13. El enojo del rey Huon

El barón Meliadus se sentía embargado por muchas emociones cuando entró en el salón del trono de su rey–emperador, se arrodilló y después de incorporarse inició el largo recorrido hacia el globo del trono.

El fluido blanco del globo parecía más agitado de lo normal, lo cual alarmó al barón. Se sentía muy furioso ante la desaparición de los emisarios, nervioso ante la cólera del monarca, ansioso por continuar su búsqueda del anciano que podía proporcionarle los medios de llegar al castillo de Brass. También temía que el rey le quitara todo su poder y su orgullo (sabía muy bien que el rey lo había hecho antes), y que le desterrara a los barrios de los que no llevaban máscara. Sus nerviosos dedos frotaron el casco de lobo y el paso adquirió un carácter indeciso a medida que se acercaba al globo del trono. Elevó ansiosamente la mirada hacia la figura con forma fetal de su monarca.

—Gran rey–emperador. Soy vuestro servidor, Meliadus.

Se arrodilló e inclinó la cabeza hasta tocar el suelo. —¿Servidor? ¡No nos habéis servido muy bien, Meliadus!

—Lo siento, noble majestad, pero… —¿Pero?

—No podía tener el menor conocimiento de que planeaban marcharse anoche, regresando con los mismos medios con los que habían venido…

—Tendríais que haberos ocupado de captar cuáles eran sus planes, Meliadus. —¿Captar? ¿Captar sus planes, poderoso monarca…?

—Estáis perdiendo el instinto, Meliadus. En otros tiempos solía ser exacto… Actuabais de acuerdo con sus dictados. Ahora, en cambio, vuestros locos planes de venganza os llenan el cerebro y os ciegan ante todo lo demás. Meliadus, esos emisarios mataron a seis de mis mejores guardias. No sé cómo lo hicieron… Quizá fuera alguna clase de hechizo mental, pero, desde luego, los mataron, y también lograron abandonar el palacio y regresar a la máquina que les trajo hasta aquí. Han descubierto muchas cosas sobre nosotros… Y nosotros. Meliadus, no hemos descubierto prácticamente nada sobre ellos.

—Sabemos algo sobre su equipo militar… —¿De veras? Los hombres pueden mentir, lo sabéis muy bien, Meliadus. Estamos muy enojados con vos. Os hemos confiado una misión y sólo la habéis llevado a cabo parcialmente y sin prestarle la debida atención. Habéis pasado un tiempo en el palacio de Taragorm, abandonando a los emisarios, cuando tendríais que haber estado distrayéndolos. Sois un estúpido, Meliadus. ¡Un estúpido!

—Señor, yo…

—Se trata de esa estúpida obsesión vuestra por el puñado de marginados que viven en el castillo de Brass. ¿Es acaso a la muchacha a la que deseáis? ¿Es ésa la razón por la que tratáis de encontrarlos con tal obcecación?

—Me temo que amenazan al imperio, noble señor…

—Los de Asiacomunista también amenazan nuestro imperio, barón Meliadus… y con espadas reales y ejércitos y barcos reales capaces de viajar por la tierra. Barón, debéis olvidaros de vuestra venganza contra el castillo de Brass o, en caso contrario, os lo advierto, incurriréis en nuestro más profundo enojo.

—Pero, señor…

—Ya estáis advertido, barón Meliadus. Quitaos de la cabeza el castillo de Brass. En lugar de eso, intentad averiguar todo lo que podáis sobre los emisarios, descubrid dónde se encontraron con la máquina que los ha transportado, cómo se las han arreglado para abandonar la ciudad. Redimiros ante nuestros ojos, barón Meliadus… Recuperad vuestro antiguo prestigio…

—Sí, señor —asintió Meliadus a través de los dientes apretados, controlando la cólera y el disgusto que sentía.

—La audiencia ha terminado, Meliadus.

—Gracias, señor —dijo Meliadus con la sangre agolpándose en su cabeza.

Retrocedió del globo del trono sin darle la espalda.

Después, giró sobre sí mismo y empezó a recorrer el largo salón.

Llegó ante las puertas enjoyadas, pasó ante los guardias y recorrió los relucientes pasillos. A medida que avanzaba, su paso se fue haciendo más y más vivo y sus movimientos más rígidos. Llevaba una mano apoyada en la empuñadura de la espada y los nudillos se le fueron poniendo blancos de tan fuerte como la apretaba.

Disminuyó el paso al llegar a la gran sala de recepción del palacio, donde los nobles esperaban a tener una audiencia con el rey–emperador. Descendió los escalones que conducían a las puertas que se abrían a los mundos exteriores, hizo señas para que sus esclavas se acercaran con la litera, montó en ella y se dejó caer pesadamente entre los cojines, ordenando que le llevaran a su palacio negro y plateado.

Ahora odiaba a su rey–emperador. Maldecía a la criatura que le había humillado e insultado tanto. El rey Huon era un estúpido al no darse cuenta del peligro potencial que significaba la pervivencia del castillo de Brass. Y un estúpido como él no merecía reinar, no era adecuado para mandar esclavos, y mucho menos al barón Meliadus, el gran jefe de la orden del Lobo.

Meliadus no escucharía las estúpidas órdenes del rey Huon, haría lo que más conveniente le parecía, y si el rey–emperador objetaba algo, le desafiaría.

Algo más tarde, Meliadus abandonó su palacio a caballo. Cabalgaba al mando de veinte hombres. Se trataba de veinte hombres que había elegido personalmente y de los que sabía que le seguirían a cualquier parte… incluso a Yel.

El Bastón Rúnico
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