10. El espíritu del Bastón Rúnico

Shenegar Trott, conde de Sussex, volvió a reír con socarronería y sacudió la cabeza.

—Bien, ahora sois cuatro, pero eso no altera la situación lo más mínimo. Dispongo a mis espaldas de mil hombres. Tengo al muchacho en mi poder. Os ruego que os apartéis, caballeros, para que pueda apoderarme del Bastón Rúnico.

El rostro anguloso de Orland Fank se dividió en una amplia sonrisa, mientras que el Guerrero de Negro y Oro se limitó a mover un poco uno de sus pies, cubierto por la armadura. Hawkmoon y D'Averc les miraron interrogativamente.

—Me temo que hay un punto débil en vuestra argumentación, amigo mío —dijo Orland Fank.

—Oh, no, sir…, no hay ninguno —replicó Shenegar Trott al tiempo que iniciaba el movimiento de avanzar.

—He dicho que sí lo hay. —¿De qué se trata? —preguntó Trott, deteniéndose.

—Estáis suponiendo que sois capaz de sujetar al muchacho, ¿no es así?

—Podría matarlo antes de que os apoderarais de él.

—Es posible…, pero estáis suponiendo que el muchacho no tiene medio alguno de deslizarse entre sus vestiduras y escapar así de vos, ¿no es así? —¡No se puede liberar! —exclamó Shenegar Trott que sostuvo al muchacho con más fuerza por la tela de sus vestiduras, sin dejar de lanzar risotadas—. ¡Miradlo!

Y entonces, el granbretaniano lanzó un grito de asombro cuando el muchacho pareció flotar, desprendiéndose de sus garras, extendiéndose por el salón con la forma de una larga línea de luz, con los rasgos aún visibles, aunque extrañamente prolongados. La música se esparció por todo el salón y el aroma también aumentó de intensidad.

Shenegar Trott hizo inefectivos movimientos para sujetar la tenue sustancia del muchacho, pero era imposible agarrarle, como lo era sujetar a las sombras brillantes que ahora latían en el aire por encima de ellos. —¡Por el globo de Huon…, si no es humano! —gritó Shenegar Trott con una frustrada cólera—. ¡No es humano!

—Jamás afirmó serlo —comentó Orland Fank con suavidad, dirigiéndole un guiño burlón a Hawkmoon—. ¿Estáis ahora preparado, vos y vuestro amigo para librar un buen combate?

—Lo estamos —contestó Hawkmoon, también con una sonrisa—. ¡Claro que lo estamos!

El muchacho, o lo que fuera, se extendía por encima de su cabeza para tocar el Bastón Rúnico. Las configuraciones de luz cambiaron con rapidez y el salón se vio lleno de muchas más, de modo que los rostros de todos se vieron cruzados por rayos de luz cambiante.

Orland Fank lo observó todo con una gran atención, y pareció como si el rostro del hombre se oscureciera con una expresión de tristeza cuando la línea luminosa en que se había convertido el muchacho fue absorbida por el Bastón Rúnico.

Poco después no quedó en el salón la menor señal del muchacho, y el Bastón Rúnico brillaba ahora más que antes, con un intenso color negro que parecía haberle dotado de conciencia. —¿Quién era ese muchacho, Orland Fank? —preguntó Hawkmoon asombrado—. ¿Quién? —replicó Fank parpadeando—. Pues el espíritu del Bastón Rúnico. Raras veces se materializa adquiriendo forma humana. Habéis sido especialmente honrados por ello.

Shenegar Trott estaba gritando, lleno de furia, pero se calló cuando una voz más profunda sonó desde el casco que llevaba el Guerrero de Negro y Oro.

—Ahora tenéis que prepararos para morir, conde de Sussex.

—Seguís estando equivocado —replicó Trott riendo de un modo de–mencial—. Sólo sois cuatro… contra mil. Moriréis todos, y yo me apoderaré del Bastón Rúnico.

—Duque de Colonia —dijo el Guerrero volviéndose hacia Hawkmoon—, ¿no os importaría llamar para que vengan a ayudarnos?

—Con gran placer —contestó Hawkmoon sonriendo. Levantó la espada rosada en el aire y gritó—: ¡A mí la legión del Amanecer!

Y entonces, una luz rosada llenó el salón, flotando en el aire por encima de los dibujos de colores. Y allí aparecieron cien feroces guerreros, cada uno de ellos rodeado por su propia aura escarlata.

Tenían un aspecto bárbaro, como si procedieran de una época anterior, mucho más primitiva. Llevaban grandes mazas provistas de picos, decoradas con grabados ornamentales, lanzas con penachos de cabellera. Llevaban los bronceados cuerpos y rostros pintados y vestían taparrabos de brillantes telas. En los brazos y en las piernas llevaban atadas planchas de madera, a modo de protección. Sus grandes y feroces ojos negros mostraban una remota melancolía y hablaban un lenguaje extraño y gimiente.

Eran los guerreros del Amanecer.

Hasta los miembros más endurecidos de la legión del Halcón gritaron de horror cuando los guerreros aparecieron de modo tan súbito, sin que se supiera de dónde procedían.

Shenegar Trott retrocedió un paso.

—Os aconsejo que depongáis las armas y os constituyáis en prisioneros nuestros —dijo Hawkmoon con una mueca burlona.

—Jamás —contestó Trott sacudiendo la cabeza—. ¡Os seguimos superando en número!

—En tal caso, debemos iniciar nuestra batalla —dijo Hawkmoon, y empezó a bajar los escalones, enfrentándose a sus enemigos.

Shenegar Trott desenvainó su gran espada y adoptó una posición de combate.

Hawkmoon le lanzó una estocada con la Espada del Amanecer, pero Trott se hizo a un lado y devolvió el golpe fallando por poco, describiendo una línea ante su estómago.

Hawkmoon se hallaba en desventaja, pues Trott estaba completamente cubierto por la armadura, mientras que él sólo llevaba vestiduras de seda.

El extraño lenguaje de los guerreros del Amanecer se convirtió en un gran aullido al tiempo que descendían los escalones en pos de Hawkmoon y empezaban a blandir las mazas y las lanzas contra sus enemigos. Los feroces guerreros halcones se enfrentaron a ellos con valentía, dando tantas estocadas como recibían, pero se sintieron muy desmoralizados cuando se dieron cuenta de que, en cuanto caía un guerrero del Amanecer, su lugar era ocupado inmediatamente por otro que no se sabía de dónde surgía.

D'Averc, Orland Fank y el Guerrero de Negro y Oro descendieron los escalones con mayor lentitud, blandiendo sus espadas al unísono y haciendo retroceder a los guerreros halcones con sus tres péndulos de acero.

Shenegar Trott volvió a lanzar una estocada contra Hawkmoon, desgarrándole la manga de la camisa. El duque de Colonia extendió entonces la espada del Amanecer, que alcanzó a Trott en la máscara, abollándola tanto que los rasgos adquirieron un aspecto aún más grotesco.

Pero en el momento en que Hawkmoon se echó hacia atrás para recuperar la posición de combate, sintió un golpe repentino en la espalda, se giró a medias y vio a un guerrero halcón que le había golpeado con la parte plana de un hacha. Trató de recuperar el equilibrio, pero no lo consiguió y empezó a caer hacia el suelo. Al tiempo que perdía la conciencia, aún distinguió nebulosamente al Guerrero de Negro y Oro. Trató desesperadamente de recuperarse porque, al parecer, los guerreros del Amanecer no podían existir a menos que él estuviera en plena posesión de sus sentidos.

Pero ya era demasiado tarde. Al caer sobre los escalones escuchó la risa burlona de Shenegar Trott.

El Bastón Rúnico
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