3. Carnicería en el Imperio Oscuro

Cuando llegaron a las fronteras de Camarga, Hawkmoon y Oladahn estaban cubiertos de la cabeza a los pies por una ceniza que se les metía por las narices y les llegaba a las gargantas. Sus caballos también estaban cubiertos de ceniza, y tenían los ojos tan enrojecidos como los de sus jinetes.

Después, el mar de ceniza dio paso a terrenos cubiertos de un pasto escaso y amarillento. Seguían sin encontrar la menor señal de que el territorio hubiera estado ocupado por las legiones del Imperio Oscuro.

Mientras Hawkmoon detenía su caballo y se disponía a consultar un mapa, unos ligeros y acuosos rayos de sol atravesaron las capas de nubes. Después, señaló hacia el este.

—El pueblo de Verlin está allá. Cabalguemos hasta allí con precaución y veamos si las tropas granbretanianas lo ocupan todavía.

El pueblo apareció poco después ante la vista y cuando Hawkmoon lo vio inició un rápido galope hacia él. —¿Qué ocurre, duque Dorian? —gritó Oladahn tras él—. ¿Qué ha sucedido?

Hawkmoon no contestó pues, a medida que se acercaban, pudieron ver que la mitad de los edificios del pueblo estaban destruidos, y que las calles aparecían llenas de cadáveres. Y, sin embargo, seguía sin verse la menor señal de que las tropas del Imperio Oscuro hubieran estado por allí.

Muchos de los edificios se veían ennegrecidos por el fuego de las lanzas, y algunos de los cadáveres mostraban signos de haber sido quemados con lanzas de fuego. De vez en cuando se veía el cuerpo de un granbretaniano, una figura cubierta por la armadura, con la máscara mirando al cielo, brillando bajo la luz.

—Por su aspecto diría que todos los que estaban por aquí eran lobos —murmuró Hawkmoon—. Hombres de Meliadus. Da la impresión de que cayeron sobre los aldeanos y éstos respondieron a su ataque. Mirad…, ese lobo ha sido atravesado por una guadaña… Ese otro murió a golpes de la pala que todavía lleva hincada en el cuello…

—Quizá los aldeanos se rebelaron contra ellos —sugirió Oladahn —, y los lobos tomaron represalias.

—En ese caso, ¿por qué han abandonado el pueblo? —indicó Hawkmoon—. Estaban aquí de guarnición.

Hicieron avanzar a sus caballos sobre los cuerpos de los caídos. El olor a muerte todavía llenaba pesadamente el aire. Estaba claro que aquella carnicería se había producido hacía poco. Hawkmoon señaló pertrechos destruidos e incluso los cadáveres de ganado, caballos y hasta perros.

—No han dejado nada con vida. Nada que pueda ser utilizado para alimentarse. Es como si se hubieran retirado ante un enemigo mucho más poderoso. —¿Quién puede ser más poderoso que el Imperio Oscuro? —preguntó Oladahn con un estremecimiento—. ¿Acaso tenemos que enfrentarnos con un nuevo enemigo, amigo Hawkmoon?

—Espero que no. Pero todo esto es muy misterioso.

—Y nauseabundo —añadió Oladahn.

No sólo había hombres muertos en las calles, sino también niños y muchas mujeres, jóvenes o viejas, con señales de haber sido violadas antes de ser asesinadas, la mayoría de ellas con un profundo corte en el cuello, pues a los soldados granbretanianos les gustaba matar a sus víctimas al mismo tiempo que las violaban.

—Dondequiera que miremos no vemos más que señales dejadas por el Imperio Oscuro —dijo Hawkmoon con un suspiro.

De pronto, levantó la cabeza y la inclinó, tratando de captar un ligero sonido que apenas llegó hasta ellos llevado por el frío viento. —¡Parece un grito! ¡Quizá todavía haya alguien con vida!

Hizo dar la vuelta a su caballo y avanzó hacia donde le pareció que surgía el sonido, hasta llegar a una calle secundaria. Allí había una puerta rota, abierta, sobre cuyo umbral yacía el cuerpo de una joven. El grito se hizo más fuerte. Hawkmoon desmontó y avanzó cautelosamente hacia la casa. Era la joven la que gritaba. Se arrodilló con rapidez junto a ella y la levantó en sus brazos. Estaba casi desnuda y tenía el cuerpo cubierto únicamente con unos pocos jirones de ropa. Mostraba una línea roja a través del cuello, como si le hubieran pasado por allí un puñal no muy bien afilado. Tendría unos quince años, era de pelo rojizo y tenía ojos azules. Todo su cuerpo estaba lleno de moretones azulados y negros. Abrió la boca, sorprendida, cuando Hawkmoon la levantó.

Hawkmoon la depositó suavemente en el suelo y se dirigió a la silla de su caballo, regresando con un frasco de vino. Le acercó el frasco a los labios y la muchacha bebió, boqueando, con una repentina mirada de alarma en los ojos.

—No temáis —le dijo Hawkmoon con suavidad—. Soy un enemigo del Imperio Oscuro. —¿Y seguís con vida?

—Sí… todavía vivo —contestó Hawkmoon sonriendo con sorna—. Soy Dorian Hawkmoon, duque de Colonia. —¿Hawkmoon de Colonia? Pero si os creíamos muerto… o huido para siempre…

—Pues bien, he regresado y vuestro pueblo será vengado. Os lo prometo. ¿Qué ha ocurrido aquí?

—No estoy muy segura, milord, salvo que las bestias del Imperio Oscuro intentaron no dejar a nadie con vida. —De repente, levantó la mirada, asustada—: Mi madre, mi padre…, mi hermana…

Hawkmoon miró al interior de la casa y se estremeció.

—Muertos —se limitó a decir. No quiso comentar que sus cuerpos se hallaban horriblemente mutilados. Tomó a la muchacha en brazos y la llevó hacia donde estaba su caballo—. Os llevaré de regreso al castillo deBrass —dijo.

El Bastón Rúnico
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