las gentes, del scheij Abdu-r-Rahman Al-Atlidi, pueden haber sido las fuentes de más de una anécdota de esa índole de las que en Las mil y una noches figuran, si no es que unas y otras bebieron en las mismas fuentes.

Merecen también mencionarse, como productos literarios típicamente árabes, las ruyas (de raua, abrevar) o narraciones de fuente tradicional, recontamientos, como las llaman nuestros moriscos en sus textos aljamiados, es decir, repeticiones de otros rapsodas, con cuyos nombres se refrendan y autorizan, aunque naturalmente no haya que concederles mucha fe. En las ruyas caben todas las formas y todos los temas, siempre que sean de carácter raro, singular y más o menos fabuloso; representan las ruyas una labor de acarreo, constituyen el repertorio de los juglares o rauis, que, en su necesidad de tener siempre a punto historias de esa clase, echan mano de cuantos elementos encuentran en la tradición escrita u oral, y así, en esos recontamientos, reproducen pasos edificantes de toda la literatura pietista evangélica, búdica o cristiana, que encuentran abundantemente a su disposición.

Cuando la ruya se desentiende de su fin didáctico y solo aspira a entretener pasa a ser la nadira, curiosidad, rareza, chascarrillo, etcétera, y toma sus elementos principalmente del folklore. Véase ese cuento de los despropósitos en la Historia de Harunu-r-Raschid y Alí, el persa, o cuento del persa y el curdo (Noches 208 y 209).

Estudio literario - Crítico de Las 1001 noches
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