10. Los héroes cabalgan
—El fuerte está bien incendiado —dijo Oladahn volviéndose en la silla para contemplar por última vez la guarnición.
Allí había existido hasta entonces una fuerza de infantería de la orden de la Rata, de la que ahora no quedaba nadie, excepto el comandante, que tardaría su tiempo en morir, ya que los ciudadanos lo habían crucificado en el mismo armazón donde él había ordenado crucificar a tantos hombres, mujeres y niños.
Seis cascos espejo miraron hacia el horizonte. Hawkmoon, Yisselda, el conde Brass, D'Averc, Oladahn y Bowgentle cabalgaban juntos, alejándose de la ciudad a la cabeza de quinientos jinetes camarguianos armados con lanzas de fuego.
El primer encuentro que habían tenido desde que abandonaron Camarga había sido un éxito completo. Contando a su favor con el factor sorpresa, exterminaron a la guarnición en menos de media hora.
Sintiéndose muy poco aliviados por el éxito, pero sin sensación de agotamiento, Hawkmoon condujo a sus camaradas hacia la ciudad más próxima, donde habían oído decir que encontrarían a más granbretanianos a los que matar.
Pero durante la marcha detuvo su caballo al ver que un jinete galopaba hacia ellos. Se trataba de Orland Fank, con su hacha de combate balanceándose a su espalda. —¡Saludos, amigos! Tengo noticias nuevas para vosotros. Noticias que explican muchas cosas… Las bestias se han lanzado las unas contra las otras. Hay guerra civil en Granbretan. El principal campo de batalla se encuentra en la misma Londra, con el barón Meliadus levantado en armas contra el rey Huon. Hasta el momento han muerto miles de hombres.
—Ésa es la razón por la que quedan tan pocos por aquí —dijo Hawkmoon quitándose el casco espejo y limpiándose la frente con un pañuelo. Durante los últimos meses había llevado la armadura en tan raras ocasiones que ahora ya no estaba acostumbrado a la incomodidad que representaba—. Todos ellos han sido llamados para defender al rey Huon.
—O para luchar con Meliadus. Eso redunda en ventaja nuestra, ¿no creéis?
—Así es —intervino el conde Brass con un tono de voz ronco, algo más excitado de lo habitual—, porque eso significa que se están matando entre ellos, lo cual aumenta nuestras posibilidades. Mientras ellos se destrozan entre sí, podemos llegar con rapidez al puente de Plata, cruzarlo y encontrarnos en las mismas costas de Granbretan. La suerte está de nuestra parte, maese Fank.
—La suerte… o el destino —dijo Fank con naturalidad—. Llamadlo como queráis.
—En ese caso, ¿no sería mejor cabalgar rápidamente hasta el mar? —preguntó Yisseída.
—En efecto —asintió Hawkmoon—. Rápidamente… para aprovecharnos de la confusión.
—Una idea muy lógica y sensible —añadió Fank —. Y como yo también soy un hombre sensible, creo que cabalgaré a vuestro lado.
—Sois muy bienvenido, maese Fank.