1. En la sala del trono del rey Huon

Tácticos y guerreros de feroz valor y habilidad; indiferentes a sus propias vidas; corruptos de alma y de cerebro demente: capaces de odiar todo lo que no estuviera corrupto; detentadores de un poder sin moralidad; fuerza sin justicia; los barones de Granbretan llevaron el estandarte del rey–emperador Huon por todo el continente de Europa, apoderándose de él; llevaron los estandartes al este y al oeste, a otros continentes de los que también intentaban apoderarse. Y parecía como si no existiera fuerza alguna, ya fuera natural o sobrenatural, con la fortaleza suficiente como para detener aquella oleada de muerte y locura. De hecho, nadie se les resistía ahora. Con un burlón orgullo y un frío desprecio, exigían tributo a naciones enteras, y los tributos se pagaban.

Pocos eran los que conservaban la esperanza en los países sometidos. Y entre quienes la conservaban, pocos se atrevían a expresarla, y entre esos pocos apenas alguien poseía el valor para murmurar el nombre que simbolizaba esa esperanza.

Ese nombre era el castillo de Brass.

Quienes pronunciaban el nombre comprendían las implicaciones que tenía, ya que el castillo de Brass era el único lugar que no habían podido conquistar los señores de la guerra de Granbretan, y en el castillo de Brass vivían héroes, hombres que habían luchado contra el Imperio Oscuro, cuyos nombres eran maldecidos y odiados por el taciturno barón Meliadus, gran jefe de la orden del Lobo, comandante del ejército de conquista, pues se sabía que el barón Meliadus sostenía una lucha privada con aquellos hombres, particularmente contra el legendario Dorian Hawkmoon de Colonia, casado con la mujer que Meliadus deseaba, Yisselda, hija del conde Brass, del castillo de Brass.

Pero el castillo de Brass no había derrotado a los ejércitos de Granbretan, sino que simplemente los había evadido, desapareciendo gracias a una extraña y antigua máquina de cristal para aparecer en otra dimensión de la Tierra, donde ahora vivían aquellos héroes, Hawkmoon, el conde Brass, Huillam d'Averc, Oladahn de las Montañas Búlgaras y un puñado de guerreros camarguianos. La mayoría de las gentes tenía la sensación de que aquellos héroes de Camarga les habían abandonado para siempre. No les culpaban de nada, pero su esperanza se hacía aún más débil a cada día que transcurría sin que los héroes regresaran.

En aquella otra Camarga, separada de su original por misteriosas dimensiones de espacio y tiempo, Hawkmoon y los demás se vieron enfrentados a nuevos problemas, pues todo indicaba que los brujos científicos del Imperio Oscuro estaban a punto de descubrir los medios que les permitirían o bien llegar hasta la dimensión en que ellos se encontraban, o bien hacerles retroceder a su dimensión original. El enigmático Guerrero de Negro y Oro había aconsejado a Hawkmoon y a D'Averc que emprendieran la búsqueda de un extraño nuevo país para encontrar la legendaria Espada del Amanecer, que les sería de una gran ayuda en su lucha y que, a su vez, ayudaría al Bastón Rúnico, a quien Hawkmoon servía, según insistía el Guerrero. Tras haberse apoderado de aquella espada rosada, Hawkmoon fue informado de que debía viajar por mar siguiendo la línea costera de Amahrek, hasta la ciudad de Dnark, donde se necesitaban los servicios de la espada. Pero Hawkmoon se opuso a ello. Estaba ansioso por regresar a Camarga y volver a ver a su hermosa esposa Yisselda. Así, a bordo de un barco proporcionado por Bewchard de Narleen. Hawkmoon se hizo a la vela con dirección a Europa, en contra de los dictados del Guerrero de Negro y Oro, quien le había dicho que sus deberes para con el Bastón Rúnico, el misterioso artefacto del que se decía que controlaba los destinos humanos, eran mayores que sus deberes para con su esposa, amigos y país de adopción. Acompañado por el burlón Huillam d'Averc, Hawkmoon emprendió su camino por mar.

Mientras tanto, en Granbretan, el barón Meliadus estaba furioso por lo que consideraba como una idiotez por parte de su rey–emperador, ya que éste no le permitía continuar su venganza contra el castillo de Brass. Cuando Shenegar Trott, conde de Sussex, pareció recibir más favores que él por parte de un rey–emperador que cada vez desconfiaba más de su inestable comandante conquistador, Meliadus se rebeló contra las órdenes recibidas y persiguió a su presa hasta los desiertos de Yel, donde perdió de vista a ambos hombres y se vio obligado a regresar a Londra con un odio redoblado y la intención de conspirar no sólo contra los héroes del castillo de Brass, sino también contra su gobernante inmortal, Huon, el rey–emperador…

—LA ALTA HISTORIA DEL BASTON RUNICO

Las grandes puertas se abrieron y el barón Meliadus, recién llegado desde Yel, entró en el salón del trono de su rey–emperador para informarle de sus fracasos y descubrimientos.

Cuando Meliadus entró en el salón, cuyos techos eran tal altos que parecían confundirse con el cielo, y cuyas paredes eran tan distantes que parecían abarcar todo el país, vio su camino bloqueado por una doble hilera de guardias. Estos guardias eran miembros de la orden de la Mantis, que era la del propio rey–emperador, y portaban las grandes máscaras enjoyadas en forma de insecto que pertenecían a dicha orden. Ahora se mostraron remisos a dejarle entrar.

Meliadus se controló con dificultad y esperó a que las filas de guardias retrocedieran para permitirle el paso.

Después, entró en el enorme salón de colores deslumbrantes, de cuyas galerías colgaban los relucientes estandartes de las quinientas familias más grandes de Granbretan, y en cuyos muros se veía un mosaico incrustado con piedras preciosas en el que se representaba el poder y la historia de Granbretan. A ambos lados había un ala compuesta por mil firme e inmóvil como una estatua. Meliadus empezó a caminar hacia el globo del trono, situado a casi un kilómetro de distancia.

A medio camino, se arrodilló en tierra, aunque lo hizo con un gesto algo imperioso.

La sólida esfera negra pareció estremecerse momentáneamente cuando el barón Meliadus se incorporó. Después, el color negro se vio recorrido por vetas escarlata y azuladas que se extendieron con lentitud sobre la sombra más oscura hasta hacerla desaparecer. Una mezcla como de leche y sangre se puso a girar, revelando con claridad una figura diminuta, como la de un feto, enroscada en el centro de la esfera. De esta figura retorcida surgían unos ojos de mirada dura, negra e intensa, que contenían una inteligencia antigua y, de hecho, inmortal. Era Huon, el rey–emperador de Granbretan y del Imperio Oscuro, gran jefe de la orden de la Mantis, que ostentaba el poder absoluto sobre decenas de millones de almas, el gobernante que viviría eternamente y en cuyo nombre el barón Meliadus había conquistado toda Europa y otros territorios aún más lejanos.

Del globo del trono surgió entonces la voz de un joven (el joven a quien había pertenecido aquella voz había muerto ya hacía mil años):

—Ah, nuestro impetuoso barón Meliadus…

Meliadus volvió a inclinarse y murmuró:

—Vuestro servidor, príncipe todopoderoso… —¿De qué tenéis que informarnos tan apresuradamente?

—De un éxito, gran emperador. Las pruebas de que mis sospechas… —¿Habéis encontrado a los desaparecidos emisarios de Asiacomunista?

—Me temo que no, noble señor…

El barón Meliadus no sabía que Hawkmoon y D'Averc habían penetrado en la capital del Imperio Oscuro ocultos bajo este disfraz. Eso era algo que sólo sabía Plana Mikosevaar, que les había ayudado a escapar.

—Entonces, ¿por qué estáis aquí, barón?

—He descubierto que Hawkmoon, de quien sigo insistiendo que representa la mayor amenaza para nuestra seguridad, ha visitado nuestra isla. Fui a Yel y allí le descubrí, en compañía del traidor Huillam d'Averc, así como del mago Mygan de Llandar. Conocen el secreto del viaje a través de las dimensiones. —El barón Meliadus no mencionó que se le habían escapado de entre las manos—. Antes de que pudiéramos apresarlos se desvanecieron ante nuestros propios ojos. Poderoso monarca, si ellos pueden entrar y salir de nuestro país a su capricho, es evidente que no podremos estar seguros hasta que sean destruidos. Sugeriría, por tanto, que empezáramos a dirigir todos los esfuerzos de nuestros científicos, y sobre todo de Karagorm y Kalan, a encontrar a esos renegados y destruirlos. Nos están amenazando desde el mismo interior…

—Barón Meliadus, ¿qué noticias tenéis sobre los emisarios de Asiacomunista?

—Ninguna, por el momento, poderoso rey–emperador, pero…

—Este imperio puede enfrentarse a unos pocos guerrilleros, barón Meliadus, pero si nuestras costas se vieran amenazadas por una fuerza tan grande como la nuestra, si no mayor, por una fuerza que probablemente conoce secretos científicos desconocidos por nosotros, en tal caso es posible que no pudiéramos sobrevivir…

La voz juvenil hablaba con una paciencia acida. Meliadus frunció el ceño.

—No tenemos ninguna prueba de que se esté planeando esa clase de invasión, monarca del mundo…

—De acuerdo. Pero tampoco tenemos prueba alguna de que Hawkmoon y su banda de terroristas posean el poder suficiente como para hacernos mucho daño.

De pronto, unas finas vetas azuladas aparecieron en el fluido del globo del trono.

—Gran rey–emperador, dadme el tiempo y los recursos…

—Somos un imperio en expansión, barón Meliadus. Y queremos seguir expandiéndonos. Permanecer quietos sería una actitud pesimista, ¿no os parece? No es así como debemos actuar. Nos sentimos orgullosos de nuestra influencia sobre la Tierra.

Y queremos ampliaría. No parecéis sentir mucha avidez por poner en práctica los principios de nuestra ambición, que consiste en extender un gran terror por todos los rincones del mundo. Nos tememos que empecéis a tener miras muy estrechas…

—Pero al negarnos a contrarrestar las fuerzas sutiles que podrían resquebrajar nuestros planes también estaríamos traicionando nuestro destino, príncipe todopoderoso.

—Nos ofende la disensión, barón Meliadus. Vuestro odio personal contra Hawkmoon y, según hemos oído decir, vuestro deseo por Yisselda de Brass, representan una disensión.

Empezamos a percibir vuestro egoísmo, barón, y si continuáis por ese camino nos veremos obligados a elegir a otro que ocupe vuestro puesto, y alejaros de nuestro servicio… Sí, e incluso a expulsaros de vuestra orden…

Instintivamente, las manos del barón Meliadus se levantaron temerosas hacia la máscara. ¡Quedar desenmascarado! Aquélla sería la mayor desgracia, el mayor horror de todos. Pues eso era lo que implicaba aquella amenaza: engrosar las filas de la chusma más baja de Londra, los que no tenían derecho a llevar máscara. Meliadus se estremeció y apenas si pudo seguir hablando.

—Reflexionaré sobre vuestras palabras —murmuró al fin —, emperador de la Tierra…

—Hacedlo así, barón Meliadus. No quisiéramos ver a un gran conquistador como vos destruido por unos pocos pensamientos negros. Si queréis recuperar todo nuestro favor, descubriréis para nos los medios gracias a los cuales han escapado los emisarios de Asiacomunista.

El barón Meliadus cayó de rodillas, asintiendo con su gran máscara de lobo y con los brazos extendidos. Así, el conquistador de Europa se humillaba ante su señor, pero en su mente se agitaban una docena de pensamientos de rebeldía, y en su fuero interno daba las gracias al espíritu de la orden a la que pertenecía por permitir que la máscara que llevaba ocultara la furia que sentía.

Retrocedió ante el globo del trono mientras los ojos sardónicos del rey–emperador no dejaban de observarle. La lengua prensil de Huon surgió para tocar una joya que flotaba cerca de la cabeza hundida, y el fluido lechoso giró, relampagueó con todos los colores del arco iris y luego, gradualmente, se fue haciendo negro.

Meliadus giró sobre sus talones e inició el largo recorrido hacia las gigantescas puertas, con la sensación de que todos los ojos de los guardias de la orden de la Mantis le observaban con expresión malevolente.

Una vez que hubo cruzado el umbral de la sala del trono, giró hacia la izquierda y recorrió los retorcidos pasillos del palacio, dirigiéndose hacia las habitaciones de la condesa Plana Mikosevaar de Kanbery, viuda de Asrovak Mikosevaar, el renegado muscoviano que había estado al mando de la legión del Buitre. Ahora, la condesa Plana no sólo era la jefa titular de la legión del Buitre, sino también prima del rey–emperador…, su único pariente con vida.

El Bastón Rúnico
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